domingo, 21 de septiembre de 2014

Los cybercomunicadores (III)

El tercer grupo que nos gustaría introducir es el que llamaremos "Cybercomunicador opinólogo". Para evitar conflictos con la figura de la redundancia, evitaremos dar nuestra opinión al respecto.

Alguien encuentra una noticia y la misma le genera diferentes sentimientos: Puede ser odio, indignación, alegría o simplemente llamarle la atención por lo inverosímil de la misma. Quizás incluya la noticia en su publicación o simplemente haga referencia al tema. Pero lo esencial será su opinión al respecto, la cual desarrollará mediante muchos renglones o pocas palabras. Los lectores se dividirán en dos grupos, los que estén de acuerdo, los cuales se lo harán saber mediante anotaciones donde dejen su apoyo al creador y los que no estén de acuerdo, que considerarán una boludez dejar un comentario negativo y optarán mejor darle al botoncito de "Stumble Upon" y cambiar de sitio. Esto dará por resultado un grupo de comentarios en su totalidad positivos y de apoyo, lo que llevará al cybercomunicador opinólogo a un delirio mesiánico que lo hará reclamar constantemente mediante ridículos correos electrónicos el premio Pullitzer. 

Nota de los Autores: Estarán también los casos, en los que nos incluimos, en los que un usuario ingresará con un nombre falso y dejará comentarios como "El de arriba es transa", "Indique Ud. con una leve sonrisa si alguna vez le rompieron el culo" o "Rompilabarraespaciadoraalgunoconoceuntecnicodepcbaratoenlazonadebalvanera?"


(Cualquier parecido con la coincidencia, es pura realidad)

sábado, 6 de septiembre de 2014

Dinosaurios de goma espuma



Las tardes de lluvia en el barrio de Tapiales tenían un atractivo particular. La ñata contra el vidrio del balcón lo suficientemente cerca como para empañarlo, el ruido de la vieja cocinando algo en la cocina y lobito olfateando cerca en una mezcla de compañía o quizás tratando de comprender que era lo que tenía de interesante quedarse mirando como las gotas de lluvia caían sobre los árboles del parque. Lobito era así: Tenía códigos de amistad, entendía sus obligaciones en cuanto a lo que acompañamiento refiere pero lo suyo no era sentimiento ni inocencia, era simplemente cumplimiento del deber, interés y, en algunos casos, piedad o simplemente aburrimiento.

Lo cierto es que llovía ayer. Mucho. Lejos de esas situaciones carentes de obligaciones de las tardes de Tapiales, me encontró en pleno cumplimiento de mis tareas adultas. Logré evitar la lluvia durante la espera de mi transporte colectivo subsidiado, pero no así una preocupación que crecía y crecía en mi persona como esos dinosaurios de goma espuma que venden en la calle a los cuales, supuestamente mediante la inmersión de los mismos en agua, su tamaño crece considerablemente hasta convertirse en verdaderas réplicas vitales de Godzilla, cosa que digamos, nunca ocurre pese a mis deseos utópicos infantiles que me llevan a comprar uno cada vez que los veo.

Me he ido por las ramas, vuelvo sobre la preocupación: Mientras viajaba en el 108, cayó un poco de agua congelada que desciende con violencia de las nubes, en granos más o menos duros y gruesos, pero no en copos como la nieve y me di cuenta, de una manera newtoniana, de una verdad del universo:

A lo largo de toda la filmación del Mago de Oz, usaron un solo perro. Un solo Toto.

Ni bien llegué a casa, busqué el DVD y miré escena por escena tratando de descubrir un engaño, una triquiñuela dónde, como bien dice la abuela, "me metieran el perro". Nunca ocurrió. Toto se bancó todas las escenas el solito, sin dobles de riesgo. Incluso la escena de la tormenta marítima. Ladró, es cierto. En algunos casos se metió debajo de la cama y tuvieron que volver a filmar la escena. Habrá tenido algún que otro exabrupto escatológico, sería normal, dada su condición de cánido. Pero toda la película la hicieron con el mismo perro. Ese análisis me llevo casi 13hs, por lo que siendo las 8AM del día de hoy y sin dormir, pude retomar mis tareas de adulto, por suerte ya sin lluvias, aunque extrañando la compañía del hocico de lobito empujándome la mano en aquel living de Tapiales.

En un Universo plagado de artilugios, direccionado por mentiras, guiado por titireteros, digitado por entes abstractos, todo lo que nos queda es la opción de lo que queremos creer. Elegir pensar que Lobito se quedaba porque adoraba las tardes grises de lluvia. Y eso es lo que nos va a definir. Ser lo que creemos no es lo mismo que lo que creemos ser. 

Quien elija creer en la artimaña de un perro taimado que buscaba un paseo o una galletita, tendrá a ese perro astuto, ladino y engañador como compañero. 

Mientras termino de armar la publicación, me preparo para un paseo. Campera y libro en mano me dirigiré hacia la esquina de Lavalle y Maipú. Me han dicho que allí hay una señora que vende dinosaurios de goma espuma que crecen de verdad.


Y, como dijera alguna vez Alejandro Dolina, que aprendan a soñar los que se contentan con ganar la lotería.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Los cybercomunicadores (II)

La segunda modalidad que nos gustaría destacar en el día de la fecha, es la del cybercomunicador literario:

Una persona escribe. Es algo oscuro, es algo raro, es algo que o bien carece de profundidad, o se ahoga en la misma. Alguien lo lee. Lo mira. Lo da vuelta. Lo imprime. No hay forma, no lo entiende. Trata, trata y no puede. Entonces piensa "Esto es buenísimo. Demasiado bueno para mi nivel. Este tipo está por encima". Por otro lado está aquel que no se rinde a la sinceridad de no comprender y aún sin saber muy bien de que se trata lo que acaba de leer, opta por la postura de expresar que "Es un estilo sin igual. Expresa magníficamente la dualidad del pesar de la existencia en contraposición con la innegable condición humana". Es decir, no lo entendió, pero si el primer lector se lo recomendó, es bueno. Y por otra parte, no puede ser tan inculto de no comprender lo que es bueno. Llamaremos a esto "Cybercomunicador literario que con suma inteligencia explota el snobismo popular".


Al terminar de escribir el artículo, uno de los integrantes de Es verdad, era mentira dijo sentirse ofendido y, golpeando bruscamente la puerta al salir, dirigióse al chino "a comprar galletitas".



(Cualquier parecido con la coincidencia, es pura realidad)



domingo, 31 de agosto de 2014

Los cybercomunicadores (I)

En Es verdad, era mentira nos dimos cuenta que hay determinados grupos de comunicadores cybernéticos que podrían fácilmente agruparse según su estilo de comunicación. Nosotros podríamos catalogarnos como varios de los que iremos presentando, o simplemente como "Persona que va a un Cyber, la tarifa es por hora, chequeó el correo y está vacío, en el Facebook tiene pocos amigos y en realidad tiene que hacer tiempo para el turno con el homeópata".

El primer grupo de cybercomunicadores: Los modernos standuperos.

El propietario del sitio narra situaciones diarias de su vida, en las cuales destaca, al modo que lo haría Jerry Seinfeld en uno de sus monólogos, las cosas cotidianas de la vida desde el punto de vista de la incógnita o mejor expresado, poniendo en evidencia que lo habitual no tiene porque ser así. Por ejemplo; "¿Notaron que siempre el agua de la ducha tarda unos segundos en salir y siempre sale en el momento que no lo esperamos?". Buscan empatía con el lector, buscan llegar al punto donde el visitante del sitio se sienta identificado y diga "Si, es verdad, a mi me paso". Son el "Gente que busca gente" de las narraciones. La idea de la distorsión de la historia es llevarla hacia el lugar común donde pueda aglomerar la mayor cantidad de lectores posibles los cuales sentirán un cálido sentido de pertenencia el cual los hará volver para descubrir nuevos puntos en común con tan idolatrado comunicador, un tipo como uno. 

¿No sienten al leer un parrafo asi que perdieron su tiempo? Hola... no tenemos ganas de leer tus quejas. ¿Cual es el sentido? ¿Aburrirnos? Porque si esa era la intención, felicitaciones, lo lograron.

(Cualquier parecido con la coincidencia, es pura realidad)

lunes, 18 de agosto de 2014

Quienes hacen el Blog: 5° y último integrante, Key

Key: El único integrante con sentido del humor. Incomprendido por sus compañeros (mas allá de la barrera del idioma que lo separa de Ilie) es sin embargo considerado por los demás como el más inteligente de los cinco. De mentalidad infantil, pasa sus tardes consumiendo Skittles y destruyendo joysticks de PlayStation. Creador de canciones, personajes y situaciones muy creativas, aunque el insiste en que son muy reales. Totalmente olvidadizo y fan de los zombies. Color favorito: Soda.

Aquí lo vemos en su temprana infancia realizando una de sus primeras bromas de mal gusto: "Espíritu intranquilo de niño asesinado que tironea por debajo de la mesa los pantalones de los invitados":



miércoles, 13 de agosto de 2014

Quienes hacen el Blog: 3° integrante, Illie

Illie: Pensador ruso, de la ciudad de Frioski. Ciudadano del mundo, llegó hace un tiempo a la Argentina escapando del régimen. Del régimen del Cormillot paraguayo. Hombre de formación dudosa, encuentra asilo en las huestes de este grupo de jóvenes argentinos quienes lo admiran y respetan. Borracho pendenciero y delirante. Es tan capaz de emanar sabiduría como de arrojar violentamente por la boca el contenido de su estómago. Es, por lejos, el mayor del grupo. Los otros chicos lo llaman "Ivanoff" por su origen soviético y en honor al mítico canilla libre de Flores. Una curiosidad: Sueña recurrentemente con bombardeos.


Aquí lo vemos en su temprana infancia, robando del monedero de su madre, con los lentes listos para una huida de incógnito.



martes, 12 de agosto de 2014

114 horas después

Siempre gusté de tomarme un tiempo antes de exteriorizar las cosas. Quizás sea una imitación que data de aquel período en que uno forma su personalidad y copia rasgos, costumbres y modos de los mayores, como buscando generar un Frankestein de personalidad acorde a nuestros gustos. Mi recuerdo es de mi tío Omar. Estamos en el patio de la casa de mi tía Angélica, en Valentín Alsina. Hay unos sifones en algún rincón junto a una maceta, una mesa con un mantel vinílico y da la sombra de un día soleado en el patio interno. Mi tío Omar, sentado con las piernas cruzadas del modo “femenino”, recibe una pregunta sobre fútbol. Y él, hincha fanático de Racing, se toma su tiempo para responder. Siendo gran observador desde chico, puedo destacar tres pasos muy claros y marcados en su proceder, a prestar atención: Primero cerraría los ojos. En segundo lugar se agacharía un poco al mismo tiempo que con una de sus manos se frotaría la cabeza, como buscando sacudir la idea. Y finalmente, volvería a su posición inicial y justo en el momento que su interlocutor estuviera a punto de repetir la pregunta, comenzaría la respuesta con esa voz grave que tenía. Las respuestas eran escuetas, pero asombrosamente sintéticas y acertadas: “Racing jugó muy mal”.

Claramente, ese último rasgo preferí copiarlo de algún otro adulto más peleado con el poder de síntesis.

Desde ese entonces, mi conducta de tomarme un tiempo siguió presente en las situaciones más dispares: dos semanas después de ver la película Sexto Sentido, recuerdo haber dicho en una cena con amigos: “Claro… Bruce Willis estaba muerto”. En otras ocasiones más tempranas, la conducta no era bien vista, sobre todo por los maestros y profesores escolares que recibían con pleno atraso cualquier tarea escolar encomendada.

Pero es así. Me cuesta emitir opiniones al momento, en caliente. No es que pueda hacerlo y al rato cambie de opinión. Es simplemente que no puedo. Me resulta imposible analizar una obra de teatro mientras bajo las escaleras del pullman. No puedo analizar los errores o aciertos tácticos caminando por Lidoro Quinteros después de un partido de River Plate.

Me tomo mi tiempo. Es por eso que puedo escribir estas líneas 114 horas después.

Es que hace 114 horas, recibí una noticia: “Encontraron al nieto de Estela”.

Y como mi tío Omar cerraba los ojos, pienso que yo también hago lo mismo. Hace un tiempo tomé una decisión muy contraria a mi voluntad de opinión sobre temas de la actualidad: Recibir la menor cantidad de datos posible de cualquier medio de información. En un principio se limitó a no mirar televisión. Después lo siguió la radio y por último, los medios escritos. Es cierto que ante eventualidades, visitas o reuniones de café, los temas llegan a mi conocimiento, pero no es ávida mi búsqueda de una información que es, en el mejor de los casos parcial, cuando no falsa.

A continuación, me agacho un poco y froto mi cabeza, sacudiendo las ideas. Cuando me agacho y me acerco a mí mismo, pienso que al momento en que mi interlocutor de turno me dio la noticia no necesité muchos más datos ni horas de filmaciones ni una avalancha de palabras para empezar a sentir algo reconfortante y calentito que brotaba en mí. Lo que siguió fue el sacudón de ideas, ese ejercicio que realizo habitualmente de observar las conductas ajenas a mi alrededor. Y sinceramente, volví a afirmar que todo es moda pasajera, que todo es distracción, que todo se pone convenientemente en duda y que vivimos rodeados de repetidores. Surge la teoría de la utilización de las apariciones para tapar “malos momentos”. Surge la teoría sobre la no confiabilidad del banco de datos y el engaño a la pobre señora a la que “le dan una alegría antes de morir”. Y me doy cuenta que, como dijera el filósofo de Villa Fiorito, la tienen adentro.

Como tercer paso de la metodología Tío Omar, volviendo a mi posición original, pienso en mis amigos, en mi familia, en mis hermanos del alma y en lo que cada uno vivió y vivimos, y eso me genera una sensación genuina, que no me la cuenta nadie. Me genera un calorcito interno agradable que no está contaminado con ninguna mentira orientadora de pensamientos. Creo que es el sentido de justicia. Y me doy cuenta que tanta, tanta gente que se muere de rabia ante estas noticias, en un rato, mañana o en unos días, volverá a sus triunfos individualistas, vacíos, efímeros, fríos, porque, nobleza obliga, hay que aceptar la predominancia de un mundo capitalista donde el fracaso de los otros es un triunfo tuyo. Pero no me importa. Mientras tanto, en segundo plano, aunque sea por un ratito, me comunicaré de modo inalámbrico con quienes están más cerca de mi corazón. Los imaginaré recibiendo la noticia  para compartir esta sensación de bienestar, esa recompensa parcial por un arduo trabajo bien realizado acompañada del “celebremos ahora, que mañana hay que seguir trabajando” tan cierto como digno.


Y finalmente, justo cuando mi interlocutor está por repetirme la noticia, puedo expresarme de una manera sintética y acertada. Una sonrisa se dibujó en mi boca y salió, desarticulada y solitaria, una de las palabras más lindas: Alegría.
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