jueves, 9 de junio de 2016

Cambiemos (Por un mundo PRO)

Almorzaba ayer cuando pleno de estupor observo una noticia (solamente observé porque no tenía acceso al audio de la misma) que proponía vagones exclusivos para mujeres. Y me di cuenta que el retroceso que yo creía que teníamos como sociedad no era tal como lo pensaba. No es un retroceso, sino que es una ampliación de conductas, ideales y soluciones que pasaron de ser patrimonio casi exclusivo de la Capital Federal a ser de todo el país. Y por ese motivo recurrí al archivo, para volver a publicar un artículo que está próximo a cumplir 7 años. Es que hace 7 años, los porteños empezamos a darnos cuenta de que los argentinos buscaban una regresión, la cual para regresar, fue cambiada por un cambio.

En directo desde Julio de 2009, con Ustedes, "Un mundo PRO":

No salga. ¿Está al tanto de las cosas que ocurren? le brindamos una lista de las cosas que le pueden llegar a pasar (entre otras): Debido a las paupérrimas condiciones de los transportes, caminos y la impericia humana, es muy probable que sufra un accidente de tránsito, dado que se estiman 950.000 accidentes anuales y que el 72% de la población ha sufrido accidentes en la vía publica. En caso que no sufriera Usted un accidente, hay grandes probabilidades de ser victima de la inseguridad. Se denuncian 4.000 delitos por semana y se calcula que hay otros 9.000 que no. Y en todo caso, si no es victima de la inseguridad ni de un accidente de tránsito, podría coger la gripe A. Se dice que hay 300.000 casos, se estima que la cifra ascenderá a un 15% de la población. Por lo tanto, quédese adentro. Ponga rejas, compre por Internet, mire la tele, no se comunique con los demás, incluso si le es posible, utilice barbijos dentro de su casa, provéase de una heladera, televisión, horno de microondas y baño en su propia habitación, reduciendo al mínimo incluso el contacto con sus familiares o convivientes. No converse. Cualquiera podría contagiar sus ideas y violar su personalidad. No comparta ideas, podrían robarle las mismas y usufructuar a costa de su inteligencia. Evite la creación, conviértase en un especialista en el arte de la imitación, disfrute de las experiencias ajenas o ficticias que le sean comunicadas a través de los medios. Descarte toda posibilidad de experimentación propia. Los avanzados métodos del desarrollo y la evolución le brindarán sensaciones similares a las que sus antepasados solían experimentar, sin ninguno de todos los riesgos que lo mismo acarrea. Deje sus ojos para la televisión o la Internet, no lea. Nosotros le diremos solamente y con asombrosa precisión, exactamente lo que necesite Usted oír. Solamente distraiga sus agotados ojos por la luz del aparato del televisor viendo en las revistas de actualidad (enviadas por correo desde que Ud. las solicitó por Internet) toda esa gente hermosa que se pasea durante el verano en Punta del Este y en época invernal por Saint Moritz. Disfrute de su belleza, de su integridad, adóptelos como ejemplos a seguir, pero siempre, siempre, tenga bien en claro que eso no es para Usted, que no nació para eso, que simplemente no pertenece. Pórtese bien y nosotros lo recompensaremos con ese programa diario de trivialidades que tanto Usted disfruta. Apoye al campo, personas argentinas de ley, personajes pintorescos que con su hombría, sus costumbres y su moral, alimentan día a día a tan extensa nación. Pórtese bien, sea un buen ciudadano y nosotros le daremos ejecuciones públicas, sonrisas blancas y amplias en las publicidades y sonrientes agentes de policía que cuiden su cuadra. Denuncie. Si ve algo que le parece distinto, denuncie. Señale con el dedo, desde la seguridad de su hogar. ¿Vio que no era necesario salir? Maneje sus cuentas bancarias desde casa, deje los trámites y las colas para esa gente que no sabe de computación o que se divierte hablando con desconocidos. Decídase y sea feliz. Haga valer sus derechos, ganados a fuerza de años de robo, saqueo, usurpación y explotación indebida por parte de sus gloriosos antepasados europeos, tan europeos como Usted. Provea. Proyecte. Proceda. Profane. Prohíba. Propase. Procese.

jueves, 2 de junio de 2016

La libreta celeste

“Faber est suae quisque fortunae”

Abrir el placard. Esa era la tarea fundamental número uno. Lo reconocía de esa manera dado que habitualmente resonaba en mi cabeza el famoso enigma de “¿Qué es fundamental para encender una vela?”

Haber resuelto ese acertijo de mi profesor de física en mis inicios del colegio secundario me ayudaba a llevar siempre presente conmigo, con una dosis importante de orgullo, una cierta manera de ordenar los eventos. Abrir el placard era sin dudas, lo que daba inicio al juego. Entonces la emoción no comenzaba con los equipos saliendo a la cancha, ni mucho menos con el puntapié inicial que Leites, el morochón puntero derecho del Atlético Lugano, daría para atrás buscando al negro Fernandez, tras el pitido del árbitro y el pase corto de Oettel. No, el juego, la emoción, la sensación de imaginar que goles, partidos, situaciones iban a desarrollarse, empezaba desde el momento en que, pensando en que fecha y/o partido había dejado la última vez, me dirigía a mi habitación y abría el placard, para sacar los elementos necesarios para el juego.

Atención purretes y jóvenes que no se desprenden de la infancia y adolescencia: Los elementos no incluían ni joysticks, ni consolas, ni DVD’s ni nada con alimentación eléctrica. Simplemente se remitían a una pila de viejas revistas “Corsa”, una carpeta de tapa dura atada con un cordón (En realidad eran dos tapas duras unidas con un cordón, no sé si califica como carpeta) que guardaba pilas y pilas de hojas cuadriculadas con fixtures y tablas de posiciones y el viejo cubilete de cuero marrón, revestido de felpa verde con 8 dados. Si, eran 8 dados y cada uno tenía su función fundamental dentro del desarrollo del juego.

¿Cuál era la función de una revista sacrílega para los amantes del fútbol? La pila de revistas corsa oficiaba de campo de juego por su tamaño descomunal y, a la vez, de silenciador. La misma era depositada con precisión quirúrgica sobre la cama, en alguna posición que neutralizara los desniveles naturales del colchón, sábana y/o frazada. Había que lograr la mayor rectitud posible. Sobre la pila se realizaban los lanzamientos de dados. Pero no era sólo eso. Esa pila de revistas, que curiosamente era de autos, se transformaba en cualquier cancha de la argentina. Podía ser un Monumental a pleno en un domingo de sol, como también podía ser la cancha de Leandro Nicéforo Alem (desde el día que descubrí que la “N” en L.N. Alem es por Nicéforo, nunca pude dejar de nombrarlo de esa manera) castigada por la lluvia de un sábado de ascenso. La gente presionaba desde las tribunas, había canchas donde para el visitante era imposible ganar y otras donde la policía no podía evitar los disturbios que causaban la suspensión de los partidos.

El horario dictaminaba la pasión de los encuentros. La hora de la siesta era algo similar a los actuales partidos de los lunes: Partidos tranquilos, sin grandes emociones, de mitad de campeonato, sin mucho lugar a las hazañas ni a los goles locales de último momento. La presencia de mi vieja durmiendo la siesta en la habitación adjunta no daba lugar a relatos partidarios, a cánticos subidos de tonos con amenazas de vejaciones sexuales proferidas desde la parcialidad local hacia la visitante ni a protestas exacerbadas del cuevero visitante ante una expulsión exagerada por parte de un árbitro localista. Esos partidos transcurrían con la amabilidad de un amistoso entre budistas y boy scouts. Pero muy distintos eran los partidos de los fines de semana, o aquellos que transcurrían después de las 17:30, la hora en la que la puerta de la habitación de la vieja se abría y daba rienda suelta a esa pasión argentina por el deporte más lindo del mundo tan celebrada a lo largo y ancho del planeta.

En esos momentos la cosa se ponía linda. Un tiro en el palo generaba un “GOOOUUUUHHH” que hacía que el lobito se acercara hasta la puerta de la pieza a ver que carajos pasaba. Un córner a favor del local desataba el aliento de la parcialidad local que al grito de “ANTES TE ALENTABA SIN SABER POR QUÉ…” se metía como un duodécimo jugador a buscar el cabezazo. Y los goles generaban una explosión que implicaba la garganta desgreñanada del relator corriendo desaforadamente por el pasillo, esquivando la estufa y la puerta corrediza del comedor para finalizar su festejo abrazando la cortina del living, como si ésta fuera quien tiró la asistencia tan precisa que dio lugar al tanto, ante la mirada vigilante y estruendosa del lobito, quien con sus ladridos emulaba al árbitro botón que con la amarilla en mano esperaba sancionar al goleador por el festejo desmedido. Ahora pienso, a la distancia, que hubiera sido digno de grabación (si hubiese sido en esa época tan sencillo como lo es hoy) grabar alguno de esos festejos tan simples y a la vez pasionales, hoy en día donde hay tanto bailecito, tanta preparación orquestada en la megadifusión global.

Y los torneos se sucedían, los equipos ascendían, descendían, peleaban octogonales, miraban de reojo el descenso pero lo que nunca desaparecía era la pasión. El negocio, hasta donde llegó la historia de aquellos torneos, nunca logró inmiscuirse. De esa manera un Flandría – Colegiales se convertía en nota de tapa del diario que acompañaba los torneos, aunque los dos flotaran en la mitad de tabla de la C. Y eso es el principio hacia donde apunta la exageradamente larga introducción.

Y a lo que quiero llegar es al descubrimiento que tuve en todos esos años de juego: Los dados tenían vida propia. Y manejaban la famosa libreta celeste, donde premiaban al atrevido, al pícaro, al que soñaba con lo imposible por igual que a aquel que jugaba realmente bien, que tenía el mejor equipo y que mejor había sabido explotar su virtud y desnudar las falencias rivales a lo largo de los 90 minutos.

Entonces, en esa semana que Midland, ese equipo que había salido del fondo de la tabla con buen juego y respeto por el toque corto necesitaba ganarle por 3 goles de visitante a San Martín, que venía peleando arriba, para poder entrar al octogonal, los dados se hablaban entre ellos en charlas fugaces dentro del cubilete y salían a la luz mostrando, con el mayor decoro y disimulo posible, todos la misma cara. Yo garantizo que donde muchos de Ustedes ven un dado blanco marcando un 5, yo sabía que en realidad era un dado que tenía que ser un 3, mostrándose como 5 y poniendo la mayor cara de boludo posible, mirando para la puerta de la pieza y silbando bajito. Gracias a esas actitudes, pero siempre dentro de un reglamento que no permitía grises ni interpretaciones subjetivas, Midland cumplía la hazaña y ganaba 3 a 0 o quizás 4 a 1. El relator contaba la hazaña del equipo de Libertad al borde de las lágrimas, recordando que a Schonfeld, el rubio delantero del funebrero, lo habían rajado del laburo en la semana. La hinchada de Midland, esos pocos locos lindos que habían viajado hasta Burzaco, se rehusaba a irse del estadio. Sabían que en la primera ronda del octogonal jugaban contra Berazategui, que venía de ser subcampeón y tenía ventaja deportiva, pero no importaba. Eran felices al menos hasta el próximo sábado. Y los dados inertes se quedaban ahí mirando, totalmente separados, dispares, como quien disfruta aún agotados, de un trabajo bien hecho.

Es que alguien tenía que tomar, alguna vez, la responsabilidad de equilibrar el universo, reconociendo a los olvidados por la historia, a los que eran héroes en la derrota, a los que en las fotos de grupo siempre salían tapados por alguien. Y esos eran los dados. No había forma de explicar desde la lógica o la estadística el comportamiento de dichos cubos plásticos, esos poliedros de seis caras capaces de aunar sus esfuerzos para lograr combinaciones impensadas, improbables pero factibles, que premiaban de manera equitativa y justa a cada equipo de cada torneo, en base a las anotaciones sobre cada uno que los dados realizaban en su libreta. Y si bien dicen que cada uno es artífice de su propio destino, Apio Claudio “el ciego” debería repensar su decir para darle un pequeño lugar, un crédito al ejército de justicieros blancos, quienes decidían el destino de los torneos casi a gusto y piacere.

Porque ¿Qué es fundamental para encender una vela? Que la misma se encuentre apagada. Del mismo modo que es fundamental creer que hay algo más, que no todo se rige por lógicas, estadísticas y probabilidades, que existe la voluntad de los objetos y, principalmente, que la misma utilizará todo su empeño en la búsqueda de la justicia.

Después de todo, era eso lo que mantenía vivo al torneo, temporada tras temporada, hoja tras hoja, año tras año. Porque había partidos aburridos, muchos. Deportivo Armenio volvió a Primera una vez y empató 7 partidos consecutivos 0 a 0. Y muchas veces los partidos de las últimas fechas no se jugaban por nada. Pero siempre los dados supieron leer. O mejor dicho, supieron ver. Vieron y anotaron en su libretita celeste. Y nunca dejaron abandonado al equipo luchador, al equipo talentoso, al equipo soñador. Por sobre cualquier reglamento rígido, que nunca quebrantaron, hicieron a su voluntad.

Y cuando todo terminaba, las primeras en volver al placard eran las revistas Corsa. Dependiendo el (des)orden del placard el regreso se tornaba sencillo o desataba una batalla campal contra todos los objetos que en busca de un poco de movimiento o simplemente por tendencias conquistadoras, habían osado desplazarse al hueco dejado por las revistas. Una vez emplazadas las Corsa, arriba se ubicaba la carpeta con los diarios y torneos adentro. Y finalmente el cubilete, con los 8 dados exhaustos de tanto rodar. Eso si, destapado, para que pudieran disfrutar de un poco de fresquito. 

jueves, 26 de mayo de 2016

Crush

-Hola, ¿como estás? ¿Me das una Crush naranja por favor?
-Naranja tengo Fanta nada más – respondió el hombre del puestito, sin siquiera escudriñar al solicitante

Esas fueron las primeras palabras que Delfina le escuchó decir. Parada en el andén de Lima, esperando la llegada del Subte se sorprendió por esa voz jóven y enérgica que realizaba un pedido tan exacto como infantil. Una vez que volteó a observar el cuadro, ya nada volvió a ser igual. Mientras el respondía demasiado cortésmente “Gracias” Delfina lo analizó integramente. No había nada destacable que la impresionara. No debía llegar al metro ochenta, llevaba unos jeans rectos prelavados y zapatillas de lona negra. Nunca le habían gustado los hombres que llevaban puestas ambas tiras de la mochila ni tampoco comulgaba a favor de los que tenían barba de un par de días. Simplemente algo le pasó y para una persona como Delfina, eso era mucho. Como primera apreciación, le dio mucho valor a ese sentimiento carente de razón. Algo especial había. El sonido de la formación ingresando en la estación y el movimiento acorde de la gente apresurándose a conseguir un lugar en los vagones la sacó de la contemplación pasiva y absorta en que estaba.

Delfina lo siguió con la mirada mientras trataba de hacerse lugar junto a la puerta, para ver en qué vagón subía. Resultó ser el de al lado. Una vez que pudo acomodarse, se escuchó el sonido de seguridad y las puertas se cerraron. Trató de acomodarse de manera tal que le permitiera verlo, a través de la gente que atestaba la formación. En ese momento pensó para dentro suyo “¿Justo éste tenía que ser petiso?”. Finalmente lo divisó. Se había puesto la mochila por delante, se había calzado auriculares y a la distancia se lo veía tararear la canción que estaba escuchando. “O quizás está loco” pensó Delfina y se sorprendió sonriendo como una adolescente enamorada. A pesar de la distancia pudo notar que algo de la mirada también le gustaba. El conjunto que formaba con la nariz, la forma que suavemente movía la cabeza al ritmo de la música y la armonía con la que los labios pronunciaban mudamente las palabras de la canción.

Al llegar a la siguiente estación aprovechó el movimiento de la gente que subía y bajaba para acomodarse mejor. Logró una posición en la que seguía viéndolo desde el mismo ángulo, pero no era necesario tener que oler tan de cerca el pelo de esa vieja de tapado de piel. Lo vio sonreír y se dio cuenta de dos cosas: La primera es que seguramente estaría escuchando la radio. La segunda, fue que era mucho más lindo todavía. Lo vio soltar una sonrisa pequeña, reprimida, avergonzada. Seguramente habría sido bastante gracioso lo que escuchó porque no pudo evitar una segunda oleada de risas, esta vez un poco más liberadas. Ella también sonrió a la distancia. Con el siguiente recambio vio unos huecos en mismo vagón que viajaba el. Se apresuró a dirigirse hacia allá, casi llevándose por delante a un niño híper abrigado y a una vendedora ambulante de pañuelos descartables.

Sin poder acercarse mucho, pero compartiendo el vagón, Delfina lo siguió observando con un nuevo objetivo, lograr el contacto visual. Lo miró fijo durante unos instantes mientras pensaba en que le diría en caso que su mirada fuera correspondida. En primer lugar no sabía si correspondía que ella literalmente hablara o si solamente tenía que indicar, mirada especial mediante, su voluntad de iniciar una conversación. Pensó que eso dejaría mucho librado al azar y que sería mejor tener un plan de acción “por si acaso”. Pensó en preguntarle “¿Qué escuchás?” pero le pareció muy trillado. Siempre había criticado el proceder de la mayoría de los hombres que se le acercaban con el caballito de batalla de “¿Siempre venís acá?”. Pensó que sería gracioso preguntarle “¿Venís siempre a este subte?” y sin dejar de mirarlo, sonrió. El, como si estuviera al tanto de todos sus razonamientos, en ese preciso instante la vio. Y le devolvió la sonrisa.

Delfina, en un acto impulsivo a causa de su pudor eterno, al encontrarse con esa sonrisa franca, desvió rápida y toscamente la mirada. Sintió como sus mejillas se iban llenando de calor y color. Volvió a mirarlo y el ya había vuelto a su música y su tarareo. Nuevamente se acercó y quedó a sólo dos personas de distancia. Pensó en escribirle a sus amigas para contarles, incluso tuvo la idea de mandarles una foto. Lo volvió a mirar. La silueta que se recortaba sobre las paredes blancas del vagón la llevaron a un domingo almorzando en lo de sus viejos. Mamá estaría encantada, diría que es súper simpático. Papá lo miraría con desconfianza durante un tiempo pero después de unos cuantos encuentros estarían pegados a la tele mirando a Independiente. A María seguramente le iba a caer mal, porque a María le cae mal todo el mundo. Lo volvió a mirar fijamente y el otra vez la miró. Esta vez no desvió la mirada. Lo miró fijo y esbozó una sonrisa seductora. El la devolvió. Sintió, pese a que no hubieron palabras, que estaban dadas las condiciones para que, bajada de personas que los interferían mediante, se iniciara una conversación. Volvió a mirar para adelante, a la estación que comenzaba a aparecer. Junto a la puerta más cercana a él, una mujer llora. La formación frena en la estación y la mujer realiza un esfuerzo para dejar de sollozar. Delicadamente se limpia el llanto de sus ojos y sube al vagón, para pararse junto a el. No había otra opción y Delfina no hubiera esperado otra cosa: El le pregunta a la chica qué le está pasando. La chica responde a secas “nada”. Esa esperanza dura segundos apenas para Delfina. Porque él vuelve a preguntar. Y esta vez la chica da suelta a su historia. Él le dice un chiste que Delfina no llega a escuchar pero infiere porque ella responde con una sonrisa entre tantos sollozos. La charla se vuelve más animada. Tanto que en la siguiente estación ambos bajan del Subte, con ánimos de seguirla.

jueves, 19 de mayo de 2016

Un micro naranja

Creo que ese día me permitieron faltar a la escuela. Ese debe haber sido el momento donde mi cerebro comenzó a gestar el recuerdo. “Si lo dejaron faltar a la escuela, debe estar por pasar algo bueno”. Hoy en día calculo que nadie en el club iba a considerar esperar al pibito de la 80 que recién salía de la escuela a las 17:15 para un trámite tan banal. Pero lo primero que puedo decir de ese día, es que recuerdo la alegría desde el momento en que sabía que tenía permitido faltar a clases. A la hora que nos habían citado en el club, me acerqué hasta ahí con mi vieja. El club quedaba a una cuadra de casa, pero yo recién andaba por los 8 o 9 años, así que en las primeras cuadras de aquella gran aventura, me acompañó mi mamá.

Ya para ese entonces yo estaría en 3er grado y sabía de excursiones al centro, de llevar la mochila con los sanguchitos (No hay cosa más rica que un sanguche de jamón y queso despúes de compartir junto a la perecedera mayonesa todo un día de excursión), una cajita de jugo, ese lujo que acompañaba las excursiones y todas las autorizaciones y demases cuestiones legales que exoneraran a cualquier adulto de responsabilidad ante mi fuga, pérdida y/o desaparación súbita en esas tierras lejanas que albergaban al Cabildo, al museo de Ciencias Naturales o la Biblioteca Nacional.

Por otra parte, ya sabía lo que era subirme al micro naranja en la puerta del club con mis compañeros de equipo: Sábado por medio nos tocaba jugar de visitantes y tempranito, demasiado cerca del mediodía nos juntábamos en ese mismo lugar y subiéndonos al mismo micro, nos íbamos con todas nuestras ilusiones a defender los colores de la Asociación Atlética Esparta (o mejor dicho, EL color porque la camiseta era toda naranja)

Pero esto era distinto. Una mezcla, si. Pero distinta. Porque salíamos desde el club en el micro naranja (el cual ya había descubierto que respondía a una convención social de transporte escolar y no que era un micro exclusivo con los colores del club) pero no íbamos a jugar al fútbol. Tampoco íbamos de excursión. Íbamos a ir para esos pagos lejanos, pero a hacer cosas de grandes. Todos los chicos nuevos del club, más los de la categoría nueva, más los giles que por algún motivo la habíamos perdido, íbamos para la Federación a hacernos las credenciales para jugar los torneos. "El carné" sin esa t final que nadie se molestaba en pronunciar. Hoy a la distancia agradezco la falta de tecnología que nos obligaba y a la vez nos permitía vivir esa aventura que al menos para mí, era de los más destacado del año. Faltar a la escuela, juntarme con mis compañeros del club, viajar en el micro hacia lugares lejanos todos juntos y encima para hacer “trámites” cumplía con todos los requisitos para ser un planazo.

Y ese día, el único nuevo de mi categoría (el otro boludo de la 80 era yo que como dije, había perdido el carnet) que viajaba en el micro, era Darío. Un morocho zurdo que jugaba de 3. Petiso, morrudo, cabezón, tenaz. Probablemente en ese entonces no sabía todas esas palabras para definirlo, pero lo sentía interiormente. Era un pibe que desde que había llegado al club se había hecho amigo mío y la verdad que aún siendo de pocas palabras, la amistad de pequeños y en ese ambiente pasaba por que tan bien jugaba cada uno y que tan útil resultaba para el equipo. Y en ese aspecto, pese a ciertas limitaciones técnicas, Darío era un gran amigo.

Los conocimientos adicionales se limitaban más a repetir cosas que se escuchaban o meramente a cuestiones de ubicación geográfica. “Darío vive en la tuyu”. La tuyu era una villa que estaba atrás del club, sobre la calle tuyutí. Eso era todo lo que yo sabía y sin siquiera requerirlo como un requisito de amistad. Simplemente lo sabía pero tenía una inocencia tan hermosa que era lo mismo que fuera de la tuyu como si fuera de Humaitá y Pastor Lacasa, la zona paqueta del barrio.

No puedo precisar el recuerdo sobre lo que charlamos, pero si que nos sentamos juntos. Yo nunca fui un gran conversador y Darío estaba más fascinado en mirar esos paisajes extraños, ajenos, que en comentar el último capítulo de Mazinger Z o que dificil era conseguir tal o cual figurita del álbum de moda. Creo que eso también era un motivo para elegir a Darío como amigo. Nos acompañábamos en silencio.

En determinado momento del viaje, el presidente del club (nosotros eramos así, viajábamos con el presidente que para mi era más conocido como “el vecino de la torre 15”) nos cuenta un poco, principalmente para los nuevos, adónde íbamos, cómo era el trámite y qué teníamos que hacer.

Ibamos a llegar a la federación, nos iban a estar esperando e íbamos a hacer las credenciales. En ese momento las credenciales eran cartones escritos a máquina con una foto 4x4 (Que debíamos llevar nosotros) que después cada uno en la medida de sus posibilidades, plastificaba para darle una mayor vida útil. Una vez que cada uno tuviera su cartón con sus datos, nos contaba el presidente del club, van a tener que firmar su credencial y listo. Y en ese preciso instante noto que Darío rompe en llanto. ¿Era tanta la emoción de pertenecer a un club? ¿Era una de sus metas de vida en sus cortos 8/9 años llegar a ser federado, aunque fuera para un club de la “C”? Nadie entendía el motivo del llanto de Darío, ni siquiera algún padre que nos había acompañado o el mismo presidente, el primero en llegar a nuestro asiento para darle consuelo.

Las preguntas habituales y lógicas del señor Ocampos encontraron todas la misma respuesta. Un no sin palabras, sin otra pista que un leve movimiento lateral de la cabeza (cabezota) que Darío escondía entre sus manos. Entre sollozo y sollozo Darío no se tomaba tiempo ni para soltar un “no” ni mucho menos para explicar la causa. Con tomar un poco de aire para continuar con su llanto le era más que suficiente.

Don Ocampos, el señor presidente, dio muestra de conocer el paño y se acercó mucho a Darío para que nadie lo escuchara. Nunca sospechó que yo estando tan cerca aún podía escucharlo, o quizás no le importó que Darío tuviera que compartir la respuesta conmigo. Se acercó y muy por lo bajito, le preguntó: “Darío... ¿estás llorando porque no sabes leer y escribir?”. Y ahí, mientras Darío por primera vez asomaba los ojos de entre sus manos para decir que sí, yo crecí de golpe. Entendí a esa mínima edad que ser pobre era mucho más que tener ropa vieja, el pelo sucio y no hablar sobre figuritas o programas de la tele. Ahí me di cuenta que había gente que realmente tenía muy poco de lo que era realmente importante. No tuve una revelación mística que me hiciera valorar todo lo que yo tenía. No señor. Me concentré en entender y procesar todo aquello que Darío no tenía, que le era negado vaya uno a saber por qué decisión cruel e injusta. Era demasiado todo lo que se me venía a la cabeza como para hacer comparaciones. Darío no sabía leer ni escribir, un privilegio con el que yo contaba incluso desde antes de iniciar la escuela, gracias a los artilugios de mi hermano mayor para enseñarme. Si no sabía leer ni escribir, claramente no iba a la escuela. ¡Darío no iba a la escuela! ¿Por qué? ¿Acaso era eso posible? En mi mundo familiar, de contención, de motivación y de incentivos era impensada esa situación. Mis hermanas y mi hermano iban a la escuela, yo iba a la escuela, todos mis amigos también... ¿Cómo era esa vida sin escuela? ¿Cómo iba a ser esa vida, que había arrancado despojada de los derechos básicos? Claro que a esa edad no me lo preguntaba en esos términos, sino que todo estaba inconcientemente englobado en mi descubrimiento de que si Darío no sabía leer ni escribir, era porque no iba a la escuela. Y sentí toda la vergüenza junta de Darío como una vergüenza propia. Yo no quería que Darío no supiera leer ni escribir. Quería enseñarle yo, o si era necesario, olvidarme de leer y escribir para que no se sintiera tan solo, pero calculo que no sería la primera ni la última vez que Darío se iba a sentir solo. En el momento no supe que hacer, más que quedarme helado, en el asiento contiguo de ese chico que antes de poder armarse de herramientas para defenderse, estaba recibiendo un golpe más de esa vida que le había llegado torcida, como arrancar perdiendo 2 a 0 en los primeros 10 minutos. Eventualmente el presidente del club pudo calmarlo y para el momento de llegar a la federación la crisis de llanto de Darío estaba casi en el olvido. No recuerdo cómo se resolvió la situación, intuyo que después de ese tamaño de descubrimiento que era la injusticia social y mi súbita madurez repentina forjada por el rebote de ese golpazo de vida que se había pegado Darío, mi mente había decidido descansar y dejar de grabar. Pero hoy que tengo el privilegio de escribir estas notas, aprovecho para plasmar el descubrimiento que tuve tiempo después, cuando encontré el carnet de aquella tarde con mi firma pueril, desprolija, nerviosa. Darío no sólo lloraba por vergüenza. No sólo lloraba por empezar a notar que cada vez eran más las cosas que los otros tenían y el no. Darío además lloraba porque le habían negado una de las formas de expresión más sinceras y profundas como es la escritura. Darío no tenía la posibilidad de compartir sus historias, sus vivencias, sus creaciones más que mediante el intercambio verbal, tan volátil y efímero como el sonido de las palabras. Darío no iba a poder escribir una carta de amor cuando estuviera enamorado, ni firmar un dibujo para el día de la madre.

Pero yo creo que principalmente lloraba porque lo estaban privando de la fuente de libertad más hermosa e infinita del universo, que es la lectura. Ojalá Darío, donde quiera que esté, pueda leer éstas (y otras tantas) palabras.

jueves, 12 de mayo de 2016

Cómo lanzar un Jab.

El tipo (a efectos del relato quien les escribe) se hace un tatuaje de un boxeador. No importa si es Victoriano, si es un estilo tradicional americano o si se parece a alguien o no. El tatuador, un poco llevado por la rutina y otro poco para mitigar el hastío de un par de horas sentado mirando fijo bajo una luz blanca a un cuerpo ajeno, pregunta casi por obligación, "¿Y por qué un boxeador?"

La respuesta, que tarda unos segundos en materializarse en sonido, arranca para el lado de las ramas, del mismo modo que lo haría un mono capuchino post-robo de un racimo de bananas. Arranca por explicar que no siempre los tatuajes los decidí así. Hace unos años el objetivo era demostrar una idea, un mensaje y ver como eso se podía reflejar de mejor manera como un tatuaje. El dibujo grabado en la piel como la representación, la excusa para dejar bien en claro un mensaje, una postura. El tatuaje como mostrando "Esto soy yo, esto es lo que pienso y defiendo".

Pero los años habían pasado y ya no era igual. Ahora la cosa venía por otro lado. Ahora el tema era buscar una figura que entrara por lo estético, por lo artístico y ahí si, una vez definido el tatuaje, tratar de analizar y entender, en una tarea muy personal, que representaba esa figura. Y así apareció un boxeador. Un estilo tradicional americano. Una mezcla entre una figura victoriana y una postura y vestimenta de los años 50. ¿Y por qué? "Es un símbolo de la unión con mi viejo, que falleció hace varios años" fueron las palabras que elegí para explicarlo. Pasé en segundos de la última rama del Ceibo a una explicación que me llevó meses entender.  ¿Tu viejo era boxeador? era la pregunta que se caía de madura. No. No era boxeador, ni tampoco entrenador, ni tampoco el boxeo es mi actividad (a pesar de alguna intentona en el pasado). De hecho, mi viejo fue futbolista semi-profesional que jugaba a fines de los 50 en el ascenso. Y yo no pude pasar de una emocionante promesa que como tantos otros, no pudo llegar por las lesiones. Así que por ahí no estaba la cosa. 

Quizás se pueda empezar a entender porque de chico mi viejo me llevaba a ver a Huracán a todos los partidos que nos fuera posible. Y me contaba de las historias de su juventud, donde hacía gran vida social en el club y, debido a sus actividades de Pelota Paleta, compartía momentos con Ringo Bonavena. No era su amigo, ni siquiera creo que Ringo lo hubiera conocido si alguien se acercaba a preguntarle por mi viejo, pero las historias que mi viejo me narraba sobre Ringo, jugando a las damas en el club rodeado de pebetes que lo admiraban y como protestaba golpeando la mesa y tirando a la mierda todas las fichas ante una derrota, eran sin lugar a dudas mis preferidas. Entonces para empezar a entenderlo, mi primer ídolo popular fue, al contrario de mi situación actual donde Maradona tiene nivel de deidad, Ringo Bonavena.

Pero un día todas esas historias del club, de Ringo y los partidos de los sábados no fueron suficientes. Y a la tierna edad de 9 años, le dije a mi viejo que yo era hincha de River. Mi viejo se comportó como un campéon. Sin ningún reclamo, empezó a llevarme cada vez que pudo a ver "al más grande". Incluso en alguna que otra ocasión lo sorprendí gritando a viva voz un gol del millonario. Pero algo había cambiado. El fútbol había dejado de ser esa actividad de unión y había pasado a ser una actividad compartida, que no es lo mismo. Cada uno tenía sus propias ideas, cada cual defendía historias, estilos, tácticas. Ver un partido era analizar y desmenuzar intenciones, estrategias y limitaciones de cada equipo, jugador y DT. A veces estas cosas se hacían muy verbales y daban lugar a debates eternos. En otras ocasiones pasaba por un silencio mutuo que dejaba entender un mensaje tácito de "Yo se lo que pensás, vos sabés lo que pienso yo, pero el partido está muy aburrido para que lo discutamos".

Aún así, había algo que escapaba a esa sabiduría cuasi arrogante que nos daba la habitualidad de practicar y ver fútbol. Y ese algo era el boxeo. Casi sin decirlo, cuando teníamos la suerte de compartir una noche de sábado, la actividad fija era buscar algún canal que pasara una velada de box, transmitiendo desde cualquier parte del mundo. Y ahí nos sentábamos los dos, a compartir eso que tanto nos gustaba y a la vez, con mucho orgullo, ignorábamos en gran parte . No éramos neófitos; conocíamos a los históricos, entendíamos quien dominaba, quien proponía, quien tenía mejor técnica o quien buscaba atacar la zona baja del rival para producir un desgaste y compensar una diferencia de alcance. Entendíamos cómo lanzar un Jab. Pero lejos estaba de ser el conocimiento amplio que teníamos sobre el fútbol, donde nuestra condición de ex-practicantes, asiduos concurrentes y eternos estudiosos, nos daba el pinet para el tipo de conversación que nos alejaba de nuestras naturalezas humanas e imperfectas. El fútbol nos hacía eruditos, el boxeo nos volvía terrenales.

Y a medida que recordaba todas estas cosas durante el relato, me daba cuenta que lo lindo de compartir pasaba por muchas otras cuestiones. Ahí no había River o Huracán. Ahí no había 60 o 15 años. Ahí no había 4 volantes o 3 delanteros. Ahí era sentarnos a compartir algo que hermana mucho más que los éxitos: Era sentarnos a compartir nuestra ignorancia. Era sentarnos a aprender juntos y a disfrutar aprendiendo. Opinar, sentir, emocionarnos sin quizás entender mucho o sin que se nos juegue el ánimo de la semana. Era el lugar donde se unían todas las cosas que con empeño buscábamos separar. 

Y ahí estuvieron siempre esas peleas de boxeo de los días sábado. A veces en silencio, a veces comentando una preferencia por el petiso aguerrido o un morochón de pantalones rojos. Y la enseñanza fundamental de que las cosas que importan no suelen anunciarse con grandes parafernalias, sino que vienen humildemente disfrazadas de actividades banales. Nunca era un plan premeditado ni calculado con meses de anticipación. No había que sacar entradas anticipadas. Y ahí van a estar siempre las veladas de la federación en la avenida Castro Barros, donde por primera vez me sentí adulto a mis 13 años, viendo todos esos personajes tan sombríos y a la vez amistosos. Raros y a la vez confiables. Y ahí va a estar para siempre mi boxeador pseudo victoriano en el brazo, como la relación de unión inalterable con mi viejo, esa que ni la muerte pudo cambiar.

jueves, 2 de abril de 2015

Los beneficios de Atronelli

Es por eso que basándonos en el programa de desarrollo de competencias para implementar la estrategia y táctica del negocio, decidimos premiar al compromiso, la excelencia y la profesionalidad de Ricardo Atronelli… ¿Dónde está Ricardo? – El Gerente buscaba entre los asistentes a Atronelli – ¡Ahí está Atronelli! Decía, decidimos premiarlo con la responsabilidad del desarrollo y seguimiento del nuevo sector de agentes exclusivos, sector en el que tendrá a cargo la región Sur del país y una dotación de 130 recursos. ¡Un aplauso para Atronelli! – Los aplausos resonaron en el auditorio – Bueno, bueno… pero ahí no termina la cosa… como todos saben, las grandes responsabilidades acarrean grandes beneficios, y es por eso que decidimos, en una muestra de agradecimiento, que a partir del próximo día lunes, ¡Atronelli tendrá una rebaja del 20% en sus ingresos mensuales! – El auditorio estalló en una ruidosa ovación. Algunos aplaudían de pie. Otros, los que se encontraban más cerca, se acercaban a saludar, palmear e incluso abrazar a Atronelli que miraba absorto la situación. Pocos minutos después la reunión había finalizado y Atronelli regresaba a su hogar. Después de un largo viaje, se encontró con una fila interminable de autos en el peaje. Al cabo de 53 minutos de espera, llegó a la ventanilla:

-Creo –dijo Atronelli- que debido a la larga congestión y el tiempo de espera, la tarifa debería ser bonificada.
 -Se encuentra en lo cierto – respondió amablemente “Romina García” desde la cabina del peaje – son 180 dólares.

Atronelli preguntó si aceptaban tarjetas de crédito, a lo cual la empleada del peaje respondió que si, y que por tratarse de un día Lunes, tendría una bonificación del 20%, por lo que cargó a la cuenta un total de 216 dólares.

Al llegar a su casa, Atronelli comentó la situación a su esposa, quien comprensiva, sugirió:

-Deberías, por esta vez y por el día que has tenido, ordenar la casa, lavar los platos, poner a dormir los chicos y masajearme los pies. Sin duda te lo mereces.

Atronelli despertó a la mañana siguiente. Después de preparar el desayuno, limpiar los pisos y recibir dos golpes de llave inglesa en la nuca por parte del mecánico vecino que lo felicitó por el ascenso, se subió a su auto.

Al llegar a la oficina pagó el desayuno de sus 90 compañeros de piso, que insistían en que una persona como Atronelli se merecía un desayuno rodeado de sus allegados. Ricardo tomó coraje y se decidió a ingresar a la oficina de su jefe, a fin de renunciar a sus nuevos beneficios adquiridos.

-Buenos días, saludó Atronelli
-Buenos días Ricardo -contestó amablemente su superior mientras escupía al rostro de Atronelli - No me lo agradezca, Usted se lo merece.
- Quería hablar sobre… - Atronelli se limpiaba el escupitajo de la cara mientras intentaba retomar la conversación- sobre el ascenso que me propuso ayer…
- No hay nada que hablar Atronelli, lo que Usted pida le será brindado – Decía su jefe mientras le propinaba un puntín en la rodilla izquierda -
- Bueno, es que quisiera…
- ¡40% de reducción salarial! – Gritó su jefe- ¡Y la responsabilidad de los Agentes Exclusivos de todo el país! ¡Me está matando Atronelli! ¡No me pida más!
- No, por el contrario, yo en realidad…
- ¡60!, ¡60% y trabajo de lunes a lunes, pero nada más! – Decía el jefe, profundamente interesado en brindarle la mayor cantidad de beneficios posibles a su empleado ejemplar.
- No, no es tampoco eso lo que pretendo… - tímidamente Atronelli buscaba entre entender y expresarse. Su jefe llamó a seguridad, dos hombres de metro noventa y espaldas anchas aparecieron en segundos por la puerta, tomando a Atronelli de los brazos. Su jefe comentó:

 -Atronelli, Usted si que sabe negociar y ante eso no queda otra que rendirme… 90% de reducción salarial y calabozo por tres años.

Los guardias llevaron a Atronelli a un calabozo en el segundo subsuelo del edificio que olía horrorosamente a una mezcla de humedad, sudor y putrefacción. Con el paso del tiempo y su buena conducta, Atronelli fue atado a un poste, castigado a latigazos, quemado con cigarrillos, orinado, pateado y electrocutado. En cierto momento, mientras un guardia le arrancaba las uñas de los pies, a Atronelli le pareció sentir un olor dulzón a la distancia. Esforzó su olfato para atravesar los hedores reinantes y dejó volar su intelecto. “Banana” pensó. Por esa textura esponjosa y la calidez del aroma, notó que serían muffins. Muffins de banana. Fue entonces cuando entendió todo y temió por su seguridad laboral, por su despido.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Los nuevos hombres robot

Hace poco más de 50 años, Oesterheld en las páginas de El Eternauta hablaba de los "hombres robot". Juan Salvo, el protagonista de dicha historia, se los describía a una mujer de la siguiente manera:

"Los Ellos, los jefes de la invasión a los que nadie, que yo sepa, ha podido ver todavía, tienen bajo sus órdenes a unos seres inteligentísimos, con manos de dedos múltiples... Son los manos. Estos, a su vez, manejan a los hombres robots: son hombres capturados a los que les insertan en la base del cráneo, en la nuca, un aparato especial provisto de muchas lengüetas que se clavan en el sistema nervioso... Por medio de ese aparato convierten al cautivo en un verdadero autómata, capaz de recibir órdenes transmitidas desde muy lejos y de obedecerlas sin chistar, aun a costa de la propia vida..."

Cuando a la pasada, a la vuelta del trabajo sentado en mi sillón, leo títulos en los principales medios, de a poco comienzo con el ejercicio mental de buscar el mensaje implícito. Simples textos de dos renglones empiezan a convertirse en mensajes codificados, digitados por un mano disfrazado de jefe de redacción, a las órdenes de un Ello, que nadie ve. El mensaje viaja, con sus dos sentidos, y llega a los aparatos de los autómatas, los nuevos hombres robot. Y ellos cumplen el mandado "sin chistar". Decodifican el mensaje y lo transmiten, lo divulgan. "Una mentira repetida mil veces se convierte en una realidad" "Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil" "Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá". Tres citas de Joseph Goebbels, ministro encargado de la propaganda del gobierno de Adolf Hitler en la Alemania Nazi. Si a los descendientes de "Gobbie" (como seguramente lo llamaba Adolfito en la intimidad) se les ocurriera reclamar las regalías por los derechos de propiedad intelectual hoy en día, con los ejércitos mediáticos (Aquellos a favor y aquellos en contra) aplicando a troche y moche sus enseñanzas, se harían millonarios. Por suerte (para las corporaciones mediáticas) aparentemente a los descendientes nazis con el oro judío robado les basta.

Pero no me quiero desviar del tema principal, el quid de la cuestión: Para un lado o para el otro, los nuevos hombres robot salen lanzados con su misión: Café, cerveza o cigarrillo de por medio, comienzan la divulgación y defensa del mensaje. Generalmente lo hacen en grupos de a 3 o 4 mínimo. Buscan aunar fuerzas y atacan al desprevenido, siempre procurando la supremacía numérica. Agreden con el verbo las ideas diferentes, con tendencia a la destrucción, con el único fin de hacer prevalecer intereses ajenos. Es lógico, una de las primeras y fundamentales premisas del control de los ellos (a través de los manos) sobre los hombres robots es precisamente el desconocimiento del hombre robot de su condición. En todo momento el hombre robot actúa bajo una supuesta libertad y sus acciones autómatas operan en su interior bajo la máscara del libre albedrío.

Debo mencionar antes del final, nobleza obliga, la inocencia de los hombres robots de la historia del eternauta: Esos terrícolas eran rehenes capturados, a los que contra su voluntad se les instalaba el aparato en la nuca que los convertía en los hombres robot. Un ejército, como sin ninguna "casualidad" sino causalidad el autor describía, "...de hombres de mirada perdida y gestos tristes". Estos hombres eran convertidos contra su voluntad. En su interior yacía indefensa la voluntad de defender a sus pares, de luchar contra el invasor, de buscar la libertad. La mayoría de ellos habían sido capturados en combate e incluso, el hombre robot del eternauta volviá a su condición humana auténtica al retirarse el dispositivo de la nuca.

Pero los Ellos han evolucionado en estos cincuenta años. Hoy el ejército de hombres robot cree en una falsa idea de libertad y no son necesarios los dolorosos implantes de tecnología en la nuca. Como todo, el control se volvió wireless. Wi-fi. Los dispositivos evolucionarion, el alcance también. Y pareciera ser que muchos humanos eligen aliarse con el invasor, en apariencia más poderoso, por simple comodidad. Eligen ser hombres robot. Prefieren ese tibio conformismo de la pertenencia, el bienestar egoísta y personal por sobre el bien común. Viven sus vidas puertas adentro, rodeados principalmente de otros hombres robot, protegidos en sus bienes y pertenencias, siendo fieles a las órdenes del Ello, que de tanto en tanto los premia, por su obediencia incuestionable.

Solamente me queda pensar si quien les escribe éstas palabras no será solamente un hombre robot más, si todas estas palabras no son más que los deseos de otra entidad y que quizás no exista ya un verdadero corazón latiendo tras nuestra falsa cubierta de piel, la que en realidad es solamente una coraza de piedra.