sábado, 21 de marzo de 2020

Ximena despierta



Siempre es muy difícil saber cuál fue el motivo por el cual uno se despierta. Puede ser un ruido en la calle, un adorno que se tumba por una leve corriente o simplemente el ruido de las cortinas chocando contra la ventana. Quizás sea una reacción defensiva del inconsciente ante una pesadilla, una idea, un pensamiento que no queremos enfrentar. Pero ese primer instante en el que Ximena se despertó esa noche, la sensación era muy clara. Alguien la había tocado en el tobillo y se había abalanzado sobre ella.  Casi había sentido sobre su espalda a esa cosa etérea, maligna, mortal. Se despertó totalmente empapada en sudor, ese sudor frío que le erizaba la piel. La respiración tumultuosa, desesperada. Lo miró a Alberto, que todavía dormía placenteramente a su lado. No quiso despertarlo. Aún boca abajo sobre la cama, no quería darse vuelta. Pese a haber despertado, tenía la sensación de que lo que fuera que la había tocado en el tobillo, permanecía ahí. Su imaginación empezó a traicionarla y de a poco empezó a notar como eso se le acercaba por el costado de la cama que quedaba detrás de su cabeza. Escuchó un leve crujir de un listón de madera del piso. Sintió como aquella presencia se arqueaba y se acercaba sigilosamente sin tocarla, hasta llegar a susurrarle al oído “lo mataste, vos lo mataste, asesina”. Cerró fuertemente sus ojos y su corazón se aceleró al punto de casi salir de su pecho. Fueron 3 segundos que parecieron una eternidad. Sintió de repente una leve brisa y tuvo la sensación que lo fuera que estaba con ellos en la habitación, se había dado velozmente a la fuga. Finalmente, casi sin razonarlo, se armó de valentía y al mismo tiempo que abría los ojos, giró sobre su cuerpo. Ya nada había en la habitación. Presa de la desesperación se levantó de la cama y descalza como estaba comenzó a recorrer el apartamento, en la plena oscuridad. Pensó en tomar un cuchillo de la cocina, por lo que sigilosamente abrió el cajón y sacó ese nuevo, el que usaba para la carne. Caminó con el cuchillo en una mano y con la otra tanteando la pared del pasillo, en plena oscuridad . Se  asustó nuevamente con su reflejo en la ventana y tuvo que ahogar un grito de terror. En el living una tenue luz ingresaba por el ventanal, dejando en claro que nadie más estaba en el lugar. Aún con el cuchillo en la mano se dirigió al baño y sin prender la luz, para no despertar a Alberto, se bajó la ropa interior y se sentó en el inodoro a orinar. De a poco la tranquilidad iba volviendo a su persona. Se sorprendió culposa cuando apretó el botón de la descarga, pensó que el ruido podría despertar a Alberto. Con el cuchillo en la mano, volvió ya tranquila a la habitación. En su cama había otra mujer, durmiendo boca abajo. Alberto estaba junto a ella, ya sin vida. Suelta un grito sin voz, eterno, desesperado. Toma a la mujer desconocida por el tobillo. Con el cuchillo en la mano derecha, pone ambas rodillas sobre el colchón y se arroja resueltamente sobre ella. “¡Asesina!” grita sumida en desesperación mientras le asesta una puñalada en la espalda. Vuelve a despertar, empapada, desesperada, sumida en un terror absoluto. Alberto la consuela. “Tuviste una pesadilla mi amor, tranquila, ya pasó, está todo bien, no tengas miedo”. Ximena sonríe, acaricia tiernamente a su amado. Lo mira fijo a esos ojos marrones, redondos, plenos de amor. Alberto le responde la sonrisa. Pero Ximena quiere hablar y no puede. Lo intenta una y otra vez sin éxito. Alberto le pregunta qué le pasa. Ximena cae presa de la desesperación. Quiere agradecerle esas caricias, contarle su pesadilla, quiere hablar. Quiere decirle que lo extraña cada día, que no encuentra manera de pedirle perdón, que ella sabe que está soñando porque lo mató hace ya más de 7 años y que, principalmente, tiene mucho miedo de nunca, nunca más poder despertarse.

viernes, 20 de marzo de 2020

Pero esa no es toda la verdad


Era una noche más tranquila de lo normal en Calamuchita. De no ser por el sonido intermitente de las cigarras, Rosa tranquilamente podría haber sospechado una abrupta sordera. El cielo estrellado que observaba desde su jardín frontal poco podía presagiar los nubarrones que aparecerían un rato después. Sentada en la reposera, aún no se decidía si preparar algo para cenar o “Tirar con el mate y los bizcochos de la tarde” hasta que se fuera a dormir. Esas eran sus mayores preocupaciones desde que hace más de veinte años había decidido escapar del bullicio, el ruido y la locura de la Capital Federal para comprar las tres casitas que alquilaba en el centro y retirarse a vivir humilde pero pacíficamente al costado del río, alejada del cemento.

A lo lejos escuchó un motor. “Será Carlos” pensó. Carlos es el plomero que estuvo en la semana haciendo arreglos en las casas, preparándolas para la temporada de vacaciones. Le había dicho que cuando terminara, iba a pasar a cobrar. Rosa estaba convencida que siendo viernes, iba a pasar si o si, para ir a tomarse todo el pago a algún barcito del pueblo. Para su sorpresa, el auto, un fiat antiguo, de los que no veía ni siquiera en el pueblo, era el que se acercaba y se detuvo frente a su tranquera. No era Carlos. No era nadie que ella reconociera. Del auto bajó una mujer que no pudo reconocer por la oscuridad que empezaba a reinar, pero a la que identificó instantáneamente por su voz:

―¡Rosa vieja chota! ¡Mierda que me costó encontrarte! ¡Abrí carajo que me comen los mosquitos!

Quien gritaba desde la tranquera no era otra persona que Estela, la mejor amiga de la infancia, adolescencia y parte de la juventud de Rosa. Vecinas del barrio de Liniers, compañeras de escuela y confidentes de todo. No se veían hace más de 20 años.

―Estela, ¿Sos vos? - Preguntó para confirmar
―No, si soy la Teresa de Calcuta que se perdió en estos caminos de mierda. ¡Dale, abrime!
―Está abierto, sacale el pasador nomás - Le indicó Rosa mientras se levantaba de la reposera
―Dale, dale, yo abro… vos quedate tranquila ahí nomás, no vaya a ser que te ataque el reuma.

Rosa se quedó inmóvil en la puerta de su casa. De todas las personas que habitan el planeta tierra, a la última que esperaba recibir esa noche era a Estela. Las cosas no habían quedado muy bien la última vez que se vieron y ella consideraba que el tiempo y la distancia habían hecho desaparecer cualquier atisbo de relación entre ellas. Estela torpemente maniobró el auto para ingresar y lo estacionó sin mucho cuidado. Ya sin la verborragia utilizada para romper el hielo y con la cercanía como principal inhibidor, se acercó a Rosa que estaba en la puerta y la saludó emocionada, al borde del llanto.

―Rosa…

Rosa no respondió verbalmente, sino que al verla tan frágil, estiró sus brazos ofreciendo un lugar para que pudiera descargar sus emociones. Estela se entregó al abrazo propuesto y rompió en llanto sobre el pecho de Rosa, que tímidamente la confortaba acariciando su espalda. El abrazo se extendió por unos minutos en los que Estela descargó tanta angustia retenida.

―Una se pone vieja y se pone chota y sensible -dijo Estela secándose las lágrimas.
―¡Pero dejate de joder Estelita! ¡No tenés que explicar nada! -respondió, aún escéptica, Rosa.
―Sabrás entender que son muchas cosas guardadas… ¡pero ya está! ¡ya está! ya vine, te encontré y quiero que charlemos un rato, nos pongamos al tanto.
―La verdad, me sorprende mucho verte ¡me hubieras avisado que venías y preparaba algo, mujer!
―Te quería dar una sorpresa… hasta en un momento encontré tu número de teléfono por las casas que alquilás, pero quería darte la sorpresa de venir así de la nada.
―¡Y lo hiciste Estelita! ¡Flor de sorpresa!
―Dale, vamos adentro que me estoy pillando hace un par de horas, vos poné el agua para el mate y charlamos.

Rosa se sintió invadida por Estela. La aparición sin aviso, el trato despreocupado olvidando lo pasado y su autoinvitación a pasar la incomodaban bastante. Aún así trató de disimular todo esto y mientras Estela pasaba al baño, cargó la pava con agua y prendió la hornalla. Estaba limpiando el mate cuando escucha las risas que suenan en el pasillo.

―¡Pequeños placeres de la vida! -le grita Estela desde el baño- ¡hacer pis sentada y con la puerta cerrada!

Rosa no responde. Solamente cierra los ojos maldiciendo por la situación y prepara en silencio el mate. Siente el ruido de la cadena del baño, el agua del lavabo y el ruido de la tecla de la luz.

―Fijate que no se te hierva el agua -indica Estela mientras se sienta en la silla.
―Sí Estela, tranquila que no se va a hervir… la garrafa esta tiene poca presión, o se está acabando, no sé, tarda una eternidad.
―Ufff, en el pabellón con la garrafita tardábamos una eternidad.

“En el pabellón”. Rosa estaba esperando que de alguna manera Estela rompiera el hielo y abriera el paso al motivo real por el que estaba allí sentada, el por qué había decidido reaparecer después de más de dos décadas sin hablarse, escribirse, mucho menos verse.

―Estela, vos sabés que yo…
―Olvidate Rosa, olvidate. Ni me expliques -interrumpió Estela- tanto tiempo adentro tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Ahora que te lo digo me parece una estupidez, pero si, tiene cosas buenas. Te puteé Rosa… no te imaginás lo que te puteé. Años deseándote los peores de los males. Años pensando que podría hacer yo para cagarte la vida como vos me la cagaste a mi, años. Pero eso fue al principio, los primeros años. Incluso verte cuando venías a la visita me daba más bronca. Ver que venías, entrabas, te excusabas, llorabas… ¡y después te ibas! ¡Te ibas y la boluda que se quedaba adentro era yo! Ahí fue la época donde más pensaba en como cagarte la vida a vos también. Incluso un día tenía una faca preparada para cuando vinieras a la visita. Me chupaba un huevo comerme treinta años más adentro. Pensé en cagarte a facazos, pero te salvó una vieja que estaba conmigo, me convenció de que no valía la pena. Decí que ya se murió, sino te mandaba a que le agradezcas.

Rosa empezaba a notar que sus peores miedos se hacían realidad. Si bien escaparse del ruido y el ritmo frenético de la ciudad habían sido una sabia elección desde el primer día en que llegó a Córdoba, en ese momento, en esa noche que empezaba a nublarse, empezaba a pensar que se había ido a vivir al lugar ideal para la venganza de Estela: Sola, en el medio de la nada, sin nadie que la escuche gritar, sin nadie que la vea a Estela marcharse. Aún con el agua ya lista y el segundo mate cebado, no se sentó en la mesa, sino que se quedó apoyada en la mesada, con las palmas sobre la piedra. No podía parar de pensar dónde estaba el cuchillo grande, el de cortar la carne.

―Vení Rosita, sentate que no te voy a hacer nada. Esos fueron los primeros años. Después me metí con las evangelistas, me conseguí un laburito ahi adentro y empecé a cambiar la mentalidad. Es todo cuestión de mantenerse ocupada ¿sabés? cuando hacés cosas durante el día te cambia el ánimo, no te metés en quilombos y a la noche dormís de corrido. ¿Sabés cuanto tiempo estuve sin dormir? ¡Años! años sin dormir, enbroncada, con miedo, envenenada, pensando en cómo habían pasado las cosas, en cómo un mínimo gesto, una palabra, hubiera cambiado todo.

―Estela, vos sabés que yo… -Estela volvió a interrumpir, centrada en su discurso
―Porque no era cuestión nada más de probar mi inocencia. Bueno, inocencia no, pero vos sabías que eras vos o yo, no había otra. Cuando llegaron los yutas estábamos nosotras dos y el muerto ahí tirado. Yo tenía el cuchillo, me resistí al arresto y ya desde ahí arranqué perdiendo. Después tu marido puso guita, tenía el conocido en el juzgado… y vos ni una palabra dijiste, nada. Veintiocho años me comí adentro. Nunca pude formar una familia, nunca tuve hijos, no pude terminar de estudiar. ¿Y vos qué hiciste con ese tiempo? ¿Eh? no veo por acá a tu marido ni a ninguna criatura.
―No… Ernesto me dejó a los pocos años. Para mí tampoco fue fácil, vivir con la culpa, vivir con esas imágenes…
―¡Ah sí, la culpa! ¡Qué terrible! -Casi que gritando, Estela gesticulaba irónicamente- Cuando me cagaban a palos yo pensaba “mejor esto que sentir la culpa que debe estar sintiendo Rosita”. ¡Pero dejate de joder nena! me cagaste, tuviste una oportunidad y acá estás, sola, sola como un perro. ¿Te da mucha tranquilidad sentarte en la puerta a tomar mate? no te debe querer nadie, porque la que garca una vez, garca siempre.
―Estela, vos me conocés, somos amigas desde muy chicas, todo eso me sobrepasó, Ernesto me fajaba y me prohibió que hablara, yo siempre fui muy cagona…
―¡Pero al ñato ese lo mataste vos! ¡Te lo cogías vos, amenazó con delatarte a vos y lo mataste vos! Me llamaste desesperada y yo como haría una buena amiga, ¡te ayudé sin preguntar nada! ¡lo mínimo que podrías haber hecho, aunque fuera años después, era hablar! pero no, venías a la visita con tu cara de pobrecita, me contabas cosas de tu vida y del país… ¡que me importaban tres carajos! ¡tres carajos! encima cuando te cagaba a puteadas, te ponías a llorar… pero soy mejor persona que vos Rosita, ¡mucho mejor!
―Estela, perdoname… sabés que tenés mucho tiempo todavía y yo nunca tuve como objetivo principal joderte a vos, yo nunca me pude volver a relacionar con nadie después de eso, la pasé mal y…

Rosa estalló nuevamente en llanto. Como en las visitas al penal, la persona que expresaba el sufrimiento, la congoja, el malestar, era ella. Estela casi que sentía pena, pero no se permitía ese sentimiento, no era justo con todo lo que ella había pasado.

―Ya te perdoné Rosita. Te perdoné hace tiempo. De hecho hace años te escribí sin obtener respuesta, calculo que ya estarías viviendo por acá. Y te confieso que en el camino para acá pensaba, mientras manejaba por la ruta. ¿Viste el auto? ¡Por favor, que cacharro! Me lo prestó el dueño de la pensión en la que estoy parando en Capital. Un gaucho el viejo, me parece que me la quiere dar. Un asqueroso. Te decía, pensaba mientras venía cómo iba a reaccionar al verte, cómo ibas a reaccionar vos… tenía un poco de miedo de sentir mucha bronca, mucha envidia, no sé… hasta tenía miedo de cómo podía llegar a reaccionar. Pero no che, nada de eso. Así chota y todo como sos, sos la única amiga que tuve y que tengo.

Rosa por primera vez en la noche cambió su semblante. A pesar de los años en la cárcel, ciertas virtudes de Estela comenzaban a aflorar y eso le daba tranquilidad. Es cierto, todas las verdades proferidas la habían enterrado en un sentimiento de culpa y tristeza, pero también eso le daba una leve sensación de justicia.

―¿Querés que te prepare algo para cenar? ¿Comiste? -preguntó Rosa, en extremo servicial.
―No, no, ya me voy. No te voy a mentir, no me interesa que me cuentes nada. Creo que necesitaba descargarme, decirte algunas cosas en la cara.

Estela empezaba lentamente a irse. Con tranquilidad se levantó de la silla, miró un poco la cocina y le sonrió a Rosa. Un auto se acercaba a la tranquera de entrada, lo que le dio tranquilidad a Rosa por la presencia de otras personas.

―Ese debe ser Carlos, el plomero. Me dijo que iba a pasar a cobrar unos trabajos que le mandé a hacer -dijo Rosa señalando la puerta, como tratando de tranquilizar a Estela.
―Bueno, vamos saliendo y ya que abrís, aprovecho para irme.

Ninguna de las dos hizo ademanes de alguna demostración de cariño. Estela dándole la espalda a Rosa abrió la puerta y comenzó a caminar rumbo al auto. Rosa, caminando detrás, se hacía visera sobre los ojos para divisar a Carlos detrás de las luces del auto estacionado frente a la tranquera.

―¿Viste que yo te dije que pensé mucho y que ya te había perdonado? -preguntó Estela y sin darle tiempo a Rosa a responder, prosiguió- bueno, eso es cierto. Pero esa no es toda la verdad. Un día, cuando vos ya no me visitabas más, me vino a visitar un pibe, de unos dieciocho años.

Rosa estaba prestando más atención al descenso de Carlos del vehículo que a lo que decía Estela. Casi sin dejar de mirar el auto, preguntó:

―¿Qué?
―Que no hace mucho, cuando ya vos no venías, me vino a ver un chico, como de unos dieciocho años… ¡de lindo el pendejo!

Rosa dejó de mirar al auto, ya preocupada y se acercó con un trotecito leve hasta donde estaba Estela, que seguía hablando:

―Educadito el pibe, no sabés, una ternura.Y así, con mucha vergüenza, me dijo que quería saber si era verdad que yo era inocente. Pensé que sería de alguna escuela o universidad, viste que a los chiquitos los mandan a hacer entrevistas y esas cosas… pero no, resulta que no.
―Escuchame Estela, no te subas al auto todavía que me parece que no es Carlos el del auto, no reconozco bien el modelo pero me parece que es otro.
―Yo al pibe le conté toda la historia y me vino a ver varias veces… hasta en una de las visitas le pregunté si no quería hacerme el servicio, ¿viste? se reía pobrecito. ¿Sabés quién era? el hijo del tipo que vos mataste. Había estado averiguando y me vino a ver.

Rosa se quedó congelada. Estela mientras hablaba no la miraba y ya estaba sentada en el asiento del conductor. Puso el auto en marcha.

―Nos costó encontrarte, pero bueno, una vez que nos enteramos de las casas de Calamuchita, el aviso en Internet y un par de preguntas en el pueblo nos solucionaron bastante rápido el tema. Yo quería cerciorarme que fueras vos, no vaya a ser cosa de hacer cagadas.

Rosa empezó a correr para la casa, desesperada.

―Rosa, no seas pelotuda -le dijo Estela mientras se bajaba del auto- las llaves de tu casa ya las agarré yo… ¿me vas hacer abrirle a mi?

Estela se bajó del auto y miró para la casa, Rosa había entrado y estaría buscando algún arma o quizás tratando de esconderse. Caminó unos pasos, le hizo una seña al conductor del vehículo para que bajara las luces, y corrió el pasador de la tranquera.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Dorian


Caminaba resignado ya bajo la lluvia de Enero. Esa temporaria inclemencia climática se veía acompañada de una fría brisa que lo obligó a levantar el cuello de su camisa, en procura de un poco de abrigo. Acomodó un poco su peinado, desdibujado por el agua. Casi al trote cruzó la calle y se detuvo bajo un balcón a pocos pasos de la puerta. Nuevamente intento componer su imagen, sacudiéndose un poco del líquido que lo inundaba. Tomó aire y con un poco de orgullo se las ingenió para dibujar una sonrisa en su cara. Se dirigió hacia la puerta. A un paso de llegar, seguía dudando entre tocar el timbre o seguir caminando. Se detuvo frente a la puerta. Sintió el nerviosismo que invadía su cuerpo. Las manos le temblaban un poco, el corazón se aceleraba y se sentía algo agitado. Detuvo su dedo a escasos centímetros del timbre. En eso vio a otro aventurero que, paraguas en mano, cruzaba la calle en dirección a él. Decidió simular para no parecer estúpido, para no parecer sospechoso, inmóvil ahí como estaba bajo la lluvia. Apretó su dedo índice junto al botón del timbre, contra la pared y pegó su oreja al parlante del mismo, como esperando una respuesta que nunca iba a llegar, hasta que el hombre del paraguas se alejó. Sintió un poco de vergüenza de si mismo y se alejó un paso de la puerta. Instantáneamente volvió a acercarse y sin dudar, tocó furiosamente el timbre. Le pareció escuchar ruidos dentro de la casa, pasos que se acercaban a la puerta. Cinco segundos. Diez. Nada, ninguna respuesta. Temiendo pasar por insistente, decidió esperar un poco más. Un auto pasó levantando agua y lo sorprendió inmerso en la espera del “clac” del portero eléctrico. Sonrió. Y casi con la seguridad que nadie atendería, volvió a tocar. Ya sin nervios ni palpitaciones, esperó casi un minuto. Giró, miró hacia ambos lados de la acera y emprendió el camino de regreso, ya con un andar más calmo pese a la torrencial lluvia. Mientras cruzaba la calle, se preguntó a sí mismo:

-¿Cómo se llamaba el libro aquel del retrato?

lunes, 28 de enero de 2019

Juicio final


- Bueno, a ver, repasemos la lista.
- Vos decime el veredicto que yo los voy marcando
- ¿Desde el principio?
- Desde el principio.
- Dale.
- Infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno,   infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, eh... infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, paraíso, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno…
- Pará, pará... ¿Hay algún otro que diga paraíso?
- ¿Mejor me fijo no? A ver...mmmhh...no.
- Entonces no marco más.
- Más vale, dejala por ahí, total a aquel no creo que le interese.
- Miralo que pelotudo parece ahí sentado en la nube solito...
- Se va a cagar de la angustia... ¡Por toda la eternidad!
- ¿Vamos bajando nosotros?
- Dale. Pasa que tengo que cerrar.
- Bueno, tampoco me apures
- Dale, vamos
- Che, por curiosidad nomás, ¿Quién era el único que quedó allá arriba?
- El diablo, chabón, el diablo.

martes, 14 de agosto de 2018

No habrá visitas



Se despertó sentado. Tardó unos segundos en reconocer el lugar. Fugaces visiones atravesaron su mente con la prestancia de un rayo que cae al mar. La cucheta, el lavabo sucio y los barrotes no tardaron en responderle. Casi que se topó con la segunda incógnita. Porqué. Imágenes de toda índole lo abrumaron. Supo distinguir entre las reales y las que eran solo fruto de su vasta imaginación.
Suena un timbre. Ruidos metálicos y esa luz que resulta extraña, novedosa, agresiva. Pasillo largo, un aire viciado y ruido al final. Hoy debería venir mamá a la visita, ya estaría llegando. Seguramente tendría esa bufanda que no se saca nunca y un paquete de bizcochos en la mano. Pero ya no guarda la esperanza de volver a verla. Hace años que no viene por el correccional. Nadie viene. Ni siquiera los colores, solo quedaron el gris y el negro.
El odio se inmiscuye súbitamente en su pecho. Cierra el puño fuertemente y una gran decepción abate su semblante. Fuertemente mastica su furia y se siente un poco avergonzado. Se siente iluso. Engañado. Esa imagen de un domingo en familia, donde el abuelo baila y sonríe desde el sillón solamente ha sido un sueño muy cruel. Con suavidad apoya nuevamente su cabeza en la almohada. Esa frescura, esa inocencia, tardará mucho tiempo en volver. Tanto que, por ahora, no habrá más lugar para soñar. Sólo para esperar que el tiempo pase. Y cuando fuese el momento, aplicar la lección aprendida.

lunes, 9 de julio de 2018

De payasos y boxeadores

Llegó al bar con esa extraña sensación. No se sentía mal, pero sabia que podía estar mejor. Poco le importaron en una primera instancia todas las miradas despectivas que interceptaron su aura rumbo a la mesa. Eligió una escondida, para luego de meditarlo, optar por una junto a la ventana, desde la cual podía observar todo el interior del local como así también la calle. Luego de un minúsculo murmullo que pareció eterno, la calma y el vacío volvieron de la mano al bar. El cálido beige que intentaban transmitir los tapizados no reflejaba el frío que habitaba el aire. El sol tímidamente lanzaba sus últimos manotazos de ahogado a través de los gigantescos ventanales del salón, como quien se resiste a irse, a perderse la función que está por comenzar. Alguien salió del baño, generando una corriente de aire que sorprendió a nuestro personaje. Acto seguido, el mismo procedió a acomodar su cabello con elocuentes muestras de consternación ante el imprevisto cambio de peinado. Utilizó su reflejo en la ventana como espejo y, agachándose un poco para verse mejor, retocó un poco su cabellera. Aprovechó el suceso para mirar por el ventanal y cruzó su mirada con la gente que pasaba, mientras ellos buscaban las monedas necesarias para retornar a sus hogares. Sostuvo su mirada en la nada y luego volvió sobre sus zapatos. Sus zapatos negros de cuero. Maltrechos, si. Pero no rotos. El brillo orgulloso denotaba la pelea por no caer desde la verde pradera de la elegancia al abismo de la desprolijidad y el desaseo. Recordó en ese momento, casi sonrojándose, que no se había quitado el abrigo. Lentamente y creyéndose observado por todos, se incorporó de la silla, sacó su brazo derecho de la manga y cuidando que nadie reparara en la rotura del forro marrón de su saco, sacó el otro brazo para así proceder a colocarlo prolijamente sobre el respaldo de la silla.

Se sentó nuevamente y buscó con su mirada al mozo. Para su sorpresa, la encargada de las mesas era una mujer. Una chica. Se repitió como a modo de reto que las cosas ya no eran como antes, que las cosas cambian y que ya casi es habitual encontrar más mujeres mozas que hombres. Mientras trataba nuevamente de grabarse ese nuevo aprendizaje en el cerebro, observó a la chica: Llevaba un pantalón negro y una camisa blanca. Tenía un delantal rojo que cubría todo su torso, sobrepasaba su cintura y llegaba casi hasta sus rodillas. Trató de quitar la mirada lo más rápido posible y esperar a ser atendido. También vio a un hombre detrás de la maquina del café, de gestos ampulosos y voz grave. Parecía el dueño del lugar, o mínimamente, el encargado.

La tarde seguía cayendo y junto a él, del otro lado del vidrio, ya se armaban las colas de gente esperando el colectivo. Recordó tiempos de la niñez, cuando el circo llegaba al barrio y los alrededores se llenaban de colas de pequeños retoños ansiosos de una entrada para ver al domador de leones, a los acróbatas Chinos o a los payasos. A los casi míticos payasos. Y pensó que todos teníamos algo de los payasos. Un personaje asociado a la risa y a la diversión, pero con lágrimas dibujadas sobre su blanco rostro. “O quizás somos actores” pensó como corrigiéndose sobre su última idea. Se permitió después de eso, una leve sonrisa.

Tomó aire profundamente y volvió a mirar a quienes le rodeaban. Sus bocas parecían poseídas por un extraño mal, que les impedía detener el movimiento. Intentó, mientras observaba, encontrar algún soñador, algún poeta, alguien como él o quizás algún detective. Miró a la barra y descubrió que los taburetes eran de plástico, al igual que gran parte la decoración. Se sintió algo estúpido y miró su silla. Aunque no lo había notado, también era de plástico, al igual que los ceniceros y esa especie de cajita donde prolijamente se encontraban ubicados el azúcar y el edulcorante. Lejos de sentirse incomodo (quizás si, algo extraño) decidió proponerse un juego. Y buscar en los demás clientes, rasgos, detalles de figuras que él admiraba. Trató de buscar parecidos, gestos, actitudes. Y no pudo. Trataba de recordar mas características de sus maestros, de sus ídolos, hasta quizás de sus padres, pero lo fue imposible. No había payasos, mucho menos piratas, bucaneros, espías o superhéroes.

Quizás fueran solo las ganas, pero le pareció ver a un boxeador aguerrido, nariz maltratada por los golpes, brazos agarrotados y gesto adusto, pagar la cuenta y marcharse silbando bajito. Miró hacia el hombre del café y con un gesto tradicional, ordenó uno. Casi como un acto reflejo, metió su mano en el bolsillo trasero de su pantalón, buscando su billetera, necesitaba cerciorarse de tener el dinero para pagar el café. Abrió la misma y cayó de ahí un papel que había olvidado poseer. Lo abrió y encontró una dirección. Quiso recordar su procedencia, pero un grito en una mesa cercana lo sobresaltó. Un hombre y una mujer discutían sobre nada en particular. La mujer se levantó y entre lágrimas se retiró del lugar. Atravesó la puerta principal a paso apurado y justo frente a su ventanal, paró el primer taxi que encontró. El hombre simplemente procedió a pagar la cuenta sin preocuparse por el vuelto. Tomó su sobretodo, su maletín y se dirigió también por la puerta principal, pero en dirección contraria.

Para cuando volvió a poner atención sobre el papel, notó que no estaba. Por un momento quiso agacharse a buscarlo en el piso, pero consideró aquella actitud poco decorosa y, presa de su timidez, solo se limitó a buscarlo con la mirada. Pronto llegó el café que había ordenado y prolijamente se dispuso a disfrutarlo. Tomó dos sobres de azúcar, sacudió primero uno y después el otro, sosteniéndolos por un extremo superior y dándole suaves golpes contra la palma de su mano. Los abrió lentamente y volcó paulatinamente su contenido dentro de la taza de café, para su sorpresa, de plástico. Tomó la cucharita plástica y mientras miraba por la ventana, revolvió describiendo pequeños círculos con la misma. El sol rápidamente había cedido su terreno y el frío se notaba en las levantadas solapas que abundaban allí afuera.

Un sonido hiriente alteró la frenética tranquilidad que reinaba en el aire. Y fue la invitación al cambio. El cuerpo quedó dentro del bar, pero su alma salió por la puerta principal. El cuerpo ahora simplemente miraba como el alma investigaba los alrededores.

El sonido lo produjo una bocina, informó la misma. Y se encontró con paradas de colectivos plagadas de gente. Gente que quería volver a sus respectivos hogares. A la vuelta, doblando la esquina, pobreza. Basura. Vio a un chico que jugaba con un autito de plástico violeta. y soñaba que era Traverso, como le enseñó el padre. Se topó con un señor de unos cincuenta años. Sus lentes parecían tan gruesos como sucios. Y el maletín desencajado resistía colgado de su mano derecha. También encontró un morochón de físico imponente que caminaba con un pesado bolso de cuero negro al hombro. El cuerpo buscó similitudes dentro del bar pero no las encontró. El alma, desde las afueras, consultó por los colores: Informó la predominancia de los cartones y las maderas, los tonos eran apagados, pero el brillo lo llevaban las personas, en los ojos.

El cuerpo notó que el bar resplandecía en colores y luces, pero eran falsos, hipócritas. Cansada, su alma se detuvo frente al ventanal y se sentó en el cordón. Fue en ese momento que nuestro personaje descubrió que dos pedazos de vidrio articulados con un brazo hidráulico no eran simplemente la puerta de un bar. Eran un portal, la salida a otro mundo totalmente distinto, totalmente real. Tanteó el marco plástico del ventanal y una lágrima rodó por su mejilla.

Todo el bar se conmocionó y lo miró. Las miradas eran vacías, llenas de la nada. La temible nada. Tenían si, un dejo de pánico, pero no alcanzaba. Su alma desapareció en ese instante y no puedo asegurar si volvió a el. Giró y vio a toda esa gente: Eran fríos, observadores, sin brillo, rígidos. Eran de plástico.

Volvió a ponerle el seguro a su arma y la guardó nuevamente en la cintura. No había un motivo para robarle a esa pobre gente. Tampoco tenían nada que le interesara. Depositó unos billetes sobre la mesa, suficientes para el pago de su café, y atravesó, caminando tranquilo, la puerta principal.

Del otro lado de la calle, donde el viento atacaba impiadosamente a las frágiles hojas, lo esperaba su vida.

Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken.

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sábado, 23 de junio de 2018

Maradona nos hizo creer

Permintanmé una pequeña trampa. Bah, en realidad dos: La primera es acentuar las palabras como mejor se me cante para que el lector pueda leerlo (valga la redundancia) con la misma entonación que yo se lo relataría verbalmente. La segunda es la de omitir todos los nombres propios a excepción de Maradona, como observarán en el título.

Imaginemos juntos. El escenario es conocido, es el planeta que habitamos. No espere muchas cosas mágicas (aunque algunas parezcan serlo). Simplemente haga un breve repaso por las realidades socioeconómicas del capitalismo. Países poderosos (llamados "primer mundo") potencias económicas que dominan lo que pasa y lo que no y un puñado (demasiado grande) de países que (sobre)viven de acuerdo a voluntades ajenas. Ya tenemos el marco principal.

Ahora nos vamos a centrar en la historia de uno de esos países pobres que pugnan por atravesar el día, en un escenario de constantes luchas sociales de pobres versus pobres donde una injusta división de las riquezas premia a un mínimo porcentaje de habitantes que, serviles a los poderes extranjeros de los países primermundistas, obedecen y explotan a la población en pos de beneficios ajenos. Ya definimos un subgrupo en la historia. Usted ya se empieza a sentir identificado.

Este cuarto párrafo es para dilucidar el punto de conflicto de nuestra historia: Imaginemos que todos estos países tengan una actividad en común, no sé... pongámosle un nombre de fantasía, se me ocurre algo así como "piepelota". Pensémoslo como una actividad física que incluye patear una pelota, que se practica en grupo y que realmente despierta pasión en la mayoría de las poblaciones. Siempre va a haber unos cuantos que miren con recelo y elijan quedarse afuera, pero son los menos. Imaginemos que en todos los países, la mayoría de sus habitantes practica este juego (o deporte, como prefiera) que se llama "piepelota".

Comienzan entonces las organizaciones. En todos los países alrededor del mundo la gente se empieza a juntar, encuentra otras personas que comparten su afición y se les ocurre medirse unos contra otros para ver qué conjunto de personas desarrolla de forma más efectiva esa actividad. Crean entonces reglas, herramientas de medición de performance y con el tiempo, éstas se vuelven globales. Esas reglas serían como los derechos humanos, para que el lector lo entienda. Sin importar nacionalidad, edad, género, raza, lo que fuere, las reglas son iguales para todos los habitantes del mundo.

Las competencias comienzan a crecer: Locales, regionales, nacionales, continentales, mundiales. En poco tiempo se crean federaciones y los habitantes de cada país deciden unirse tras su bandera y competir contra los mejores de los demás países. Ya dejan de tener nombres propios como su barrio, su ciudad o el nombre del club donde se juntan a practicarlo. Pasan a llevar los nombres de sus países.

Prontamente alguien entiende que todo esto podría generar un negocio monstruoso: Incluye publicidades, arreglos de televisación, franquicias, merchandising. Se genera un aparato gigantesco que moviliza millones a lo largo del mundo. La distribución sigue siendo la misma: Los países poderosos se reparten el 90% de la torta, dejando para los demás las migajas.

En los países poderosos, todo funciona a la perfección: Todos los equipos de su territorio son auto sustentables, los estadios cuentan con las medidas de seguridad correspondientes, los acuerdos de televisación son sustanciosos y los ingresos generados por las figuras de su combinado nacional se destinan exclusivamente en gestiones orientadas a potenciar el rendimiento de dicha selección.

En los países tercermundistas, todo se hace a pulmón. Los equipos de sus territorios dependen casi exclusivamente de las dádivas del ámbito empresarial: No son auto sustentables, padecen el flagelo de las combustiones sociales causadas por la opresión y sobreviven ofreciendo de tanto en tanto a modo de sacrificio a los dioses, un jóven talento a los equipos de los países poderosos. Los ingresos generados por estos, cuando se juntan para representar a su país de origen, mínimamente alcanza para emparchar huecos, subsidiar equipos mal administrados y compensar falencias sociales.

La lucha se hace despareja, injusta. Los poderosos tienen mejores instalaciones, tienen los mejores seleccionadores, entrenadores y directores técnicos, cuyos salarios superan el presupuesto de una década de todo un país tercermundista. Ellos se arreglan con lo que tienen dentro de su ámbito, con tecnología descartada del primer mundo y con copias desactualizadas de sistemas utilizados hace años atrás por las potencias mundiales.

Los habitantes de los países pobres, se acostumbran a esa realidad: Aplauden el esfuerzo, valoran una representación digna de sus muchachos y no dudan en elogiar los mecanismos y resultados de los poderosos. Idolatran especialmente a sus compatriotas que logran emigrar hacia las potencias y día a día compiten de igual a igual con ellos. De hecho, gracias a varios de ellos algunos clubes locales lograron terminar el estadio o construir una pileta de natación.

Pero un día se nos aparece un morochito rebelde, con rulos y una actitud altanera que cambia la escena. Hagamos el ejercicio conjunto de bautizarlo: Década del 60, país pobre sudamericano, afueras de la capital, vamos con la costumbre local de nombrarlo en honor al padre: Se llamará Diego. Hay que ponerle un segundo nombre, puede ser el primero que nos venga a la mente: Ya sé, como lo estamos "armando", ese va a ser el segundo nombre. Armando. Y como apellido, vamos a ponerle uno bien de fantasía, digno de un superhéroe: Maradona.

Maradona de a poco empieza con esta cosa de combatir al poderoso. Los primeros logros son vistos desde cerca por los habitantes de su país ya que con su equipo humilde, el de sus inicios, pone en jaque a los poderosos locales. Pasa el tiempo y la historia se repite, un poco más lejana. Y cada vez que representaba a su conjunto nacional, se empezaban a ver algunas cosas extrañas: Empezaban a parecer. De repente no les parecía tan lejana la idea de ganarles, aunque ocasionalmente, a uno de los poderosos. De pronto se dieron cuenta que era posible y no sólo eso, sino que lo ven ocurrir. Y no lo vieron solamente sus compatriotas, sino que quedó a la vista de todo el mundo. Señoras y señores, ese combinado nacional de un país tercermundista pobre y embebido en conflictos sociales, injusta distribución de sus riquezas y esclavizado por las potencias mundiales, le ha ganado a todas ellas (o quizás, para darle más dramatismo a la historia, a la principal) y se ha consagrado como el mejor combinado del mundo. El morochito enrulado sonríe sobre los hombros de algún compañero, con la copa en la mano.

Fueron años de gloria. Los olvidados de la historia, los que inventaron la birome por no tener los medios para la lujosa escritura de pluma y tinta, los que inventaron el colectivo por no poder tener otra forma de transporte que no fuera masiva, eran los mejores en algo. Y sobretodo, los mejores en algo donde participaban todas las personas del planeta, con sus poderes y sus influencias. No había disparidad económica, social o de poder que pudiera contra ellos.

Unos años después empezamos a reforzar esa idea. En la siguiente oportunidad de medirnos, nuevamente logramos superar a todas las potencias y otra vez nos enfrentamos nosotros, los mejores del mundo contra ellos, los más poderosos. Y si bien el sopapo de realidad fue doloroso, nos grabó la idea: Nos tuvieron que robar ante los ojos de un mundo que hizo la vista gorda, para poder superarnos. Uno de los nuestros, de un país oprimido, nos clavó el puñal por la espalda. Ejemplos en la historia no faltan. No era suficiente con sus presiones económicas, no era suficiente con nuestras penurias sociales. Nosotros éramos los mejores y la única forma de superarnos era robándonos plena y llanamente.

Pero estos muchachos no se quedarían de brazos cruzados. En la tercera edición tendríamos nuestra venganza y volvimos para reclamar lo que nos pertenecía, ya convencidos, por derecho divino. Éramos los mejores y nos correspondía el primer lugar. La competencia arrancó y quedó demostrado de qué estábamos hablando. La revolución proletaria encabezada por ese tal Maradona, el morocho de rulos, estaba dispuesta a poner de rodillas al poderío económico reinante y esta vez no bastaría con un penal para deternerlo. Y vaya que si lo sabían, porque directamente para frenarlo le cortaron las piernas.

Y ahí quedamos desamparados todos sus compatriotas. Desde ese día no nos damos por vencidos y estamos convencidos de ser los mejores del mundo, porque Maradona nos hizo creer. Desde el día que lo vimos enfundado con la camiseta que nos representa a todos, de a poco nos fuimos olvidando el papel que nos dieron en la obra de teatro del capitalismo y pensamos, ilusos, naifs, inocentes, que la alegría también nos podía tocar a nosotros, que podíamos soñar con primeros puestos y que la vida era horizontal, con igualdad de oportunidades para todos. Nos hizo creer que éramos todos iguales, que ahí dentro no había diferencias y que nuestros pecados de latinos subdesarrollados no iban a perseguirnos y castigarnos dentro del verde campo de juego.

De no ser porque todo esto no es otra cosa que la pura realidad, esta historia no sería más que un guión rechazado por Hollywood en el que un ser de otro planeta baja en un barrillete cósmico y libera a una población de la opresión tirana.

Hoy poco a poco las nuevas generaciones van volviendo a la normalidad del escenario capitalista. Se aceptan las limitaciones impuestas desde afuera, empieza nuevamente a proliferar la idolatría sobre aquellos "que triunfan allá" sin morder la mano que les da de comer y nos contentamos con una derrota digna ante los poderosos. Las habitaciones de los niños y sus redes sociales se ven inundadas de pósters e imágenes de las grandes figuras de las grandes ligas. Todos conocen las formaciones de los equipos más poderosos y no dudan de mostrarse hinchas fanáticos de tal o cual conjunto europeo, a punto de no perderse ningún partido por la televisión por cable. La organización nacional del piepelota es caòtica, a punto tal de no encontrar siquiera un seleccionador que se digne a dirigir el combinado nacional. Ya la gente no quiere creer, sino que quiere aceptar. "Tenemos limitaciones", "Es lo que tenemos", "Bastante hacen, con el quilombo que es la administración", “es el reflejo de la sociedad”, "salimos 3 veces subcampeones" es lo que dicen y no puedo evitar putear con muchísimo dolor. El dolor de haber sido y ya no ser. Y putear y maldecir a ese morocho rebelde de rulos nacido en los suburbios de algún país pobre y subdesarrollado que nos hizo creer.