Siempre
es muy difícil saber cuál fue el motivo por el cual uno se
despierta. Puede ser un ruido en la calle, un adorno que se tumba por
una leve corriente o simplemente el ruido de las cortinas chocando
contra la ventana. Quizás sea una reacción defensiva del
inconsciente ante una pesadilla, una idea, un pensamiento que no
queremos enfrentar. Pero ese primer instante en el que Ximena se
despertó esa noche, la sensación era muy clara. Alguien la había
tocado en el tobillo y se había abalanzado sobre ella. Casi
había sentido sobre su espalda a esa cosa etérea, maligna, mortal.
Se despertó totalmente empapada en sudor, ese sudor frío que le
erizaba la piel. La respiración tumultuosa, desesperada. Lo miró a
Alberto, que todavía dormía placenteramente a su lado. No quiso
despertarlo. Aún boca abajo sobre la cama, no quería darse vuelta.
Pese a haber despertado, tenía la sensación de que lo que fuera que
la había tocado en el tobillo, permanecía ahí. Su imaginación
empezó a traicionarla y de a poco empezó a notar como eso se le
acercaba por el costado de la cama que quedaba detrás de su cabeza.
Escuchó un leve crujir de un listón de madera del piso. Sintió
como aquella presencia se arqueaba y se acercaba sigilosamente sin
tocarla, hasta llegar a susurrarle al oído “lo mataste, vos lo
mataste, asesina”. Cerró fuertemente sus ojos y su corazón se
aceleró al punto de casi salir de su pecho. Fueron 3 segundos que
parecieron una eternidad. Sintió de repente una leve brisa y tuvo la
sensación que lo fuera que estaba con ellos en la habitación, se
había dado velozmente a la fuga. Finalmente, casi sin razonarlo, se
armó de valentía y al mismo tiempo que abría los ojos, giró sobre
su cuerpo. Ya nada había en la habitación. Presa de la
desesperación se levantó de la cama y descalza como estaba comenzó
a recorrer el apartamento, en la plena oscuridad. Pensó en tomar un
cuchillo de la cocina, por lo que sigilosamente abrió el cajón y
sacó ese nuevo, el que usaba para la carne. Caminó con el cuchillo
en una mano y con la otra tanteando la pared del pasillo, en plena
oscuridad . Se asustó nuevamente con su reflejo en la ventana
y tuvo que ahogar un grito de terror. En el living una tenue luz
ingresaba por el ventanal, dejando en claro que nadie más estaba en
el lugar. Aún con el cuchillo en la mano se dirigió al baño y sin
prender la luz, para no despertar a Alberto, se bajó la ropa
interior y se sentó en el inodoro a orinar. De a poco la
tranquilidad iba volviendo a su persona. Se sorprendió culposa
cuando apretó el botón de la descarga, pensó que el ruido podría
despertar a Alberto. Con el cuchillo en la mano, volvió ya tranquila
a la habitación. En su cama había otra mujer, durmiendo boca abajo.
Alberto estaba junto a ella, ya sin vida. Suelta un grito sin voz,
eterno, desesperado. Toma a la mujer desconocida por el tobillo. Con
el cuchillo en la mano derecha, pone ambas rodillas sobre el colchón
y se arroja resueltamente sobre ella. “¡Asesina!” grita sumida
en desesperación mientras le asesta una puñalada en la espalda.
Vuelve a despertar, empapada, desesperada, sumida en un terror
absoluto. Alberto la consuela. “Tuviste una pesadilla mi amor,
tranquila, ya pasó, está todo bien, no tengas miedo”. Ximena
sonríe, acaricia tiernamente a su amado. Lo mira fijo a esos ojos
marrones, redondos, plenos de amor. Alberto le responde la sonrisa.
Pero Ximena quiere hablar y no puede. Lo intenta una y otra vez sin
éxito. Alberto le pregunta qué le pasa. Ximena cae presa de la
desesperación. Quiere agradecerle esas caricias, contarle su
pesadilla, quiere hablar. Quiere decirle que lo extraña cada día,
que no encuentra manera de pedirle perdón, que ella sabe que está
soñando porque lo mató hace ya más de 7 años y que,
principalmente, tiene mucho miedo de nunca, nunca más poder
despertarse.
sábado, 21 de marzo de 2020
viernes, 20 de marzo de 2020
Pero esa no es toda la verdad
Era una noche más tranquila de lo
normal en Calamuchita. De no ser por el sonido intermitente de las
cigarras, Rosa tranquilamente podría haber sospechado una abrupta
sordera. El cielo estrellado que observaba desde su jardín frontal
poco podía presagiar los nubarrones que aparecerían un rato
después. Sentada en la reposera, aún no se decidía si preparar
algo para cenar o “Tirar con el mate y los bizcochos de la tarde”
hasta que se fuera a dormir. Esas eran sus mayores preocupaciones
desde que hace más de veinte años había decidido escapar del
bullicio, el ruido y la locura de la Capital Federal para comprar las
tres casitas que alquilaba en el centro y retirarse a vivir humilde
pero pacíficamente al costado del río, alejada del cemento.
A lo lejos escuchó un motor. “Será
Carlos” pensó. Carlos es el plomero que estuvo en la semana
haciendo arreglos en las casas, preparándolas para la temporada de
vacaciones. Le había dicho que cuando terminara, iba a pasar a
cobrar. Rosa estaba convencida que siendo viernes, iba a pasar si o
si, para ir a tomarse todo el pago a algún barcito del pueblo. Para
su sorpresa, el auto, un fiat antiguo, de los que no veía ni
siquiera en el pueblo, era el que se acercaba y se detuvo frente a su
tranquera. No era Carlos. No era nadie que ella reconociera. Del auto
bajó una mujer que no pudo reconocer por la oscuridad que empezaba a
reinar, pero a la que identificó instantáneamente por su voz:
―¡Rosa vieja chota! ¡Mierda que me
costó encontrarte! ¡Abrí carajo que me comen los mosquitos!
Quien gritaba desde la tranquera no era
otra persona que Estela, la mejor amiga de la infancia, adolescencia
y parte de la juventud de Rosa. Vecinas del barrio de Liniers,
compañeras de escuela y confidentes de todo. No se veían hace más
de 20 años.
―Estela, ¿Sos vos? - Preguntó para
confirmar
―No, si soy la Teresa de Calcuta que
se perdió en estos caminos de mierda. ¡Dale, abrime!
―Está abierto, sacale el pasador
nomás - Le indicó Rosa mientras se levantaba de la reposera
―Dale, dale, yo abro… vos quedate
tranquila ahí nomás, no vaya a ser que te ataque el reuma.
Rosa se quedó inmóvil en la puerta de
su casa. De todas las personas que habitan el planeta tierra, a la
última que esperaba recibir esa noche era a Estela. Las cosas no
habían quedado muy bien la última vez que se vieron y ella
consideraba que el tiempo y la distancia habían hecho desaparecer
cualquier atisbo de relación entre ellas. Estela torpemente maniobró
el auto para ingresar y lo estacionó sin mucho cuidado. Ya sin la
verborragia utilizada para romper el hielo y con la cercanía como
principal inhibidor, se acercó a Rosa que estaba en la puerta y la
saludó emocionada, al borde del llanto.
―Rosa…
Rosa no respondió verbalmente, sino
que al verla tan frágil, estiró sus brazos ofreciendo un lugar para
que pudiera descargar sus emociones. Estela se entregó al abrazo
propuesto y rompió en llanto sobre el pecho de Rosa, que tímidamente
la confortaba acariciando su espalda. El abrazo se extendió por unos
minutos en los que Estela descargó tanta angustia retenida.
―Una se pone vieja y se pone chota y
sensible -dijo Estela secándose las lágrimas.
―¡Pero dejate de joder Estelita! ¡No
tenés que explicar nada! -respondió, aún escéptica, Rosa.
―Sabrás entender que son muchas
cosas guardadas… ¡pero ya está! ¡ya está! ya vine, te encontré
y quiero que charlemos un rato, nos pongamos al tanto.
―La verdad, me sorprende mucho verte
¡me hubieras avisado que venías y preparaba algo, mujer!
―Te quería dar una sorpresa… hasta
en un momento encontré tu número de teléfono por las casas que
alquilás, pero quería darte la sorpresa de venir así de la nada.
―¡Y lo hiciste Estelita! ¡Flor de
sorpresa!
―Dale, vamos adentro que me estoy
pillando hace un par de horas, vos poné el agua para el mate y
charlamos.
Rosa se sintió invadida por Estela. La
aparición sin aviso, el trato despreocupado olvidando lo pasado y su
autoinvitación a pasar la incomodaban bastante. Aún así trató de
disimular todo esto y mientras Estela pasaba al baño, cargó la pava
con agua y prendió la hornalla. Estaba limpiando el mate cuando
escucha las risas que suenan en el pasillo.
―¡Pequeños placeres de la vida! -le
grita Estela desde el baño- ¡hacer pis sentada y con la puerta
cerrada!
Rosa no responde. Solamente cierra los
ojos maldiciendo por la situación y prepara en silencio el mate.
Siente el ruido de la cadena del baño, el agua del lavabo y el ruido
de la tecla de la luz.
―Fijate que no se te hierva el agua
-indica Estela mientras se sienta en la silla.
―Sí Estela, tranquila que no se va a
hervir… la garrafa esta tiene poca presión, o se está acabando,
no sé, tarda una eternidad.
―Ufff, en el pabellón con la
garrafita tardábamos una eternidad.
“En el pabellón”. Rosa estaba
esperando que de alguna manera Estela rompiera el hielo y abriera el
paso al motivo real por el que estaba allí sentada, el por qué
había decidido reaparecer después de más de dos décadas sin
hablarse, escribirse, mucho menos verse.
―Estela, vos sabés que yo…
―Olvidate Rosa, olvidate. Ni me
expliques -interrumpió Estela- tanto tiempo adentro tiene sus cosas
buenas y sus cosas malas. Ahora que te lo digo me parece una
estupidez, pero si, tiene cosas buenas. Te puteé Rosa… no te
imaginás lo que te puteé. Años deseándote los peores de los
males. Años pensando que podría hacer yo para cagarte la vida como
vos me la cagaste a mi, años. Pero eso fue al principio, los
primeros años. Incluso verte cuando venías a la visita me daba más
bronca. Ver que venías, entrabas, te excusabas, llorabas… ¡y
después te ibas! ¡Te ibas y la boluda que se quedaba adentro era
yo! Ahí fue la época donde más pensaba en como cagarte la vida a
vos también. Incluso un día tenía una faca preparada para cuando
vinieras a la visita. Me chupaba un huevo comerme treinta años más
adentro. Pensé en cagarte a facazos, pero te salvó una vieja que
estaba conmigo, me convenció de que no valía la pena. Decí que ya
se murió, sino te mandaba a que le agradezcas.
Rosa empezaba a notar que sus peores
miedos se hacían realidad. Si bien escaparse del ruido y el ritmo
frenético de la ciudad habían sido una sabia elección desde el
primer día en que llegó a Córdoba, en ese momento, en esa noche
que empezaba a nublarse, empezaba a pensar que se había ido a vivir
al lugar ideal para la venganza de Estela: Sola, en el medio de la
nada, sin nadie que la escuche gritar, sin nadie que la vea a Estela
marcharse. Aún con el agua ya lista y el segundo mate cebado, no se
sentó en la mesa, sino que se quedó apoyada en la mesada, con las
palmas sobre la piedra. No podía parar de pensar dónde estaba el
cuchillo grande, el de cortar la carne.
―Vení Rosita, sentate que no te voy
a hacer nada. Esos fueron los primeros años. Después me metí con
las evangelistas, me conseguí un laburito ahi adentro y empecé a
cambiar la mentalidad. Es todo cuestión de mantenerse ocupada
¿sabés? cuando hacés cosas durante el día te cambia el ánimo, no
te metés en quilombos y a la noche dormís de corrido. ¿Sabés
cuanto tiempo estuve sin dormir? ¡Años! años sin dormir,
enbroncada, con miedo, envenenada, pensando en cómo habían pasado
las cosas, en cómo un mínimo gesto, una palabra, hubiera cambiado
todo.
―Estela, vos sabés que yo… -Estela
volvió a interrumpir, centrada en su discurso
―Porque no era cuestión nada más de
probar mi inocencia. Bueno, inocencia no, pero vos sabías que eras
vos o yo, no había otra. Cuando llegaron los yutas estábamos
nosotras dos y el muerto ahí tirado. Yo tenía el cuchillo, me
resistí al arresto y ya desde ahí arranqué perdiendo. Después tu
marido puso guita, tenía el conocido en el juzgado… y vos ni una
palabra dijiste, nada. Veintiocho años me comí adentro. Nunca pude
formar una familia, nunca tuve hijos, no pude terminar de estudiar.
¿Y vos qué hiciste con ese tiempo? ¿Eh? no veo por acá a tu
marido ni a ninguna criatura.
―No… Ernesto me dejó a los pocos
años. Para mí tampoco fue fácil, vivir con la culpa, vivir con
esas imágenes…
―¡Ah sí, la culpa! ¡Qué terrible!
-Casi que gritando, Estela gesticulaba irónicamente- Cuando me
cagaban a palos yo pensaba “mejor esto que sentir la culpa que debe
estar sintiendo Rosita”. ¡Pero dejate de joder nena! me cagaste,
tuviste una oportunidad y acá estás, sola, sola como un perro. ¿Te
da mucha tranquilidad sentarte en la puerta a tomar mate? no te debe
querer nadie, porque la que garca una vez, garca siempre.
―Estela, vos me conocés, somos
amigas desde muy chicas, todo eso me sobrepasó, Ernesto me fajaba y
me prohibió que hablara, yo siempre fui muy cagona…
―¡Pero al ñato ese lo mataste vos!
¡Te lo cogías vos, amenazó con delatarte a vos y lo mataste vos!
Me llamaste desesperada y yo como haría una buena amiga, ¡te ayudé
sin preguntar nada! ¡lo mínimo que podrías haber hecho, aunque
fuera años después, era hablar! pero no, venías a la visita con tu
cara de pobrecita, me contabas cosas de tu vida y del país… ¡que
me importaban tres carajos! ¡tres carajos! encima cuando te cagaba a
puteadas, te ponías a llorar… pero soy mejor persona que vos
Rosita, ¡mucho mejor!
―Estela, perdoname… sabés que
tenés mucho tiempo todavía y yo nunca tuve como objetivo principal
joderte a vos, yo nunca me pude volver a relacionar con nadie después
de eso, la pasé mal y…
Rosa estalló nuevamente en llanto.
Como en las visitas al penal, la persona que expresaba el
sufrimiento, la congoja, el malestar, era ella. Estela casi que
sentía pena, pero no se permitía ese sentimiento, no era justo con
todo lo que ella había pasado.
―Ya te perdoné Rosita. Te perdoné
hace tiempo. De hecho hace años te escribí sin obtener respuesta,
calculo que ya estarías viviendo por acá. Y te confieso que en el
camino para acá pensaba, mientras manejaba por la ruta. ¿Viste el
auto? ¡Por favor, que cacharro! Me lo prestó el dueño de la
pensión en la que estoy parando en Capital. Un gaucho el viejo, me
parece que me la quiere dar. Un asqueroso. Te decía, pensaba
mientras venía cómo iba a reaccionar al verte, cómo ibas a
reaccionar vos… tenía un poco de miedo de sentir mucha bronca,
mucha envidia, no sé… hasta tenía miedo de cómo podía llegar a
reaccionar. Pero no che, nada de eso. Así chota y todo como sos, sos
la única amiga que tuve y que tengo.
Rosa por primera vez en la noche cambió
su semblante. A pesar de los años en la cárcel, ciertas virtudes de
Estela comenzaban a aflorar y eso le daba tranquilidad. Es cierto,
todas las verdades proferidas la habían enterrado en un sentimiento
de culpa y tristeza, pero también eso le daba una leve sensación de
justicia.
―¿Querés que te prepare algo para
cenar? ¿Comiste? -preguntó Rosa, en extremo servicial.
―No, no, ya me voy. No te voy a
mentir, no me interesa que me cuentes nada. Creo que necesitaba
descargarme, decirte algunas cosas en la cara.
Estela empezaba lentamente a irse. Con
tranquilidad se levantó de la silla, miró un poco la cocina y le
sonrió a Rosa. Un auto se acercaba a la tranquera de entrada, lo que
le dio tranquilidad a Rosa por la presencia de otras personas.
―Ese debe ser Carlos, el plomero. Me
dijo que iba a pasar a cobrar unos trabajos que le mandé a hacer
-dijo Rosa señalando la puerta, como tratando de tranquilizar a
Estela.
―Bueno, vamos saliendo y ya que
abrís, aprovecho para irme.
Ninguna de las dos hizo ademanes de
alguna demostración de cariño. Estela dándole la espalda a Rosa
abrió la puerta y comenzó a caminar rumbo al auto. Rosa, caminando
detrás, se hacía visera sobre los ojos para divisar a Carlos detrás
de las luces del auto estacionado frente a la tranquera.
―¿Viste que yo te dije que pensé
mucho y que ya te había perdonado? -preguntó Estela y sin darle
tiempo a Rosa a responder, prosiguió- bueno, eso es cierto. Pero esa
no es toda la verdad. Un día, cuando vos ya no me visitabas más, me
vino a visitar un pibe, de unos dieciocho años.
Rosa estaba prestando más atención al
descenso de Carlos del vehículo que a lo que decía Estela. Casi sin
dejar de mirar el auto, preguntó:
―¿Qué?
―Que no hace mucho, cuando ya vos no
venías, me vino a ver un chico, como de unos dieciocho años… ¡de
lindo el pendejo!
Rosa dejó de mirar al auto, ya
preocupada y se acercó con un trotecito leve hasta donde estaba
Estela, que seguía hablando:
―Educadito el pibe, no sabés, una
ternura.Y así, con mucha vergüenza, me dijo que quería saber si
era verdad que yo era inocente. Pensé que sería de alguna escuela o
universidad, viste que a los chiquitos los mandan a hacer entrevistas
y esas cosas… pero no, resulta que no.
―Escuchame Estela, no te subas al
auto todavía que me parece que no es Carlos el del auto, no
reconozco bien el modelo pero me parece que es otro.
―Yo al pibe le conté toda la
historia y me vino a ver varias veces… hasta en una de las visitas
le pregunté si no quería hacerme el servicio, ¿viste? se reía
pobrecito. ¿Sabés quién era? el hijo del tipo que vos mataste.
Había estado averiguando y me vino a ver.
Rosa se quedó congelada. Estela
mientras hablaba no la miraba y ya estaba sentada en el asiento del
conductor. Puso el auto en marcha.
―Nos costó encontrarte, pero bueno,
una vez que nos enteramos de las casas de Calamuchita, el aviso en
Internet y un par de preguntas en el pueblo nos solucionaron bastante
rápido el tema. Yo quería cerciorarme que fueras vos, no vaya a ser
cosa de hacer cagadas.
Rosa empezó a correr para la casa,
desesperada.
―Rosa, no seas pelotuda -le dijo
Estela mientras se bajaba del auto- las llaves de tu casa ya las
agarré yo… ¿me vas hacer abrirle a mi?
Estela se bajó del auto y miró para
la casa, Rosa había entrado y estaría buscando algún arma o quizás
tratando de esconderse. Caminó unos pasos, le hizo una seña al
conductor del vehículo para que bajara las luces, y corrió el
pasador de la tranquera.
miércoles, 20 de febrero de 2019
Dorian
Caminaba resignado ya bajo la lluvia de
Enero. Esa temporaria inclemencia climática se veía acompañada de una fría
brisa que lo obligó a levantar el cuello de su camisa, en procura de un poco de
abrigo. Acomodó un poco su peinado, desdibujado por el agua. Casi al trote
cruzó la calle y se detuvo bajo un balcón a pocos pasos de la puerta.
Nuevamente intento componer su imagen, sacudiéndose un poco del líquido que lo
inundaba. Tomó aire y con un poco de orgullo se las ingenió para dibujar una
sonrisa en su cara. Se dirigió hacia la puerta. A un paso de llegar, seguía
dudando entre tocar el timbre o seguir caminando. Se detuvo frente a la puerta.
Sintió el nerviosismo que invadía su cuerpo. Las manos le temblaban un poco, el
corazón se aceleraba y se sentía algo agitado. Detuvo su dedo a escasos
centímetros del timbre. En eso vio a otro aventurero que, paraguas en mano,
cruzaba la calle en dirección a él. Decidió simular para no parecer estúpido,
para no parecer sospechoso, inmóvil ahí como estaba bajo la lluvia. Apretó su
dedo índice junto al botón del timbre, contra la pared y pegó su oreja al
parlante del mismo, como esperando una respuesta que nunca iba a llegar, hasta
que el hombre del paraguas se alejó. Sintió un poco de vergüenza de si mismo y
se alejó un paso de la puerta. Instantáneamente volvió a acercarse y sin dudar,
tocó furiosamente el timbre. Le pareció escuchar ruidos dentro de la casa,
pasos que se acercaban a la puerta. Cinco segundos. Diez. Nada, ninguna respuesta.
Temiendo pasar por insistente, decidió esperar un poco más. Un auto pasó
levantando agua y lo sorprendió inmerso en la espera del “clac” del portero
eléctrico. Sonrió. Y casi con la seguridad que nadie atendería, volvió a tocar.
Ya sin nervios ni palpitaciones, esperó casi un minuto. Giró, miró hacia ambos
lados de la acera y emprendió el camino de regreso, ya con un andar más calmo
pese a la torrencial lluvia. Mientras cruzaba la calle, se preguntó a sí mismo:
-¿Cómo se llamaba el libro aquel del
retrato?
lunes, 28 de enero de 2019
Juicio final
- Bueno, a ver, repasemos la
lista.
- Vos decime el veredicto que yo los voy marcando
- ¿Desde el principio?
- Desde el principio.
- Dale.
- Infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, eh... infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, paraíso, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno…
- Pará, pará... ¿Hay algún otro que diga paraíso?
- ¿Mejor me fijo no? A ver...mmmhh...no.
- Entonces no marco más.
- Más vale, dejala por ahí, total a aquel no creo que le interese.
- Miralo que pelotudo parece ahí sentado en la nube solito...
- Se va a cagar de la angustia... ¡Por toda la eternidad!
- ¿Vamos bajando nosotros?
- Dale. Pasa que tengo que cerrar.
- Bueno, tampoco me apures
- Dale, vamos
- Che, por curiosidad nomás, ¿Quién era el único que quedó allá arriba?
- El diablo, chabón, el diablo.
martes, 14 de agosto de 2018
No habrá visitas
Se
despertó sentado. Tardó unos segundos en reconocer el lugar.
Fugaces visiones atravesaron su mente con la prestancia de un rayo
que cae al mar. La cucheta, el lavabo sucio y los barrotes no
tardaron en responderle. Casi que se topó con la segunda incógnita.
Porqué. Imágenes de toda índole lo abrumaron. Supo distinguir
entre las reales y las que eran solo fruto de su vasta imaginación.
Suena
un timbre. Ruidos metálicos y esa luz que resulta extraña,
novedosa, agresiva. Pasillo largo, un aire viciado y ruido al final.
Hoy debería venir mamá a la visita, ya estaría llegando.
Seguramente tendría esa bufanda que no se saca nunca y un paquete de
bizcochos en la mano. Pero ya no guarda la esperanza de volver a
verla. Hace años que no viene por el correccional. Nadie viene. Ni
siquiera los colores, solo quedaron el gris y el negro.
El
odio se inmiscuye súbitamente en su pecho. Cierra el puño
fuertemente y una gran decepción abate su semblante. Fuertemente
mastica su furia y se siente un poco avergonzado. Se siente iluso.
Engañado. Esa imagen de un domingo en familia, donde el abuelo baila
y sonríe desde el sillón solamente ha sido un sueño muy cruel. Con
suavidad apoya nuevamente su cabeza en la almohada. Esa frescura, esa
inocencia, tardará mucho tiempo en volver. Tanto que, por ahora, no
habrá más lugar para soñar. Sólo para esperar que el tiempo pase.
Y cuando fuese el momento, aplicar la lección aprendida.
lunes, 9 de julio de 2018
De payasos y boxeadores
Llegó al bar con esa extraña sensación. No se sentía mal, pero
sabia que podía estar mejor. Poco le importaron en una primera
instancia todas las miradas despectivas que interceptaron su aura
rumbo a la mesa. Eligió una escondida, para luego de meditarlo,
optar por una junto a la ventana, desde la cual podía observar
todo el interior del local como así también la calle. Luego de un
minúsculo murmullo que pareció eterno, la calma y el vacío volvieron
de la mano al bar. El cálido beige que intentaban transmitir
los tapizados no reflejaba el frío que habitaba el aire. El sol tímidamente
lanzaba sus últimos manotazos de ahogado a través de
los gigantescos ventanales del salón, como quien se resiste a irse,
a perderse la función que está por comenzar. Alguien salió del
baño, generando una corriente de aire que sorprendió a nuestro
personaje. Acto seguido, el mismo procedió a acomodar su cabello
con elocuentes muestras de consternación ante el imprevisto
cambio de peinado. Utilizó su reflejo en la ventana como espejo
y, agachándose un poco para verse mejor, retocó un poco su cabellera.
Aprovechó el suceso para mirar por el ventanal y cruzó su
mirada con la gente que pasaba, mientras ellos buscaban las monedas
necesarias para retornar a sus hogares. Sostuvo su mirada
en la nada y luego volvió sobre sus zapatos. Sus zapatos negros
de cuero. Maltrechos, si. Pero no rotos. El brillo orgulloso denotaba
la pelea por no caer desde la verde pradera de la elegancia al
abismo de la desprolijidad y el desaseo. Recordó en ese momento,
casi sonrojándose, que no se había quitado el abrigo. Lentamente
y creyéndose observado por todos, se incorporó de la silla, sacó su brazo derecho de la manga y cuidando que nadie reparara en
la rotura del forro marrón de su saco, sacó el otro brazo para así
proceder a colocarlo prolijamente sobre el respaldo de la silla.
Se sentó nuevamente y buscó con su mirada al mozo. Para su sorpresa, la encargada de las mesas era una mujer. Una chica. Se repitió como a modo de reto que las cosas ya no eran como antes, que las cosas cambian y que ya casi es habitual encontrar más mujeres mozas que hombres. Mientras trataba nuevamente de grabarse ese nuevo aprendizaje en el cerebro, observó a la chica: Llevaba un pantalón negro y una camisa blanca. Tenía un delantal rojo que cubría todo su torso, sobrepasaba su cintura y llegaba casi hasta sus rodillas. Trató de quitar la mirada lo más rápido posible y esperar a ser atendido. También vio a un hombre detrás de la maquina del café, de gestos ampulosos y voz grave. Parecía el dueño del lugar, o mínimamente, el encargado.
La tarde seguía cayendo y junto a él, del otro lado del vidrio, ya se armaban las colas de gente esperando el colectivo. Recordó tiempos de la niñez, cuando el circo llegaba al barrio y los alrededores se llenaban de colas de pequeños retoños ansiosos de una entrada para ver al domador de leones, a los acróbatas Chinos o a los payasos. A los casi míticos payasos. Y pensó que todos teníamos algo de los payasos. Un personaje asociado a la risa y a la diversión, pero con lágrimas dibujadas sobre su blanco rostro. “O quizás somos actores” pensó como corrigiéndose sobre su última idea. Se permitió después de eso, una leve sonrisa.
Tomó aire profundamente y volvió a mirar a quienes le rodeaban. Sus bocas parecían poseídas por un extraño mal, que les impedía detener el movimiento. Intentó, mientras observaba, encontrar algún soñador, algún poeta, alguien como él o quizás algún detective. Miró a la barra y descubrió que los taburetes eran de plástico, al igual que gran parte la decoración. Se sintió algo estúpido y miró su silla. Aunque no lo había notado, también era de plástico, al igual que los ceniceros y esa especie de cajita donde prolijamente se encontraban ubicados el azúcar y el edulcorante. Lejos de sentirse incomodo (quizás si, algo extraño) decidió proponerse un juego. Y buscar en los demás clientes, rasgos, detalles de figuras que él admiraba. Trató de buscar parecidos, gestos, actitudes. Y no pudo. Trataba de recordar mas características de sus maestros, de sus ídolos, hasta quizás de sus padres, pero lo fue imposible. No había payasos, mucho menos piratas, bucaneros, espías o superhéroes.
Quizás fueran solo las ganas, pero le pareció ver a un boxeador aguerrido, nariz maltratada por los golpes, brazos agarrotados y gesto adusto, pagar la cuenta y marcharse silbando bajito. Miró hacia el hombre del café y con un gesto tradicional, ordenó uno. Casi como un acto reflejo, metió su mano en el bolsillo trasero de su pantalón, buscando su billetera, necesitaba cerciorarse de tener el dinero para pagar el café. Abrió la misma y cayó de ahí un papel que había olvidado poseer. Lo abrió y encontró una dirección. Quiso recordar su procedencia, pero un grito en una mesa cercana lo sobresaltó. Un hombre y una mujer discutían sobre nada en particular. La mujer se levantó y entre lágrimas se retiró del lugar. Atravesó la puerta principal a paso apurado y justo frente a su ventanal, paró el primer taxi que encontró. El hombre simplemente procedió a pagar la cuenta sin preocuparse por el vuelto. Tomó su sobretodo, su maletín y se dirigió también por la puerta principal, pero en dirección contraria.
Para cuando volvió a poner atención sobre el papel, notó que no estaba. Por un momento quiso agacharse a buscarlo en el piso, pero consideró aquella actitud poco decorosa y, presa de su timidez, solo se limitó a buscarlo con la mirada. Pronto llegó el café que había ordenado y prolijamente se dispuso a disfrutarlo. Tomó dos sobres de azúcar, sacudió primero uno y después el otro, sosteniéndolos por un extremo superior y dándole suaves golpes contra la palma de su mano. Los abrió lentamente y volcó paulatinamente su contenido dentro de la taza de café, para su sorpresa, de plástico. Tomó la cucharita plástica y mientras miraba por la ventana, revolvió describiendo pequeños círculos con la misma. El sol rápidamente había cedido su terreno y el frío se notaba en las levantadas solapas que abundaban allí afuera.
Un sonido hiriente alteró la frenética tranquilidad que reinaba en el aire. Y fue la invitación al cambio. El cuerpo quedó dentro del bar, pero su alma salió por la puerta principal. El cuerpo ahora simplemente miraba como el alma investigaba los alrededores.
El sonido lo produjo una bocina, informó la misma. Y se encontró con paradas de colectivos plagadas de gente. Gente que quería volver a sus respectivos hogares. A la vuelta, doblando la esquina, pobreza. Basura. Vio a un chico que jugaba con un autito de plástico violeta. y soñaba que era Traverso, como le enseñó el padre. Se topó con un señor de unos cincuenta años. Sus lentes parecían tan gruesos como sucios. Y el maletín desencajado resistía colgado de su mano derecha. También encontró un morochón de físico imponente que caminaba con un pesado bolso de cuero negro al hombro. El cuerpo buscó similitudes dentro del bar pero no las encontró. El alma, desde las afueras, consultó por los colores: Informó la predominancia de los cartones y las maderas, los tonos eran apagados, pero el brillo lo llevaban las personas, en los ojos.
El cuerpo notó que el bar resplandecía en colores y luces, pero eran falsos, hipócritas. Cansada, su alma se detuvo frente al ventanal y se sentó en el cordón. Fue en ese momento que nuestro personaje descubrió que dos pedazos de vidrio articulados con un brazo hidráulico no eran simplemente la puerta de un bar. Eran un portal, la salida a otro mundo totalmente distinto, totalmente real. Tanteó el marco plástico del ventanal y una lágrima rodó por su mejilla.
Todo el bar se conmocionó y lo miró. Las miradas eran vacías, llenas de la nada. La temible nada. Tenían si, un dejo de pánico, pero no alcanzaba. Su alma desapareció en ese instante y no puedo asegurar si volvió a el. Giró y vio a toda esa gente: Eran fríos, observadores, sin brillo, rígidos. Eran de plástico.
Volvió a ponerle el seguro a su arma y la guardó nuevamente en la cintura. No había un motivo para robarle a esa pobre gente. Tampoco tenían nada que le interesara. Depositó unos billetes sobre la mesa, suficientes para el pago de su café, y atravesó, caminando tranquilo, la puerta principal.
Del otro lado de la calle, donde el viento atacaba impiadosamente a las frágiles hojas, lo esperaba su vida.
Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken.
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Se sentó nuevamente y buscó con su mirada al mozo. Para su sorpresa, la encargada de las mesas era una mujer. Una chica. Se repitió como a modo de reto que las cosas ya no eran como antes, que las cosas cambian y que ya casi es habitual encontrar más mujeres mozas que hombres. Mientras trataba nuevamente de grabarse ese nuevo aprendizaje en el cerebro, observó a la chica: Llevaba un pantalón negro y una camisa blanca. Tenía un delantal rojo que cubría todo su torso, sobrepasaba su cintura y llegaba casi hasta sus rodillas. Trató de quitar la mirada lo más rápido posible y esperar a ser atendido. También vio a un hombre detrás de la maquina del café, de gestos ampulosos y voz grave. Parecía el dueño del lugar, o mínimamente, el encargado.
La tarde seguía cayendo y junto a él, del otro lado del vidrio, ya se armaban las colas de gente esperando el colectivo. Recordó tiempos de la niñez, cuando el circo llegaba al barrio y los alrededores se llenaban de colas de pequeños retoños ansiosos de una entrada para ver al domador de leones, a los acróbatas Chinos o a los payasos. A los casi míticos payasos. Y pensó que todos teníamos algo de los payasos. Un personaje asociado a la risa y a la diversión, pero con lágrimas dibujadas sobre su blanco rostro. “O quizás somos actores” pensó como corrigiéndose sobre su última idea. Se permitió después de eso, una leve sonrisa.
Tomó aire profundamente y volvió a mirar a quienes le rodeaban. Sus bocas parecían poseídas por un extraño mal, que les impedía detener el movimiento. Intentó, mientras observaba, encontrar algún soñador, algún poeta, alguien como él o quizás algún detective. Miró a la barra y descubrió que los taburetes eran de plástico, al igual que gran parte la decoración. Se sintió algo estúpido y miró su silla. Aunque no lo había notado, también era de plástico, al igual que los ceniceros y esa especie de cajita donde prolijamente se encontraban ubicados el azúcar y el edulcorante. Lejos de sentirse incomodo (quizás si, algo extraño) decidió proponerse un juego. Y buscar en los demás clientes, rasgos, detalles de figuras que él admiraba. Trató de buscar parecidos, gestos, actitudes. Y no pudo. Trataba de recordar mas características de sus maestros, de sus ídolos, hasta quizás de sus padres, pero lo fue imposible. No había payasos, mucho menos piratas, bucaneros, espías o superhéroes.
Quizás fueran solo las ganas, pero le pareció ver a un boxeador aguerrido, nariz maltratada por los golpes, brazos agarrotados y gesto adusto, pagar la cuenta y marcharse silbando bajito. Miró hacia el hombre del café y con un gesto tradicional, ordenó uno. Casi como un acto reflejo, metió su mano en el bolsillo trasero de su pantalón, buscando su billetera, necesitaba cerciorarse de tener el dinero para pagar el café. Abrió la misma y cayó de ahí un papel que había olvidado poseer. Lo abrió y encontró una dirección. Quiso recordar su procedencia, pero un grito en una mesa cercana lo sobresaltó. Un hombre y una mujer discutían sobre nada en particular. La mujer se levantó y entre lágrimas se retiró del lugar. Atravesó la puerta principal a paso apurado y justo frente a su ventanal, paró el primer taxi que encontró. El hombre simplemente procedió a pagar la cuenta sin preocuparse por el vuelto. Tomó su sobretodo, su maletín y se dirigió también por la puerta principal, pero en dirección contraria.
Para cuando volvió a poner atención sobre el papel, notó que no estaba. Por un momento quiso agacharse a buscarlo en el piso, pero consideró aquella actitud poco decorosa y, presa de su timidez, solo se limitó a buscarlo con la mirada. Pronto llegó el café que había ordenado y prolijamente se dispuso a disfrutarlo. Tomó dos sobres de azúcar, sacudió primero uno y después el otro, sosteniéndolos por un extremo superior y dándole suaves golpes contra la palma de su mano. Los abrió lentamente y volcó paulatinamente su contenido dentro de la taza de café, para su sorpresa, de plástico. Tomó la cucharita plástica y mientras miraba por la ventana, revolvió describiendo pequeños círculos con la misma. El sol rápidamente había cedido su terreno y el frío se notaba en las levantadas solapas que abundaban allí afuera.
Un sonido hiriente alteró la frenética tranquilidad que reinaba en el aire. Y fue la invitación al cambio. El cuerpo quedó dentro del bar, pero su alma salió por la puerta principal. El cuerpo ahora simplemente miraba como el alma investigaba los alrededores.
El sonido lo produjo una bocina, informó la misma. Y se encontró con paradas de colectivos plagadas de gente. Gente que quería volver a sus respectivos hogares. A la vuelta, doblando la esquina, pobreza. Basura. Vio a un chico que jugaba con un autito de plástico violeta. y soñaba que era Traverso, como le enseñó el padre. Se topó con un señor de unos cincuenta años. Sus lentes parecían tan gruesos como sucios. Y el maletín desencajado resistía colgado de su mano derecha. También encontró un morochón de físico imponente que caminaba con un pesado bolso de cuero negro al hombro. El cuerpo buscó similitudes dentro del bar pero no las encontró. El alma, desde las afueras, consultó por los colores: Informó la predominancia de los cartones y las maderas, los tonos eran apagados, pero el brillo lo llevaban las personas, en los ojos.
El cuerpo notó que el bar resplandecía en colores y luces, pero eran falsos, hipócritas. Cansada, su alma se detuvo frente al ventanal y se sentó en el cordón. Fue en ese momento que nuestro personaje descubrió que dos pedazos de vidrio articulados con un brazo hidráulico no eran simplemente la puerta de un bar. Eran un portal, la salida a otro mundo totalmente distinto, totalmente real. Tanteó el marco plástico del ventanal y una lágrima rodó por su mejilla.
Todo el bar se conmocionó y lo miró. Las miradas eran vacías, llenas de la nada. La temible nada. Tenían si, un dejo de pánico, pero no alcanzaba. Su alma desapareció en ese instante y no puedo asegurar si volvió a el. Giró y vio a toda esa gente: Eran fríos, observadores, sin brillo, rígidos. Eran de plástico.
Volvió a ponerle el seguro a su arma y la guardó nuevamente en la cintura. No había un motivo para robarle a esa pobre gente. Tampoco tenían nada que le interesara. Depositó unos billetes sobre la mesa, suficientes para el pago de su café, y atravesó, caminando tranquilo, la puerta principal.
Del otro lado de la calle, donde el viento atacaba impiadosamente a las frágiles hojas, lo esperaba su vida.
Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken.
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sábado, 23 de junio de 2018
Maradona nos hizo creer
Permintanmé
una pequeña trampa. Bah, en realidad dos: La primera es acentuar las
palabras como mejor se me cante para que el lector pueda leerlo
(valga la redundancia) con la misma entonación que yo se lo
relataría verbalmente. La segunda es la de omitir todos los nombres
propios a excepción de Maradona, como observarán en el título.
Imaginemos
juntos. El escenario es conocido, es el planeta que habitamos. No
espere muchas cosas mágicas (aunque algunas parezcan serlo).
Simplemente haga un breve repaso por las realidades socioeconómicas
del capitalismo. Países poderosos (llamados "primer mundo")
potencias económicas que dominan lo que pasa y lo que no y un puñado
(demasiado grande) de países que (sobre)viven de acuerdo a
voluntades ajenas. Ya tenemos el marco principal.
Ahora
nos vamos a centrar en la historia de uno de esos países pobres que
pugnan por atravesar el día, en un escenario de constantes luchas
sociales de pobres versus pobres donde una injusta división de las
riquezas premia a un mínimo porcentaje de habitantes que, serviles a
los poderes extranjeros de los países primermundistas, obedecen y
explotan a la población en pos de beneficios ajenos. Ya definimos un
subgrupo en la historia. Usted ya se empieza a sentir identificado.
Este
cuarto párrafo es para dilucidar el punto de conflicto de nuestra
historia: Imaginemos que todos estos países tengan una actividad en
común, no sé... pongámosle un nombre de fantasía, se me ocurre
algo así como "piepelota". Pensémoslo como una actividad
física que incluye patear una pelota, que se practica en grupo y que
realmente despierta pasión en la mayoría de las poblaciones.
Siempre va a haber unos cuantos que miren con recelo y elijan
quedarse afuera, pero son los menos. Imaginemos que en todos los
países, la mayoría de sus habitantes practica este juego (o
deporte, como prefiera) que se llama "piepelota".
Comienzan
entonces las organizaciones. En todos los países alrededor del mundo
la gente se empieza a juntar, encuentra otras personas que comparten
su afición y se les ocurre medirse unos contra otros para ver qué
conjunto de personas desarrolla de forma más efectiva esa actividad.
Crean entonces reglas, herramientas de medición de performance y con
el tiempo, éstas se vuelven globales. Esas reglas serían como los
derechos humanos, para que el lector lo entienda. Sin importar
nacionalidad, edad, género, raza, lo que fuere, las reglas son
iguales para todos los habitantes del mundo.
Las
competencias comienzan a crecer: Locales, regionales, nacionales,
continentales, mundiales. En poco tiempo se crean federaciones y los
habitantes de cada país deciden unirse tras su bandera y competir
contra los mejores de los demás países. Ya dejan de tener nombres
propios como su barrio, su ciudad o el nombre del club donde se
juntan a practicarlo. Pasan a llevar los nombres de sus países.
Prontamente
alguien entiende que todo esto podría generar un negocio monstruoso:
Incluye publicidades, arreglos de televisación, franquicias,
merchandising. Se genera un aparato gigantesco que moviliza millones
a lo largo del mundo. La distribución sigue siendo la misma: Los
países poderosos se reparten el 90% de la torta, dejando para los
demás las migajas.
En
los países poderosos, todo funciona a la perfección: Todos los
equipos de su territorio son auto sustentables, los estadios cuentan
con las medidas de seguridad correspondientes, los acuerdos de
televisación son sustanciosos y los ingresos generados por las
figuras de su combinado nacional se destinan exclusivamente en
gestiones orientadas a potenciar el rendimiento de dicha selección.
En
los países tercermundistas, todo se hace a pulmón. Los equipos de
sus territorios dependen casi exclusivamente de las dádivas del
ámbito empresarial: No son auto sustentables, padecen el flagelo de
las combustiones sociales causadas por la opresión y sobreviven
ofreciendo de tanto en tanto a modo de sacrificio a los dioses, un
jóven talento a los equipos de los países poderosos. Los ingresos
generados por estos, cuando se juntan para representar a su país de
origen, mínimamente alcanza para emparchar huecos, subsidiar equipos
mal administrados y compensar falencias sociales.
La
lucha se hace despareja, injusta. Los poderosos tienen mejores
instalaciones, tienen los mejores seleccionadores, entrenadores y
directores técnicos, cuyos salarios superan el presupuesto de una
década de todo un país tercermundista. Ellos se arreglan con lo que
tienen dentro de su ámbito, con tecnología descartada del primer
mundo y con copias desactualizadas de sistemas utilizados hace años
atrás por las potencias mundiales.
Los
habitantes de los países pobres, se acostumbran a esa realidad:
Aplauden el esfuerzo, valoran una representación digna de sus
muchachos y no dudan en elogiar los mecanismos y resultados de los
poderosos. Idolatran especialmente a sus compatriotas que logran
emigrar hacia las potencias y día a día compiten de igual a igual
con ellos. De hecho, gracias a varios de ellos algunos clubes locales
lograron terminar el estadio o construir una pileta de natación.
Pero
un día se nos aparece un morochito rebelde, con rulos y una actitud
altanera que cambia la escena. Hagamos el ejercicio conjunto de
bautizarlo: Década del 60, país pobre sudamericano, afueras de la
capital, vamos con la costumbre local de nombrarlo en honor al padre:
Se llamará Diego. Hay que ponerle un segundo nombre, puede ser el
primero que nos venga a la mente: Ya sé, como lo estamos "armando",
ese va a ser el segundo nombre. Armando. Y como apellido, vamos a
ponerle uno bien de fantasía, digno de un superhéroe: Maradona.
Maradona
de a poco empieza con esta cosa de combatir al poderoso. Los primeros
logros son vistos desde cerca por los habitantes de su país ya que
con su equipo humilde, el de sus inicios, pone en jaque a los
poderosos locales. Pasa el tiempo y la historia se repite, un poco
más lejana. Y cada vez que representaba a su conjunto nacional, se
empezaban a ver algunas cosas extrañas: Empezaban a parecer. De
repente no les parecía tan lejana la idea de ganarles, aunque
ocasionalmente, a uno de los poderosos. De pronto se dieron cuenta
que era posible y no sólo eso, sino que lo ven ocurrir. Y no lo
vieron solamente sus compatriotas, sino que quedó a la vista de todo
el mundo. Señoras y señores, ese combinado nacional de un país
tercermundista pobre y embebido en conflictos sociales, injusta
distribución de sus riquezas y esclavizado por las potencias
mundiales, le ha ganado a todas ellas (o quizás, para darle más
dramatismo a la historia, a la principal) y se ha consagrado como el
mejor combinado del mundo. El morochito enrulado sonríe sobre los
hombros de algún compañero, con la copa en la mano.
Fueron
años de gloria. Los olvidados de la historia, los que inventaron la
birome por no tener los medios para la lujosa escritura de pluma y
tinta, los que inventaron el colectivo por no poder tener otra forma
de transporte que no fuera masiva, eran los mejores en algo. Y
sobretodo, los mejores en algo donde participaban todas las personas
del planeta, con sus poderes y sus influencias. No había disparidad
económica, social o de poder que pudiera contra ellos.
Unos
años después empezamos a reforzar esa idea. En la siguiente
oportunidad de medirnos, nuevamente logramos superar a todas las
potencias y otra vez nos enfrentamos nosotros, los mejores del mundo
contra ellos, los más poderosos. Y si bien el sopapo de realidad fue
doloroso, nos grabó la idea: Nos tuvieron que robar ante los ojos de
un mundo que hizo la vista gorda, para poder superarnos. Uno de los
nuestros, de un país oprimido, nos clavó el puñal por la espalda.
Ejemplos en la historia no faltan. No era suficiente con sus
presiones económicas, no era suficiente con nuestras penurias
sociales. Nosotros éramos los mejores y la única forma de
superarnos era robándonos plena y llanamente.
Pero
estos muchachos no se quedarían de brazos cruzados. En la tercera
edición tendríamos nuestra venganza y volvimos para reclamar lo que
nos pertenecía, ya convencidos, por derecho divino. Éramos los
mejores y nos correspondía el primer lugar. La competencia arrancó
y quedó demostrado de qué estábamos hablando. La revolución
proletaria encabezada por ese tal Maradona, el morocho de rulos,
estaba dispuesta a poner de rodillas al poderío económico reinante
y esta vez no bastaría con un penal para deternerlo. Y vaya que si
lo sabían, porque directamente para frenarlo le cortaron las
piernas.
Y
ahí quedamos desamparados todos sus compatriotas. Desde ese día no
nos damos por vencidos y estamos convencidos de ser los mejores del
mundo, porque Maradona nos hizo creer. Desde el día que lo vimos
enfundado con la camiseta que nos representa a todos, de a poco nos
fuimos olvidando el papel que nos dieron en la obra de teatro del
capitalismo y pensamos, ilusos, naifs, inocentes, que la alegría
también nos podía tocar a nosotros, que podíamos soñar con
primeros puestos y que la vida era horizontal, con igualdad de
oportunidades para todos. Nos hizo creer que éramos todos iguales,
que ahí dentro no había diferencias y que nuestros pecados de
latinos subdesarrollados no iban a perseguirnos y castigarnos dentro
del verde campo de juego.
De
no ser porque todo esto no es otra cosa que la pura realidad, esta
historia no sería más que un guión rechazado por Hollywood en el
que un ser de otro planeta baja en un barrillete cósmico y libera a
una población de la opresión tirana.
Hoy
poco a poco las nuevas generaciones van volviendo a la normalidad del
escenario capitalista. Se aceptan las limitaciones impuestas desde
afuera, empieza nuevamente a proliferar la idolatría sobre aquellos
"que triunfan allá" sin morder la mano que les da de comer
y nos contentamos con una derrota digna ante los poderosos. Las
habitaciones de los niños y sus redes sociales se ven inundadas de
pósters e imágenes de las grandes figuras de las grandes ligas.
Todos conocen las formaciones de los equipos más poderosos y no
dudan de mostrarse hinchas fanáticos de tal o cual conjunto europeo,
a punto de no perderse ningún partido por la televisión por cable.
La organización nacional del piepelota es caòtica, a punto tal de
no encontrar siquiera un seleccionador que se digne a dirigir el
combinado nacional. Ya la gente no quiere creer, sino que quiere
aceptar. "Tenemos limitaciones", "Es lo que tenemos",
"Bastante hacen, con el quilombo que es la administración",
“es el reflejo de la sociedad”, "salimos 3 veces
subcampeones" es lo que dicen y no puedo evitar putear con
muchísimo dolor. El dolor de haber sido y ya no ser. Y putear y
maldecir a ese morocho rebelde de rulos nacido en los suburbios de
algún país pobre y subdesarrollado que nos hizo creer.
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