lunes, 23 de marzo de 2020
La historia perfecta
Notó que estaba dormido, boca abajo. Había soñado la historia perfecta. Tenía título, narratoria, un final brillante.Sintió al espectro abalanzarse sobre su cuerpo. “No te atrevas a contar sobre nosotros” le dijo. Cerró fuerte los ojos. Se armó de valentía y tomó la libreta que dejaba en su mesa de luz. Escribió. Giró su cuerpo y un grito de terror atravesó la noche. Una hoja en blanco con el título “Las ánimas” fue hallada junto a su cadáver, la mañana siguiente. En su celular, una consigna de redes sociales venció al bloqueo de pantalla, sin que nadie tocara nada.
domingo, 22 de marzo de 2020
Por favor, no te duermas
"¿Cuándo
será
el fin del mundo?
El día
que yo muera”
Proverbio
árabe
En
un primer momento fue una noticia tan difícil de entender como de
digerir. Quizás por ello recuerda cada detalle del caso: Estaba en
la cama del sanatorio. Se despertó solo en la habitación sin poder
entender mucho que estaba pasando. Miró el brazo y vio que tenía
una vía sobre la palma de su mano. Miró a su alrededor y vio los
monitores típicos de una sala de terapia intermedia. Enseguida
apareció Marcos, su hermano, que estaba en el baño. Se estaba
lavando las manos y mientras las secaba, lo recibió con una
sonrisa.
—¡Ya
se despertó! —Asomó su cabeza por la puerta de la habitación
para anoticiar al resto de la familia. Todos entraron a verlo
rebosantes de alegría.
Las
primeras palabras le costaron una enormidad, pero pudo esbozar un
saludo verbal a sus familiares.
—No
te esfuerces, estuviste en coma casi un mes. —Aclaró dulcemente su
madre, mientras le acariciaba la mano que no tenía la vía
intravenosa—. Ya vamos a tener tiempo de sobra para conversar.
—No
vaya a ser cosa que nos arrepintamos y le tengamos que pedir que se
calle —acotó su hermano aún con las mános húmedas.
—En
cualquier momento debiera venir el doctor para darnos los resultados
de los últimos estudios —interrumpió con un poco de seriedad el
padre, a quien se lo notaba preocupado.
Si
bien todo ese cuadro sorpresivo le generaba una gran sorpresa y una
grata alegría, le costaba todavía entender toda la situación.
Cuando había llegado ahí, por qué, qué había pasado eran todavía
misterios que se escondían en alguna esquina poco iluminada de su
memoria. Mientras miraba todos los rostros de sus familiares, esbozó
una sonrisa tímida, preocupada. Más allá de los chistes de su
hermano y la ternura de su madre, había un dejo de miedo en la
mirada de su padre. La forma en que evitaba cruzarle la vista, las
manos en los bolsillos y sobretodo ese movimiento constante, no le
generaban buenas sensaciones. Fue entonces que recién pudo divisar a
su hermana, casi escondida junto a los monitores y la bolsa del
suero. A pesar de su sonrisa obligada se notaban los ojos hinchados,
claramente había estado llorando. Quiso hablar para preguntar qué
había pasado, pero otra vez le costó horrores.
—Tranquilo
hijo, ahora cuando venga el doctor te va a explicar todo y le vamos a
preguntar cuanto vas a tardar en recuperar la voz, la memoria y si
podés comer algo —la madre siempre encontraba un lugar para la
comida en todas las situaciones de la vida.
El
padre directamente salió al pasillo, como buscando interceptar a
alguien. La hermana lo contemplaba ausente, como si todavía
estuviera en coma. La madre le hacía un repaso extensivo de todas
las personas que lo habían ido a visitar.
—Raro
que no vino nadie del trabajo —Dijo en un tono que sonaba más a un
reclamo inquisidor que a una reflexión del momento. Seguramente
había estado mucho tiempo pensando en por qué no se había acercado
nadie—. ¿Tan ocupados están que no podían pasar a verte ni
siquiera 10 minutos?.
El
solamente respondió con una sonrisa sincera. Si bien le molestaba
que no lo hubieran ido a visitar ni siquiera una vez, le causaba
mucha gracia las preocupaciones de su madre.
—Ahí
lo ví al médico que entraba en la enfermería —Dijo el padre con
tono solemne mientras entraba a la habitación con los brazos
cruzados—. ¿Vos cómo te sentís? —apenas lanzó la pregunta se
dio cuenta de lo mucho que le costaba a su hijo hablar—. No hables,
contestame con la mano, ¿todo Ok?.
El
volvió a sonreír y con el pulgar para arriba le confirmó que
estaba bien. Empezó a notar una pequeña molestia en la espalda, por
lo que intentó acomodarse en la cama.
—¡Ay,
te molesta la espalda! Despacio que tenés algunas escaras chiquitas,
de tanto estar acostado —Le explicó la madre con tono de
preocupación
“Escaras”
pensó para dentro suyo y tuvo un mini debate consigo mismo acerca de
lo raro de esa palabra, de lo raro de la situación, de lo raro de
tener tejido muerto por haber estado tanto tiempo acostado inmóvil.
El médico apareció por la puerta de la habitación. La luz del
pasillo, hizo que su figura inmóvil bajo el marco pareciera solemne,
como un póster de un prócer. Saludó desde allí y dando un paso
alargado, se adentró en la habitación.
—Bueno,
te despertaste al fin… buen día —le dijo casi sin mirarlo,
mientras le revisaba el pulso— Vamos a ver los reflejos… ¿Te
sentís bien? —preguntó casi retóricamente.
Hizo
todos los estudios de rutina, le tomó la fiebre y con la mayor cara
de póquer posible, se levantó y en el medio de la habitación
preguntó:
—¿Ustedes
son los padres? ¿Podría hablar un momento con Ustedes en el
pasillo?
Su
hermana no pudo resistirlo y rompió en llanto. Su hermano tuvo una
reacción instantánea de mirar por la ventana, pero instintivamente
la reprimió y se volvió para consolarla. Sus padres salieron con el
médico al pasillo, cerrando la puerta tras de ellos. El quiso
hablarles a los hermanos, pero no podía pronunciar palabra. Empezó
a sentirse somnoliento. Apenas sentía un sollozo de su hermana y sin
darse cuenta, volvió a abrir los ojos. Sus padres estaban junto al
doctor parados en la punta de su cama.
El
doctor le explicó claramente su caso. Los motivos que lo habían
desencadenado, los estudios que habían realizado para corroborar el
diagnóstico y todas las repeticiones que necesitaron para estar
seguros. Lamentablemente no había vuelta atrás y todos los
esfuerzos habían sido en vano. Solamente era cuestión de tiempo. En
el momento que él se durmiera, toda su familia moriría.
Sus
ojos se llenaron de lágrimas. Y como si toda la familia estuviera
esperando su permiso para llorar, comenzaron a llorar con él en ese
instante. Todos lo abrazaron y repitieron palabras de cariño para
con el. Cada vez le costaba más escucharlos. La madre acariciaba su
rostro y el padre le apretaba fuerte la mano. Pestañeó una vez. La
segunda vez fue un poco más prolongada. Quiso levantar el brazo para
refregarse un poco los ojos, pero el brazo le pesaba una tonelada y
no lo pudo mover. De golpe se sacudió, como quien brevemente se
duerme. Los miró a todos que estaban a su alrededor. Nuevamente
sintió que los párpados se le caían. Entonces sintió los gritos
de dolor de su madre y rápidamente ruidos de cuerpos retorciéndose
sobre el piso de madera. Oyó el llanto de sus hermanos desconsolados
que le rogaban por favor que despertase. Una sonrisa se dibujó en su
rostro.
sábado, 21 de marzo de 2020
Ximena despierta
Siempre
es muy difícil saber cuál fue el motivo por el cual uno se
despierta. Puede ser un ruido en la calle, un adorno que se tumba por
una leve corriente o simplemente el ruido de las cortinas chocando
contra la ventana. Quizás sea una reacción defensiva del
inconsciente ante una pesadilla, una idea, un pensamiento que no
queremos enfrentar. Pero ese primer instante en el que Ximena se
despertó esa noche, la sensación era muy clara. Alguien la había
tocado en el tobillo y se había abalanzado sobre ella. Casi
había sentido sobre su espalda a esa cosa etérea, maligna, mortal.
Se despertó totalmente empapada en sudor, ese sudor frío que le
erizaba la piel. La respiración tumultuosa, desesperada. Lo miró a
Alberto, que todavía dormía placenteramente a su lado. No quiso
despertarlo. Aún boca abajo sobre la cama, no quería darse vuelta.
Pese a haber despertado, tenía la sensación de que lo que fuera que
la había tocado en el tobillo, permanecía ahí. Su imaginación
empezó a traicionarla y de a poco empezó a notar como eso se le
acercaba por el costado de la cama que quedaba detrás de su cabeza.
Escuchó un leve crujir de un listón de madera del piso. Sintió
como aquella presencia se arqueaba y se acercaba sigilosamente sin
tocarla, hasta llegar a susurrarle al oído “lo mataste, vos lo
mataste, asesina”. Cerró fuertemente sus ojos y su corazón se
aceleró al punto de casi salir de su pecho. Fueron 3 segundos que
parecieron una eternidad. Sintió de repente una leve brisa y tuvo la
sensación que lo fuera que estaba con ellos en la habitación, se
había dado velozmente a la fuga. Finalmente, casi sin razonarlo, se
armó de valentía y al mismo tiempo que abría los ojos, giró sobre
su cuerpo. Ya nada había en la habitación. Presa de la
desesperación se levantó de la cama y descalza como estaba comenzó
a recorrer el apartamento, en la plena oscuridad. Pensó en tomar un
cuchillo de la cocina, por lo que sigilosamente abrió el cajón y
sacó ese nuevo, el que usaba para la carne. Caminó con el cuchillo
en una mano y con la otra tanteando la pared del pasillo, en plena
oscuridad . Se asustó nuevamente con su reflejo en la ventana
y tuvo que ahogar un grito de terror. En el living una tenue luz
ingresaba por el ventanal, dejando en claro que nadie más estaba en
el lugar. Aún con el cuchillo en la mano se dirigió al baño y sin
prender la luz, para no despertar a Alberto, se bajó la ropa
interior y se sentó en el inodoro a orinar. De a poco la
tranquilidad iba volviendo a su persona. Se sorprendió culposa
cuando apretó el botón de la descarga, pensó que el ruido podría
despertar a Alberto. Con el cuchillo en la mano, volvió ya tranquila
a la habitación. En su cama había otra mujer, durmiendo boca abajo.
Alberto estaba junto a ella, ya sin vida. Suelta un grito sin voz,
eterno, desesperado. Toma a la mujer desconocida por el tobillo. Con
el cuchillo en la mano derecha, pone ambas rodillas sobre el colchón
y se arroja resueltamente sobre ella. “¡Asesina!” grita sumida
en desesperación mientras le asesta una puñalada en la espalda.
Vuelve a despertar, empapada, desesperada, sumida en un terror
absoluto. Alberto la consuela. “Tuviste una pesadilla mi amor,
tranquila, ya pasó, está todo bien, no tengas miedo”. Ximena
sonríe, acaricia tiernamente a su amado. Lo mira fijo a esos ojos
marrones, redondos, plenos de amor. Alberto le responde la sonrisa.
Pero Ximena quiere hablar y no puede. Lo intenta una y otra vez sin
éxito. Alberto le pregunta qué le pasa. Ximena cae presa de la
desesperación. Quiere agradecerle esas caricias, contarle su
pesadilla, quiere hablar. Quiere decirle que lo extraña cada día,
que no encuentra manera de pedirle perdón, que ella sabe que está
soñando porque lo mató hace ya más de 7 años y que,
principalmente, tiene mucho miedo de nunca, nunca más poder
despertarse.
viernes, 20 de marzo de 2020
Pero esa no es toda la verdad
Era una noche más tranquila de lo
normal en Calamuchita. De no ser por el sonido intermitente de las
cigarras, Rosa tranquilamente podría haber sospechado una abrupta
sordera. El cielo estrellado que observaba desde su jardín frontal
poco podía presagiar los nubarrones que aparecerían un rato
después. Sentada en la reposera, aún no se decidía si preparar
algo para cenar o “Tirar con el mate y los bizcochos de la tarde”
hasta que se fuera a dormir. Esas eran sus mayores preocupaciones
desde que hace más de veinte años había decidido escapar del
bullicio, el ruido y la locura de la Capital Federal para comprar las
tres casitas que alquilaba en el centro y retirarse a vivir humilde
pero pacíficamente al costado del río, alejada del cemento.
A lo lejos escuchó un motor. “Será
Carlos” pensó. Carlos es el plomero que estuvo en la semana
haciendo arreglos en las casas, preparándolas para la temporada de
vacaciones. Le había dicho que cuando terminara, iba a pasar a
cobrar. Rosa estaba convencida que siendo viernes, iba a pasar si o
si, para ir a tomarse todo el pago a algún barcito del pueblo. Para
su sorpresa, el auto, un fiat antiguo, de los que no veía ni
siquiera en el pueblo, era el que se acercaba y se detuvo frente a su
tranquera. No era Carlos. No era nadie que ella reconociera. Del auto
bajó una mujer que no pudo reconocer por la oscuridad que empezaba a
reinar, pero a la que identificó instantáneamente por su voz:
―¡Rosa vieja chota! ¡Mierda que me
costó encontrarte! ¡Abrí carajo que me comen los mosquitos!
Quien gritaba desde la tranquera no era
otra persona que Estela, la mejor amiga de la infancia, adolescencia
y parte de la juventud de Rosa. Vecinas del barrio de Liniers,
compañeras de escuela y confidentes de todo. No se veían hace más
de 20 años.
―Estela, ¿Sos vos? - Preguntó para
confirmar
―No, si soy la Teresa de Calcuta que
se perdió en estos caminos de mierda. ¡Dale, abrime!
―Está abierto, sacale el pasador
nomás - Le indicó Rosa mientras se levantaba de la reposera
―Dale, dale, yo abro… vos quedate
tranquila ahí nomás, no vaya a ser que te ataque el reuma.
Rosa se quedó inmóvil en la puerta de
su casa. De todas las personas que habitan el planeta tierra, a la
última que esperaba recibir esa noche era a Estela. Las cosas no
habían quedado muy bien la última vez que se vieron y ella
consideraba que el tiempo y la distancia habían hecho desaparecer
cualquier atisbo de relación entre ellas. Estela torpemente maniobró
el auto para ingresar y lo estacionó sin mucho cuidado. Ya sin la
verborragia utilizada para romper el hielo y con la cercanía como
principal inhibidor, se acercó a Rosa que estaba en la puerta y la
saludó emocionada, al borde del llanto.
―Rosa…
Rosa no respondió verbalmente, sino
que al verla tan frágil, estiró sus brazos ofreciendo un lugar para
que pudiera descargar sus emociones. Estela se entregó al abrazo
propuesto y rompió en llanto sobre el pecho de Rosa, que tímidamente
la confortaba acariciando su espalda. El abrazo se extendió por unos
minutos en los que Estela descargó tanta angustia retenida.
―Una se pone vieja y se pone chota y
sensible -dijo Estela secándose las lágrimas.
―¡Pero dejate de joder Estelita! ¡No
tenés que explicar nada! -respondió, aún escéptica, Rosa.
―Sabrás entender que son muchas
cosas guardadas… ¡pero ya está! ¡ya está! ya vine, te encontré
y quiero que charlemos un rato, nos pongamos al tanto.
―La verdad, me sorprende mucho verte
¡me hubieras avisado que venías y preparaba algo, mujer!
―Te quería dar una sorpresa… hasta
en un momento encontré tu número de teléfono por las casas que
alquilás, pero quería darte la sorpresa de venir así de la nada.
―¡Y lo hiciste Estelita! ¡Flor de
sorpresa!
―Dale, vamos adentro que me estoy
pillando hace un par de horas, vos poné el agua para el mate y
charlamos.
Rosa se sintió invadida por Estela. La
aparición sin aviso, el trato despreocupado olvidando lo pasado y su
autoinvitación a pasar la incomodaban bastante. Aún así trató de
disimular todo esto y mientras Estela pasaba al baño, cargó la pava
con agua y prendió la hornalla. Estaba limpiando el mate cuando
escucha las risas que suenan en el pasillo.
―¡Pequeños placeres de la vida! -le
grita Estela desde el baño- ¡hacer pis sentada y con la puerta
cerrada!
Rosa no responde. Solamente cierra los
ojos maldiciendo por la situación y prepara en silencio el mate.
Siente el ruido de la cadena del baño, el agua del lavabo y el ruido
de la tecla de la luz.
―Fijate que no se te hierva el agua
-indica Estela mientras se sienta en la silla.
―Sí Estela, tranquila que no se va a
hervir… la garrafa esta tiene poca presión, o se está acabando,
no sé, tarda una eternidad.
―Ufff, en el pabellón con la
garrafita tardábamos una eternidad.
“En el pabellón”. Rosa estaba
esperando que de alguna manera Estela rompiera el hielo y abriera el
paso al motivo real por el que estaba allí sentada, el por qué
había decidido reaparecer después de más de dos décadas sin
hablarse, escribirse, mucho menos verse.
―Estela, vos sabés que yo…
―Olvidate Rosa, olvidate. Ni me
expliques -interrumpió Estela- tanto tiempo adentro tiene sus cosas
buenas y sus cosas malas. Ahora que te lo digo me parece una
estupidez, pero si, tiene cosas buenas. Te puteé Rosa… no te
imaginás lo que te puteé. Años deseándote los peores de los
males. Años pensando que podría hacer yo para cagarte la vida como
vos me la cagaste a mi, años. Pero eso fue al principio, los
primeros años. Incluso verte cuando venías a la visita me daba más
bronca. Ver que venías, entrabas, te excusabas, llorabas… ¡y
después te ibas! ¡Te ibas y la boluda que se quedaba adentro era
yo! Ahí fue la época donde más pensaba en como cagarte la vida a
vos también. Incluso un día tenía una faca preparada para cuando
vinieras a la visita. Me chupaba un huevo comerme treinta años más
adentro. Pensé en cagarte a facazos, pero te salvó una vieja que
estaba conmigo, me convenció de que no valía la pena. Decí que ya
se murió, sino te mandaba a que le agradezcas.
Rosa empezaba a notar que sus peores
miedos se hacían realidad. Si bien escaparse del ruido y el ritmo
frenético de la ciudad habían sido una sabia elección desde el
primer día en que llegó a Córdoba, en ese momento, en esa noche
que empezaba a nublarse, empezaba a pensar que se había ido a vivir
al lugar ideal para la venganza de Estela: Sola, en el medio de la
nada, sin nadie que la escuche gritar, sin nadie que la vea a Estela
marcharse. Aún con el agua ya lista y el segundo mate cebado, no se
sentó en la mesa, sino que se quedó apoyada en la mesada, con las
palmas sobre la piedra. No podía parar de pensar dónde estaba el
cuchillo grande, el de cortar la carne.
―Vení Rosita, sentate que no te voy
a hacer nada. Esos fueron los primeros años. Después me metí con
las evangelistas, me conseguí un laburito ahi adentro y empecé a
cambiar la mentalidad. Es todo cuestión de mantenerse ocupada
¿sabés? cuando hacés cosas durante el día te cambia el ánimo, no
te metés en quilombos y a la noche dormís de corrido. ¿Sabés
cuanto tiempo estuve sin dormir? ¡Años! años sin dormir,
enbroncada, con miedo, envenenada, pensando en cómo habían pasado
las cosas, en cómo un mínimo gesto, una palabra, hubiera cambiado
todo.
―Estela, vos sabés que yo… -Estela
volvió a interrumpir, centrada en su discurso
―Porque no era cuestión nada más de
probar mi inocencia. Bueno, inocencia no, pero vos sabías que eras
vos o yo, no había otra. Cuando llegaron los yutas estábamos
nosotras dos y el muerto ahí tirado. Yo tenía el cuchillo, me
resistí al arresto y ya desde ahí arranqué perdiendo. Después tu
marido puso guita, tenía el conocido en el juzgado… y vos ni una
palabra dijiste, nada. Veintiocho años me comí adentro. Nunca pude
formar una familia, nunca tuve hijos, no pude terminar de estudiar.
¿Y vos qué hiciste con ese tiempo? ¿Eh? no veo por acá a tu
marido ni a ninguna criatura.
―No… Ernesto me dejó a los pocos
años. Para mí tampoco fue fácil, vivir con la culpa, vivir con
esas imágenes…
―¡Ah sí, la culpa! ¡Qué terrible!
-Casi que gritando, Estela gesticulaba irónicamente- Cuando me
cagaban a palos yo pensaba “mejor esto que sentir la culpa que debe
estar sintiendo Rosita”. ¡Pero dejate de joder nena! me cagaste,
tuviste una oportunidad y acá estás, sola, sola como un perro. ¿Te
da mucha tranquilidad sentarte en la puerta a tomar mate? no te debe
querer nadie, porque la que garca una vez, garca siempre.
―Estela, vos me conocés, somos
amigas desde muy chicas, todo eso me sobrepasó, Ernesto me fajaba y
me prohibió que hablara, yo siempre fui muy cagona…
―¡Pero al ñato ese lo mataste vos!
¡Te lo cogías vos, amenazó con delatarte a vos y lo mataste vos!
Me llamaste desesperada y yo como haría una buena amiga, ¡te ayudé
sin preguntar nada! ¡lo mínimo que podrías haber hecho, aunque
fuera años después, era hablar! pero no, venías a la visita con tu
cara de pobrecita, me contabas cosas de tu vida y del país… ¡que
me importaban tres carajos! ¡tres carajos! encima cuando te cagaba a
puteadas, te ponías a llorar… pero soy mejor persona que vos
Rosita, ¡mucho mejor!
―Estela, perdoname… sabés que
tenés mucho tiempo todavía y yo nunca tuve como objetivo principal
joderte a vos, yo nunca me pude volver a relacionar con nadie después
de eso, la pasé mal y…
Rosa estalló nuevamente en llanto.
Como en las visitas al penal, la persona que expresaba el
sufrimiento, la congoja, el malestar, era ella. Estela casi que
sentía pena, pero no se permitía ese sentimiento, no era justo con
todo lo que ella había pasado.
―Ya te perdoné Rosita. Te perdoné
hace tiempo. De hecho hace años te escribí sin obtener respuesta,
calculo que ya estarías viviendo por acá. Y te confieso que en el
camino para acá pensaba, mientras manejaba por la ruta. ¿Viste el
auto? ¡Por favor, que cacharro! Me lo prestó el dueño de la
pensión en la que estoy parando en Capital. Un gaucho el viejo, me
parece que me la quiere dar. Un asqueroso. Te decía, pensaba
mientras venía cómo iba a reaccionar al verte, cómo ibas a
reaccionar vos… tenía un poco de miedo de sentir mucha bronca,
mucha envidia, no sé… hasta tenía miedo de cómo podía llegar a
reaccionar. Pero no che, nada de eso. Así chota y todo como sos, sos
la única amiga que tuve y que tengo.
Rosa por primera vez en la noche cambió
su semblante. A pesar de los años en la cárcel, ciertas virtudes de
Estela comenzaban a aflorar y eso le daba tranquilidad. Es cierto,
todas las verdades proferidas la habían enterrado en un sentimiento
de culpa y tristeza, pero también eso le daba una leve sensación de
justicia.
―¿Querés que te prepare algo para
cenar? ¿Comiste? -preguntó Rosa, en extremo servicial.
―No, no, ya me voy. No te voy a
mentir, no me interesa que me cuentes nada. Creo que necesitaba
descargarme, decirte algunas cosas en la cara.
Estela empezaba lentamente a irse. Con
tranquilidad se levantó de la silla, miró un poco la cocina y le
sonrió a Rosa. Un auto se acercaba a la tranquera de entrada, lo que
le dio tranquilidad a Rosa por la presencia de otras personas.
―Ese debe ser Carlos, el plomero. Me
dijo que iba a pasar a cobrar unos trabajos que le mandé a hacer
-dijo Rosa señalando la puerta, como tratando de tranquilizar a
Estela.
―Bueno, vamos saliendo y ya que
abrís, aprovecho para irme.
Ninguna de las dos hizo ademanes de
alguna demostración de cariño. Estela dándole la espalda a Rosa
abrió la puerta y comenzó a caminar rumbo al auto. Rosa, caminando
detrás, se hacía visera sobre los ojos para divisar a Carlos detrás
de las luces del auto estacionado frente a la tranquera.
―¿Viste que yo te dije que pensé
mucho y que ya te había perdonado? -preguntó Estela y sin darle
tiempo a Rosa a responder, prosiguió- bueno, eso es cierto. Pero esa
no es toda la verdad. Un día, cuando vos ya no me visitabas más, me
vino a visitar un pibe, de unos dieciocho años.
Rosa estaba prestando más atención al
descenso de Carlos del vehículo que a lo que decía Estela. Casi sin
dejar de mirar el auto, preguntó:
―¿Qué?
―Que no hace mucho, cuando ya vos no
venías, me vino a ver un chico, como de unos dieciocho años… ¡de
lindo el pendejo!
Rosa dejó de mirar al auto, ya
preocupada y se acercó con un trotecito leve hasta donde estaba
Estela, que seguía hablando:
―Educadito el pibe, no sabés, una
ternura.Y así, con mucha vergüenza, me dijo que quería saber si
era verdad que yo era inocente. Pensé que sería de alguna escuela o
universidad, viste que a los chiquitos los mandan a hacer entrevistas
y esas cosas… pero no, resulta que no.
―Escuchame Estela, no te subas al
auto todavía que me parece que no es Carlos el del auto, no
reconozco bien el modelo pero me parece que es otro.
―Yo al pibe le conté toda la
historia y me vino a ver varias veces… hasta en una de las visitas
le pregunté si no quería hacerme el servicio, ¿viste? se reía
pobrecito. ¿Sabés quién era? el hijo del tipo que vos mataste.
Había estado averiguando y me vino a ver.
Rosa se quedó congelada. Estela
mientras hablaba no la miraba y ya estaba sentada en el asiento del
conductor. Puso el auto en marcha.
―Nos costó encontrarte, pero bueno,
una vez que nos enteramos de las casas de Calamuchita, el aviso en
Internet y un par de preguntas en el pueblo nos solucionaron bastante
rápido el tema. Yo quería cerciorarme que fueras vos, no vaya a ser
cosa de hacer cagadas.
Rosa empezó a correr para la casa,
desesperada.
―Rosa, no seas pelotuda -le dijo
Estela mientras se bajaba del auto- las llaves de tu casa ya las
agarré yo… ¿me vas hacer abrirle a mi?
Estela se bajó del auto y miró para
la casa, Rosa había entrado y estaría buscando algún arma o quizás
tratando de esconderse. Caminó unos pasos, le hizo una seña al
conductor del vehículo para que bajara las luces, y corrió el
pasador de la tranquera.
miércoles, 20 de febrero de 2019
Dorian
Caminaba resignado ya bajo la lluvia de
Enero. Esa temporaria inclemencia climática se veía acompañada de una fría
brisa que lo obligó a levantar el cuello de su camisa, en procura de un poco de
abrigo. Acomodó un poco su peinado, desdibujado por el agua. Casi al trote
cruzó la calle y se detuvo bajo un balcón a pocos pasos de la puerta.
Nuevamente intento componer su imagen, sacudiéndose un poco del líquido que lo
inundaba. Tomó aire y con un poco de orgullo se las ingenió para dibujar una
sonrisa en su cara. Se dirigió hacia la puerta. A un paso de llegar, seguía
dudando entre tocar el timbre o seguir caminando. Se detuvo frente a la puerta.
Sintió el nerviosismo que invadía su cuerpo. Las manos le temblaban un poco, el
corazón se aceleraba y se sentía algo agitado. Detuvo su dedo a escasos
centímetros del timbre. En eso vio a otro aventurero que, paraguas en mano,
cruzaba la calle en dirección a él. Decidió simular para no parecer estúpido,
para no parecer sospechoso, inmóvil ahí como estaba bajo la lluvia. Apretó su
dedo índice junto al botón del timbre, contra la pared y pegó su oreja al
parlante del mismo, como esperando una respuesta que nunca iba a llegar, hasta
que el hombre del paraguas se alejó. Sintió un poco de vergüenza de si mismo y
se alejó un paso de la puerta. Instantáneamente volvió a acercarse y sin dudar,
tocó furiosamente el timbre. Le pareció escuchar ruidos dentro de la casa,
pasos que se acercaban a la puerta. Cinco segundos. Diez. Nada, ninguna respuesta.
Temiendo pasar por insistente, decidió esperar un poco más. Un auto pasó
levantando agua y lo sorprendió inmerso en la espera del “clac” del portero
eléctrico. Sonrió. Y casi con la seguridad que nadie atendería, volvió a tocar.
Ya sin nervios ni palpitaciones, esperó casi un minuto. Giró, miró hacia ambos
lados de la acera y emprendió el camino de regreso, ya con un andar más calmo
pese a la torrencial lluvia. Mientras cruzaba la calle, se preguntó a sí mismo:
-¿Cómo se llamaba el libro aquel del
retrato?
lunes, 28 de enero de 2019
Juicio final
- Bueno, a ver, repasemos la
lista.
- Vos decime el veredicto que yo los voy marcando
- ¿Desde el principio?
- Desde el principio.
- Dale.
- Infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, eh... infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, paraíso, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno…
- Pará, pará... ¿Hay algún otro que diga paraíso?
- ¿Mejor me fijo no? A ver...mmmhh...no.
- Entonces no marco más.
- Más vale, dejala por ahí, total a aquel no creo que le interese.
- Miralo que pelotudo parece ahí sentado en la nube solito...
- Se va a cagar de la angustia... ¡Por toda la eternidad!
- ¿Vamos bajando nosotros?
- Dale. Pasa que tengo que cerrar.
- Bueno, tampoco me apures
- Dale, vamos
- Che, por curiosidad nomás, ¿Quién era el único que quedó allá arriba?
- El diablo, chabón, el diablo.
martes, 14 de agosto de 2018
No habrá visitas
Se
despertó sentado. Tardó unos segundos en reconocer el lugar.
Fugaces visiones atravesaron su mente con la prestancia de un rayo
que cae al mar. La cucheta, el lavabo sucio y los barrotes no
tardaron en responderle. Casi que se topó con la segunda incógnita.
Porqué. Imágenes de toda índole lo abrumaron. Supo distinguir
entre las reales y las que eran solo fruto de su vasta imaginación.
Suena
un timbre. Ruidos metálicos y esa luz que resulta extraña,
novedosa, agresiva. Pasillo largo, un aire viciado y ruido al final.
Hoy debería venir mamá a la visita, ya estaría llegando.
Seguramente tendría esa bufanda que no se saca nunca y un paquete de
bizcochos en la mano. Pero ya no guarda la esperanza de volver a
verla. Hace años que no viene por el correccional. Nadie viene. Ni
siquiera los colores, solo quedaron el gris y el negro.
El
odio se inmiscuye súbitamente en su pecho. Cierra el puño
fuertemente y una gran decepción abate su semblante. Fuertemente
mastica su furia y se siente un poco avergonzado. Se siente iluso.
Engañado. Esa imagen de un domingo en familia, donde el abuelo baila
y sonríe desde el sillón solamente ha sido un sueño muy cruel. Con
suavidad apoya nuevamente su cabeza en la almohada. Esa frescura, esa
inocencia, tardará mucho tiempo en volver. Tanto que, por ahora, no
habrá más lugar para soñar. Sólo para esperar que el tiempo pase.
Y cuando fuese el momento, aplicar la lección aprendida.
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