martes, 24 de marzo de 2020

El tiempo se detuvo


Esa mañana fue una de esas donde el despertador se funde en la fantasía del sueño. Mientras corría por las escaleras internas del edificio de su infancia, huyendo de alguna travesura infantil entre risas nerviosas y respiraciones agitadas, Pablo empezó a sentir un ruido en el fondo. En su sueño empezó a correr más rápido, a saltar escalones, a doblar desprolijamente en los descansos. El ruido se acercaba cada vez más, como una sirena de auto bomba trepando por una avenida. Un salto de muchos escalones se vuelve eterno y de repente el quiebre. Un ojo abierto, la cortina de la habitación y el sonido irritante del despertador. Un manotazo torpe lo silencia momentáneamente, brindándole 10 minutos más de sueño. Esta vez no hay vivencias. En un cerrar y abrir de ojos, el despertador vuelve a sonar. Pablo esta vez se incorpora en la cama y apaga el despertador con cara de pocos amigos. No han pasado 10 minutos. Es la hora en la que el despertador está configurado para sonar. Hubiera jurado que se había despertado unos minutos atrás y había presionado la función de “snooze”. Pese a la confusión toma este hecho como una buena señal y decide disfrutar esos minutos ganados quedándose en la cama. Intenta dormitar unos minutos pero le es imposible. Vuelve a mirar el reloj y no había pasado ni un minuto. Todavía eran las 7:30. Pablo se agita. “¡El reloj no funciona y me quedé dormido!” descubre para sí mismo. Agitado se levanta con apuro y corre hasta el baño, a abrir la ducha. Una afeitada rápida y desprolija, pone agua a hervir y mientras prepara la tabla para planchar una camisa, enciende el televisor para ver, fundamentalmente, el pronóstico del clima. Para su sorpresa, el reloj del informativo marcaba la misma hora: 7:30. “Claramente no estoy teniendo un buen día” se dice a si mismo y decide tomarse las cosas con calma. Desayuna como todos los días, termina de planchar su camisa y con la misma serenidad de cada día, se dispone a salir para ir a trabajar. Antes de abrir la puerta de su departamento, mira su teléfono celular. Seguía marcando las 7:30.
Abre la puerta de su departamento, sale al pasillo, cierra con dos vueltas de llave y al dar unos pasos, su celular estalla en notificaciones: 3 llamadas perdidas de su jefe y varios mensajes de sus compañeros consultándole si todo estaba bien. Es entonces que se da cuenta que el reloj de su teléfono celular marcaba las 11:20.

Ese día no comentó lo sucedido a nadie en el trabajo. Simplemente se limitó a recuperar el tiempo perdido y cumplir con los retrasos que su demora había generado. Un poco más tarde de lo habitual, a las 19hs, partió nuevamente rumbo a su hogar. Una hora después estaba ingresando nuevamente a su departamento.

Pablo se sacó el traje, ritual que repetía cada tarde a su regreso. Prolijamente separó la camisa dentro de la bolsa para la tintorería y colgó en el placard, en su funda correspondiente, el pantalón y saco de su ambo. Acomodó los zapatos bajo la cama y se dirigió a la cocina. En su apuro laboral para ponerse al día había omitido el almuerzo por lo qué, con lo que encontró en la heladera, se preparó algo para comer. De parado, sobre la mesada de la cocina, comió unos huevos revueltos con jamón. Pacientemente lavó el plato y los utensilios de cocina y se sentó en el sillón. Para su sorpresa, al observar el reloj del decodificador de la televisión, seguían siendo las 20:03, el mismo horario en el que había arribado a su hogar, hace ya casi una hora.

Pablo recordó lo que había pasado esa misma mañana y decidió hacer un experimento. Se acercó hasta la puerta y miró su teléfono celular: 20:03. Abrió la puerta y nada. El reloj seguía marcando el mismo horario. Pero en cuanto dio un paso y puso ambos pies por fuera de su departamento, el reloj de su celular automáticamente cambió a la hora actual, indicando las 20:46. Casi sin creerlo, Pablo volvió a ingresar a su departamento y esperó sentado durante largos minutos que el reloj de su celular cambiara. Nunca ocurrió. Pese a su mirada insistente, se mantuvo paralizado en las 20.46.

Al encender la televisión, ocurrió lo que Pablo esperaba: La imagen en todos los canales estaba presa de un loop de 60 segundos. Cualquiera fuera el canal que eligiera, irremediablemente a los 60 segundos la escena volvía atrás y comenzaba nuevamente. Los sitios de internet cargaban con total facilidad, pero era imposibles actualizarlos al cabo de 60 segundos. Lo mismo ocurría también con los programas de radio. En ese momento Pablo recordó que jugaba su equipo de fútbol favorito, por lo que cada 1 minuto salía al pasillo de su edificio, para poder ver el partido completo.

Mientras Pablo estaba dentro de su departamento, el tiempo se detenía. Allí dentro Pablo no tenía sueño, no tenía hambre y no tenía nada de qué preocuparse. Pero en cuanto ponía ambos pies por fuera del departamento, el tiempo se actualizaba y avanzaba hasta el momento que correspondía, de acuerdo al tiempo que Pablo se hubiera quedado dentro de su departamento.

La primera noche no durmió. Temiendo volver a quedarse dormido, simplemente se mantuvo realizando tareas durante la noche, saliendo de tanto en tanto al pasillo para acomodar los relojes. Incluso notó que por su ventana seguía siendo de noche, aún ya entrada la mañana, pues aún no había salido. Lo positivo, pensó, es que no tenía sueño, hambre ni cansancio. Una sensación de adrenalina, curiosidad y  sorpresa lo mantenía en pie. Se vistió como cada mañana y salió al pasillo, era hora de ir a trabajar. Cerró la puerta y se dirigió a su lugar de trabajo.

Ese día Pablo estuvo desatento, con sueño y un hambre inusitado. Las tareas lo encontraban disperso, únicamente pensando en qué era lo que estaba ocurriendo, porqué ocurría y si en algún momento las cosas volverían a su curso habitual. Ese día volvió a su casa con una compañera de trabajo que le había solicitado prestados unos apuntes de la facultad. Al ingresar, como Pablo sospechaba, el tiempo se detuvo. Para evitar sospechas, no encendió la televisión mientras buscaba los apuntes. La conversación fluía naturalmente e incluso, en un momento que su visita fue al baño, adelantó el reloj de agujas de la cocina, ese tan horriblemente práctico que le habían regalado en la inmobiliaria cuando compró el departamento. La visita salió consternada del baño. Se le había roto el celular. Internet no funcionaba, el reloj tampoco. “Se colgó” dijo. Pablo inventó una experiencia pasada similar y entre frases hechas sobre lo descartable de la tecnología y comentarios sobre los apuntes de Historia del pensamiento económico, empezó de a poco a invitarla a retirarse. Mientras la saludaba apoyado en el marco de su puerta, su invitada le gritó mientras ingresaba al ascensor “¡Se arregló el celu!”. Pablo sonrió y volvió a ingresar.

Con el paso de los días el ejercicio de salir regularmente se hizo engorroso. Dejó de mirar televisión e incluso ya no navegaba por Internet. Los días de semana mantenían cierta habitualidad basadas en las obligaciones laborales, los compromisos sociales y la rutina. Los fines de semana se volvían engorrosos. Casi no podía dormir, se alimentaba de forma irregular e inadecuada y la constante sensación de estar llegando tarde a ningún lugar empezaban a afectar su ánimo. La lectura se le había vuelto una tarea tediosa y hasta llegó a sospechar que al ser la única viable, estaba perdiendo notoriamente la sensación de placer que le causara en tiempos anteriores.

Un jueves ocurrió un hecho que produjo un quiebre. Volviendo de su trabajo, Pablo se tropezó en la calle y tuvo un fuerte traumatismo en una de sus rodillas. El dolor era insoportable, pero claramente no era una lesión de gravedad. Al ingresar a su casa se puso hielo e incluso tomó un analgésico, pero el dolor no se detenía. Y claramente, nunca iba a hacerlo. Esa noche la pasó en el hall de su edificio, con una bolsa de hielo sobre su rodilla.

A partir de entonces empezó a entender. Al no pasar el tiempo, no era posible que tuviera sueño ni hambre. No iba a poder curarse en caso de tener una enfermedad, pero del mismo modo no podría contraer ninguna que no tuviera previamente. No tenía necesidad de higienizarse (lo cual aprendió de mala manera al salir un miércoles luego de un fin de semana largo, apestando a zorrino) ni tampoco tendría ningún otro impulso que durase más de sesenta segundos.

Al poco tiempo ocurrió lo inevitable: Una cadena de errores y olvidos lo llevaron a quedarse sin trabajo. Inmediatamente pensó en buscar otro, pero una idea lo frenó en su impulso: De quedarse en su casa, no necesitaría nunca más el dinero, ni para alimentos, ni para impuestos, ni para nada más. Eso lo llevó a quedarse dentro por más tiempo del debido. Entonces empezó a trabajar distintas hipótesis: ¿Cuántos días llevaba dentro? ¿Hace cuanto tiempo no se alimentaba? ¿Había bebido agua? ¿Sería prudente salir o podría morir de inanición? ¿Quedaría deshidratado instantáneamente al atravesar la puerta? ¿Habría tenido un ACV, un incidente cardíaco durante ese tiempo que el desconocía? Esa indecisión lo llevó a dudar, sin saber por cuanto tiempo. Mientras estuviera dentro de su casa, sus padres estarían siempre vivos. Sus hermanos, sus seres queridos. Cada cual tenía sus familias, todos eran felices dentro de lo posible y así seguirían. Sin él, es cierto, pero con el tiempo se acostumbrarían. Ya no podía comunicarse con ninguno de ellos por teléfono ni por Internet. No podía salir para enviar una carta. Tampoco arrojarles un juego de llaves para recibir su visita. Solamente quedaba la opción de esperar que alguno se acercara a su puerta, lo cual nunca ocurrió.

lunes, 23 de marzo de 2020

La historia perfecta

Notó que estaba dormido, boca abajo. Había soñado la historia perfecta. Tenía  título, narratoria, un final brillante.Sintió al espectro abalanzarse sobre su cuerpo. “No te atrevas a contar sobre nosotros” le dijo. Cerró fuerte los ojos. Se armó de valentía y tomó la libreta que dejaba en su mesa de luz. Escribió. Giró su cuerpo y un grito de terror atravesó la noche. Una hoja en blanco con el título “Las ánimas” fue hallada junto a su cadáver, la mañana siguiente. En su celular, una consigna de redes sociales venció al bloqueo de pantalla, sin que nadie tocara nada.

domingo, 22 de marzo de 2020

Por favor, no te duermas


"¿Cuándo será el fin del mundo? El día que yo muera
Proverbio árabe
En un primer momento fue una noticia tan difícil de entender como de digerir. Quizás por ello recuerda cada detalle del caso: Estaba en la cama del sanatorio. Se despertó solo en la habitación sin poder entender mucho que estaba pasando. Miró el brazo y vio que tenía una vía sobre la palma de su mano. Miró a su alrededor y vio los monitores típicos de una sala de terapia intermedia. Enseguida apareció Marcos, su hermano, que estaba en el baño. Se estaba lavando las manos y mientras las secaba, lo recibió con una sonrisa. 
¡Ya se despertó! —Asomó su cabeza por la puerta de la habitación para anoticiar al resto de la familia. Todos entraron a verlo rebosantes de alegría. 
Las primeras palabras le costaron una enormidad, pero pudo esbozar un saludo verbal a sus familiares.
No te esfuerces, estuviste en coma casi un mes. —Aclaró dulcemente su madre, mientras le acariciaba la mano que no tenía la vía intravenosa—. Ya vamos a tener tiempo de sobra para conversar.
No vaya a ser cosa que nos arrepintamos y le tengamos que pedir que se calle —acotó su hermano aún con las mános húmedas.
En cualquier momento debiera venir el doctor para darnos los resultados de los últimos estudios —interrumpió con un poco de seriedad el padre, a quien se lo notaba preocupado.

Si bien todo ese cuadro sorpresivo le generaba una gran sorpresa y una grata alegría, le costaba todavía entender toda la situación. Cuando había llegado ahí, por qué, qué había pasado eran todavía misterios que se escondían en alguna esquina poco iluminada de su memoria. Mientras miraba todos los rostros de sus familiares, esbozó una sonrisa tímida, preocupada. Más allá de los chistes de su hermano y la ternura de su madre, había un dejo de miedo en la mirada de su padre. La forma en que evitaba cruzarle la vista, las manos en los bolsillos y sobretodo ese movimiento constante, no le generaban buenas sensaciones. Fue entonces que recién pudo divisar a su hermana, casi escondida junto a los monitores y la bolsa del suero. A pesar de su sonrisa obligada se notaban los ojos hinchados, claramente había estado llorando. Quiso hablar para preguntar qué había pasado, pero otra vez le costó horrores.

Tranquilo hijo, ahora cuando venga el doctor te va a explicar todo y le vamos a preguntar cuanto vas a tardar en recuperar la voz, la memoria y si podés comer algo —la madre siempre encontraba un lugar para la comida en todas las situaciones de la vida.

El padre directamente salió al pasillo, como buscando interceptar a alguien. La hermana lo contemplaba ausente, como si todavía estuviera en coma. La madre le hacía un repaso extensivo de todas las personas que lo habían ido a visitar.

Raro que no vino nadie del trabajo —Dijo en un tono que sonaba más a un reclamo inquisidor que a una reflexión del momento. Seguramente había estado mucho tiempo pensando en por qué no se había acercado nadie—. ¿Tan ocupados están que no podían pasar a verte ni siquiera 10 minutos?.

El solamente respondió con una sonrisa sincera. Si bien le molestaba que no lo hubieran ido a visitar ni siquiera una vez, le causaba mucha gracia las preocupaciones de su madre.

Ahí lo ví al médico que entraba en la enfermería —Dijo el padre con tono solemne mientras entraba a la habitación con los brazos cruzados—. ¿Vos cómo te sentís? —apenas lanzó la pregunta se dio cuenta de lo mucho que le costaba a su hijo hablar—. No hables, contestame con la mano, ¿todo Ok?.

El volvió a sonreír y con el pulgar para arriba le confirmó que estaba bien. Empezó a notar una pequeña molestia en la espalda, por lo que intentó acomodarse en la cama.

¡Ay, te molesta la espalda! Despacio que tenés algunas escaras chiquitas, de tanto estar acostado —Le explicó la madre con tono de preocupación

Escaras” pensó para dentro suyo y tuvo un mini debate consigo mismo acerca de lo raro de esa palabra, de lo raro de la situación, de lo raro de tener tejido muerto por haber estado tanto tiempo acostado inmóvil. El médico apareció por la puerta de la habitación. La luz del pasillo, hizo que su figura inmóvil bajo el marco pareciera solemne, como un póster de un prócer. Saludó desde allí y dando un paso alargado, se adentró en la habitación.

Bueno, te despertaste al fin… buen día —le dijo casi sin mirarlo, mientras le revisaba el pulso— Vamos a ver los reflejos… ¿Te sentís bien? —preguntó casi retóricamente.

Hizo todos los estudios de rutina, le tomó la fiebre y con la mayor cara de póquer posible, se levantó y en el medio de la habitación preguntó:

¿Ustedes son los padres? ¿Podría hablar un momento con Ustedes en el pasillo?

Su hermana no pudo resistirlo y rompió en llanto. Su hermano tuvo una reacción instantánea de mirar por la ventana, pero instintivamente la reprimió y se volvió para consolarla. Sus padres salieron con el médico al pasillo, cerrando la puerta tras de ellos. El quiso hablarles a los hermanos, pero no podía pronunciar palabra. Empezó a sentirse somnoliento. Apenas sentía un sollozo de su hermana y sin darse cuenta, volvió a abrir los ojos. Sus padres estaban junto al doctor parados en la punta de su cama.

El doctor le explicó claramente su caso. Los motivos que lo habían desencadenado, los estudios que habían realizado para corroborar el diagnóstico y todas las repeticiones que necesitaron para estar seguros. Lamentablemente no había vuelta atrás y todos los esfuerzos habían sido en vano. Solamente era cuestión de tiempo. En el momento que él se durmiera, toda su familia moriría.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Y como si toda la familia estuviera esperando su permiso para llorar, comenzaron a llorar con él en ese instante. Todos lo abrazaron y repitieron palabras de cariño para con el. Cada vez le costaba más escucharlos. La madre acariciaba su rostro y el padre le apretaba fuerte la mano. Pestañeó una vez. La segunda vez fue un poco más prolongada. Quiso levantar el brazo para refregarse un poco los ojos, pero el brazo le pesaba una tonelada y no lo pudo mover. De golpe se sacudió, como quien brevemente se duerme. Los miró a todos que estaban a su alrededor. Nuevamente sintió que los párpados se le caían. Entonces sintió los gritos de dolor de su madre y rápidamente ruidos de cuerpos retorciéndose sobre el piso de madera. Oyó el llanto de sus hermanos desconsolados que le rogaban por favor que despertase. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

sábado, 21 de marzo de 2020

Ximena despierta



Siempre es muy difícil saber cuál fue el motivo por el cual uno se despierta. Puede ser un ruido en la calle, un adorno que se tumba por una leve corriente o simplemente el ruido de las cortinas chocando contra la ventana. Quizás sea una reacción defensiva del inconsciente ante una pesadilla, una idea, un pensamiento que no queremos enfrentar. Pero ese primer instante en el que Ximena se despertó esa noche, la sensación era muy clara. Alguien la había tocado en el tobillo y se había abalanzado sobre ella.  Casi había sentido sobre su espalda a esa cosa etérea, maligna, mortal. Se despertó totalmente empapada en sudor, ese sudor frío que le erizaba la piel. La respiración tumultuosa, desesperada. Lo miró a Alberto, que todavía dormía placenteramente a su lado. No quiso despertarlo. Aún boca abajo sobre la cama, no quería darse vuelta. Pese a haber despertado, tenía la sensación de que lo que fuera que la había tocado en el tobillo, permanecía ahí. Su imaginación empezó a traicionarla y de a poco empezó a notar como eso se le acercaba por el costado de la cama que quedaba detrás de su cabeza. Escuchó un leve crujir de un listón de madera del piso. Sintió como aquella presencia se arqueaba y se acercaba sigilosamente sin tocarla, hasta llegar a susurrarle al oído “lo mataste, vos lo mataste, asesina”. Cerró fuertemente sus ojos y su corazón se aceleró al punto de casi salir de su pecho. Fueron 3 segundos que parecieron una eternidad. Sintió de repente una leve brisa y tuvo la sensación que lo fuera que estaba con ellos en la habitación, se había dado velozmente a la fuga. Finalmente, casi sin razonarlo, se armó de valentía y al mismo tiempo que abría los ojos, giró sobre su cuerpo. Ya nada había en la habitación. Presa de la desesperación se levantó de la cama y descalza como estaba comenzó a recorrer el apartamento, en la plena oscuridad. Pensó en tomar un cuchillo de la cocina, por lo que sigilosamente abrió el cajón y sacó ese nuevo, el que usaba para la carne. Caminó con el cuchillo en una mano y con la otra tanteando la pared del pasillo, en plena oscuridad . Se  asustó nuevamente con su reflejo en la ventana y tuvo que ahogar un grito de terror. En el living una tenue luz ingresaba por el ventanal, dejando en claro que nadie más estaba en el lugar. Aún con el cuchillo en la mano se dirigió al baño y sin prender la luz, para no despertar a Alberto, se bajó la ropa interior y se sentó en el inodoro a orinar. De a poco la tranquilidad iba volviendo a su persona. Se sorprendió culposa cuando apretó el botón de la descarga, pensó que el ruido podría despertar a Alberto. Con el cuchillo en la mano, volvió ya tranquila a la habitación. En su cama había otra mujer, durmiendo boca abajo. Alberto estaba junto a ella, ya sin vida. Suelta un grito sin voz, eterno, desesperado. Toma a la mujer desconocida por el tobillo. Con el cuchillo en la mano derecha, pone ambas rodillas sobre el colchón y se arroja resueltamente sobre ella. “¡Asesina!” grita sumida en desesperación mientras le asesta una puñalada en la espalda. Vuelve a despertar, empapada, desesperada, sumida en un terror absoluto. Alberto la consuela. “Tuviste una pesadilla mi amor, tranquila, ya pasó, está todo bien, no tengas miedo”. Ximena sonríe, acaricia tiernamente a su amado. Lo mira fijo a esos ojos marrones, redondos, plenos de amor. Alberto le responde la sonrisa. Pero Ximena quiere hablar y no puede. Lo intenta una y otra vez sin éxito. Alberto le pregunta qué le pasa. Ximena cae presa de la desesperación. Quiere agradecerle esas caricias, contarle su pesadilla, quiere hablar. Quiere decirle que lo extraña cada día, que no encuentra manera de pedirle perdón, que ella sabe que está soñando porque lo mató hace ya más de 7 años y que, principalmente, tiene mucho miedo de nunca, nunca más poder despertarse.

viernes, 20 de marzo de 2020

Pero esa no es toda la verdad


Era una noche más tranquila de lo normal en Calamuchita. De no ser por el sonido intermitente de las cigarras, Rosa tranquilamente podría haber sospechado una abrupta sordera. El cielo estrellado que observaba desde su jardín frontal poco podía presagiar los nubarrones que aparecerían un rato después. Sentada en la reposera, aún no se decidía si preparar algo para cenar o “Tirar con el mate y los bizcochos de la tarde” hasta que se fuera a dormir. Esas eran sus mayores preocupaciones desde que hace más de veinte años había decidido escapar del bullicio, el ruido y la locura de la Capital Federal para comprar las tres casitas que alquilaba en el centro y retirarse a vivir humilde pero pacíficamente al costado del río, alejada del cemento.

A lo lejos escuchó un motor. “Será Carlos” pensó. Carlos es el plomero que estuvo en la semana haciendo arreglos en las casas, preparándolas para la temporada de vacaciones. Le había dicho que cuando terminara, iba a pasar a cobrar. Rosa estaba convencida que siendo viernes, iba a pasar si o si, para ir a tomarse todo el pago a algún barcito del pueblo. Para su sorpresa, el auto, un fiat antiguo, de los que no veía ni siquiera en el pueblo, era el que se acercaba y se detuvo frente a su tranquera. No era Carlos. No era nadie que ella reconociera. Del auto bajó una mujer que no pudo reconocer por la oscuridad que empezaba a reinar, pero a la que identificó instantáneamente por su voz:

―¡Rosa vieja chota! ¡Mierda que me costó encontrarte! ¡Abrí carajo que me comen los mosquitos!

Quien gritaba desde la tranquera no era otra persona que Estela, la mejor amiga de la infancia, adolescencia y parte de la juventud de Rosa. Vecinas del barrio de Liniers, compañeras de escuela y confidentes de todo. No se veían hace más de 20 años.

―Estela, ¿Sos vos? - Preguntó para confirmar
―No, si soy la Teresa de Calcuta que se perdió en estos caminos de mierda. ¡Dale, abrime!
―Está abierto, sacale el pasador nomás - Le indicó Rosa mientras se levantaba de la reposera
―Dale, dale, yo abro… vos quedate tranquila ahí nomás, no vaya a ser que te ataque el reuma.

Rosa se quedó inmóvil en la puerta de su casa. De todas las personas que habitan el planeta tierra, a la última que esperaba recibir esa noche era a Estela. Las cosas no habían quedado muy bien la última vez que se vieron y ella consideraba que el tiempo y la distancia habían hecho desaparecer cualquier atisbo de relación entre ellas. Estela torpemente maniobró el auto para ingresar y lo estacionó sin mucho cuidado. Ya sin la verborragia utilizada para romper el hielo y con la cercanía como principal inhibidor, se acercó a Rosa que estaba en la puerta y la saludó emocionada, al borde del llanto.

―Rosa…

Rosa no respondió verbalmente, sino que al verla tan frágil, estiró sus brazos ofreciendo un lugar para que pudiera descargar sus emociones. Estela se entregó al abrazo propuesto y rompió en llanto sobre el pecho de Rosa, que tímidamente la confortaba acariciando su espalda. El abrazo se extendió por unos minutos en los que Estela descargó tanta angustia retenida.

―Una se pone vieja y se pone chota y sensible -dijo Estela secándose las lágrimas.
―¡Pero dejate de joder Estelita! ¡No tenés que explicar nada! -respondió, aún escéptica, Rosa.
―Sabrás entender que son muchas cosas guardadas… ¡pero ya está! ¡ya está! ya vine, te encontré y quiero que charlemos un rato, nos pongamos al tanto.
―La verdad, me sorprende mucho verte ¡me hubieras avisado que venías y preparaba algo, mujer!
―Te quería dar una sorpresa… hasta en un momento encontré tu número de teléfono por las casas que alquilás, pero quería darte la sorpresa de venir así de la nada.
―¡Y lo hiciste Estelita! ¡Flor de sorpresa!
―Dale, vamos adentro que me estoy pillando hace un par de horas, vos poné el agua para el mate y charlamos.

Rosa se sintió invadida por Estela. La aparición sin aviso, el trato despreocupado olvidando lo pasado y su autoinvitación a pasar la incomodaban bastante. Aún así trató de disimular todo esto y mientras Estela pasaba al baño, cargó la pava con agua y prendió la hornalla. Estaba limpiando el mate cuando escucha las risas que suenan en el pasillo.

―¡Pequeños placeres de la vida! -le grita Estela desde el baño- ¡hacer pis sentada y con la puerta cerrada!

Rosa no responde. Solamente cierra los ojos maldiciendo por la situación y prepara en silencio el mate. Siente el ruido de la cadena del baño, el agua del lavabo y el ruido de la tecla de la luz.

―Fijate que no se te hierva el agua -indica Estela mientras se sienta en la silla.
―Sí Estela, tranquila que no se va a hervir… la garrafa esta tiene poca presión, o se está acabando, no sé, tarda una eternidad.
―Ufff, en el pabellón con la garrafita tardábamos una eternidad.

“En el pabellón”. Rosa estaba esperando que de alguna manera Estela rompiera el hielo y abriera el paso al motivo real por el que estaba allí sentada, el por qué había decidido reaparecer después de más de dos décadas sin hablarse, escribirse, mucho menos verse.

―Estela, vos sabés que yo…
―Olvidate Rosa, olvidate. Ni me expliques -interrumpió Estela- tanto tiempo adentro tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Ahora que te lo digo me parece una estupidez, pero si, tiene cosas buenas. Te puteé Rosa… no te imaginás lo que te puteé. Años deseándote los peores de los males. Años pensando que podría hacer yo para cagarte la vida como vos me la cagaste a mi, años. Pero eso fue al principio, los primeros años. Incluso verte cuando venías a la visita me daba más bronca. Ver que venías, entrabas, te excusabas, llorabas… ¡y después te ibas! ¡Te ibas y la boluda que se quedaba adentro era yo! Ahí fue la época donde más pensaba en como cagarte la vida a vos también. Incluso un día tenía una faca preparada para cuando vinieras a la visita. Me chupaba un huevo comerme treinta años más adentro. Pensé en cagarte a facazos, pero te salvó una vieja que estaba conmigo, me convenció de que no valía la pena. Decí que ya se murió, sino te mandaba a que le agradezcas.

Rosa empezaba a notar que sus peores miedos se hacían realidad. Si bien escaparse del ruido y el ritmo frenético de la ciudad habían sido una sabia elección desde el primer día en que llegó a Córdoba, en ese momento, en esa noche que empezaba a nublarse, empezaba a pensar que se había ido a vivir al lugar ideal para la venganza de Estela: Sola, en el medio de la nada, sin nadie que la escuche gritar, sin nadie que la vea a Estela marcharse. Aún con el agua ya lista y el segundo mate cebado, no se sentó en la mesa, sino que se quedó apoyada en la mesada, con las palmas sobre la piedra. No podía parar de pensar dónde estaba el cuchillo grande, el de cortar la carne.

―Vení Rosita, sentate que no te voy a hacer nada. Esos fueron los primeros años. Después me metí con las evangelistas, me conseguí un laburito ahi adentro y empecé a cambiar la mentalidad. Es todo cuestión de mantenerse ocupada ¿sabés? cuando hacés cosas durante el día te cambia el ánimo, no te metés en quilombos y a la noche dormís de corrido. ¿Sabés cuanto tiempo estuve sin dormir? ¡Años! años sin dormir, enbroncada, con miedo, envenenada, pensando en cómo habían pasado las cosas, en cómo un mínimo gesto, una palabra, hubiera cambiado todo.

―Estela, vos sabés que yo… -Estela volvió a interrumpir, centrada en su discurso
―Porque no era cuestión nada más de probar mi inocencia. Bueno, inocencia no, pero vos sabías que eras vos o yo, no había otra. Cuando llegaron los yutas estábamos nosotras dos y el muerto ahí tirado. Yo tenía el cuchillo, me resistí al arresto y ya desde ahí arranqué perdiendo. Después tu marido puso guita, tenía el conocido en el juzgado… y vos ni una palabra dijiste, nada. Veintiocho años me comí adentro. Nunca pude formar una familia, nunca tuve hijos, no pude terminar de estudiar. ¿Y vos qué hiciste con ese tiempo? ¿Eh? no veo por acá a tu marido ni a ninguna criatura.
―No… Ernesto me dejó a los pocos años. Para mí tampoco fue fácil, vivir con la culpa, vivir con esas imágenes…
―¡Ah sí, la culpa! ¡Qué terrible! -Casi que gritando, Estela gesticulaba irónicamente- Cuando me cagaban a palos yo pensaba “mejor esto que sentir la culpa que debe estar sintiendo Rosita”. ¡Pero dejate de joder nena! me cagaste, tuviste una oportunidad y acá estás, sola, sola como un perro. ¿Te da mucha tranquilidad sentarte en la puerta a tomar mate? no te debe querer nadie, porque la que garca una vez, garca siempre.
―Estela, vos me conocés, somos amigas desde muy chicas, todo eso me sobrepasó, Ernesto me fajaba y me prohibió que hablara, yo siempre fui muy cagona…
―¡Pero al ñato ese lo mataste vos! ¡Te lo cogías vos, amenazó con delatarte a vos y lo mataste vos! Me llamaste desesperada y yo como haría una buena amiga, ¡te ayudé sin preguntar nada! ¡lo mínimo que podrías haber hecho, aunque fuera años después, era hablar! pero no, venías a la visita con tu cara de pobrecita, me contabas cosas de tu vida y del país… ¡que me importaban tres carajos! ¡tres carajos! encima cuando te cagaba a puteadas, te ponías a llorar… pero soy mejor persona que vos Rosita, ¡mucho mejor!
―Estela, perdoname… sabés que tenés mucho tiempo todavía y yo nunca tuve como objetivo principal joderte a vos, yo nunca me pude volver a relacionar con nadie después de eso, la pasé mal y…

Rosa estalló nuevamente en llanto. Como en las visitas al penal, la persona que expresaba el sufrimiento, la congoja, el malestar, era ella. Estela casi que sentía pena, pero no se permitía ese sentimiento, no era justo con todo lo que ella había pasado.

―Ya te perdoné Rosita. Te perdoné hace tiempo. De hecho hace años te escribí sin obtener respuesta, calculo que ya estarías viviendo por acá. Y te confieso que en el camino para acá pensaba, mientras manejaba por la ruta. ¿Viste el auto? ¡Por favor, que cacharro! Me lo prestó el dueño de la pensión en la que estoy parando en Capital. Un gaucho el viejo, me parece que me la quiere dar. Un asqueroso. Te decía, pensaba mientras venía cómo iba a reaccionar al verte, cómo ibas a reaccionar vos… tenía un poco de miedo de sentir mucha bronca, mucha envidia, no sé… hasta tenía miedo de cómo podía llegar a reaccionar. Pero no che, nada de eso. Así chota y todo como sos, sos la única amiga que tuve y que tengo.

Rosa por primera vez en la noche cambió su semblante. A pesar de los años en la cárcel, ciertas virtudes de Estela comenzaban a aflorar y eso le daba tranquilidad. Es cierto, todas las verdades proferidas la habían enterrado en un sentimiento de culpa y tristeza, pero también eso le daba una leve sensación de justicia.

―¿Querés que te prepare algo para cenar? ¿Comiste? -preguntó Rosa, en extremo servicial.
―No, no, ya me voy. No te voy a mentir, no me interesa que me cuentes nada. Creo que necesitaba descargarme, decirte algunas cosas en la cara.

Estela empezaba lentamente a irse. Con tranquilidad se levantó de la silla, miró un poco la cocina y le sonrió a Rosa. Un auto se acercaba a la tranquera de entrada, lo que le dio tranquilidad a Rosa por la presencia de otras personas.

―Ese debe ser Carlos, el plomero. Me dijo que iba a pasar a cobrar unos trabajos que le mandé a hacer -dijo Rosa señalando la puerta, como tratando de tranquilizar a Estela.
―Bueno, vamos saliendo y ya que abrís, aprovecho para irme.

Ninguna de las dos hizo ademanes de alguna demostración de cariño. Estela dándole la espalda a Rosa abrió la puerta y comenzó a caminar rumbo al auto. Rosa, caminando detrás, se hacía visera sobre los ojos para divisar a Carlos detrás de las luces del auto estacionado frente a la tranquera.

―¿Viste que yo te dije que pensé mucho y que ya te había perdonado? -preguntó Estela y sin darle tiempo a Rosa a responder, prosiguió- bueno, eso es cierto. Pero esa no es toda la verdad. Un día, cuando vos ya no me visitabas más, me vino a visitar un pibe, de unos dieciocho años.

Rosa estaba prestando más atención al descenso de Carlos del vehículo que a lo que decía Estela. Casi sin dejar de mirar el auto, preguntó:

―¿Qué?
―Que no hace mucho, cuando ya vos no venías, me vino a ver un chico, como de unos dieciocho años… ¡de lindo el pendejo!

Rosa dejó de mirar al auto, ya preocupada y se acercó con un trotecito leve hasta donde estaba Estela, que seguía hablando:

―Educadito el pibe, no sabés, una ternura.Y así, con mucha vergüenza, me dijo que quería saber si era verdad que yo era inocente. Pensé que sería de alguna escuela o universidad, viste que a los chiquitos los mandan a hacer entrevistas y esas cosas… pero no, resulta que no.
―Escuchame Estela, no te subas al auto todavía que me parece que no es Carlos el del auto, no reconozco bien el modelo pero me parece que es otro.
―Yo al pibe le conté toda la historia y me vino a ver varias veces… hasta en una de las visitas le pregunté si no quería hacerme el servicio, ¿viste? se reía pobrecito. ¿Sabés quién era? el hijo del tipo que vos mataste. Había estado averiguando y me vino a ver.

Rosa se quedó congelada. Estela mientras hablaba no la miraba y ya estaba sentada en el asiento del conductor. Puso el auto en marcha.

―Nos costó encontrarte, pero bueno, una vez que nos enteramos de las casas de Calamuchita, el aviso en Internet y un par de preguntas en el pueblo nos solucionaron bastante rápido el tema. Yo quería cerciorarme que fueras vos, no vaya a ser cosa de hacer cagadas.

Rosa empezó a correr para la casa, desesperada.

―Rosa, no seas pelotuda -le dijo Estela mientras se bajaba del auto- las llaves de tu casa ya las agarré yo… ¿me vas hacer abrirle a mi?

Estela se bajó del auto y miró para la casa, Rosa había entrado y estaría buscando algún arma o quizás tratando de esconderse. Caminó unos pasos, le hizo una seña al conductor del vehículo para que bajara las luces, y corrió el pasador de la tranquera.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Dorian


Caminaba resignado ya bajo la lluvia de Enero. Esa temporaria inclemencia climática se veía acompañada de una fría brisa que lo obligó a levantar el cuello de su camisa, en procura de un poco de abrigo. Acomodó un poco su peinado, desdibujado por el agua. Casi al trote cruzó la calle y se detuvo bajo un balcón a pocos pasos de la puerta. Nuevamente intento componer su imagen, sacudiéndose un poco del líquido que lo inundaba. Tomó aire y con un poco de orgullo se las ingenió para dibujar una sonrisa en su cara. Se dirigió hacia la puerta. A un paso de llegar, seguía dudando entre tocar el timbre o seguir caminando. Se detuvo frente a la puerta. Sintió el nerviosismo que invadía su cuerpo. Las manos le temblaban un poco, el corazón se aceleraba y se sentía algo agitado. Detuvo su dedo a escasos centímetros del timbre. En eso vio a otro aventurero que, paraguas en mano, cruzaba la calle en dirección a él. Decidió simular para no parecer estúpido, para no parecer sospechoso, inmóvil ahí como estaba bajo la lluvia. Apretó su dedo índice junto al botón del timbre, contra la pared y pegó su oreja al parlante del mismo, como esperando una respuesta que nunca iba a llegar, hasta que el hombre del paraguas se alejó. Sintió un poco de vergüenza de si mismo y se alejó un paso de la puerta. Instantáneamente volvió a acercarse y sin dudar, tocó furiosamente el timbre. Le pareció escuchar ruidos dentro de la casa, pasos que se acercaban a la puerta. Cinco segundos. Diez. Nada, ninguna respuesta. Temiendo pasar por insistente, decidió esperar un poco más. Un auto pasó levantando agua y lo sorprendió inmerso en la espera del “clac” del portero eléctrico. Sonrió. Y casi con la seguridad que nadie atendería, volvió a tocar. Ya sin nervios ni palpitaciones, esperó casi un minuto. Giró, miró hacia ambos lados de la acera y emprendió el camino de regreso, ya con un andar más calmo pese a la torrencial lluvia. Mientras cruzaba la calle, se preguntó a sí mismo:

-¿Cómo se llamaba el libro aquel del retrato?

lunes, 28 de enero de 2019

Juicio final


- Bueno, a ver, repasemos la lista.
- Vos decime el veredicto que yo los voy marcando
- ¿Desde el principio?
- Desde el principio.
- Dale.
- Infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno,   infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, eh... infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, paraíso, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno…
- Pará, pará... ¿Hay algún otro que diga paraíso?
- ¿Mejor me fijo no? A ver...mmmhh...no.
- Entonces no marco más.
- Más vale, dejala por ahí, total a aquel no creo que le interese.
- Miralo que pelotudo parece ahí sentado en la nube solito...
- Se va a cagar de la angustia... ¡Por toda la eternidad!
- ¿Vamos bajando nosotros?
- Dale. Pasa que tengo que cerrar.
- Bueno, tampoco me apures
- Dale, vamos
- Che, por curiosidad nomás, ¿Quién era el único que quedó allá arriba?
- El diablo, chabón, el diablo.