jueves, 26 de mayo de 2016

Crush

-Hola, ¿como estás? ¿Me das una Crush naranja por favor?
-Naranja tengo Fanta nada más – respondió el hombre del puestito, sin siquiera escudriñar al solicitante

Esas fueron las primeras palabras que Delfina le escuchó decir. Parada en el andén de Lima, esperando la llegada del Subte se sorprendió por esa voz jóven y enérgica que realizaba un pedido tan exacto como infantil. Una vez que volteó a observar el cuadro, ya nada volvió a ser igual. Mientras el respondía demasiado cortésmente “Gracias” Delfina lo analizó integramente. No había nada destacable que la impresionara. No debía llegar al metro ochenta, llevaba unos jeans rectos prelavados y zapatillas de lona negra. Nunca le habían gustado los hombres que llevaban puestas ambas tiras de la mochila ni tampoco comulgaba a favor de los que tenían barba de un par de días. Simplemente algo le pasó y para una persona como Delfina, eso era mucho. Como primera apreciación, le dio mucho valor a ese sentimiento carente de razón. Algo especial había. El sonido de la formación ingresando en la estación y el movimiento acorde de la gente apresurándose a conseguir un lugar en los vagones la sacó de la contemplación pasiva y absorta en que estaba.

Delfina lo siguió con la mirada mientras trataba de hacerse lugar junto a la puerta, para ver en qué vagón subía. Resultó ser el de al lado. Una vez que pudo acomodarse, se escuchó el sonido de seguridad y las puertas se cerraron. Trató de acomodarse de manera tal que le permitiera verlo, a través de la gente que atestaba la formación. En ese momento pensó para dentro suyo “¿Justo éste tenía que ser petiso?”. Finalmente lo divisó. Se había puesto la mochila por delante, se había calzado auriculares y a la distancia se lo veía tararear la canción que estaba escuchando. “O quizás está loco” pensó Delfina y se sorprendió sonriendo como una adolescente enamorada. A pesar de la distancia pudo notar que algo de la mirada también le gustaba. El conjunto que formaba con la nariz, la forma que suavemente movía la cabeza al ritmo de la música y la armonía con la que los labios pronunciaban mudamente las palabras de la canción.

Al llegar a la siguiente estación aprovechó el movimiento de la gente que subía y bajaba para acomodarse mejor. Logró una posición en la que seguía viéndolo desde el mismo ángulo, pero no era necesario tener que oler tan de cerca el pelo de esa vieja de tapado de piel. Lo vio sonreír y se dio cuenta de dos cosas: La primera es que seguramente estaría escuchando la radio. La segunda, fue que era mucho más lindo todavía. Lo vio soltar una sonrisa pequeña, reprimida, avergonzada. Seguramente habría sido bastante gracioso lo que escuchó porque no pudo evitar una segunda oleada de risas, esta vez un poco más liberadas. Ella también sonrió a la distancia. Con el siguiente recambio vio unos huecos en mismo vagón que viajaba el. Se apresuró a dirigirse hacia allá, casi llevándose por delante a un niño híper abrigado y a una vendedora ambulante de pañuelos descartables.

Sin poder acercarse mucho, pero compartiendo el vagón, Delfina lo siguió observando con un nuevo objetivo, lograr el contacto visual. Lo miró fijo durante unos instantes mientras pensaba en que le diría en caso que su mirada fuera correspondida. En primer lugar no sabía si correspondía que ella literalmente hablara o si solamente tenía que indicar, mirada especial mediante, su voluntad de iniciar una conversación. Pensó que eso dejaría mucho librado al azar y que sería mejor tener un plan de acción “por si acaso”. Pensó en preguntarle “¿Qué escuchás?” pero le pareció muy trillado. Siempre había criticado el proceder de la mayoría de los hombres que se le acercaban con el caballito de batalla de “¿Siempre venís acá?”. Pensó que sería gracioso preguntarle “¿Venís siempre a este subte?” y sin dejar de mirarlo, sonrió. El, como si estuviera al tanto de todos sus razonamientos, en ese preciso instante la vio. Y le devolvió la sonrisa.

Delfina, en un acto impulsivo a causa de su pudor eterno, al encontrarse con esa sonrisa franca, desvió rápida y toscamente la mirada. Sintió como sus mejillas se iban llenando de calor y color. Volvió a mirarlo y el ya había vuelto a su música y su tarareo. Nuevamente se acercó y quedó a sólo dos personas de distancia. Pensó en escribirle a sus amigas para contarles, incluso tuvo la idea de mandarles una foto. Lo volvió a mirar. La silueta que se recortaba sobre las paredes blancas del vagón la llevaron a un domingo almorzando en lo de sus viejos. Mamá estaría encantada, diría que es súper simpático. Papá lo miraría con desconfianza durante un tiempo pero después de unos cuantos encuentros estarían pegados a la tele mirando a Independiente. A María seguramente le iba a caer mal, porque a María le cae mal todo el mundo. Lo volvió a mirar fijamente y el otra vez la miró. Esta vez no desvió la mirada. Lo miró fijo y esbozó una sonrisa seductora. El la devolvió. Sintió, pese a que no hubieron palabras, que estaban dadas las condiciones para que, bajada de personas que los interferían mediante, se iniciara una conversación. Volvió a mirar para adelante, a la estación que comenzaba a aparecer. Junto a la puerta más cercana a él, una mujer llora. La formación frena en la estación y la mujer realiza un esfuerzo para dejar de sollozar. Delicadamente se limpia el llanto de sus ojos y sube al vagón, para pararse junto a el. No había otra opción y Delfina no hubiera esperado otra cosa: El le pregunta a la chica qué le está pasando. La chica responde a secas “nada”. Esa esperanza dura segundos apenas para Delfina. Porque él vuelve a preguntar. Y esta vez la chica da suelta a su historia. Él le dice un chiste que Delfina no llega a escuchar pero infiere porque ella responde con una sonrisa entre tantos sollozos. La charla se vuelve más animada. Tanto que en la siguiente estación ambos bajan del Subte, con ánimos de seguirla.

jueves, 19 de mayo de 2016

Un micro naranja

Creo que ese día me permitieron faltar a la escuela. Ese debe haber sido el momento donde mi cerebro comenzó a gestar el recuerdo. “Si lo dejaron faltar a la escuela, debe estar por pasar algo bueno”. Hoy en día calculo que nadie en el club iba a considerar esperar al pibito de la 80 que recién salía de la escuela a las 17:15 para un trámite tan banal. Pero lo primero que puedo decir de ese día, es que recuerdo la alegría desde el momento en que sabía que tenía permitido faltar a clases. A la hora que nos habían citado en el club, me acerqué hasta ahí con mi vieja. El club quedaba a una cuadra de casa, pero yo recién andaba por los 8 o 9 años, así que en las primeras cuadras de aquella gran aventura, me acompañó mi mamá.

Ya para ese entonces yo estaría en 3er grado y sabía de excursiones al centro, de llevar la mochila con los sanguchitos (No hay cosa más rica que un sanguche de jamón y queso despúes de compartir junto a la perecedera mayonesa todo un día de excursión), una cajita de jugo, ese lujo que acompañaba las excursiones y todas las autorizaciones y demases cuestiones legales que exoneraran a cualquier adulto de responsabilidad ante mi fuga, pérdida y/o desaparación súbita en esas tierras lejanas que albergaban al Cabildo, al museo de Ciencias Naturales o la Biblioteca Nacional.

Por otra parte, ya sabía lo que era subirme al micro naranja en la puerta del club con mis compañeros de equipo: Sábado por medio nos tocaba jugar de visitantes y tempranito, demasiado cerca del mediodía nos juntábamos en ese mismo lugar y subiéndonos al mismo micro, nos íbamos con todas nuestras ilusiones a defender los colores de la Asociación Atlética Esparta (o mejor dicho, EL color porque la camiseta era toda naranja)

Pero esto era distinto. Una mezcla, si. Pero distinta. Porque salíamos desde el club en el micro naranja (el cual ya había descubierto que respondía a una convención social de transporte escolar y no que era un micro exclusivo con los colores del club) pero no íbamos a jugar al fútbol. Tampoco íbamos de excursión. Íbamos a ir para esos pagos lejanos, pero a hacer cosas de grandes. Todos los chicos nuevos del club, más los de la categoría nueva, más los giles que por algún motivo la habíamos perdido, íbamos para la Federación a hacernos las credenciales para jugar los torneos. "El carné" sin esa t final que nadie se molestaba en pronunciar. Hoy a la distancia agradezco la falta de tecnología que nos obligaba y a la vez nos permitía vivir esa aventura que al menos para mí, era de los más destacado del año. Faltar a la escuela, juntarme con mis compañeros del club, viajar en el micro hacia lugares lejanos todos juntos y encima para hacer “trámites” cumplía con todos los requisitos para ser un planazo.

Y ese día, el único nuevo de mi categoría (el otro boludo de la 80 era yo que como dije, había perdido el carnet) que viajaba en el micro, era Darío. Un morocho zurdo que jugaba de 3. Petiso, morrudo, cabezón, tenaz. Probablemente en ese entonces no sabía todas esas palabras para definirlo, pero lo sentía interiormente. Era un pibe que desde que había llegado al club se había hecho amigo mío y la verdad que aún siendo de pocas palabras, la amistad de pequeños y en ese ambiente pasaba por que tan bien jugaba cada uno y que tan útil resultaba para el equipo. Y en ese aspecto, pese a ciertas limitaciones técnicas, Darío era un gran amigo.

Los conocimientos adicionales se limitaban más a repetir cosas que se escuchaban o meramente a cuestiones de ubicación geográfica. “Darío vive en la tuyu”. La tuyu era una villa que estaba atrás del club, sobre la calle tuyutí. Eso era todo lo que yo sabía y sin siquiera requerirlo como un requisito de amistad. Simplemente lo sabía pero tenía una inocencia tan hermosa que era lo mismo que fuera de la tuyu como si fuera de Humaitá y Pastor Lacasa, la zona paqueta del barrio.

No puedo precisar el recuerdo sobre lo que charlamos, pero si que nos sentamos juntos. Yo nunca fui un gran conversador y Darío estaba más fascinado en mirar esos paisajes extraños, ajenos, que en comentar el último capítulo de Mazinger Z o que dificil era conseguir tal o cual figurita del álbum de moda. Creo que eso también era un motivo para elegir a Darío como amigo. Nos acompañábamos en silencio.

En determinado momento del viaje, el presidente del club (nosotros eramos así, viajábamos con el presidente que para mi era más conocido como “el vecino de la torre 15”) nos cuenta un poco, principalmente para los nuevos, adónde íbamos, cómo era el trámite y qué teníamos que hacer.

Ibamos a llegar a la federación, nos iban a estar esperando e íbamos a hacer las credenciales. En ese momento las credenciales eran cartones escritos a máquina con una foto 4x4 (Que debíamos llevar nosotros) que después cada uno en la medida de sus posibilidades, plastificaba para darle una mayor vida útil. Una vez que cada uno tuviera su cartón con sus datos, nos contaba el presidente del club, van a tener que firmar su credencial y listo. Y en ese preciso instante noto que Darío rompe en llanto. ¿Era tanta la emoción de pertenecer a un club? ¿Era una de sus metas de vida en sus cortos 8/9 años llegar a ser federado, aunque fuera para un club de la “C”? Nadie entendía el motivo del llanto de Darío, ni siquiera algún padre que nos había acompañado o el mismo presidente, el primero en llegar a nuestro asiento para darle consuelo.

Las preguntas habituales y lógicas del señor Ocampos encontraron todas la misma respuesta. Un no sin palabras, sin otra pista que un leve movimiento lateral de la cabeza (cabezota) que Darío escondía entre sus manos. Entre sollozo y sollozo Darío no se tomaba tiempo ni para soltar un “no” ni mucho menos para explicar la causa. Con tomar un poco de aire para continuar con su llanto le era más que suficiente.

Don Ocampos, el señor presidente, dio muestra de conocer el paño y se acercó mucho a Darío para que nadie lo escuchara. Nunca sospechó que yo estando tan cerca aún podía escucharlo, o quizás no le importó que Darío tuviera que compartir la respuesta conmigo. Se acercó y muy por lo bajito, le preguntó: “Darío... ¿estás llorando porque no sabes leer y escribir?”. Y ahí, mientras Darío por primera vez asomaba los ojos de entre sus manos para decir que sí, yo crecí de golpe. Entendí a esa mínima edad que ser pobre era mucho más que tener ropa vieja, el pelo sucio y no hablar sobre figuritas o programas de la tele. Ahí me di cuenta que había gente que realmente tenía muy poco de lo que era realmente importante. No tuve una revelación mística que me hiciera valorar todo lo que yo tenía. No señor. Me concentré en entender y procesar todo aquello que Darío no tenía, que le era negado vaya uno a saber por qué decisión cruel e injusta. Era demasiado todo lo que se me venía a la cabeza como para hacer comparaciones. Darío no sabía leer ni escribir, un privilegio con el que yo contaba incluso desde antes de iniciar la escuela, gracias a los artilugios de mi hermano mayor para enseñarme. Si no sabía leer ni escribir, claramente no iba a la escuela. ¡Darío no iba a la escuela! ¿Por qué? ¿Acaso era eso posible? En mi mundo familiar, de contención, de motivación y de incentivos era impensada esa situación. Mis hermanas y mi hermano iban a la escuela, yo iba a la escuela, todos mis amigos también... ¿Cómo era esa vida sin escuela? ¿Cómo iba a ser esa vida, que había arrancado despojada de los derechos básicos? Claro que a esa edad no me lo preguntaba en esos términos, sino que todo estaba inconcientemente englobado en mi descubrimiento de que si Darío no sabía leer ni escribir, era porque no iba a la escuela. Y sentí toda la vergüenza junta de Darío como una vergüenza propia. Yo no quería que Darío no supiera leer ni escribir. Quería enseñarle yo, o si era necesario, olvidarme de leer y escribir para que no se sintiera tan solo, pero calculo que no sería la primera ni la última vez que Darío se iba a sentir solo. En el momento no supe que hacer, más que quedarme helado, en el asiento contiguo de ese chico que antes de poder armarse de herramientas para defenderse, estaba recibiendo un golpe más de esa vida que le había llegado torcida, como arrancar perdiendo 2 a 0 en los primeros 10 minutos. Eventualmente el presidente del club pudo calmarlo y para el momento de llegar a la federación la crisis de llanto de Darío estaba casi en el olvido. No recuerdo cómo se resolvió la situación, intuyo que después de ese tamaño de descubrimiento que era la injusticia social y mi súbita madurez repentina forjada por el rebote de ese golpazo de vida que se había pegado Darío, mi mente había decidido descansar y dejar de grabar. Pero hoy que tengo el privilegio de escribir estas notas, aprovecho para plasmar el descubrimiento que tuve tiempo después, cuando encontré el carnet de aquella tarde con mi firma pueril, desprolija, nerviosa. Darío no sólo lloraba por vergüenza. No sólo lloraba por empezar a notar que cada vez eran más las cosas que los otros tenían y el no. Darío además lloraba porque le habían negado una de las formas de expresión más sinceras y profundas como es la escritura. Darío no tenía la posibilidad de compartir sus historias, sus vivencias, sus creaciones más que mediante el intercambio verbal, tan volátil y efímero como el sonido de las palabras. Darío no iba a poder escribir una carta de amor cuando estuviera enamorado, ni firmar un dibujo para el día de la madre.

Pero yo creo que principalmente lloraba porque lo estaban privando de la fuente de libertad más hermosa e infinita del universo, que es la lectura. Ojalá Darío, donde quiera que esté, pueda leer éstas (y otras tantas) palabras.

jueves, 12 de mayo de 2016

Cómo lanzar un Jab.

El tipo (a efectos del relato quien les escribe) se hace un tatuaje de un boxeador. No importa si es Victoriano, si es un estilo tradicional americano o si se parece a alguien o no. El tatuador, un poco llevado por la rutina y otro poco para mitigar el hastío de un par de horas sentado mirando fijo bajo una luz blanca a un cuerpo ajeno, pregunta casi por obligación, "¿Y por qué un boxeador?"

La respuesta, que tarda unos segundos en materializarse en sonido, arranca para el lado de las ramas, del mismo modo que lo haría un mono capuchino post-robo de un racimo de bananas. Arranca por explicar que no siempre los tatuajes los decidí así. Hace unos años el objetivo era demostrar una idea, un mensaje y ver como eso se podía reflejar de mejor manera como un tatuaje. El dibujo grabado en la piel como la representación, la excusa para dejar bien en claro un mensaje, una postura. El tatuaje como mostrando "Esto soy yo, esto es lo que pienso y defiendo".

Pero los años habían pasado y ya no era igual. Ahora la cosa venía por otro lado. Ahora el tema era buscar una figura que entrara por lo estético, por lo artístico y ahí si, una vez definido el tatuaje, tratar de analizar y entender, en una tarea muy personal, que representaba esa figura. Y así apareció un boxeador. Un estilo tradicional americano. Una mezcla entre una figura victoriana y una postura y vestimenta de los años 50. ¿Y por qué? "Es un símbolo de la unión con mi viejo, que falleció hace varios años" fueron las palabras que elegí para explicarlo. Pasé en segundos de la última rama del Ceibo a una explicación que me llevó meses entender.  ¿Tu viejo era boxeador? era la pregunta que se caía de madura. No. No era boxeador, ni tampoco entrenador, ni tampoco el boxeo es mi actividad (a pesar de alguna intentona en el pasado). De hecho, mi viejo fue futbolista semi-profesional que jugaba a fines de los 50 en el ascenso. Y yo no pude pasar de una emocionante promesa que como tantos otros, no pudo llegar por las lesiones. Así que por ahí no estaba la cosa. 

Quizás se pueda empezar a entender porque de chico mi viejo me llevaba a ver a Huracán a todos los partidos que nos fuera posible. Y me contaba de las historias de su juventud, donde hacía gran vida social en el club y, debido a sus actividades de Pelota Paleta, compartía momentos con Ringo Bonavena. No era su amigo, ni siquiera creo que Ringo lo hubiera conocido si alguien se acercaba a preguntarle por mi viejo, pero las historias que mi viejo me narraba sobre Ringo, jugando a las damas en el club rodeado de pebetes que lo admiraban y como protestaba golpeando la mesa y tirando a la mierda todas las fichas ante una derrota, eran sin lugar a dudas mis preferidas. Entonces para empezar a entenderlo, mi primer ídolo popular fue, al contrario de mi situación actual donde Maradona tiene nivel de deidad, Ringo Bonavena.

Pero un día todas esas historias del club, de Ringo y los partidos de los sábados no fueron suficientes. Y a la tierna edad de 9 años, le dije a mi viejo que yo era hincha de River. Mi viejo se comportó como un campéon. Sin ningún reclamo, empezó a llevarme cada vez que pudo a ver "al más grande". Incluso en alguna que otra ocasión lo sorprendí gritando a viva voz un gol del millonario. Pero algo había cambiado. El fútbol había dejado de ser esa actividad de unión y había pasado a ser una actividad compartida, que no es lo mismo. Cada uno tenía sus propias ideas, cada cual defendía historias, estilos, tácticas. Ver un partido era analizar y desmenuzar intenciones, estrategias y limitaciones de cada equipo, jugador y DT. A veces estas cosas se hacían muy verbales y daban lugar a debates eternos. En otras ocasiones pasaba por un silencio mutuo que dejaba entender un mensaje tácito de "Yo se lo que pensás, vos sabés lo que pienso yo, pero el partido está muy aburrido para que lo discutamos".

Aún así, había algo que escapaba a esa sabiduría cuasi arrogante que nos daba la habitualidad de practicar y ver fútbol. Y ese algo era el boxeo. Casi sin decirlo, cuando teníamos la suerte de compartir una noche de sábado, la actividad fija era buscar algún canal que pasara una velada de box, transmitiendo desde cualquier parte del mundo. Y ahí nos sentábamos los dos, a compartir eso que tanto nos gustaba y a la vez, con mucho orgullo, ignorábamos en gran parte . No éramos neófitos; conocíamos a los históricos, entendíamos quien dominaba, quien proponía, quien tenía mejor técnica o quien buscaba atacar la zona baja del rival para producir un desgaste y compensar una diferencia de alcance. Entendíamos cómo lanzar un Jab. Pero lejos estaba de ser el conocimiento amplio que teníamos sobre el fútbol, donde nuestra condición de ex-practicantes, asiduos concurrentes y eternos estudiosos, nos daba el pinet para el tipo de conversación que nos alejaba de nuestras naturalezas humanas e imperfectas. El fútbol nos hacía eruditos, el boxeo nos volvía terrenales.

Y a medida que recordaba todas estas cosas durante el relato, me daba cuenta que lo lindo de compartir pasaba por muchas otras cuestiones. Ahí no había River o Huracán. Ahí no había 60 o 15 años. Ahí no había 4 volantes o 3 delanteros. Ahí era sentarnos a compartir algo que hermana mucho más que los éxitos: Era sentarnos a compartir nuestra ignorancia. Era sentarnos a aprender juntos y a disfrutar aprendiendo. Opinar, sentir, emocionarnos sin quizás entender mucho o sin que se nos juegue el ánimo de la semana. Era el lugar donde se unían todas las cosas que con empeño buscábamos separar. 

Y ahí estuvieron siempre esas peleas de boxeo de los días sábado. A veces en silencio, a veces comentando una preferencia por el petiso aguerrido o un morochón de pantalones rojos. Y la enseñanza fundamental de que las cosas que importan no suelen anunciarse con grandes parafernalias, sino que vienen humildemente disfrazadas de actividades banales. Nunca era un plan premeditado ni calculado con meses de anticipación. No había que sacar entradas anticipadas. Y ahí van a estar siempre las veladas de la federación en la avenida Castro Barros, donde por primera vez me sentí adulto a mis 13 años, viendo todos esos personajes tan sombríos y a la vez amistosos. Raros y a la vez confiables. Y ahí va a estar para siempre mi boxeador pseudo victoriano en el brazo, como la relación de unión inalterable con mi viejo, esa que ni la muerte pudo cambiar.

jueves, 2 de abril de 2015

Los beneficios de Atronelli

Es por eso que basándonos en el programa de desarrollo de competencias para implementar la estrategia y táctica del negocio, decidimos premiar al compromiso, la excelencia y la profesionalidad de Ricardo Atronelli… ¿Dónde está Ricardo? – El Gerente buscaba entre los asistentes a Atronelli – ¡Ahí está Atronelli! Decía, decidimos premiarlo con la responsabilidad del desarrollo y seguimiento del nuevo sector de agentes exclusivos, sector en el que tendrá a cargo la región Sur del país y una dotación de 130 recursos. ¡Un aplauso para Atronelli! – Los aplausos resonaron en el auditorio – Bueno, bueno… pero ahí no termina la cosa… como todos saben, las grandes responsabilidades acarrean grandes beneficios, y es por eso que decidimos, en una muestra de agradecimiento, que a partir del próximo día lunes, ¡Atronelli tendrá una rebaja del 20% en sus ingresos mensuales! – El auditorio estalló en una ruidosa ovación. Algunos aplaudían de pie. Otros, los que se encontraban más cerca, se acercaban a saludar, palmear e incluso abrazar a Atronelli que miraba absorto la situación. Pocos minutos después la reunión había finalizado y Atronelli regresaba a su hogar. Después de un largo viaje, se encontró con una fila interminable de autos en el peaje. Al cabo de 53 minutos de espera, llegó a la ventanilla:

-Creo –dijo Atronelli- que debido a la larga congestión y el tiempo de espera, la tarifa debería ser bonificada.
 -Se encuentra en lo cierto – respondió amablemente “Romina García” desde la cabina del peaje – son 180 dólares.

Atronelli preguntó si aceptaban tarjetas de crédito, a lo cual la empleada del peaje respondió que si, y que por tratarse de un día Lunes, tendría una bonificación del 20%, por lo que cargó a la cuenta un total de 216 dólares.

Al llegar a su casa, Atronelli comentó la situación a su esposa, quien comprensiva, sugirió:

-Deberías, por esta vez y por el día que has tenido, ordenar la casa, lavar los platos, poner a dormir los chicos y masajearme los pies. Sin duda te lo mereces.

Atronelli despertó a la mañana siguiente. Después de preparar el desayuno, limpiar los pisos y recibir dos golpes de llave inglesa en la nuca por parte del mecánico vecino que lo felicitó por el ascenso, se subió a su auto.

Al llegar a la oficina pagó el desayuno de sus 90 compañeros de piso, que insistían en que una persona como Atronelli se merecía un desayuno rodeado de sus allegados. Ricardo tomó coraje y se decidió a ingresar a la oficina de su jefe, a fin de renunciar a sus nuevos beneficios adquiridos.

-Buenos días, saludó Atronelli
-Buenos días Ricardo -contestó amablemente su superior mientras escupía al rostro de Atronelli - No me lo agradezca, Usted se lo merece.
- Quería hablar sobre… - Atronelli se limpiaba el escupitajo de la cara mientras intentaba retomar la conversación- sobre el ascenso que me propuso ayer…
- No hay nada que hablar Atronelli, lo que Usted pida le será brindado – Decía su jefe mientras le propinaba un puntín en la rodilla izquierda -
- Bueno, es que quisiera…
- ¡40% de reducción salarial! – Gritó su jefe- ¡Y la responsabilidad de los Agentes Exclusivos de todo el país! ¡Me está matando Atronelli! ¡No me pida más!
- No, por el contrario, yo en realidad…
- ¡60!, ¡60% y trabajo de lunes a lunes, pero nada más! – Decía el jefe, profundamente interesado en brindarle la mayor cantidad de beneficios posibles a su empleado ejemplar.
- No, no es tampoco eso lo que pretendo… - tímidamente Atronelli buscaba entre entender y expresarse. Su jefe llamó a seguridad, dos hombres de metro noventa y espaldas anchas aparecieron en segundos por la puerta, tomando a Atronelli de los brazos. Su jefe comentó:

 -Atronelli, Usted si que sabe negociar y ante eso no queda otra que rendirme… 90% de reducción salarial y calabozo por tres años.

Los guardias llevaron a Atronelli a un calabozo en el segundo subsuelo del edificio que olía horrorosamente a una mezcla de humedad, sudor y putrefacción. Con el paso del tiempo y su buena conducta, Atronelli fue atado a un poste, castigado a latigazos, quemado con cigarrillos, orinado, pateado y electrocutado. En cierto momento, mientras un guardia le arrancaba las uñas de los pies, a Atronelli le pareció sentir un olor dulzón a la distancia. Esforzó su olfato para atravesar los hedores reinantes y dejó volar su intelecto. “Banana” pensó. Por esa textura esponjosa y la calidez del aroma, notó que serían muffins. Muffins de banana. Fue entonces cuando entendió todo y temió por su seguridad laboral, por su despido.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Los nuevos hombres robot

Hace poco más de 50 años, Oesterheld en las páginas de El Eternauta hablaba de los "hombres robot". Juan Salvo, el protagonista de dicha historia, se los describía a una mujer de la siguiente manera:

"Los Ellos, los jefes de la invasión a los que nadie, que yo sepa, ha podido ver todavía, tienen bajo sus órdenes a unos seres inteligentísimos, con manos de dedos múltiples... Son los manos. Estos, a su vez, manejan a los hombres robots: son hombres capturados a los que les insertan en la base del cráneo, en la nuca, un aparato especial provisto de muchas lengüetas que se clavan en el sistema nervioso... Por medio de ese aparato convierten al cautivo en un verdadero autómata, capaz de recibir órdenes transmitidas desde muy lejos y de obedecerlas sin chistar, aun a costa de la propia vida..."

Cuando a la pasada, a la vuelta del trabajo sentado en mi sillón, leo títulos en los principales medios, de a poco comienzo con el ejercicio mental de buscar el mensaje implícito. Simples textos de dos renglones empiezan a convertirse en mensajes codificados, digitados por un mano disfrazado de jefe de redacción, a las órdenes de un Ello, que nadie ve. El mensaje viaja, con sus dos sentidos, y llega a los aparatos de los autómatas, los nuevos hombres robot. Y ellos cumplen el mandado "sin chistar". Decodifican el mensaje y lo transmiten, lo divulgan. "Una mentira repetida mil veces se convierte en una realidad" "Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil" "Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá". Tres citas de Joseph Goebbels, ministro encargado de la propaganda del gobierno de Adolf Hitler en la Alemania Nazi. Si a los descendientes de "Gobbie" (como seguramente lo llamaba Adolfito en la intimidad) se les ocurriera reclamar las regalías por los derechos de propiedad intelectual hoy en día, con los ejércitos mediáticos (Aquellos a favor y aquellos en contra) aplicando a troche y moche sus enseñanzas, se harían millonarios. Por suerte (para las corporaciones mediáticas) aparentemente a los descendientes nazis con el oro judío robado les basta.

Pero no me quiero desviar del tema principal, el quid de la cuestión: Para un lado o para el otro, los nuevos hombres robot salen lanzados con su misión: Café, cerveza o cigarrillo de por medio, comienzan la divulgación y defensa del mensaje. Generalmente lo hacen en grupos de a 3 o 4 mínimo. Buscan aunar fuerzas y atacan al desprevenido, siempre procurando la supremacía numérica. Agreden con el verbo las ideas diferentes, con tendencia a la destrucción, con el único fin de hacer prevalecer intereses ajenos. Es lógico, una de las primeras y fundamentales premisas del control de los ellos (a través de los manos) sobre los hombres robots es precisamente el desconocimiento del hombre robot de su condición. En todo momento el hombre robot actúa bajo una supuesta libertad y sus acciones autómatas operan en su interior bajo la máscara del libre albedrío.

Debo mencionar antes del final, nobleza obliga, la inocencia de los hombres robots de la historia del eternauta: Esos terrícolas eran rehenes capturados, a los que contra su voluntad se les instalaba el aparato en la nuca que los convertía en los hombres robot. Un ejército, como sin ninguna "casualidad" sino causalidad el autor describía, "...de hombres de mirada perdida y gestos tristes". Estos hombres eran convertidos contra su voluntad. En su interior yacía indefensa la voluntad de defender a sus pares, de luchar contra el invasor, de buscar la libertad. La mayoría de ellos habían sido capturados en combate e incluso, el hombre robot del eternauta volviá a su condición humana auténtica al retirarse el dispositivo de la nuca.

Pero los Ellos han evolucionado en estos cincuenta años. Hoy el ejército de hombres robot cree en una falsa idea de libertad y no son necesarios los dolorosos implantes de tecnología en la nuca. Como todo, el control se volvió wireless. Wi-fi. Los dispositivos evolucionarion, el alcance también. Y pareciera ser que muchos humanos eligen aliarse con el invasor, en apariencia más poderoso, por simple comodidad. Eligen ser hombres robot. Prefieren ese tibio conformismo de la pertenencia, el bienestar egoísta y personal por sobre el bien común. Viven sus vidas puertas adentro, rodeados principalmente de otros hombres robot, protegidos en sus bienes y pertenencias, siendo fieles a las órdenes del Ello, que de tanto en tanto los premia, por su obediencia incuestionable.

Solamente me queda pensar si quien les escribe éstas palabras no será solamente un hombre robot más, si todas estas palabras no son más que los deseos de otra entidad y que quizás no exista ya un verdadero corazón latiendo tras nuestra falsa cubierta de piel, la que en realidad es solamente una coraza de piedra.

jueves, 2 de octubre de 2014

El reporte

Año 2138. Reconstrucción del planeta llamado Tierra. Departamento de Desmitificación de actividades humanas. Informe especial número 431.430/7. Planeamiento e ilusión humana VII. Los sueños.

Nada es onírico, o todo lo es, quizás. No lo sabemos. A cada momento, uno sueña, a cada momento uno despierta. Siempre estamos despiertos. El sueño es una simulación de estar despiertos que transcurre en el momento, en el único momento que dormimos. Contadas son las ocasiones en que alguien sueña estar dormido. Y aun más excepcionales y aisladas son las situaciones en que quien sueña estar dormido, sueña que en ese descanso, sueña. Todos sueñan, minuto tras minuto, segundo tras segundo, por lo que nos permitimos definir entonces al tiempo como una sucesión de sueños. Mas la medida, mas allá de su valor en originalidad y espiritualidad, mas allá de un valor bohemio, no sería nada exacta. Imaginemos a modo de ejemplo,  el siguiente diálogo:

-          ¿Tardó mucho el colectivo en venir?
-          Y... unos treinta y ocho sueños.
-          Ah, vino rápido entonces.
-          Eso para vos, que sos un soñador... encima no pude dormir.
-          ¿Dormiste poco?
-          Casi nada, un sueño.

¿Cuál es el problema? Sencillo, si todos, siempre considerando los sueños como unidad de tiempo, durmiésemos un sueño, seríamos hiperactivos y estaríamos infinitamente cansados, pero ¿Quién acaso puede jactarse de haber dormido mas de dos, tres, a lo sumo cuatro sueños? Esto afirma un hecho: Cuando se duerme, se pierde la noción del tiempo. Cuando dormimos perdemos la noción de nuestros sueños, de lo que se desprende que el tiempo esta emparentado con los sueños. Una solución posible seria la tercerización de la medición del tiempo dormido, es decir, y valga la redundancia, el tiempo de sueño.

-          Buah... Buen dia... ¿Cuánto dormí?
-          Y, bastante, cuatrocientos trece sueños.
-          Mirá vos, a mi me pareció uno solo.

Y esto lleva a la regla de tres simple. Si llamamos A al dormidor y B al temporizador, deducimos que un sueño de A es igual a cuatrocientos trece sueños de B. Supongamos que A se encuentra ahora como temporizador de C:

-          Me levanté con frío che... ¿Dormí mucho?
-          Y... unos setecientos ochenta y cinco sueños.
-          ¡No!... ¡Yo me tenía que encontrar con B, dos mil sueños suyos después que nos despedimos, hace noventa y seis sueños míos!
-          ¿Noventa y seis sueños dormido o despierto?
-          No lo se...
-          Yo que vos igualmente voy, por las dudas.
-          Pero se me hizo un poco tarde me parece.
-          Y... si yo fuera B, diría que unos doscientos cuarenta y seis mil ochocientos cuarenta y cinco sueños.

De mas esta decir, y queda demostrado, el peligro y la inutilidad que tendría la tercerización del tiempo de sueños. En nuestro pequeño e inocente ejemplo, B hubiese muerto esperando a C, o en su defecto hubiese envejecido tanto que probablemente la senilidad lo habría llevado a olvidar el motivo que lo llevo a encontrarse con C en aquel lugar.

Conclusiones del reporte:

Los sueños, sueños son. Y la vida… vida es. Se deduce así que es imposible una vida sin sueños, como también es imposible medirlos. Se deja en claro que no hay un tiempo en especial para soñar, siempre es el momento indicado. Tampoco hay edad.  Finalmente se concluye que solamente la dependencia de terceros puede complicar la labor de soñar libremente.


Regístrese. Comuníquese. Notifíquese. ARCHIVESE.-

Los cybercomunicadores (IV)

Otro tipo de cybercomunicador que detecta la gente de Es verdad, era mentira, son los cyberfilósofos. Un usuario que discute en soledad los ensayos y aforismos contenidos en "Parerga y paralipómena" una de las obras más destacadas del filósofo alemán Arthur Schopenahuer . Recibe aislados comentarios en su sitio como "te dejo la dirección de mi página de veterinarias de Almagro, Patas y Patitos" o "¿Esa es la nueva peli de García Bernal y Diego Luna? Fernanda". Sumido en una profunda depresión, no concibe terminar con su vida dado que su filosofía no aprueba el suicidio como camino aduciendo que el suicida no renuncia a la vida en si misma sino a la que le ha tocado vivir en condiciones desfavorables. Por eso mismo, cierra el sitio luego de 413 entradas y ningún comentario relacionado con el mismo.

Después de esto, no queda mucho por decir, puesto que el hombre en su totalidad es sólo el fenómeno de su voluntad, nada puede resultar más absurdo que, partiendo de la reflexión, querer ser algo distinto de lo que se es.

(Cualquier parecido con la coincidencia, es pura realidad)