sábado, 23 de junio de 2018

Maradona nos hizo creer

Permintanmé una pequeña trampa. Bah, en realidad dos: La primera es acentuar las palabras como mejor se me cante para que el lector pueda leerlo (valga la redundancia) con la misma entonación que yo se lo relataría verbalmente. La segunda es la de omitir todos los nombres propios a excepción de Maradona, como observarán en el título.

Imaginemos juntos. El escenario es conocido, es el planeta que habitamos. No espere muchas cosas mágicas (aunque algunas parezcan serlo). Simplemente haga un breve repaso por las realidades socioeconómicas del capitalismo. Países poderosos (llamados "primer mundo") potencias económicas que dominan lo que pasa y lo que no y un puñado (demasiado grande) de países que (sobre)viven de acuerdo a voluntades ajenas. Ya tenemos el marco principal.

Ahora nos vamos a centrar en la historia de uno de esos países pobres que pugnan por atravesar el día, en un escenario de constantes luchas sociales de pobres versus pobres donde una injusta división de las riquezas premia a un mínimo porcentaje de habitantes que, serviles a los poderes extranjeros de los países primermundistas, obedecen y explotan a la población en pos de beneficios ajenos. Ya definimos un subgrupo en la historia. Usted ya se empieza a sentir identificado.

Este cuarto párrafo es para dilucidar el punto de conflicto de nuestra historia: Imaginemos que todos estos países tengan una actividad en común, no sé... pongámosle un nombre de fantasía, se me ocurre algo así como "piepelota". Pensémoslo como una actividad física que incluye patear una pelota, que se practica en grupo y que realmente despierta pasión en la mayoría de las poblaciones. Siempre va a haber unos cuantos que miren con recelo y elijan quedarse afuera, pero son los menos. Imaginemos que en todos los países, la mayoría de sus habitantes practica este juego (o deporte, como prefiera) que se llama "piepelota".

Comienzan entonces las organizaciones. En todos los países alrededor del mundo la gente se empieza a juntar, encuentra otras personas que comparten su afición y se les ocurre medirse unos contra otros para ver qué conjunto de personas desarrolla de forma más efectiva esa actividad. Crean entonces reglas, herramientas de medición de performance y con el tiempo, éstas se vuelven globales. Esas reglas serían como los derechos humanos, para que el lector lo entienda. Sin importar nacionalidad, edad, género, raza, lo que fuere, las reglas son iguales para todos los habitantes del mundo.

Las competencias comienzan a crecer: Locales, regionales, nacionales, continentales, mundiales. En poco tiempo se crean federaciones y los habitantes de cada país deciden unirse tras su bandera y competir contra los mejores de los demás países. Ya dejan de tener nombres propios como su barrio, su ciudad o el nombre del club donde se juntan a practicarlo. Pasan a llevar los nombres de sus países.

Prontamente alguien entiende que todo esto podría generar un negocio monstruoso: Incluye publicidades, arreglos de televisación, franquicias, merchandising. Se genera un aparato gigantesco que moviliza millones a lo largo del mundo. La distribución sigue siendo la misma: Los países poderosos se reparten el 90% de la torta, dejando para los demás las migajas.

En los países poderosos, todo funciona a la perfección: Todos los equipos de su territorio son auto sustentables, los estadios cuentan con las medidas de seguridad correspondientes, los acuerdos de televisación son sustanciosos y los ingresos generados por las figuras de su combinado nacional se destinan exclusivamente en gestiones orientadas a potenciar el rendimiento de dicha selección.

En los países tercermundistas, todo se hace a pulmón. Los equipos de sus territorios dependen casi exclusivamente de las dádivas del ámbito empresarial: No son auto sustentables, padecen el flagelo de las combustiones sociales causadas por la opresión y sobreviven ofreciendo de tanto en tanto a modo de sacrificio a los dioses, un jóven talento a los equipos de los países poderosos. Los ingresos generados por estos, cuando se juntan para representar a su país de origen, mínimamente alcanza para emparchar huecos, subsidiar equipos mal administrados y compensar falencias sociales.

La lucha se hace despareja, injusta. Los poderosos tienen mejores instalaciones, tienen los mejores seleccionadores, entrenadores y directores técnicos, cuyos salarios superan el presupuesto de una década de todo un país tercermundista. Ellos se arreglan con lo que tienen dentro de su ámbito, con tecnología descartada del primer mundo y con copias desactualizadas de sistemas utilizados hace años atrás por las potencias mundiales.

Los habitantes de los países pobres, se acostumbran a esa realidad: Aplauden el esfuerzo, valoran una representación digna de sus muchachos y no dudan en elogiar los mecanismos y resultados de los poderosos. Idolatran especialmente a sus compatriotas que logran emigrar hacia las potencias y día a día compiten de igual a igual con ellos. De hecho, gracias a varios de ellos algunos clubes locales lograron terminar el estadio o construir una pileta de natación.

Pero un día se nos aparece un morochito rebelde, con rulos y una actitud altanera que cambia la escena. Hagamos el ejercicio conjunto de bautizarlo: Década del 60, país pobre sudamericano, afueras de la capital, vamos con la costumbre local de nombrarlo en honor al padre: Se llamará Diego. Hay que ponerle un segundo nombre, puede ser el primero que nos venga a la mente: Ya sé, como lo estamos "armando", ese va a ser el segundo nombre. Armando. Y como apellido, vamos a ponerle uno bien de fantasía, digno de un superhéroe: Maradona.

Maradona de a poco empieza con esta cosa de combatir al poderoso. Los primeros logros son vistos desde cerca por los habitantes de su país ya que con su equipo humilde, el de sus inicios, pone en jaque a los poderosos locales. Pasa el tiempo y la historia se repite, un poco más lejana. Y cada vez que representaba a su conjunto nacional, se empezaban a ver algunas cosas extrañas: Empezaban a parecer. De repente no les parecía tan lejana la idea de ganarles, aunque ocasionalmente, a uno de los poderosos. De pronto se dieron cuenta que era posible y no sólo eso, sino que lo ven ocurrir. Y no lo vieron solamente sus compatriotas, sino que quedó a la vista de todo el mundo. Señoras y señores, ese combinado nacional de un país tercermundista pobre y embebido en conflictos sociales, injusta distribución de sus riquezas y esclavizado por las potencias mundiales, le ha ganado a todas ellas (o quizás, para darle más dramatismo a la historia, a la principal) y se ha consagrado como el mejor combinado del mundo. El morochito enrulado sonríe sobre los hombros de algún compañero, con la copa en la mano.

Fueron años de gloria. Los olvidados de la historia, los que inventaron la birome por no tener los medios para la lujosa escritura de pluma y tinta, los que inventaron el colectivo por no poder tener otra forma de transporte que no fuera masiva, eran los mejores en algo. Y sobretodo, los mejores en algo donde participaban todas las personas del planeta, con sus poderes y sus influencias. No había disparidad económica, social o de poder que pudiera contra ellos.

Unos años después empezamos a reforzar esa idea. En la siguiente oportunidad de medirnos, nuevamente logramos superar a todas las potencias y otra vez nos enfrentamos nosotros, los mejores del mundo contra ellos, los más poderosos. Y si bien el sopapo de realidad fue doloroso, nos grabó la idea: Nos tuvieron que robar ante los ojos de un mundo que hizo la vista gorda, para poder superarnos. Uno de los nuestros, de un país oprimido, nos clavó el puñal por la espalda. Ejemplos en la historia no faltan. No era suficiente con sus presiones económicas, no era suficiente con nuestras penurias sociales. Nosotros éramos los mejores y la única forma de superarnos era robándonos plena y llanamente.

Pero estos muchachos no se quedarían de brazos cruzados. En la tercera edición tendríamos nuestra venganza y volvimos para reclamar lo que nos pertenecía, ya convencidos, por derecho divino. Éramos los mejores y nos correspondía el primer lugar. La competencia arrancó y quedó demostrado de qué estábamos hablando. La revolución proletaria encabezada por ese tal Maradona, el morocho de rulos, estaba dispuesta a poner de rodillas al poderío económico reinante y esta vez no bastaría con un penal para deternerlo. Y vaya que si lo sabían, porque directamente para frenarlo le cortaron las piernas.

Y ahí quedamos desamparados todos sus compatriotas. Desde ese día no nos damos por vencidos y estamos convencidos de ser los mejores del mundo, porque Maradona nos hizo creer. Desde el día que lo vimos enfundado con la camiseta que nos representa a todos, de a poco nos fuimos olvidando el papel que nos dieron en la obra de teatro del capitalismo y pensamos, ilusos, naifs, inocentes, que la alegría también nos podía tocar a nosotros, que podíamos soñar con primeros puestos y que la vida era horizontal, con igualdad de oportunidades para todos. Nos hizo creer que éramos todos iguales, que ahí dentro no había diferencias y que nuestros pecados de latinos subdesarrollados no iban a perseguirnos y castigarnos dentro del verde campo de juego.

De no ser porque todo esto no es otra cosa que la pura realidad, esta historia no sería más que un guión rechazado por Hollywood en el que un ser de otro planeta baja en un barrillete cósmico y libera a una población de la opresión tirana.

Hoy poco a poco las nuevas generaciones van volviendo a la normalidad del escenario capitalista. Se aceptan las limitaciones impuestas desde afuera, empieza nuevamente a proliferar la idolatría sobre aquellos "que triunfan allá" sin morder la mano que les da de comer y nos contentamos con una derrota digna ante los poderosos. Las habitaciones de los niños y sus redes sociales se ven inundadas de pósters e imágenes de las grandes figuras de las grandes ligas. Todos conocen las formaciones de los equipos más poderosos y no dudan de mostrarse hinchas fanáticos de tal o cual conjunto europeo, a punto de no perderse ningún partido por la televisión por cable. La organización nacional del piepelota es caòtica, a punto tal de no encontrar siquiera un seleccionador que se digne a dirigir el combinado nacional. Ya la gente no quiere creer, sino que quiere aceptar. "Tenemos limitaciones", "Es lo que tenemos", "Bastante hacen, con el quilombo que es la administración", “es el reflejo de la sociedad”, "salimos 3 veces subcampeones" es lo que dicen y no puedo evitar putear con muchísimo dolor. El dolor de haber sido y ya no ser. Y putear y maldecir a ese morocho rebelde de rulos nacido en los suburbios de algún país pobre y subdesarrollado que nos hizo creer.



lunes, 28 de mayo de 2018

El vendedor II

Pasaron meses y muchos timbrazos de sábado solicitando ropa para regalar desde esa primera visita. Su aparición aquel sábado me había generado un recuerdo literario: su presencia corporizó la idealización que tenía en un recóndito recoveco de mi mente del Dr. Cross, el personaje de ficción creado por Arthur Clarke en su cuento “No habrá otro mañana”. El recuerdo evidentemente se había visto influenciado por la añoranza de las discusiones, los debates a los que con ella sometíamos a cuanto escrito nos pareciera interesante a alguno de los dos. Compartirlos, desmenuzarlos, rayarlos y finalmente devolverlos a la biblioteca nos daba alegría, felicidad. Una felicidad pura y humilde. “Un libro subrayado es un libro vivido” me repetía con sabiduría. Ese mismo sábado, con motivo de releer el relato de Clarke, me había abocado a la tarea de su búsqueda, lo que derivó en un reordenamiento del material literario que logró hacer placentera la actividad de sentarse en el sillón de tres cuerpos que habitaba en mi living a observar esa pared poblada de libros, prolijamente ordenada por el nombre de autor. Es cierto que la desprolijidad y el desorden traían recuerdos de cuando jugábamos a ubicar los libros, quienes cómplices de nuestro juego, aprovechaban para ocultarse en el desorden… “El cazador oculto” me decía ella y mi tarea era encontrarlo con la mirada, desde la comodidad del sillón. Esa biblioteca, que sin ella no causaba más que desolación, se encontraba perfectamente en orden y era mi pequeño motivo de orgullo. Una fría y gris tarde de invierno, mientras la observaba, apareció el vendedor nuevamente en la puerta. Con la misma calma del primer encuentro se presentó a través del portero eléctrico como viajante y yo, al igual que la primera vez, me dispuse a abrir la puerta para, con un gesto manual, indicarle que no estaba interesado en lo que me pudiera llegar a ofrecer. Al retirarse, cruzando Concordia, pude ver que llevaba un estuche de guitarra en su mano derecha.

Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken

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martes, 1 de mayo de 2018

Creando un personaje

Hemos cambiado como raza. No me animo ni me siento calificado para decir si ha sido para mejor o peor, pero hemos cambiado. Esas reflexiones griegas que crecimos escuchando y repitiendo ya no tienen lugar en nuestra sociedad moderna. Quizás dentro de mil años grandes pensadores sean recordados por frases como "En el caso de existir devoluciones de compras, esta se hace por el valor que se compro al momento de la operación, es decir se le da salida del inventario por el valor pagado en la compra" pero lo cierto es que, del mismo modo que las redes sociales y el "todo fácil, todo ya" se apropiaron de nuestras vidas, nos hemos acostumbrado a un carácter más efímero de las cosas y también han caído en esa manía los grandes pensamientos de otrora. Ya nadie tiene tiempo de sentarse bajo un manzano a pensar sobre la ley gravitacional o, de tener esas inquietudes, probablemente se encuentre becado trabajando en un laboratorio donde varios servidores vayan guardando la  información por él.

Es por ello que una de mis reflexiones más mundanas y básicas de mi vida me sigue persiguiendo y sigue presente a cada momento en esta aventura de escribir: Saliendo de mi adolescencia me topé con la nueva moda del chat. Estamos hablando del fin del Siglo XX, cuando con una mínima conexión de Dial-Up podías ingresar en cuanto salón de conversación quisieras y despacharte con lo quieras mediante el simple ejercicio de tipear. Y en ese contexto me sorprendía algo que se repetía en mis variadas interacciones: La gente en los chats, creaba personajes. En un principio no lo noté, pero con el paso del tiempo me convertí en un usuario porfiado, que ante cada conversación intentaba descifrar, sin importarle la comunicación humana, que partes del relato ajeno eran ciertas y cuales no. Y tanto en hombres como en mujeres, la estadística era similar: Ambos mantenían detalles de base, de núcleo, dentro de su realidad y toda la decoración era falsa, camaleónica de acuerdo a mis movimientos durante la charla.

Allí surgió la reflexión: Si la idea es mentir, engañar, ¿por qué no decir que uno era astronauta, que había estado entrenando en la NASA y que debido a un recorte de presupuesto estaba licenciado hasta nuevo aviso, en lugar de fingir pasión por Ricardo Arjona? ¿Por qué no decir que una era líder de un movimiento rebelde armado, en lugar de fingir ser una secretaria ejecutiva? Como relataba oportunamente en algún cuento que anda por ahí, nadie en los chats era payaso o boxeadora. Abundaban las bailarinas árabes, los gerentes, las estudiantes de psicología y los cantautores incomprendidos. Toda una maquinaria de ilusiones, sueños y posibilidades, relegada por la necesidad imperiosa de agradar. Si la mentira tiene que ser lo suficientemente creíble para parecer realidad, por qué no directamente ir por un escenario real, en lugar de copiar experiencias ajenas? De todas las posibilidades brindadas por la mente humana, elegir la opción de la mayoría. Empatizar. Buscar el lugar común. 

En esos años aprendí dos cosas fundamentales para mi desarrollo como cronista y como escritor: En primer lugar, aprendí a crear un personaje. Y en segundo lugar, aprendí que nunca iba a vender muchas copias de mis escritos.

martes, 13 de marzo de 2018

La falsa compañía

Se me ocurre como reflexión que existe una falsa compañía (o viéndolo desde el ángulo opuesto, una particular soledad) en la vida de los escritores.

Pensemos así: Un escritor prolífico tiende a pasar la mayoría de su tiempo inserto en un mundo con variados personajes, con vidas propias. Estos personajes tienen temores, estados de ánimo, personalidades y viven en mundos donde llueve, hace calor, hay mosquitos y los vecinos ponen la música a muy alto volumen. Estos personajes tienen sus vidas; por momentos son felices, por momentos lloran, algunos nacen y otros mueren. Pero el escritor nunca es parte. Es creador y observador. Es un mundo que solamente el conoce, con una sola puerta y una sola llave, que solamente él conoce y posee. De ese lado de la puerta, un mundo imperfecto, inacabado, indómito. Porque el escritor sabe que sus narraciones tienen que empatizar con el mundo del otro lado. Y ese mundo del otro lado se muestra indescifrable. Ya no hay una sola puerta ni una sola llave. Hay tantas puertas y llaves como personas lo habitan y detrás de cada puerta hay una infinidad de puertas opcionales que se pueden transitar. Y el escritor desconoce de puertas abiertas, de caminos largos y de trampas escondidas. El escritor ha pasado la mayor parte de su tiempo viviendo e interactuando con los frutos de su imaginación, enredado en laberintos que él mismo ha diseñado. Ha creado una, dos, cien realidades paralelas. Y sin embargo, nunca pudo insertarse en ellas. Ha creado cien puertas, miles de llaves. Y ahí está, parado frente a todos mientras sus personajes, espejados lo miran para saber que hacer. Y el escritor, del otro lado, no tiene a nadie que lo ayude.

De un lado, una puerta a su mundo interior: Colorido,imperfecto, cambiante. Del otro lado, una puerta a la realidad: Cambiante, imperfecta, colorida. Y en el medio el escritor, siempre solo.

lunes, 19 de febrero de 2018

Mismo



Se despertó a la mañana. Misma cama, misma habitación, incluso las mismas sábanas. Observó esa grieta en la pared, la misma de todos los días, que aún estaba sin arreglar. Se sentó en el mismo lugar de siempre y buscó las mismas pantuflas de todos los días, que estaban en el mismo lugar de cada mañana. Se las calzó y con la misma parsimonia que lo hacía todos los días, consumió esos metros que lo separaban del baño. El mismo baño de siempre. Se miró en el mismo espejo de cada mañana, esquivando las mismas manchas de siempre. La misma cara. Las mismas ojeras. El mismo jabón, la misma canilla, la misma toalla. Fue a la cocina. La misma taza, la misma pava, el mismo mate cocido de todas las mañanas. Tomó el último pan de la bolsa, húmedo y endurecido por el paso de los días. Abrió la misma heladera de siempre y sacó el paquete envuelto con papel blanco que contenía el fiambre. Poco. Con prolijidad y esmero, cortó el pan en dos mitades. Puso la última feta de jamón cocido y agregó dos o tres pedazos de fetas de queso. Lo envolvió con una servilleta, lo guardó en el bolso y salió, para caminar las mismas cuadras de siempre, ver los mismos árboles, los mismos baches y el mismo semáforo, para llegar a la misma estación de siempre, sentarse en el mismo banco, tomar el mismo tren, subirse al mismo vagón y sentarse en el mismo asiento de cada día, para ir a la fábrica a ver las mismas caras largas de siempre y hacer el mismo trabajo rutinario de siempre. Llegando a la estación, escuchó el ruido de un tren que se iba. No podía ser. Miró su reloj, el mismo de siempre. 06:56, como siempre era a esa altura de su recorrido. El tren no debía llegar hasta las 07:03. Ingresó en la estación a tiempo para observar como su tren se iba en dirección a la Capital. Miró su banco de todos los días y estaba ocupado. Un chico luchaba contra el frío acurrucándose dentro de su campera. Dudó. Se acercó y se sentó en ese banco, su banco de todos los días, compartiéndolo, aunque todos los demás estaban vacíos. Pasaron algunos minutos. No hubo palabras entre ellos. Sacó el sándwich del bolso y se lo ofreció al chico, que aceptó la oferta sin emitir palabra de agradecimiento alguno. Continuaron los minutos de silencio. El siguiente tren llegó a las 07:21. Observó lo largo de la formación y decidió cambiar de vagón. Una vez dentro, sentado con la cabeza contra la ventanilla, pensó que no sería un mal día después de todo.

Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken.

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martes, 19 de septiembre de 2017

El vendedor I


Era una tarde de sábado. Todas las tareas de orden y limpieza postergadas a lo largo de la semana habían sido realizadas casi con el mismo desdén que desprolijidad. No era algo que me dejara satisfecho pero era una tregua para con esa voz constante que repercutía en mi cabeza diciéndome que no se podía vivir así, que no era sano, que al menos tenía que ordenar un poco las cosas y dejarme de joder. Sonó el timbre. Ese sonido ya no me emocionaba desde el día que supe que ella ya no iba a volver. Cada sábado me había acostumbrado a ver a ese par de señoras que cada tarde reventaban el timbre para solicitarme, portero eléctrico mediante, ropa para regalar. Quizás por mi estado melancólico, celebraba ese ritual de atender y contestar que no como aferrándome a un sitio de pertenencia “El del 2415, el que siempre dice que no”. Ese era yo. En eso al menos me había convertido. Muchas veces me preguntaba a mi mismo sobre la elección del horario, si lo harían todo el día, si ese sería el momento que tenían disponible, si repetían siempre la misma ruta, si en algún momento habían pensado cual era el mejor rango horario para realizarla… todas estas preguntas chocaban contra una respuesta establecida de antemano: Ese horario era el peor posible en cuanto a la predisposición ajena del porteño que duerme la siesta un día sábado, para ayudar a cualquier persona, cualquiera que fuere su demanda. En ese entonces ya había perdido contacto con casi todos mis amigos y mis más osadas expediciones se limitaban a unas compras en el mercado de la esquina. No sonaba ya la música en casa con el estruendo y la alegría que lo hacía tiempo atrás y solamente la pared del living cubierta en su totalidad con libros daba un poco de vida a la casa. Para mi sorpresa, una vez levantado el portero eléctrico, no fue la voz de las mujeres la respuesta, sino un hombre que con voz firme, se presentó como vendedor viajante. Colgué el portero y miré por la mirilla de la puerta. Un señor de traje marrón y corbata al tono aguardaba del otro lado de la reja del frente, con gesto adusto. Tendría 50 años.

Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken

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sábado, 9 de septiembre de 2017

Aleluya



Cayó ya la noche, hace rato. Camino y camino entre la gente. Cantan. Los otros, yo no. Yo camino. Miro. A un lado, al otro, el paisaje es casi igual. Hay conocidos. Amigos, vecinos, familiares. Hay algún que otro problema. Pero por ahora, nada grave. Yo sigo caminando. Pronto, todos se detienen. Noto por primera vez el bullicio. Noto cuatro, quizás cinco personas. Hay una pelea unos metros delante. Veo algo de fuego y gente luchando. Algunos palos de madera. Veo gente de azul. Aconsejo a alguien, pero no fui muy tomado en cuenta. Alguien me pregunta si traje abrigo. No tengo casi tiempo de responder. El camión de la muerte aparece súbitamente por la avenida. Pánico. Huida despavorida. Algunos golpean puertas, persianas. Otros gritan. En la esquina ya hay gente en el piso. La gente de azul está por todos lados. Doblo la esquina y oigo unas explosiones. Disparos. Esquivo un grupo de gente y no miro atrás. Ya no camino. Corro, corro… corro.

Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken

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