domingo, 22 de marzo de 2020

Por favor, no te duermas


"¿Cuándo será el fin del mundo? El día que yo muera
Proverbio árabe
En un primer momento fue una noticia tan difícil de entender como de digerir. Quizás por ello recuerda cada detalle del caso: Estaba en la cama del sanatorio. Se despertó solo en la habitación sin poder entender mucho que estaba pasando. Miró el brazo y vio que tenía una vía sobre la palma de su mano. Miró a su alrededor y vio los monitores típicos de una sala de terapia intermedia. Enseguida apareció Marcos, su hermano, que estaba en el baño. Se estaba lavando las manos y mientras las secaba, lo recibió con una sonrisa. 
¡Ya se despertó! —Asomó su cabeza por la puerta de la habitación para anoticiar al resto de la familia. Todos entraron a verlo rebosantes de alegría. 
Las primeras palabras le costaron una enormidad, pero pudo esbozar un saludo verbal a sus familiares.
No te esfuerces, estuviste en coma casi un mes. —Aclaró dulcemente su madre, mientras le acariciaba la mano que no tenía la vía intravenosa—. Ya vamos a tener tiempo de sobra para conversar.
No vaya a ser cosa que nos arrepintamos y le tengamos que pedir que se calle —acotó su hermano aún con las mános húmedas.
En cualquier momento debiera venir el doctor para darnos los resultados de los últimos estudios —interrumpió con un poco de seriedad el padre, a quien se lo notaba preocupado.

Si bien todo ese cuadro sorpresivo le generaba una gran sorpresa y una grata alegría, le costaba todavía entender toda la situación. Cuando había llegado ahí, por qué, qué había pasado eran todavía misterios que se escondían en alguna esquina poco iluminada de su memoria. Mientras miraba todos los rostros de sus familiares, esbozó una sonrisa tímida, preocupada. Más allá de los chistes de su hermano y la ternura de su madre, había un dejo de miedo en la mirada de su padre. La forma en que evitaba cruzarle la vista, las manos en los bolsillos y sobretodo ese movimiento constante, no le generaban buenas sensaciones. Fue entonces que recién pudo divisar a su hermana, casi escondida junto a los monitores y la bolsa del suero. A pesar de su sonrisa obligada se notaban los ojos hinchados, claramente había estado llorando. Quiso hablar para preguntar qué había pasado, pero otra vez le costó horrores.

Tranquilo hijo, ahora cuando venga el doctor te va a explicar todo y le vamos a preguntar cuanto vas a tardar en recuperar la voz, la memoria y si podés comer algo —la madre siempre encontraba un lugar para la comida en todas las situaciones de la vida.

El padre directamente salió al pasillo, como buscando interceptar a alguien. La hermana lo contemplaba ausente, como si todavía estuviera en coma. La madre le hacía un repaso extensivo de todas las personas que lo habían ido a visitar.

Raro que no vino nadie del trabajo —Dijo en un tono que sonaba más a un reclamo inquisidor que a una reflexión del momento. Seguramente había estado mucho tiempo pensando en por qué no se había acercado nadie—. ¿Tan ocupados están que no podían pasar a verte ni siquiera 10 minutos?.

El solamente respondió con una sonrisa sincera. Si bien le molestaba que no lo hubieran ido a visitar ni siquiera una vez, le causaba mucha gracia las preocupaciones de su madre.

Ahí lo ví al médico que entraba en la enfermería —Dijo el padre con tono solemne mientras entraba a la habitación con los brazos cruzados—. ¿Vos cómo te sentís? —apenas lanzó la pregunta se dio cuenta de lo mucho que le costaba a su hijo hablar—. No hables, contestame con la mano, ¿todo Ok?.

El volvió a sonreír y con el pulgar para arriba le confirmó que estaba bien. Empezó a notar una pequeña molestia en la espalda, por lo que intentó acomodarse en la cama.

¡Ay, te molesta la espalda! Despacio que tenés algunas escaras chiquitas, de tanto estar acostado —Le explicó la madre con tono de preocupación

Escaras” pensó para dentro suyo y tuvo un mini debate consigo mismo acerca de lo raro de esa palabra, de lo raro de la situación, de lo raro de tener tejido muerto por haber estado tanto tiempo acostado inmóvil. El médico apareció por la puerta de la habitación. La luz del pasillo, hizo que su figura inmóvil bajo el marco pareciera solemne, como un póster de un prócer. Saludó desde allí y dando un paso alargado, se adentró en la habitación.

Bueno, te despertaste al fin… buen día —le dijo casi sin mirarlo, mientras le revisaba el pulso— Vamos a ver los reflejos… ¿Te sentís bien? —preguntó casi retóricamente.

Hizo todos los estudios de rutina, le tomó la fiebre y con la mayor cara de póquer posible, se levantó y en el medio de la habitación preguntó:

¿Ustedes son los padres? ¿Podría hablar un momento con Ustedes en el pasillo?

Su hermana no pudo resistirlo y rompió en llanto. Su hermano tuvo una reacción instantánea de mirar por la ventana, pero instintivamente la reprimió y se volvió para consolarla. Sus padres salieron con el médico al pasillo, cerrando la puerta tras de ellos. El quiso hablarles a los hermanos, pero no podía pronunciar palabra. Empezó a sentirse somnoliento. Apenas sentía un sollozo de su hermana y sin darse cuenta, volvió a abrir los ojos. Sus padres estaban junto al doctor parados en la punta de su cama.

El doctor le explicó claramente su caso. Los motivos que lo habían desencadenado, los estudios que habían realizado para corroborar el diagnóstico y todas las repeticiones que necesitaron para estar seguros. Lamentablemente no había vuelta atrás y todos los esfuerzos habían sido en vano. Solamente era cuestión de tiempo. En el momento que él se durmiera, toda su familia moriría.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Y como si toda la familia estuviera esperando su permiso para llorar, comenzaron a llorar con él en ese instante. Todos lo abrazaron y repitieron palabras de cariño para con el. Cada vez le costaba más escucharlos. La madre acariciaba su rostro y el padre le apretaba fuerte la mano. Pestañeó una vez. La segunda vez fue un poco más prolongada. Quiso levantar el brazo para refregarse un poco los ojos, pero el brazo le pesaba una tonelada y no lo pudo mover. De golpe se sacudió, como quien brevemente se duerme. Los miró a todos que estaban a su alrededor. Nuevamente sintió que los párpados se le caían. Entonces sintió los gritos de dolor de su madre y rápidamente ruidos de cuerpos retorciéndose sobre el piso de madera. Oyó el llanto de sus hermanos desconsolados que le rogaban por favor que despertase. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

sábado, 21 de marzo de 2020

Ximena despierta



Siempre es muy difícil saber cuál fue el motivo por el cual uno se despierta. Puede ser un ruido en la calle, un adorno que se tumba por una leve corriente o simplemente el ruido de las cortinas chocando contra la ventana. Quizás sea una reacción defensiva del inconsciente ante una pesadilla, una idea, un pensamiento que no queremos enfrentar. Pero ese primer instante en el que Ximena se despertó esa noche, la sensación era muy clara. Alguien la había tocado en el tobillo y se había abalanzado sobre ella.  Casi había sentido sobre su espalda a esa cosa etérea, maligna, mortal. Se despertó totalmente empapada en sudor, ese sudor frío que le erizaba la piel. La respiración tumultuosa, desesperada. Lo miró a Alberto, que todavía dormía placenteramente a su lado. No quiso despertarlo. Aún boca abajo sobre la cama, no quería darse vuelta. Pese a haber despertado, tenía la sensación de que lo que fuera que la había tocado en el tobillo, permanecía ahí. Su imaginación empezó a traicionarla y de a poco empezó a notar como eso se le acercaba por el costado de la cama que quedaba detrás de su cabeza. Escuchó un leve crujir de un listón de madera del piso. Sintió como aquella presencia se arqueaba y se acercaba sigilosamente sin tocarla, hasta llegar a susurrarle al oído “lo mataste, vos lo mataste, asesina”. Cerró fuertemente sus ojos y su corazón se aceleró al punto de casi salir de su pecho. Fueron 3 segundos que parecieron una eternidad. Sintió de repente una leve brisa y tuvo la sensación que lo fuera que estaba con ellos en la habitación, se había dado velozmente a la fuga. Finalmente, casi sin razonarlo, se armó de valentía y al mismo tiempo que abría los ojos, giró sobre su cuerpo. Ya nada había en la habitación. Presa de la desesperación se levantó de la cama y descalza como estaba comenzó a recorrer el apartamento, en la plena oscuridad. Pensó en tomar un cuchillo de la cocina, por lo que sigilosamente abrió el cajón y sacó ese nuevo, el que usaba para la carne. Caminó con el cuchillo en una mano y con la otra tanteando la pared del pasillo, en plena oscuridad . Se  asustó nuevamente con su reflejo en la ventana y tuvo que ahogar un grito de terror. En el living una tenue luz ingresaba por el ventanal, dejando en claro que nadie más estaba en el lugar. Aún con el cuchillo en la mano se dirigió al baño y sin prender la luz, para no despertar a Alberto, se bajó la ropa interior y se sentó en el inodoro a orinar. De a poco la tranquilidad iba volviendo a su persona. Se sorprendió culposa cuando apretó el botón de la descarga, pensó que el ruido podría despertar a Alberto. Con el cuchillo en la mano, volvió ya tranquila a la habitación. En su cama había otra mujer, durmiendo boca abajo. Alberto estaba junto a ella, ya sin vida. Suelta un grito sin voz, eterno, desesperado. Toma a la mujer desconocida por el tobillo. Con el cuchillo en la mano derecha, pone ambas rodillas sobre el colchón y se arroja resueltamente sobre ella. “¡Asesina!” grita sumida en desesperación mientras le asesta una puñalada en la espalda. Vuelve a despertar, empapada, desesperada, sumida en un terror absoluto. Alberto la consuela. “Tuviste una pesadilla mi amor, tranquila, ya pasó, está todo bien, no tengas miedo”. Ximena sonríe, acaricia tiernamente a su amado. Lo mira fijo a esos ojos marrones, redondos, plenos de amor. Alberto le responde la sonrisa. Pero Ximena quiere hablar y no puede. Lo intenta una y otra vez sin éxito. Alberto le pregunta qué le pasa. Ximena cae presa de la desesperación. Quiere agradecerle esas caricias, contarle su pesadilla, quiere hablar. Quiere decirle que lo extraña cada día, que no encuentra manera de pedirle perdón, que ella sabe que está soñando porque lo mató hace ya más de 7 años y que, principalmente, tiene mucho miedo de nunca, nunca más poder despertarse.

viernes, 20 de marzo de 2020

Pero esa no es toda la verdad


Era una noche más tranquila de lo normal en Calamuchita. De no ser por el sonido intermitente de las cigarras, Rosa tranquilamente podría haber sospechado una abrupta sordera. El cielo estrellado que observaba desde su jardín frontal poco podía presagiar los nubarrones que aparecerían un rato después. Sentada en la reposera, aún no se decidía si preparar algo para cenar o “Tirar con el mate y los bizcochos de la tarde” hasta que se fuera a dormir. Esas eran sus mayores preocupaciones desde que hace más de veinte años había decidido escapar del bullicio, el ruido y la locura de la Capital Federal para comprar las tres casitas que alquilaba en el centro y retirarse a vivir humilde pero pacíficamente al costado del río, alejada del cemento.

A lo lejos escuchó un motor. “Será Carlos” pensó. Carlos es el plomero que estuvo en la semana haciendo arreglos en las casas, preparándolas para la temporada de vacaciones. Le había dicho que cuando terminara, iba a pasar a cobrar. Rosa estaba convencida que siendo viernes, iba a pasar si o si, para ir a tomarse todo el pago a algún barcito del pueblo. Para su sorpresa, el auto, un fiat antiguo, de los que no veía ni siquiera en el pueblo, era el que se acercaba y se detuvo frente a su tranquera. No era Carlos. No era nadie que ella reconociera. Del auto bajó una mujer que no pudo reconocer por la oscuridad que empezaba a reinar, pero a la que identificó instantáneamente por su voz:

―¡Rosa vieja chota! ¡Mierda que me costó encontrarte! ¡Abrí carajo que me comen los mosquitos!

Quien gritaba desde la tranquera no era otra persona que Estela, la mejor amiga de la infancia, adolescencia y parte de la juventud de Rosa. Vecinas del barrio de Liniers, compañeras de escuela y confidentes de todo. No se veían hace más de 20 años.

―Estela, ¿Sos vos? - Preguntó para confirmar
―No, si soy la Teresa de Calcuta que se perdió en estos caminos de mierda. ¡Dale, abrime!
―Está abierto, sacale el pasador nomás - Le indicó Rosa mientras se levantaba de la reposera
―Dale, dale, yo abro… vos quedate tranquila ahí nomás, no vaya a ser que te ataque el reuma.

Rosa se quedó inmóvil en la puerta de su casa. De todas las personas que habitan el planeta tierra, a la última que esperaba recibir esa noche era a Estela. Las cosas no habían quedado muy bien la última vez que se vieron y ella consideraba que el tiempo y la distancia habían hecho desaparecer cualquier atisbo de relación entre ellas. Estela torpemente maniobró el auto para ingresar y lo estacionó sin mucho cuidado. Ya sin la verborragia utilizada para romper el hielo y con la cercanía como principal inhibidor, se acercó a Rosa que estaba en la puerta y la saludó emocionada, al borde del llanto.

―Rosa…

Rosa no respondió verbalmente, sino que al verla tan frágil, estiró sus brazos ofreciendo un lugar para que pudiera descargar sus emociones. Estela se entregó al abrazo propuesto y rompió en llanto sobre el pecho de Rosa, que tímidamente la confortaba acariciando su espalda. El abrazo se extendió por unos minutos en los que Estela descargó tanta angustia retenida.

―Una se pone vieja y se pone chota y sensible -dijo Estela secándose las lágrimas.
―¡Pero dejate de joder Estelita! ¡No tenés que explicar nada! -respondió, aún escéptica, Rosa.
―Sabrás entender que son muchas cosas guardadas… ¡pero ya está! ¡ya está! ya vine, te encontré y quiero que charlemos un rato, nos pongamos al tanto.
―La verdad, me sorprende mucho verte ¡me hubieras avisado que venías y preparaba algo, mujer!
―Te quería dar una sorpresa… hasta en un momento encontré tu número de teléfono por las casas que alquilás, pero quería darte la sorpresa de venir así de la nada.
―¡Y lo hiciste Estelita! ¡Flor de sorpresa!
―Dale, vamos adentro que me estoy pillando hace un par de horas, vos poné el agua para el mate y charlamos.

Rosa se sintió invadida por Estela. La aparición sin aviso, el trato despreocupado olvidando lo pasado y su autoinvitación a pasar la incomodaban bastante. Aún así trató de disimular todo esto y mientras Estela pasaba al baño, cargó la pava con agua y prendió la hornalla. Estaba limpiando el mate cuando escucha las risas que suenan en el pasillo.

―¡Pequeños placeres de la vida! -le grita Estela desde el baño- ¡hacer pis sentada y con la puerta cerrada!

Rosa no responde. Solamente cierra los ojos maldiciendo por la situación y prepara en silencio el mate. Siente el ruido de la cadena del baño, el agua del lavabo y el ruido de la tecla de la luz.

―Fijate que no se te hierva el agua -indica Estela mientras se sienta en la silla.
―Sí Estela, tranquila que no se va a hervir… la garrafa esta tiene poca presión, o se está acabando, no sé, tarda una eternidad.
―Ufff, en el pabellón con la garrafita tardábamos una eternidad.

“En el pabellón”. Rosa estaba esperando que de alguna manera Estela rompiera el hielo y abriera el paso al motivo real por el que estaba allí sentada, el por qué había decidido reaparecer después de más de dos décadas sin hablarse, escribirse, mucho menos verse.

―Estela, vos sabés que yo…
―Olvidate Rosa, olvidate. Ni me expliques -interrumpió Estela- tanto tiempo adentro tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Ahora que te lo digo me parece una estupidez, pero si, tiene cosas buenas. Te puteé Rosa… no te imaginás lo que te puteé. Años deseándote los peores de los males. Años pensando que podría hacer yo para cagarte la vida como vos me la cagaste a mi, años. Pero eso fue al principio, los primeros años. Incluso verte cuando venías a la visita me daba más bronca. Ver que venías, entrabas, te excusabas, llorabas… ¡y después te ibas! ¡Te ibas y la boluda que se quedaba adentro era yo! Ahí fue la época donde más pensaba en como cagarte la vida a vos también. Incluso un día tenía una faca preparada para cuando vinieras a la visita. Me chupaba un huevo comerme treinta años más adentro. Pensé en cagarte a facazos, pero te salvó una vieja que estaba conmigo, me convenció de que no valía la pena. Decí que ya se murió, sino te mandaba a que le agradezcas.

Rosa empezaba a notar que sus peores miedos se hacían realidad. Si bien escaparse del ruido y el ritmo frenético de la ciudad habían sido una sabia elección desde el primer día en que llegó a Córdoba, en ese momento, en esa noche que empezaba a nublarse, empezaba a pensar que se había ido a vivir al lugar ideal para la venganza de Estela: Sola, en el medio de la nada, sin nadie que la escuche gritar, sin nadie que la vea a Estela marcharse. Aún con el agua ya lista y el segundo mate cebado, no se sentó en la mesa, sino que se quedó apoyada en la mesada, con las palmas sobre la piedra. No podía parar de pensar dónde estaba el cuchillo grande, el de cortar la carne.

―Vení Rosita, sentate que no te voy a hacer nada. Esos fueron los primeros años. Después me metí con las evangelistas, me conseguí un laburito ahi adentro y empecé a cambiar la mentalidad. Es todo cuestión de mantenerse ocupada ¿sabés? cuando hacés cosas durante el día te cambia el ánimo, no te metés en quilombos y a la noche dormís de corrido. ¿Sabés cuanto tiempo estuve sin dormir? ¡Años! años sin dormir, enbroncada, con miedo, envenenada, pensando en cómo habían pasado las cosas, en cómo un mínimo gesto, una palabra, hubiera cambiado todo.

―Estela, vos sabés que yo… -Estela volvió a interrumpir, centrada en su discurso
―Porque no era cuestión nada más de probar mi inocencia. Bueno, inocencia no, pero vos sabías que eras vos o yo, no había otra. Cuando llegaron los yutas estábamos nosotras dos y el muerto ahí tirado. Yo tenía el cuchillo, me resistí al arresto y ya desde ahí arranqué perdiendo. Después tu marido puso guita, tenía el conocido en el juzgado… y vos ni una palabra dijiste, nada. Veintiocho años me comí adentro. Nunca pude formar una familia, nunca tuve hijos, no pude terminar de estudiar. ¿Y vos qué hiciste con ese tiempo? ¿Eh? no veo por acá a tu marido ni a ninguna criatura.
―No… Ernesto me dejó a los pocos años. Para mí tampoco fue fácil, vivir con la culpa, vivir con esas imágenes…
―¡Ah sí, la culpa! ¡Qué terrible! -Casi que gritando, Estela gesticulaba irónicamente- Cuando me cagaban a palos yo pensaba “mejor esto que sentir la culpa que debe estar sintiendo Rosita”. ¡Pero dejate de joder nena! me cagaste, tuviste una oportunidad y acá estás, sola, sola como un perro. ¿Te da mucha tranquilidad sentarte en la puerta a tomar mate? no te debe querer nadie, porque la que garca una vez, garca siempre.
―Estela, vos me conocés, somos amigas desde muy chicas, todo eso me sobrepasó, Ernesto me fajaba y me prohibió que hablara, yo siempre fui muy cagona…
―¡Pero al ñato ese lo mataste vos! ¡Te lo cogías vos, amenazó con delatarte a vos y lo mataste vos! Me llamaste desesperada y yo como haría una buena amiga, ¡te ayudé sin preguntar nada! ¡lo mínimo que podrías haber hecho, aunque fuera años después, era hablar! pero no, venías a la visita con tu cara de pobrecita, me contabas cosas de tu vida y del país… ¡que me importaban tres carajos! ¡tres carajos! encima cuando te cagaba a puteadas, te ponías a llorar… pero soy mejor persona que vos Rosita, ¡mucho mejor!
―Estela, perdoname… sabés que tenés mucho tiempo todavía y yo nunca tuve como objetivo principal joderte a vos, yo nunca me pude volver a relacionar con nadie después de eso, la pasé mal y…

Rosa estalló nuevamente en llanto. Como en las visitas al penal, la persona que expresaba el sufrimiento, la congoja, el malestar, era ella. Estela casi que sentía pena, pero no se permitía ese sentimiento, no era justo con todo lo que ella había pasado.

―Ya te perdoné Rosita. Te perdoné hace tiempo. De hecho hace años te escribí sin obtener respuesta, calculo que ya estarías viviendo por acá. Y te confieso que en el camino para acá pensaba, mientras manejaba por la ruta. ¿Viste el auto? ¡Por favor, que cacharro! Me lo prestó el dueño de la pensión en la que estoy parando en Capital. Un gaucho el viejo, me parece que me la quiere dar. Un asqueroso. Te decía, pensaba mientras venía cómo iba a reaccionar al verte, cómo ibas a reaccionar vos… tenía un poco de miedo de sentir mucha bronca, mucha envidia, no sé… hasta tenía miedo de cómo podía llegar a reaccionar. Pero no che, nada de eso. Así chota y todo como sos, sos la única amiga que tuve y que tengo.

Rosa por primera vez en la noche cambió su semblante. A pesar de los años en la cárcel, ciertas virtudes de Estela comenzaban a aflorar y eso le daba tranquilidad. Es cierto, todas las verdades proferidas la habían enterrado en un sentimiento de culpa y tristeza, pero también eso le daba una leve sensación de justicia.

―¿Querés que te prepare algo para cenar? ¿Comiste? -preguntó Rosa, en extremo servicial.
―No, no, ya me voy. No te voy a mentir, no me interesa que me cuentes nada. Creo que necesitaba descargarme, decirte algunas cosas en la cara.

Estela empezaba lentamente a irse. Con tranquilidad se levantó de la silla, miró un poco la cocina y le sonrió a Rosa. Un auto se acercaba a la tranquera de entrada, lo que le dio tranquilidad a Rosa por la presencia de otras personas.

―Ese debe ser Carlos, el plomero. Me dijo que iba a pasar a cobrar unos trabajos que le mandé a hacer -dijo Rosa señalando la puerta, como tratando de tranquilizar a Estela.
―Bueno, vamos saliendo y ya que abrís, aprovecho para irme.

Ninguna de las dos hizo ademanes de alguna demostración de cariño. Estela dándole la espalda a Rosa abrió la puerta y comenzó a caminar rumbo al auto. Rosa, caminando detrás, se hacía visera sobre los ojos para divisar a Carlos detrás de las luces del auto estacionado frente a la tranquera.

―¿Viste que yo te dije que pensé mucho y que ya te había perdonado? -preguntó Estela y sin darle tiempo a Rosa a responder, prosiguió- bueno, eso es cierto. Pero esa no es toda la verdad. Un día, cuando vos ya no me visitabas más, me vino a visitar un pibe, de unos dieciocho años.

Rosa estaba prestando más atención al descenso de Carlos del vehículo que a lo que decía Estela. Casi sin dejar de mirar el auto, preguntó:

―¿Qué?
―Que no hace mucho, cuando ya vos no venías, me vino a ver un chico, como de unos dieciocho años… ¡de lindo el pendejo!

Rosa dejó de mirar al auto, ya preocupada y se acercó con un trotecito leve hasta donde estaba Estela, que seguía hablando:

―Educadito el pibe, no sabés, una ternura.Y así, con mucha vergüenza, me dijo que quería saber si era verdad que yo era inocente. Pensé que sería de alguna escuela o universidad, viste que a los chiquitos los mandan a hacer entrevistas y esas cosas… pero no, resulta que no.
―Escuchame Estela, no te subas al auto todavía que me parece que no es Carlos el del auto, no reconozco bien el modelo pero me parece que es otro.
―Yo al pibe le conté toda la historia y me vino a ver varias veces… hasta en una de las visitas le pregunté si no quería hacerme el servicio, ¿viste? se reía pobrecito. ¿Sabés quién era? el hijo del tipo que vos mataste. Había estado averiguando y me vino a ver.

Rosa se quedó congelada. Estela mientras hablaba no la miraba y ya estaba sentada en el asiento del conductor. Puso el auto en marcha.

―Nos costó encontrarte, pero bueno, una vez que nos enteramos de las casas de Calamuchita, el aviso en Internet y un par de preguntas en el pueblo nos solucionaron bastante rápido el tema. Yo quería cerciorarme que fueras vos, no vaya a ser cosa de hacer cagadas.

Rosa empezó a correr para la casa, desesperada.

―Rosa, no seas pelotuda -le dijo Estela mientras se bajaba del auto- las llaves de tu casa ya las agarré yo… ¿me vas hacer abrirle a mi?

Estela se bajó del auto y miró para la casa, Rosa había entrado y estaría buscando algún arma o quizás tratando de esconderse. Caminó unos pasos, le hizo una seña al conductor del vehículo para que bajara las luces, y corrió el pasador de la tranquera.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Dorian


Caminaba resignado ya bajo la lluvia de Enero. Esa temporaria inclemencia climática se veía acompañada de una fría brisa que lo obligó a levantar el cuello de su camisa, en procura de un poco de abrigo. Acomodó un poco su peinado, desdibujado por el agua. Casi al trote cruzó la calle y se detuvo bajo un balcón a pocos pasos de la puerta. Nuevamente intento componer su imagen, sacudiéndose un poco del líquido que lo inundaba. Tomó aire y con un poco de orgullo se las ingenió para dibujar una sonrisa en su cara. Se dirigió hacia la puerta. A un paso de llegar, seguía dudando entre tocar el timbre o seguir caminando. Se detuvo frente a la puerta. Sintió el nerviosismo que invadía su cuerpo. Las manos le temblaban un poco, el corazón se aceleraba y se sentía algo agitado. Detuvo su dedo a escasos centímetros del timbre. En eso vio a otro aventurero que, paraguas en mano, cruzaba la calle en dirección a él. Decidió simular para no parecer estúpido, para no parecer sospechoso, inmóvil ahí como estaba bajo la lluvia. Apretó su dedo índice junto al botón del timbre, contra la pared y pegó su oreja al parlante del mismo, como esperando una respuesta que nunca iba a llegar, hasta que el hombre del paraguas se alejó. Sintió un poco de vergüenza de si mismo y se alejó un paso de la puerta. Instantáneamente volvió a acercarse y sin dudar, tocó furiosamente el timbre. Le pareció escuchar ruidos dentro de la casa, pasos que se acercaban a la puerta. Cinco segundos. Diez. Nada, ninguna respuesta. Temiendo pasar por insistente, decidió esperar un poco más. Un auto pasó levantando agua y lo sorprendió inmerso en la espera del “clac” del portero eléctrico. Sonrió. Y casi con la seguridad que nadie atendería, volvió a tocar. Ya sin nervios ni palpitaciones, esperó casi un minuto. Giró, miró hacia ambos lados de la acera y emprendió el camino de regreso, ya con un andar más calmo pese a la torrencial lluvia. Mientras cruzaba la calle, se preguntó a sí mismo:

-¿Cómo se llamaba el libro aquel del retrato?

lunes, 28 de enero de 2019

Juicio final


- Bueno, a ver, repasemos la lista.
- Vos decime el veredicto que yo los voy marcando
- ¿Desde el principio?
- Desde el principio.
- Dale.
- Infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno,   infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, eh... infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, paraíso, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno, infierno…
- Pará, pará... ¿Hay algún otro que diga paraíso?
- ¿Mejor me fijo no? A ver...mmmhh...no.
- Entonces no marco más.
- Más vale, dejala por ahí, total a aquel no creo que le interese.
- Miralo que pelotudo parece ahí sentado en la nube solito...
- Se va a cagar de la angustia... ¡Por toda la eternidad!
- ¿Vamos bajando nosotros?
- Dale. Pasa que tengo que cerrar.
- Bueno, tampoco me apures
- Dale, vamos
- Che, por curiosidad nomás, ¿Quién era el único que quedó allá arriba?
- El diablo, chabón, el diablo.

martes, 14 de agosto de 2018

No habrá visitas



Se despertó sentado. Tardó unos segundos en reconocer el lugar. Fugaces visiones atravesaron su mente con la prestancia de un rayo que cae al mar. La cucheta, el lavabo sucio y los barrotes no tardaron en responderle. Casi que se topó con la segunda incógnita. Porqué. Imágenes de toda índole lo abrumaron. Supo distinguir entre las reales y las que eran solo fruto de su vasta imaginación.
Suena un timbre. Ruidos metálicos y esa luz que resulta extraña, novedosa, agresiva. Pasillo largo, un aire viciado y ruido al final. Hoy debería venir mamá a la visita, ya estaría llegando. Seguramente tendría esa bufanda que no se saca nunca y un paquete de bizcochos en la mano. Pero ya no guarda la esperanza de volver a verla. Hace años que no viene por el correccional. Nadie viene. Ni siquiera los colores, solo quedaron el gris y el negro.
El odio se inmiscuye súbitamente en su pecho. Cierra el puño fuertemente y una gran decepción abate su semblante. Fuertemente mastica su furia y se siente un poco avergonzado. Se siente iluso. Engañado. Esa imagen de un domingo en familia, donde el abuelo baila y sonríe desde el sillón solamente ha sido un sueño muy cruel. Con suavidad apoya nuevamente su cabeza en la almohada. Esa frescura, esa inocencia, tardará mucho tiempo en volver. Tanto que, por ahora, no habrá más lugar para soñar. Sólo para esperar que el tiempo pase. Y cuando fuese el momento, aplicar la lección aprendida.

lunes, 9 de julio de 2018

De payasos y boxeadores

Llegó al bar con esa extraña sensación. No se sentía mal, pero sabia que podía estar mejor. Poco le importaron en una primera instancia todas las miradas despectivas que interceptaron su aura rumbo a la mesa. Eligió una escondida, para luego de meditarlo, optar por una junto a la ventana, desde la cual podía observar todo el interior del local como así también la calle. Luego de un minúsculo murmullo que pareció eterno, la calma y el vacío volvieron de la mano al bar. El cálido beige que intentaban transmitir los tapizados no reflejaba el frío que habitaba el aire. El sol tímidamente lanzaba sus últimos manotazos de ahogado a través de los gigantescos ventanales del salón, como quien se resiste a irse, a perderse la función que está por comenzar. Alguien salió del baño, generando una corriente de aire que sorprendió a nuestro personaje. Acto seguido, el mismo procedió a acomodar su cabello con elocuentes muestras de consternación ante el imprevisto cambio de peinado. Utilizó su reflejo en la ventana como espejo y, agachándose un poco para verse mejor, retocó un poco su cabellera. Aprovechó el suceso para mirar por el ventanal y cruzó su mirada con la gente que pasaba, mientras ellos buscaban las monedas necesarias para retornar a sus hogares. Sostuvo su mirada en la nada y luego volvió sobre sus zapatos. Sus zapatos negros de cuero. Maltrechos, si. Pero no rotos. El brillo orgulloso denotaba la pelea por no caer desde la verde pradera de la elegancia al abismo de la desprolijidad y el desaseo. Recordó en ese momento, casi sonrojándose, que no se había quitado el abrigo. Lentamente y creyéndose observado por todos, se incorporó de la silla, sacó su brazo derecho de la manga y cuidando que nadie reparara en la rotura del forro marrón de su saco, sacó el otro brazo para así proceder a colocarlo prolijamente sobre el respaldo de la silla.

Se sentó nuevamente y buscó con su mirada al mozo. Para su sorpresa, la encargada de las mesas era una mujer. Una chica. Se repitió como a modo de reto que las cosas ya no eran como antes, que las cosas cambian y que ya casi es habitual encontrar más mujeres mozas que hombres. Mientras trataba nuevamente de grabarse ese nuevo aprendizaje en el cerebro, observó a la chica: Llevaba un pantalón negro y una camisa blanca. Tenía un delantal rojo que cubría todo su torso, sobrepasaba su cintura y llegaba casi hasta sus rodillas. Trató de quitar la mirada lo más rápido posible y esperar a ser atendido. También vio a un hombre detrás de la maquina del café, de gestos ampulosos y voz grave. Parecía el dueño del lugar, o mínimamente, el encargado.

La tarde seguía cayendo y junto a él, del otro lado del vidrio, ya se armaban las colas de gente esperando el colectivo. Recordó tiempos de la niñez, cuando el circo llegaba al barrio y los alrededores se llenaban de colas de pequeños retoños ansiosos de una entrada para ver al domador de leones, a los acróbatas Chinos o a los payasos. A los casi míticos payasos. Y pensó que todos teníamos algo de los payasos. Un personaje asociado a la risa y a la diversión, pero con lágrimas dibujadas sobre su blanco rostro. “O quizás somos actores” pensó como corrigiéndose sobre su última idea. Se permitió después de eso, una leve sonrisa.

Tomó aire profundamente y volvió a mirar a quienes le rodeaban. Sus bocas parecían poseídas por un extraño mal, que les impedía detener el movimiento. Intentó, mientras observaba, encontrar algún soñador, algún poeta, alguien como él o quizás algún detective. Miró a la barra y descubrió que los taburetes eran de plástico, al igual que gran parte la decoración. Se sintió algo estúpido y miró su silla. Aunque no lo había notado, también era de plástico, al igual que los ceniceros y esa especie de cajita donde prolijamente se encontraban ubicados el azúcar y el edulcorante. Lejos de sentirse incomodo (quizás si, algo extraño) decidió proponerse un juego. Y buscar en los demás clientes, rasgos, detalles de figuras que él admiraba. Trató de buscar parecidos, gestos, actitudes. Y no pudo. Trataba de recordar mas características de sus maestros, de sus ídolos, hasta quizás de sus padres, pero lo fue imposible. No había payasos, mucho menos piratas, bucaneros, espías o superhéroes.

Quizás fueran solo las ganas, pero le pareció ver a un boxeador aguerrido, nariz maltratada por los golpes, brazos agarrotados y gesto adusto, pagar la cuenta y marcharse silbando bajito. Miró hacia el hombre del café y con un gesto tradicional, ordenó uno. Casi como un acto reflejo, metió su mano en el bolsillo trasero de su pantalón, buscando su billetera, necesitaba cerciorarse de tener el dinero para pagar el café. Abrió la misma y cayó de ahí un papel que había olvidado poseer. Lo abrió y encontró una dirección. Quiso recordar su procedencia, pero un grito en una mesa cercana lo sobresaltó. Un hombre y una mujer discutían sobre nada en particular. La mujer se levantó y entre lágrimas se retiró del lugar. Atravesó la puerta principal a paso apurado y justo frente a su ventanal, paró el primer taxi que encontró. El hombre simplemente procedió a pagar la cuenta sin preocuparse por el vuelto. Tomó su sobretodo, su maletín y se dirigió también por la puerta principal, pero en dirección contraria.

Para cuando volvió a poner atención sobre el papel, notó que no estaba. Por un momento quiso agacharse a buscarlo en el piso, pero consideró aquella actitud poco decorosa y, presa de su timidez, solo se limitó a buscarlo con la mirada. Pronto llegó el café que había ordenado y prolijamente se dispuso a disfrutarlo. Tomó dos sobres de azúcar, sacudió primero uno y después el otro, sosteniéndolos por un extremo superior y dándole suaves golpes contra la palma de su mano. Los abrió lentamente y volcó paulatinamente su contenido dentro de la taza de café, para su sorpresa, de plástico. Tomó la cucharita plástica y mientras miraba por la ventana, revolvió describiendo pequeños círculos con la misma. El sol rápidamente había cedido su terreno y el frío se notaba en las levantadas solapas que abundaban allí afuera.

Un sonido hiriente alteró la frenética tranquilidad que reinaba en el aire. Y fue la invitación al cambio. El cuerpo quedó dentro del bar, pero su alma salió por la puerta principal. El cuerpo ahora simplemente miraba como el alma investigaba los alrededores.

El sonido lo produjo una bocina, informó la misma. Y se encontró con paradas de colectivos plagadas de gente. Gente que quería volver a sus respectivos hogares. A la vuelta, doblando la esquina, pobreza. Basura. Vio a un chico que jugaba con un autito de plástico violeta. y soñaba que era Traverso, como le enseñó el padre. Se topó con un señor de unos cincuenta años. Sus lentes parecían tan gruesos como sucios. Y el maletín desencajado resistía colgado de su mano derecha. También encontró un morochón de físico imponente que caminaba con un pesado bolso de cuero negro al hombro. El cuerpo buscó similitudes dentro del bar pero no las encontró. El alma, desde las afueras, consultó por los colores: Informó la predominancia de los cartones y las maderas, los tonos eran apagados, pero el brillo lo llevaban las personas, en los ojos.

El cuerpo notó que el bar resplandecía en colores y luces, pero eran falsos, hipócritas. Cansada, su alma se detuvo frente al ventanal y se sentó en el cordón. Fue en ese momento que nuestro personaje descubrió que dos pedazos de vidrio articulados con un brazo hidráulico no eran simplemente la puerta de un bar. Eran un portal, la salida a otro mundo totalmente distinto, totalmente real. Tanteó el marco plástico del ventanal y una lágrima rodó por su mejilla.

Todo el bar se conmocionó y lo miró. Las miradas eran vacías, llenas de la nada. La temible nada. Tenían si, un dejo de pánico, pero no alcanzaba. Su alma desapareció en ese instante y no puedo asegurar si volvió a el. Giró y vio a toda esa gente: Eran fríos, observadores, sin brillo, rígidos. Eran de plástico.

Volvió a ponerle el seguro a su arma y la guardó nuevamente en la cintura. No había un motivo para robarle a esa pobre gente. Tampoco tenían nada que le interesara. Depositó unos billetes sobre la mesa, suficientes para el pago de su café, y atravesó, caminando tranquilo, la puerta principal.

Del otro lado de la calle, donde el viento atacaba impiadosamente a las frágiles hojas, lo esperaba su vida.

Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken.

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