martes, 12 de agosto de 2014

114 horas después

Siempre gusté de tomarme un tiempo antes de exteriorizar las cosas. Quizás sea una imitación que data de aquel período en que uno forma su personalidad y copia rasgos, costumbres y modos de los mayores, como buscando generar un Frankestein de personalidad acorde a nuestros gustos. Mi recuerdo es de mi tío Omar. Estamos en el patio de la casa de mi tía Angélica, en Valentín Alsina. Hay unos sifones en algún rincón junto a una maceta, una mesa con un mantel vinílico y da la sombra de un día soleado en el patio interno. Mi tío Omar, sentado con las piernas cruzadas del modo “femenino”, recibe una pregunta sobre fútbol. Y él, hincha fanático de Racing, se toma su tiempo para responder. Siendo gran observador desde chico, puedo destacar tres pasos muy claros y marcados en su proceder, a prestar atención: Primero cerraría los ojos. En segundo lugar se agacharía un poco al mismo tiempo que con una de sus manos se frotaría la cabeza, como buscando sacudir la idea. Y finalmente, volvería a su posición inicial y justo en el momento que su interlocutor estuviera a punto de repetir la pregunta, comenzaría la respuesta con esa voz grave que tenía. Las respuestas eran escuetas, pero asombrosamente sintéticas y acertadas: “Racing jugó muy mal”.

Claramente, ese último rasgo preferí copiarlo de algún otro adulto más peleado con el poder de síntesis.

Desde ese entonces, mi conducta de tomarme un tiempo siguió presente en las situaciones más dispares: dos semanas después de ver la película Sexto Sentido, recuerdo haber dicho en una cena con amigos: “Claro… Bruce Willis estaba muerto”. En otras ocasiones más tempranas, la conducta no era bien vista, sobre todo por los maestros y profesores escolares que recibían con pleno atraso cualquier tarea escolar encomendada.

Pero es así. Me cuesta emitir opiniones al momento, en caliente. No es que pueda hacerlo y al rato cambie de opinión. Es simplemente que no puedo. Me resulta imposible analizar una obra de teatro mientras bajo las escaleras del pullman. No puedo analizar los errores o aciertos tácticos caminando por Lidoro Quinteros después de un partido de River Plate.

Me tomo mi tiempo. Es por eso que puedo escribir estas líneas 114 horas después.

Es que hace 114 horas, recibí una noticia: “Encontraron al nieto de Estela”.

Y como mi tío Omar cerraba los ojos, pienso que yo también hago lo mismo. Hace un tiempo tomé una decisión muy contraria a mi voluntad de opinión sobre temas de la actualidad: Recibir la menor cantidad de datos posible de cualquier medio de información. En un principio se limitó a no mirar televisión. Después lo siguió la radio y por último, los medios escritos. Es cierto que ante eventualidades, visitas o reuniones de café, los temas llegan a mi conocimiento, pero no es ávida mi búsqueda de una información que es, en el mejor de los casos parcial, cuando no falsa.

A continuación, me agacho un poco y froto mi cabeza, sacudiendo las ideas. Cuando me agacho y me acerco a mí mismo, pienso que al momento en que mi interlocutor de turno me dio la noticia no necesité muchos más datos ni horas de filmaciones ni una avalancha de palabras para empezar a sentir algo reconfortante y calentito que brotaba en mí. Lo que siguió fue el sacudón de ideas, ese ejercicio que realizo habitualmente de observar las conductas ajenas a mi alrededor. Y sinceramente, volví a afirmar que todo es moda pasajera, que todo es distracción, que todo se pone convenientemente en duda y que vivimos rodeados de repetidores. Surge la teoría de la utilización de las apariciones para tapar “malos momentos”. Surge la teoría sobre la no confiabilidad del banco de datos y el engaño a la pobre señora a la que “le dan una alegría antes de morir”. Y me doy cuenta que, como dijera el filósofo de Villa Fiorito, la tienen adentro.

Como tercer paso de la metodología Tío Omar, volviendo a mi posición original, pienso en mis amigos, en mi familia, en mis hermanos del alma y en lo que cada uno vivió y vivimos, y eso me genera una sensación genuina, que no me la cuenta nadie. Me genera un calorcito interno agradable que no está contaminado con ninguna mentira orientadora de pensamientos. Creo que es el sentido de justicia. Y me doy cuenta que tanta, tanta gente que se muere de rabia ante estas noticias, en un rato, mañana o en unos días, volverá a sus triunfos individualistas, vacíos, efímeros, fríos, porque, nobleza obliga, hay que aceptar la predominancia de un mundo capitalista donde el fracaso de los otros es un triunfo tuyo. Pero no me importa. Mientras tanto, en segundo plano, aunque sea por un ratito, me comunicaré de modo inalámbrico con quienes están más cerca de mi corazón. Los imaginaré recibiendo la noticia  para compartir esta sensación de bienestar, esa recompensa parcial por un arduo trabajo bien realizado acompañada del “celebremos ahora, que mañana hay que seguir trabajando” tan cierto como digno.


Y finalmente, justo cuando mi interlocutor está por repetirme la noticia, puedo expresarme de una manera sintética y acertada. Una sonrisa se dibujó en mi boca y salió, desarticulada y solitaria, una de las palabras más lindas: Alegría.
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3 comentarios:

  1. ¡Excelente!, como casi siempre.
    Interesante como para poner en práctica recibir la menor cantidad de datos posible de cualquier medio de información porque parece mucho menos trabajoso de ampliar cada vez más las fuentes para poder discernir la verdad de la mentira
    Alej

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  2. Algría, y MUCHA!
    Pd: El de la adivinanza me la jugaba que era Canaletti.

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