martes, 25 de abril de 2017

Maradona nos hizo creer

Permintanmé una pequeña trampa. Bah, en realidad dos: La primera es acentuar las palabras como mejor se me cante para que el lector pueda leerlo (valga la redundancia) con la misma entonación que yo se lo relataría verbalmente. La segunda es la de omitir todos los nombres propios a excepción de Maradona, como observarán en el título.

Imaginemos juntos. El escenario es conocido, es el planeta que habitamos. No espere muchas cosas mágicas (aunque algunas parezcan serlo). Simplemente haga un breve repaso por las realidades socioeconómicas del capitalismo. Países poderosos (llamados "primer mundo") potencias económicas que dominan lo que pasa y lo que no y un puñado (demasiado grande) de países que (sobre)viven de acuerdo a voluntades ajenas. Ya tenemos el marco principal.

Ahora nos vamos a centrar en la historia de uno de esos países pobres que pugnan por atravesar el día, en un escenario de constantes luchas sociales de pobres versus pobres donde una injusta división de las riquezas premia a un mínimo porcentaje de habitantes que, serviles a los poderes extranjeros de los países primermundistas, obedecen y explotan a la población en pos de beneficios ajenos. Ya definimos un subgrupo en la historia. Usted ya se empieza a sentir identificado.

Este cuarto párrafo es para dilucidar el punto de conflicto de nuestra historia: Imaginemos que todos estos países tengan una actividad en común, no sé... pongámosle un nombre de fantasía, se me ocurre algo así como "piepelota". Pensémoslo como una actividad física que incluye patear una pelota, que se practica en grupo y que realmente despierta pasión en la mayoría de las poblaciones. Siempre va a haber unos cuantos que miren con recelo y elijan quedarse afuera, pero son los menos. Imaginemos que en todos los países, la mayoría de sus habitantes practica este juego (o deporte, como prefiera) que se llama "piepelota".

Comienzan entonces las organizaciones. En todos los países alrededor del mundo la gente se empieza a juntar, encuentra otras personas que comparten su afición y se les ocurre medirse unos contra otros para ver qué conjunto de personas desarrolla de forma más efectiva esa actividad. Crean entonces reglas, herramientas de medición de performance y con el tiempo, éstas se vuelven globales. Esas reglas serían como los derechos humanos, para que el lector lo entienda. Sin importar nacionalidad, edad, género, raza, lo que fuere, las reglas son iguales para todos los habitantes del mundo.

Las competencias comienzan a crecer: Locales, regionales, nacionales, continentales, mundiales. En poco tiempo se crean federaciones y los habitantes de cada país deciden unirse tras su bandera y competir contra los mejores de los demás países. Ya dejan de tener nombres propios como su barrio, su ciudad o el nombre del club donde se juntan a practicarlo. Pasan a llevar los nombres de sus países.

Prontamente alguien entiende que todo esto podría generar un negocio monstruoso: Incluye publicidades, arreglos de televisación, franquicias, merchandising. Se genera un aparato gigantesco que moviliza millones a lo largo del mundo. La distribución sigue siendo la misma: Los países poderosos se reparten el 90% de la torta, dejando para los demás las migajas.

En los países poderosos, todo funciona a la perfección: Todos los equipos de su territorio son auto sustentables, los estadios cuentan con las medidas de seguridad correspondientes, los acuerdos de televisación son sustanciosos y los ingresos generados por las figuras de su combinado nacional se destinan exclusivamente en gestiones orientadas a potenciar el rendimiento de dicha selección.

En los países tercermundistas, todo se hace a pulmón. Los equipos de sus territorios dependen casi exclusivamente de las dádivas del ámbito empresarial: No son auto sustentables, padecen el flagelo de las combustiones sociales causadas por la opresión y sobreviven ofreciendo de tanto en tanto a modo de sacrificio a los dioses, un jóven talento a los equipos de los países poderosos. Los ingresos generados por estos, cuando se juntan para representar a su país de origen, mínimamente alcanza para emparchar huecos, subsidiar equipos mal administrados y compensar falencias sociales.

La lucha se hace despareja, injusta. Los poderosos tienen mejores instalaciones, tienen los mejores seleccionadores, entrenadores y directores técnicos, cuyos salarios superan el presupuesto de una década de todo un país tercermundista. Ellos se arreglan con lo que tienen dentro de su ámbito, con tecnología descartada del primer mundo y con copias desactualizadas de sistemas utilizados hace años atrás por las potencias mundiales.

Los habitantes de los países pobres, se acostumbran a esa realidad: Aplauden el esfuerzo, valoran una representación digna de sus muchachos y no dudan en elogiar los mecanismos y resultados de los poderosos. Idolatran especialmente a sus compatriotas que logran emigrar hacia las potencias y día a día compiten de igual a igual con ellos. De hecho, gracias a varios de ellos algunos clubes locales lograron terminar el estadio o construir una pileta de natación.

Pero un día se nos aparece un morochito rebelde, con rulos y una actitud altanera que cambia la escena. Hagamos el ejercicio conjunto de bautizarlo: Década del 60, país pobre sudamericano, afueras de la capital, vamos con la costumbre local de nombrarlo en honor al padre: Se llamará Diego. Hay que ponerle un segundo nombre, puede ser el primero que nos venga a la mente: Ya sé, como lo estamos "armando", ese va a ser el segundo nombre. Armando. Y como apellido, vamos a ponerle uno bien de fantasía, digno de un superhéroe: Maradona.

Maradona de a poco empieza con esta cosa de combatir al poderoso. Los primeros logros son vistos desde cerca por los habitantes de su país ya que con su equipo humilde, el de sus inicios, pone en jaque a los poderosos locales. Pasa el tiempo y la historia se repite, un poco más lejana. Y cada vez que representaba a su conjunto nacional, se empezaban a ver algunas cosas extrañas: Empezaban a parecer. De repente no les parecía tan lejana la idea de ganarles, aunque ocasionalmente, a uno de los poderosos. De pronto se dieron cuenta que era posible y no sólo eso, sino que lo ven ocurrir. Y no lo vieron solamente sus compatriotas, sino que quedó a la vista de todo el mundo. Señoras y señores, ese combinado nacional de un país tercermundista pobre y embebido en conflictos sociales, injusta distribución de sus riquezas y esclavizado por las potencias mundiales, le ha ganado a todas ellas (o quizás, para darle más dramatismo a la historia, a la principal) y se ha consagrado como el mejor combinado del mundo. El morochito enrulado sonríe sobre los hombros de algún compañero, con la copa en la mano.

Fueron años de gloria. Los olvidados de la historia, los que inventaron la birome por no tener los medios para la lujosa escritura de pluma y tinta, los que inventaron el colectivo por no poder tener otra forma de transporte que no fuera masiva, eran los mejores en algo. Y sobretodo, los mejores en algo donde participaban todas las personas del planeta, con sus poderes y sus influencias. No había disparidad económica, social o de poder que pudiera contra ellos.

Unos años después empezamos a reforzar esa idea. En la siguiente oportunidad de medirnos, nuevamente logramos superar a todas las potencias y otra vez nos enfrentamos nosotros, los mejores del mundo contra ellos, los más poderosos. Y si bien el sopapo de realidad fue doloroso, nos grabó la idea: Nos tuvieron que robar ante los ojos de un mundo que hizo la vista gorda, para poder superarnos. Uno de los nuestros, de un país oprimido, nos clavó el puñal por la espalda. Ejemplos en la historia no faltan. No era suficiente con sus presiones económicas, no era suficiente con nuestras penurias sociales. Nosotros éramos los mejores y la única forma de superarnos era robándonos plena y llanamente.

Pero estos muchachos no se quedarían de brazos cruzados. En la tercera edición tendríamos nuestra venganza y volvimos para reclamar lo que nos pertenecía, ya convencidos, por derecho divino. Éramos los mejores y nos correspondía el primer lugar. La competencia arrancó y quedó demostrado de qué estábamos hablando. La revolución proletaria encabezada por ese tal Maradona, el morocho de rulos, estaba dispuesta a poner de rodillas al poderío económico reinante y esta vez no bastaría con un penal para deternerlo. Y vaya que si lo sabían, porque directamente para frenarlo le cortaron las piernas.

Y ahí quedamos desamparados todos sus compatriotas. Desde ese día no nos damos por vencidos y estamos convencidos de ser los mejores del mundo, porque Maradona nos hizo creer. Desde el día que lo vimos enfundado con la camiseta que nos representa a todos, de a poco nos fuimos olvidando el papel que nos dieron en la obra de teatro del capitalismo y pensamos, ilusos, naifs, inocentes, que la alegría también nos podía tocar a nosotros, que podíamos soñar con primeros puestos y que la vida era horizontal, con igualdad de oportunidades para todos. Nos hizo creer que éramos todos iguales, que ahí dentro no había diferencias y que nuestros pecados de latinos subdesarrollados no iban a perseguirnos y castigarnos dentro del verde campo de juego.

De no ser porque todo esto no es otra cosa que la pura realidad, esta historia no sería más que un guión rechazado por Hollywood en el que un ser de otro planeta baja en un barrillete cósmico y libera a una población de la opresión tirana.

Hoy poco a poco las nuevas generaciones van volviendo a la normalidad del escenario capitalista. Se aceptan las limitaciones impuestas desde afuera, empieza nuevamente a proliferar la idolatría sobre aquellos "que triunfan allá" sin morder la mano que les da de comer y nos contentamos con una derrota digna ante los poderosos. Las habitaciones de los niños y sus redes sociales se ven inundadas de pósters e imágenes de las grandes figuras de las grandes ligas. Todos conocen las formaciones de los equipos más poderosos y no dudan de mostrarse hinchas fanáticos de tal o cual conjunto europeo, a punto de no perderse ningún partido por la televisión por cable. La organización nacional del piepelota es caòtica, a punto tal de no encontrar siquiera un seleccionador que se digne a dirigir el combinado nacional. Ya la gente no quiere creer, sino que quiere aceptar. "Tenemos limitaciones", "Es lo que tenemos", "Bastante hacen, con el quilombo que es la administración", “es el reflejo de la sociedad”, "salimos 3 veces subcampeones" es lo que dicen y no puedo evitar putear con muchísimo dolor. El dolor de haber sido y ya no ser. Y putear y maldecir a ese morocho rebelde de rulos nacido en los suburbios de algún país pobre y subdesarrollado que nos hizo creer.



miércoles, 22 de marzo de 2017

Día mundial del agua


Como en todo mundial, se enfrentan las aguas de 32 países, las cuales han sido divididas en 8 grupos de 4 aguas cada uno. Las dos primeras aguas de cada grupo, clasifican a la segunda ronda, desde donde las 16 aguas participantes, van eliminándose entre si quedando en competencia la progresión de 8, 4, 2 y finalmente de estas últimas 2 sale el agua World Champion. En la última compulsa el representativo argentino finalizó en la 6ta posición luego de caer con el candidato y otrora campeón mundial Francia (Comandado por su figura, el agua Perrier). El equipo argentino estuvo envuelto en un manto de dudas (un manto impermeable) en cuanto a su conformación, dado que la delantera la componían el agua Pureza Vital y Cimes, cuando todo el mundo sabía que en lugar de Cimes (cuyo pase es del poderoso empresario Forgione) por rendimiento y calidad, debía participar Villa del Sur.

De mas esta aclarar que el mundial del agua se suspende por lluvia, motivo que no permite al arbitro de los cotejos distinguir entre los participantes y las precipitaciones.

Aparte de eso, en el día mundial de "la agua" se realizan muchísimas actividades a nivel global. El ejemplo que mejor refleja todo esto de "la agua" y lo de "global" son las famosas bombuchas.

En el sudeste asiático hace unos años quisieron preparar un festejo a todo trapo, pero se les fue la mano con la grandilocuencia y se les vino la marea encima. "Tsunami" titularon los diarios y las cadenas televisivas. Pero la verdad, tapada por montones y montones de billetes, nos dice que fue un grupo extremista de surfers que se pasaron de rosca con su ambición por las deseadas montañas de agua.

En la República Argentina se realizan todo tipo de actividades: En Valentín Alsina los policías bonaerenses arrojan chicos al riachuelo, en ofrenda a Poseidón, Años atrás cuando las creencias eran más fuertes, los valores mas derechos y la gente era como la gente, se realizaban ofrendas mayores, patrocinadas por el gobierno nacional, arrojando cientos de "ofrendas" al río desde helicópteros. Estos procesos gozaban de altísima aceptación interna y eran celebrados en otras latitudes, como ser en los Estados Unidos, pero inexplicablemente dejaron de practicarse oficialmente y ahora siguen, pero en forma oculta y particular.

Yo particularmente el día mundial del agua dejo una canilla con una gotera, así el agua abandona su prisión metálica y comienza, a través de la red sanitaria perteneciente a mi casa, su largo camino hacia su libertad, el camino que la lleva a encontrarse con millones y millones de partículas de H2O allá, lejos, en el Río de la Plata, donde todas se juntan y liberadas a su voluntad, deleitan con su calma a los espectadores de la costanera. De vez en cuando, un grupito alborotador decide jugarle una broma a algún humano espectador desprevenido y, previo rebote en la costa, lo salpica impregnándole ese olor tan particular que adquieren al acercarse a la civilización.

Las partículas de agua escuchan mucho la canción "Tierra" de la banda "los liendres".

El tema dice algo así como "Tierra, sal de mi carretilla, quiero que me hagas montañitas". Del agua dicen lo mismo que los chinos, que son todos iguales. Esto enoja a las partículas de agua, que ante su calentura, hierven se evaporan y se van al cielo (como nubes). De ahí que la mama gotita le explica a sus hijos gotititas que cuando la abuela gota desaparece, se va al cielo, por evaporación. La diferencia con los humanos es que las gotitas no mienten, están diciendo la verdad.

martes, 21 de febrero de 2017

Memorias de Acceso Aleatorio


En el ámbito de los sistemas, existen distintos tipos de memorias. Podemos hablar de memorias "volátiles" que se utilizan en el corto plazo, memorias de procesamiento inmediato, como cuando hablando por teléfono y sin ninguna lapicera a mano, el operador de la compañía de cable nos dicta el número de trámite. Están las memorias de almacenamiento masivo, relacionadas con tipos de almacenamiento magnético que son más lentos que la memoria volátil, pero son de naturaleza más permanente. Es por eso que si pensamos un rato largo, podemos recordar, con algún que otro mínimo error (algún sector dañado del disco) en el orden o un faltante, la planilla de asistencia de la escuela secundaria.

Hasta ahí venimos fácil en la teoría, pero complicado en la práctica. Términos y definiciones que usé gran parte de mi vida, me resultaron difíciles de recordar. Me cuesta recordar cómo se llamaba la fracción del disco rígido que podía aparecer dañada (recuerdo sí que aparecía una D mayúscula marcándolo) cuando uno hacía una desfragmentación del disco rígido. Sé, y acepto de buena gana, que me resulta imposible retener cualquier información en el corto plazo. Si alguien me dijera su número telefónico, sería incapaz de reproducírselo adecuadamente como respuesta en la misma conversación.

Eso respecto a lo más convencional, lo informático. ¿Cómo se refleja en las personas? Debe haber cientos de miles de artículos que lo expliquen con mayor precisión y conocimiento empírico del que yo pueda expresar acá. Yo me voy a limitar a tratar de plasmar mi experiencia.

Empiezo por recordar fotos. Imágenes. Me acuerdo el patio de mi abuela, colores grises, macetas solitarias, peleadas entre sí y una rejilla en el centro, con algunas colillas de cigarrillos, en Valentín Alsina, quizás Lanús. Me acuerdo de las cortinas del living de Tapiales, naranjas y de un material poco amigable al tacto. Me acuerdo de la pizzería del hotel Oasis en Cancún. Recuerdo la caja de una calculadora científica que usaba en un negocio en Villa Devoto. Recuerdo a mi hermano vestido completamente de blanco en la fiesta de 15 de mi hermana. Sencillo.

Vamos a los videos. Me acuerdo del día que me corrió un doberman y me mordisqueó los tobillos. El video dura unos 12 segundos y arranca con un pibito flaquito, medio boludo que sale del edificio corriendo para ir a entrenar al club. Un doberman entre juguetón y asesino lo persigue, dándole fácil alcance. Le pega un mordiscón a la altura de un tobillo. Fin del video. A partir de ahí les puedo mostrar un archivo de texto que contiene todo el tramiterío: hacer revisar al perro, alegrarnos de que no tenía rabia, por lo que me evitaba 40 inyecciones (guardado en una carpeta de sólo lectura está el dato "40 inyecciones") y el cagazo de no correr más con perros a la vista por un par de meses. Otro video es mi viejo imitando a Jerry Lewis, mientras yo lo filmaba con una cámara casera JVC que pesaba mil kilos. En una carpeta oculta queda el hecho que la gracia del video residía en los dientes postizos que tenía (producto del accidente en moto en su juventud junto a la tía Gloria, que de tan viejo está guardado en un txt en un disquette de 5 y 1/4).

Con los sonidos se complica un poco. Ahí empiezo a usar el término "creo". Creo recordar la voz de mi madrina Estela, que me dice "Pablito" de una manera muy particular. Me parece recordar el tono guaraní de Modesto, el mozo de la confitería Dorrego. Creo tener guardado por ahí en un WMA cerebral, la voz de Sebastián Guanez, un compañero de la primaria, cuando me decía "melli" porque habíamos nacido el mismo día.

Todos esos archivos son medianamente maleables: Se pueden comprimir y juntar en un .RAR (o .ZIP los más antiguos) varios recuerdos juntos, como que les diga "me acuerdo cómo gritaba (sonido en mp3) mi amigo Diego el día que el pibito del equipo de remera verde (imagen en jpg) se quebró el brazo cuando cayó mal en un corner (en un video .avi). Todo eso lo guardo compactado en un solo archivo que le pongo el nombre "Tapialeslocas2341" y lo guardo en la carpeta "fútbol amateur", dentro del año 2010. Esa es otra cosa. Cuando se empieza a llenar todo con carpetas, empezás a crear subcarpetas. Primero, las carpetas son por meses. Después las juntás todas en el año. Y finalmente, cuando empieza la superpoblación, los guardás más o menos por décadas. “Y... habrá sido entre el 2000 y el 2003” piensa uno y recurre a asociar con otro archivo de la misma carpeta para intentar ubicarlos en la línea de tiempo. El accidente al que hago mención es de los primeros meses de 2010, porque era un amistoso y yo estaba como DT recuperándome de una fractura de peroné (esos archivos los tenés siempre a mano y bastante conocidos para incluirlos en declaraciones juradas de salud).

Ahí empieza la segunda parte del tema, que es la complicación entre tamaño y tiempo de guardado. No sólo juega el factor capacidad, sino también calidad. Podemos atesorar millones de recuerdos en disquettes de 3 y ½, pero eventualmente pierden el magnetismo y con ello, la información. Podemos utilizar preciosos discos externos para que una falla mecánica nos deje con lo poco que pueda extraer un software de recuperación. Es por eso que siempre queda latente la posibilidad de extraer aquellos que nos parecen importantes (o al menos eso pensamos) y llevarlos a través del tiempo por los diferentes formatos de guardado. El video original huyendo del doberman duraba 5 minutos, pero con el tiempo lo recorté a lo importante a fin de poder acumular tantos otros que fueron ocurriendo.

Claramente, en los pasajes se mezclan los archivos, se confunden las extensiones y se pierden las versiones originales. No puedo dar fe si ese día bajé por la escalera o el ascensor, o si tenía pantalón corto o largo. Es por eso que hoy en día no sé si recuerdo el momento original del primer cumpleaños de mi sobrina Julieta, sí lo que recuerdo es lo que vi en una reproducción de la filmación de aquel día, si es una idea que creé a partir de una fotografía que vi o si simplemente es una construcción edificada en base a la conjunción de montones de pequeñas informaciones sueltas (la cara de Julieta, la casa en la que vivían, el resto de mi familia y un clima acorde a Mayo). Eso es porque cuento con la ventaja de la actualización: Ver a Julieta me refuerza la imagen de la anarquía de sus rulos. Ver a mi hermana fortalece el recuerdo de ella llevando un plato con sandwiches de miga a la mesa. Entonces los archivos de la memoria quedan casi iguales, pero su última fecha de modificación cambia por la fecha de ayer.

Pero hay archivos que el sistema repele. Creo que es claramente porque son cosas que pesan mucho, y no por casualidad. Archivos incómodos, de formatos irreconocibles, difíciles de reproducir, complicados de transportar. Son los recuerdos de los que ya no están. No los puedo actualizar y de a poco, los sectores defectuosos de mi memoria se van comiendo los bytes de los recuerdos. Los archivos quedan rotos, dañados, incompletos. Porque me acuerdo el día en que mi tía Angélica me contó que las Frenchitas se hacían con nabo y no con papa, pero no puedo recordar cómo sonaba su voz mientras me lo decía. Porque me acuerdo perfectamente del ascensor del geriátrico de mi abuela Ana, allá en el centro, pero me resulta imposible acordarme el olor de sus manos cuando alegremente me revolvía el pelo y me acariciaba el brazo. Porque recuerdo con claridad a mi viejo y a mi hermano corriendo conmigo por la calle Pampa una tarde de invierno después de que Palito Molina (de quien recuerdo sobrenombre, apellido y rostro) se levantara por sobre todos los jugadores de Excursionistas y con un excelso cabezazo decretara el triunfo de Lugano 1 a 0, de visitante, y con ello, la furia de la parcialidad local... pero por más que intento e intento repetidas veces, no puedo revivir la sensación, mientras huíamos despavoridos por Belgrano R, de que esa felicidad sería eterna.

jueves, 23 de junio de 2016

Plok y Fesk: Estaba poseído

Bitácora del capitán, día setenta y seis. Plok todavía no encuentra la Lumi espacial y debido a eso seguimos perdidos en el espacio entre la nebulosa de Gerk-SWA y Villa Lynch.

- ¡Fesk! ¡Fesk! Un astrolinyera haciendo dedo!
- ¿Te rompiste alguno? ¿Le querés comprar uno?
- No, no me refiero a eso… ¡Quiere que lo llevemos!
- Ah... Capitronic, doce grados Este, activen las lanzas laterales y un ataúd barato...
- ¡No, no lo pises!, podríamos llevarlo
- ¿Te acuerdas que pasó con el último que subimos?
- Solo lo del botón de autodestrucción...
- Me niego totalmente a su...perar su posición sin darle asilo a ese pobre astrolinyera, Capitronic, abra las compuertas y dele mi comida y mi cama...
- ¡Gracias Fesk, eres puro corazón!

Bitácora del capitán, día setenta y siete, me encuentro durmiendo en el puente de mando gracias a que el estúpido de Plok manipuló mi mente y me hizo firmar unos papeles frente a un escribano de Plutón que me prohiben echar al espécimen que recogimos.

- Plok, creo que deberíamos considerar la permanencia del astrolinyera en la nave...
- Pero si no molesta a nadie...
- Pero vos no lo viste flotando en el aire...
- Estaremos pasando por una zona de gravedad cero...
- Pero vos no lo viste vomitando litros y litros de sangre...
- Debe ser el emparedado de glicerina que le prepare...
- Pero vos no lo viste girar su cabeza enloquecidamente...
- Debe estar practicando para trabajar de faro naval...
- Pero vos no lo viste flagelándose con un crucifijo...
- Debe ser que... ¿era el mío?
- ¿Que cosa?
- El crucinosecuanto...
- Y si no sabes que es eso, ¿Por qué me preguntas?
- No se, vos dijiste…
- Ah, ni idea, lo vi en una película...

Bitácora del capitán, día setenta y ocho, nos encontramos con Plok escondidos en uno de los tantos cuartos de servicio, atemorizados por la presencia del astrolinyera poseído. Los androides de limpieza están que trinan, el vago no para de vomitar verde y deshace la cama cada cinco minutos.

- Che, ¿Y si vas a ver que pasa?
- Claaaro, el señorito quiere subir al linyera pero no se anima a ir a verlo...
- Es que la ultima vez que fui me dijo "Quieroae morfarerum um guisitumae"
- ¿Y eso que quiere decir?
- "Que me venga a ver Fesk" según lo que sé
- ¿Seguro?
- Y… contratá uno de vida, por las dudas.

Bitácora del capitán, día setenta y nueve. Me armé de valentía y decidí salir del cuarto de servicio para enfrentarme a nuestro extraño pasajero. Cabe aclarar que "valentía" es el nombre de nuestro nuevo lanzamisiles de dos punto cinco megatones.

- Allá en la nave, había un vaguito, tiraba fuego, algún vomitito...
- ¡Plok! ¡que susto me diste!
- ¿Pensaste que te iba a abandonar en esta misión tan riesgosa?
- No, pensé que ibas a enfrentarla tu solo.
- Es por eso que decidí atarme a ti mediante estas esposas láser.
- A la cuenta de tres entramos
- Demasiado tarde, la puerta ya se abrió por el comando de voz.
- ¿Que miran Ustedes dos?
- ¿Nos descubrió? ¡Nos descubrió! ¡Huyamos!
- Es en vano, ya esta detrás nuestro, flotando en el aire
- Maldito piso giratorio.

Bitácora del capitán, dia ochenta. El astrolinyera no para de gritar. No para de gritar de alegría. Se puso uno de nuestros trajes de comando y no deja de dar vueltas en el sillón de navegación. De a ratos, cuando no le gusta algo, nos hace esa voz maligna y levita un poco, pero mas allá de eso, de ser sus sirvientes y de dirigirnos a plena velocidad hacia la casa de un tal “Dios”, todo va en orden.

-Argherhguhgjhwufajurjsder
-29 son mejores.
-¡AAAAAAAAAARGH!
-No, ahora que cuento mejor, tengo 3, me das de mano.
-¡Plok! ¡Plok! ¡Acá, escondido en el tablero!
-Fesk… ¿Qué haces ahí?
-Necesito tu ayuda, tengo un plan
-¿Un plan para expulsar al astrolinyera?
-No, un plan de ahorro para comprar una nave 0Km… ¡Claro que es eso, idiota!
-Yo no sería tan agresivo de estar encerrado en el tablero…
-¿Vas a ayudarme a salir o no?
-En cuanto terminemos nuestra partida… ¡Envido! ¡Truco! ¡Me rindo!

Bitácora del capitan, dia ochenta y uno. El astrolinyera escuchó nuestros planes y encerró a Plok aquí dentro conmigo. Plok tuvo la oportunidad de ingresar un objeto y en lugar de tomar el desintegrador molecular, agarró el registro de navegación al confundirlo con su libro de colorear de Ben10.

-¿Cómo saldremos de aquí Fesk?
-No tengas dudas que si existe la mínima posibilidad de que yo pueda huir y dejarte aquí dentro, la voy a aprovechar, asi que no hay “nosotros” en mi plan de huida.
-Perdón, confundí la pregunta, era “cuándo” vamos a salir en lugar de “como”. tengo la llave, quiero ir a recambiar los fluidos y esto de jugar a las escondidas me está cansando… no puede ser que el astrolinyera todavía no haya encontrado nuestro escondite…
-¡Plok… creo que te amo!
-¿Y si no tuviera la llave?
-…

Bitácora del capitán, día ochenta y dos. Luego de un silencio incómodo decidimos no volver a tocar el tema. De hecho, decidimos no volver a tocar nada. Buscamos en la guía galáctica pero no pudimos encontrar ni asesinos a sueldo, ni fumigadores, ni funcionarios corruptos que nos ayuden.

-Hay que encontrar una manera de deshacernos del astrolinyera Plok
-Se me ocurre una idea…
-¡Dimela Plok, la podríamos poner en práctica!
-Se me ocurre que deberíamos… deshacernos del astrolinyera…
-Si…
-Haciendo de alguna manera…
-Si…
-Que…
-Si…
-El…
-Si Plok, Si…
-El… el astrolinyera…
-No tienes idea, ¿Verdad?
-El astrolinyera….
-Plok, no sólo no tienes idea sino que ni siquiera estás escuchando lo que digo, ¿verdad?
-Abandone…
-Claro, no tienes idea porque eres un inútil, vago, ignorante, estúpido
-La nave… el astrolinyera…
-inmundo, torpe, fatuo…
-¡Ilarié oh oh oh!
-Incoherente, incapaz…
-¡Lo tengo Fesk! ¡Lo tengo! ¡Pondremos canciones de Xuxa hasta que le explote la cabeza!

Bitácora del capitán, día ochenta y tres. Pudimos descargar del Arestron las canciones indicadas y ya equipados con nuestros dispositivos aislantes de sonido nos disponemos a presionar el botón que disparará a 4000 decibeles la música por toda la nave.

-¡Plok! Creo haber sido lo suficientemente claro cuando dije que los disfraces de paquita no eran necesarios para la misión.
-¿Entonces por qué llevas minifalda?
-Gusto personal
-…
-Otra vez ese maldito silencio incómodo, ¿Verdad?

Bitácora del capitán, dia ochenta y tres. No tengo nada para escribir, simplemente me acerqué al libro y comencé a escribir para desviar un poco la atención y dejar que pasen unos minutos.

-Listo, Plok, ¡Presiona el botón!
-Hecho, dispositivo andando
-¡De acuerdo! ¡Ahora, presiona el botón correcto!
-Perdón. Ahora si.
-¡De acuerdo! ¡Ahora, por favor, presiona el botón correcto!
-Ah si.
-AWARAWRAWGIE OH OH OH, AWARAWRAWGIE OH OH OH
-Fesk, parece disfrutarlo.
-Maldita televisión, los ha hecho inmunes a la tortura.
-Probemos un tema de Piero.

Bitácora del capitán, día ochenta y cuatro. A los diecisiete segundos de la primera canción de Piero, el astrolinyera poseído decidió quitarse la vida. En cuanto les avisamos a los androides de limpieza que ya no volvería a vomitar, no tuvieron problemas en limpiar toda la sala y sacar el cuerpo al espacio, donde las estrellas lo envolvieron en su manto de luz, dándole reposo eterno.

-Lo tiraste en un agujero negro Fesk, no mientas.
-Fue tu idea también.
-No, yo dije claramente “Tiralo en un agujero, negro” con una coma en el medio. ¿No ves la coma que escribió el autor? “En un agujero COMA negro”
-Plok… ¿También tienes las habilidades para leer y manipular la mente de…?
-¿Ese de arriba? Por supuesto… pero es bastante aburrido, nunca se le ocurre nada interesante…
-Entonces si puedes hacerlo… podríamos….
-¡Pero claro extraterrestre! ¡Lo hubieras dicho antes!

¡No se pierdan las próximas aventuras de nuestros magníficos super héroes super poderosos, bellos, inteligentes y supremos, en Plok y Fesk dominan la galaxia entera, la de al lado y un par mas por las dudas, luego de los comerciales que voy a cobrar y remitir directamente a sus cuentas bancarias junto con mis fondos actuales y los de mi familia!

jueves, 16 de junio de 2016

El fuego sagrado

Me reconozco fan a ultranza de los juegos de video futbolísticos. Empiezo con una confesión como si esto fuera un grupo de autoayuda. Hola, mi nombre es Pablo y soy adicto a lo que llamo fútbol electrónico. Y desde esa posición voy a empezar a contar que los personajes de mi condición atravesamos una crisis importante en los inviernos del hemisferio Sur. Porque los nuevos juegos salen generalmente a fines de Septiembre y nos encontramos en una etapa de mezcla entre acostumbramiento y hastío de la versión actual, pero muy lejanos de la nueva. Y es que esperamos ver más jugadores con sus tatuajes, un movimiento más real del césped, protestas airadas ante los fallos polémicos de un referí y festejos de las figuras mundiales cuidadosamente reproducidos. Es cierto, espero (y esperamos, millones de fans alrededor del mundo) una nueva versión. Pero hay algo de estos juegos que nunca espero. Que puedan reproducir fielmente la pasión.

Y lo digo con fundamentos. No voy a comparar la pasión de un juego electrónico con ponerse los cortos, a veces unos botines y patear la pelota en un potrero o con mayores lujos y organizaciones en un torneo. Me refiero a comparar la pasión generada por los juegos. Y lo digo porque pocas veces sentí un juego sobre fútbol tan real como el día que Jorge, un fanático de Racing al extremo y amigo de mi hermano mayor, prendió fuego una figurita de Claudio Alberto Scalise por haber errado un mano a mano.

Lejos de justificar la violencia, me considero defensor del folcrore del fútbol argentino. La picardía bien entendida, el humor negro aplicado a obtener la ventaja deportiva o el saberse apto de llevar a cabo amenazas contra terceros con la seguridad de nunca bajo ninguna circunstancia llevarlas a la realidad, son partes fundamentales de nuestra cultura. Gritarle al arquero rival el nombre de todos sus familiares y los horarios de escuela de sus hijos son parte fundamental de lo que jugar de visitante representa. Algo que nunca podrán emular los juegos de video. El insulto creativo, el escupitajo sustancioso o la mirada enajenada detrás del alambrado hacia el rival que se apresta a ejecutar un tiro de esquina son tan necesarios para el fútbol local como los ingresos por televisación. Pero ya volveremos a eso.

Vuelvo al pasado, con una triste realidad del presente: Hoy en día, al menos en Capital Federal, todo terreno es privado. Entonces hay que procurarse, para jugar al fútbol, el alquiler de una cancha. Con mi hermano cuando chicos, para poder simular nuestro juego de fútbol también hacíamos lo mismo: teníamos que alquilar la mesa del comedor. Claro que no pagábamos nada, pero Había que calcular que no hubiera ningún evento planeado, que no fuera a venir un pariente de visita, que nadie quisiera ver la tele en el living o estudiar para alguna prueba de química. Entonces, una vez asegurado el terreno de juego, procedíamos al armado de lo que llamábamos “Jugar a las figuritas”.

Alto ahí lector. No empiece a divagar sobre la metodología del juego ni trate de compararlo con alguna iniciativa suya de su etapa de purrete: Lo que va a leer a continuación es el secreto mejor guardado desde el sanguche de Atún y manteca. Es la invención más revolucionaria desde el motor de combustión. Voy primero con los objetos inanimados. Arcos plásticos, aproximadamente de 10x5 cm, robados de un antiguo metegol de lata. Balón hecho exclusivamente con el aluminio (que había que separar previamente del papel blanco) del envoltorio de un Guaymallén (el sabor del alfajor determina el color del balón) el cual era artesanal y concienzudamente redondeado y perfeccionado durante la práctica deportiva y dos elementos del tipo “lápiz” o “birome”. Segundo stop para los lectores y primer alivio para el púber reacio a la práctica de la escritura. No eran para escribir, sino que los mismos eran las herramientas de propulsión del balón. Un extremo sólido y plano para los remates secos y el otro en forma de punta, para efectos y/o sorpresivas emboquilladas.

La cosa va tomando color. Dos arquitos, una mesa rectangular de comedor, una pelota de aluminio comprimido (y olorcito a la cobertura del alfajor) y unas armas alargadas y finitas que bien parodiaban las piernas de Valdano para propulsarla. Pero estarían faltando los actores principales, la parte viva del juego: Los jugadores.

Cuenta la leyenda que Mariano, mi hermano mayor, le habría pedido al tío Pedro la confección de 22 “taquitos” de madera que oficiaran de soporte. 20 tacos con un tamaño no intencionalmente dispar con una ranura en su parte superior. Los otros 2 tacos tenían el doble de ancho y estaban destinados para dar soporte a los guardametas. Y encima de ellos, encastradas en las ranuras, las figuritas redondas de algún álbum de principios de los 80. Las mismas habían sido oportunamente arrancadas del álbum al que supieron pertenecer, lo que brindaba calidades y resistencias dispares y eran guardadas agrupadas por equipo armando un rollo macizo dentro de una bolsa.

Una vez elegidos los titulares y seleccionadas las maderitas, a lo largo de toda de la mesa se disponían los equipos con el dibujo táctico de preferencia del DT de turno. Al momento del pitido inicial y desde el círculo central (que ya habíamos marcado y roto en la mesa de madera) se realizaba el saque. La idea era dar pases con el lápiz o birome y la propiedad del balón resultaba del jugador que se encontrara más cercano al balón al momento en que este se detuviera. Dicho jugador debía moverse hasta el lugar del balón y desde allí, realizar el siguiente pase, pelotazo o remate al arco. El equipo que no tenía la pelota solamente podía “mover” un jugador en los turnos del contrario y el mismo era el arquero. Podía perfilarlo de la mejor manera posible para tapar el ángulo de remate rival.

Algunas reglas sin ahondar mucho en los detalles: Si un jugador al realizar un pase o un remate al arco “volteaba” a un contrario, se consideraba infracción y amonestación para el ofensor. Los goles solamente valían pasando la mitad de cancha. Cualquier estrategia que se considerara destinada a “hacer tiempo” era penalizada con tiro libre para el rival. Si el balón se caía de la mesa era lateral, saque de arco o córner, según correspondiera. Y cada toque de pelota con el lápiz era un minuto del partido de 90.

Los partidos generalmente eran los sábados por la mañana, pero a medida que el juego era conocido, se sumaban adeptos que no dudaban en pedir “armar un partido de figus” en cualquier evento, reunión o rato de aburrimiento en el que incurrieran. Claro que todos esos partidos eran considerados de carácter amistoso y nunca formaban parte de la respetable liga que administrábamos con mi hermano.

Y en uno de esos cotejos aprendí para siempre lo que era el fútbol para mí. Y ahora puedo entender por qué se me dibuja una sonrisa cuando el que se sienta dos filas delante mío en la platea se levanta y putea dejando la vida en ello, a un suplente rival que sale del banco a hacer el precalentamiento. Por qué no puedo evitar la piel de pollo cuando 30.000 personas me hacen putear a un pobre tipo al que ponen a impartir justicia entre 22 millonarios y  osa equivocarse cobrando al revés un tiro libre. Todos los sábados iba a la cancha con mi viejo y mi hermano, miraba los partidos del fútbol italiano en las mañanas de Canal 9, jugaba al fútbol el 80% del tiempo que estaba despierto y soñaba con goles hermosos y míos noche de por medio. Pero nunca había entendido tan bien lo que es el fútbol para los Argentinos, lo que es la pasión, lo que es el fútbol para mí, hasta una noche de viernes, en el living de mi casa de Tapiales.

Jorge, fanático de Racing, agarró todas las figuritas de los jugadores que supieron defender los colores de su pasión cuando él era un purrete. Del otro lado no puedo precisar el rival, ni tampoco quien oficiaba de DT. Desde un principio empezó con la charla motivacional a los jugadores “Dejen la vida por esta camiseta, como el equipo de José” fueron las palabras que le profirió a las figuritas antes de montarlas en los taquitos. Mientras acomodaba a los jugadores en el campo de juego, empezaron los cantitos de la popular “Han pasado muchos años, muchos jugadores, muchos dirigentes, se llenaron los bolsillos y lo que te queda es tu gloriosa gente… Ay Racing, querido siempre voy a estar contigo…”.Y desde el minuto 1 empezó el relato con pasión. Promediando el primer tiempo la academia se puso en ventaja. Fiesta. Jorgito gritando el gol por el living de casa y nuevamente los cantitos proliferando de la popular. Estallaba el jolgorio repitiendo el éxito de Attaque 77 “Podran pasar mil años y no salir campeón, prefiero ser de Racing y no amargo como vó” Pero la cosa se puso fea. Se vino el empate y antes del final de los 45 iniciales, la academia estaba abajo 1-2. Y ahí empezaron las primeras puteadas. “¡Bottaniz, inútil, anticipá una... una sola te pido por favor!” recibió el central que no llegó a interceptar un pase en profundidad. “¡Barbas! ¡Pelotudo! ¡Los tuyos son los de celeste y blanco!” para el volante central que había regalado un pase. “¡Vivalda, ponete las manos la puta que te parió!” se escuchó ante el tercer gol rival. La cosa se había puesto picante. Los relatos habían desaparecido y los movimientos de Jorgito eran frenéticos. Calderón puso el descuento y activó nuevamente el audio del partido que pasaba por todos los estadíos: Cántico, puteada y relato. Y ahí fue cuando a los 43 del segundo tiempo, un gran pase en diagonal del ropero Díaz lo dejó al bueno de Scalise mano a mano con el arquero rival. Jorgito midió el remate. Sacó levemente la lengua para afinar el cálculo y se decidió por cruzarla arriba, buscando el ángulo derecho. Hundió la punta del lápiz Staedtler bajo la pelota de papel guaymallén con la ilusión de alcanzar el empate. La tiró a la mierda. Lejos, lejísimos del ángulo deseado. Y sin decir nada, en la reacción más genuina y visceral de hincha argentino que he visto, y mientras el rival iba a buscar la pelota por algún rincón recóndito del living, sacó del bolsillo un encendedor BIC, lo acercó a la figurita de Scalise y lo prendió fuego. “Por hijo de puta” fue lo único que dijo.

jueves, 9 de junio de 2016

Cambiemos (Por un mundo PRO)

Almorzaba ayer cuando pleno de estupor observo una noticia (solamente observé porque no tenía acceso al audio de la misma) que proponía vagones exclusivos para mujeres. Y me di cuenta que el retroceso que yo creía que teníamos como sociedad no era tal como lo pensaba. No es un retroceso, sino que es una ampliación de conductas, ideales y soluciones que pasaron de ser patrimonio casi exclusivo de la Capital Federal a ser de todo el país. Y por ese motivo recurrí al archivo, para volver a publicar un artículo que está próximo a cumplir 7 años. Es que hace 7 años, los porteños empezamos a darnos cuenta de que los argentinos buscaban una regresión, la cual para regresar, fue cambiada por un cambio.

En directo desde Julio de 2009, con Ustedes, "Un mundo PRO":

No salga. ¿Está al tanto de las cosas que ocurren? le brindamos una lista de las cosas que le pueden llegar a pasar (entre otras): Debido a las paupérrimas condiciones de los transportes, caminos y la impericia humana, es muy probable que sufra un accidente de tránsito, dado que se estiman 950.000 accidentes anuales y que el 72% de la población ha sufrido accidentes en la vía publica. En caso que no sufriera Usted un accidente, hay grandes probabilidades de ser victima de la inseguridad. Se denuncian 4.000 delitos por semana y se calcula que hay otros 9.000 que no. Y en todo caso, si no es victima de la inseguridad ni de un accidente de tránsito, podría coger la gripe A. Se dice que hay 300.000 casos, se estima que la cifra ascenderá a un 15% de la población. Por lo tanto, quédese adentro. Ponga rejas, compre por Internet, mire la tele, no se comunique con los demás, incluso si le es posible, utilice barbijos dentro de su casa, provéase de una heladera, televisión, horno de microondas y baño en su propia habitación, reduciendo al mínimo incluso el contacto con sus familiares o convivientes. No converse. Cualquiera podría contagiar sus ideas y violar su personalidad. No comparta ideas, podrían robarle las mismas y usufructuar a costa de su inteligencia. Evite la creación, conviértase en un especialista en el arte de la imitación, disfrute de las experiencias ajenas o ficticias que le sean comunicadas a través de los medios. Descarte toda posibilidad de experimentación propia. Los avanzados métodos del desarrollo y la evolución le brindarán sensaciones similares a las que sus antepasados solían experimentar, sin ninguno de todos los riesgos que lo mismo acarrea. Deje sus ojos para la televisión o la Internet, no lea. Nosotros le diremos solamente y con asombrosa precisión, exactamente lo que necesite Usted oír. Solamente distraiga sus agotados ojos por la luz del aparato del televisor viendo en las revistas de actualidad (enviadas por correo desde que Ud. las solicitó por Internet) toda esa gente hermosa que se pasea durante el verano en Punta del Este y en época invernal por Saint Moritz. Disfrute de su belleza, de su integridad, adóptelos como ejemplos a seguir, pero siempre, siempre, tenga bien en claro que eso no es para Usted, que no nació para eso, que simplemente no pertenece. Pórtese bien y nosotros lo recompensaremos con ese programa diario de trivialidades que tanto Usted disfruta. Apoye al campo, personas argentinas de ley, personajes pintorescos que con su hombría, sus costumbres y su moral, alimentan día a día a tan extensa nación. Pórtese bien, sea un buen ciudadano y nosotros le daremos ejecuciones públicas, sonrisas blancas y amplias en las publicidades y sonrientes agentes de policía que cuiden su cuadra. Denuncie. Si ve algo que le parece distinto, denuncie. Señale con el dedo, desde la seguridad de su hogar. ¿Vio que no era necesario salir? Maneje sus cuentas bancarias desde casa, deje los trámites y las colas para esa gente que no sabe de computación o que se divierte hablando con desconocidos. Decídase y sea feliz. Haga valer sus derechos, ganados a fuerza de años de robo, saqueo, usurpación y explotación indebida por parte de sus gloriosos antepasados europeos, tan europeos como Usted. Provea. Proyecte. Proceda. Profane. Prohíba. Propase. Procese.

jueves, 2 de junio de 2016

La libreta celeste

“Faber est suae quisque fortunae”

Abrir el placard. Esa era la tarea fundamental número uno. Lo reconocía de esa manera dado que habitualmente resonaba en mi cabeza el famoso enigma de “¿Qué es fundamental para encender una vela?”

Haber resuelto ese acertijo de mi profesor de física en mis inicios del colegio secundario me ayudaba a llevar siempre presente conmigo, con una dosis importante de orgullo, una cierta manera de ordenar los eventos. Abrir el placard era sin dudas, lo que daba inicio al juego. Entonces la emoción no comenzaba con los equipos saliendo a la cancha, ni mucho menos con el puntapié inicial que Leites, el morochón puntero derecho del Atlético Lugano, daría para atrás buscando al negro Fernandez, tras el pitido del árbitro y el pase corto de Oettel. No, el juego, la emoción, la sensación de imaginar que goles, partidos, situaciones iban a desarrollarse, empezaba desde el momento en que, pensando en que fecha y/o partido había dejado la última vez, me dirigía a mi habitación y abría el placard, para sacar los elementos necesarios para el juego.

Atención purretes y jóvenes que no se desprenden de la infancia y adolescencia: Los elementos no incluían ni joysticks, ni consolas, ni DVD’s ni nada con alimentación eléctrica. Simplemente se remitían a una pila de viejas revistas “Corsa”, una carpeta de tapa dura atada con un cordón (En realidad eran dos tapas duras unidas con un cordón, no sé si califica como carpeta) que guardaba pilas y pilas de hojas cuadriculadas con fixtures y tablas de posiciones y el viejo cubilete de cuero marrón, revestido de felpa verde con 8 dados. Si, eran 8 dados y cada uno tenía su función fundamental dentro del desarrollo del juego.

¿Cuál era la función de una revista sacrílega para los amantes del fútbol? La pila de revistas corsa oficiaba de campo de juego por su tamaño descomunal y, a la vez, de silenciador. La misma era depositada con precisión quirúrgica sobre la cama, en alguna posición que neutralizara los desniveles naturales del colchón, sábana y/o frazada. Había que lograr la mayor rectitud posible. Sobre la pila se realizaban los lanzamientos de dados. Pero no era sólo eso. Esa pila de revistas, que curiosamente era de autos, se transformaba en cualquier cancha de la argentina. Podía ser un Monumental a pleno en un domingo de sol, como también podía ser la cancha de Leandro Nicéforo Alem (desde el día que descubrí que la “N” en L.N. Alem es por Nicéforo, nunca pude dejar de nombrarlo de esa manera) castigada por la lluvia de un sábado de ascenso. La gente presionaba desde las tribunas, había canchas donde para el visitante era imposible ganar y otras donde la policía no podía evitar los disturbios que causaban la suspensión de los partidos.

El horario dictaminaba la pasión de los encuentros. La hora de la siesta era algo similar a los actuales partidos de los lunes: Partidos tranquilos, sin grandes emociones, de mitad de campeonato, sin mucho lugar a las hazañas ni a los goles locales de último momento. La presencia de mi vieja durmiendo la siesta en la habitación adjunta no daba lugar a relatos partidarios, a cánticos subidos de tonos con amenazas de vejaciones sexuales proferidas desde la parcialidad local hacia la visitante ni a protestas exacerbadas del cuevero visitante ante una expulsión exagerada por parte de un árbitro localista. Esos partidos transcurrían con la amabilidad de un amistoso entre budistas y boy scouts. Pero muy distintos eran los partidos de los fines de semana, o aquellos que transcurrían después de las 17:30, la hora en la que la puerta de la habitación de la vieja se abría y daba rienda suelta a esa pasión argentina por el deporte más lindo del mundo tan celebrada a lo largo y ancho del planeta.

En esos momentos la cosa se ponía linda. Un tiro en el palo generaba un “GOOOUUUUHHH” que hacía que el lobito se acercara hasta la puerta de la pieza a ver que carajos pasaba. Un córner a favor del local desataba el aliento de la parcialidad local que al grito de “ANTES TE ALENTABA SIN SABER POR QUÉ…” se metía como un duodécimo jugador a buscar el cabezazo. Y los goles generaban una explosión que implicaba la garganta desgreñanada del relator corriendo desaforadamente por el pasillo, esquivando la estufa y la puerta corrediza del comedor para finalizar su festejo abrazando la cortina del living, como si ésta fuera quien tiró la asistencia tan precisa que dio lugar al tanto, ante la mirada vigilante y estruendosa del lobito, quien con sus ladridos emulaba al árbitro botón que con la amarilla en mano esperaba sancionar al goleador por el festejo desmedido. Ahora pienso, a la distancia, que hubiera sido digno de grabación (si hubiese sido en esa época tan sencillo como lo es hoy) grabar alguno de esos festejos tan simples y a la vez pasionales, hoy en día donde hay tanto bailecito, tanta preparación orquestada en la megadifusión global.

Y los torneos se sucedían, los equipos ascendían, descendían, peleaban octogonales, miraban de reojo el descenso pero lo que nunca desaparecía era la pasión. El negocio, hasta donde llegó la historia de aquellos torneos, nunca logró inmiscuirse. De esa manera un Flandría – Colegiales se convertía en nota de tapa del diario que acompañaba los torneos, aunque los dos flotaran en la mitad de tabla de la C. Y eso es el principio hacia donde apunta la exageradamente larga introducción.

Y a lo que quiero llegar es al descubrimiento que tuve en todos esos años de juego: Los dados tenían vida propia. Y manejaban la famosa libreta celeste, donde premiaban al atrevido, al pícaro, al que soñaba con lo imposible por igual que a aquel que jugaba realmente bien, que tenía el mejor equipo y que mejor había sabido explotar su virtud y desnudar las falencias rivales a lo largo de los 90 minutos.

Entonces, en esa semana que Midland, ese equipo que había salido del fondo de la tabla con buen juego y respeto por el toque corto necesitaba ganarle por 3 goles de visitante a San Martín, que venía peleando arriba, para poder entrar al octogonal, los dados se hablaban entre ellos en charlas fugaces dentro del cubilete y salían a la luz mostrando, con el mayor decoro y disimulo posible, todos la misma cara. Yo garantizo que donde muchos de Ustedes ven un dado blanco marcando un 5, yo sabía que en realidad era un dado que tenía que ser un 3, mostrándose como 5 y poniendo la mayor cara de boludo posible, mirando para la puerta de la pieza y silbando bajito. Gracias a esas actitudes, pero siempre dentro de un reglamento que no permitía grises ni interpretaciones subjetivas, Midland cumplía la hazaña y ganaba 3 a 0 o quizás 4 a 1. El relator contaba la hazaña del equipo de Libertad al borde de las lágrimas, recordando que a Schonfeld, el rubio delantero del funebrero, lo habían rajado del laburo en la semana. La hinchada de Midland, esos pocos locos lindos que habían viajado hasta Burzaco, se rehusaba a irse del estadio. Sabían que en la primera ronda del octogonal jugaban contra Berazategui, que venía de ser subcampeón y tenía ventaja deportiva, pero no importaba. Eran felices al menos hasta el próximo sábado. Y los dados inertes se quedaban ahí mirando, totalmente separados, dispares, como quien disfruta aún agotados, de un trabajo bien hecho.

Es que alguien tenía que tomar, alguna vez, la responsabilidad de equilibrar el universo, reconociendo a los olvidados por la historia, a los que eran héroes en la derrota, a los que en las fotos de grupo siempre salían tapados por alguien. Y esos eran los dados. No había forma de explicar desde la lógica o la estadística el comportamiento de dichos cubos plásticos, esos poliedros de seis caras capaces de aunar sus esfuerzos para lograr combinaciones impensadas, improbables pero factibles, que premiaban de manera equitativa y justa a cada equipo de cada torneo, en base a las anotaciones sobre cada uno que los dados realizaban en su libreta. Y si bien dicen que cada uno es artífice de su propio destino, Apio Claudio “el ciego” debería repensar su decir para darle un pequeño lugar, un crédito al ejército de justicieros blancos, quienes decidían el destino de los torneos casi a gusto y piacere.

Porque ¿Qué es fundamental para encender una vela? Que la misma se encuentre apagada. Del mismo modo que es fundamental creer que hay algo más, que no todo se rige por lógicas, estadísticas y probabilidades, que existe la voluntad de los objetos y, principalmente, que la misma utilizará todo su empeño en la búsqueda de la justicia.

Después de todo, era eso lo que mantenía vivo al torneo, temporada tras temporada, hoja tras hoja, año tras año. Porque había partidos aburridos, muchos. Deportivo Armenio volvió a Primera una vez y empató 7 partidos consecutivos 0 a 0. Y muchas veces los partidos de las últimas fechas no se jugaban por nada. Pero siempre los dados supieron leer. O mejor dicho, supieron ver. Vieron y anotaron en su libretita celeste. Y nunca dejaron abandonado al equipo luchador, al equipo talentoso, al equipo soñador. Por sobre cualquier reglamento rígido, que nunca quebrantaron, hicieron a su voluntad.

Y cuando todo terminaba, las primeras en volver al placard eran las revistas Corsa. Dependiendo el (des)orden del placard el regreso se tornaba sencillo o desataba una batalla campal contra todos los objetos que en busca de un poco de movimiento o simplemente por tendencias conquistadoras, habían osado desplazarse al hueco dejado por las revistas. Una vez emplazadas las Corsa, arriba se ubicaba la carpeta con los diarios y torneos adentro. Y finalmente el cubilete, con los 8 dados exhaustos de tanto rodar. Eso si, destapado, para que pudieran disfrutar de un poco de fresquito.