jueves, 23 de junio de 2016

Plok y Fesk: Estaba poseído

Bitácora del capitán, día setenta y seis. Plok todavía no encuentra la Lumi espacial y debido a eso seguimos perdidos en el espacio entre la nebulosa de Gerk-SWA y Villa Lynch.

- ¡Fesk! ¡Fesk! Un astrolinyera haciendo dedo!
- ¿Te rompiste alguno? ¿Le querés comprar uno?
- No, no me refiero a eso… ¡Quiere que lo llevemos!
- Ah... Capitronic, doce grados Este, activen las lanzas laterales y un ataúd barato...
- ¡No, no lo pises!, podríamos llevarlo
- ¿Te acuerdas que pasó con el último que subimos?
- Solo lo del botón de autodestrucción...
- Me niego totalmente a su...perar su posición sin darle asilo a ese pobre astrolinyera, Capitronic, abra las compuertas y dele mi comida y mi cama...
- ¡Gracias Fesk, eres puro corazón!

Bitácora del capitán, día setenta y siete, me encuentro durmiendo en el puente de mando gracias a que el estúpido de Plok manipuló mi mente y me hizo firmar unos papeles frente a un escribano de Plutón que me prohiben echar al espécimen que recogimos.

- Plok, creo que deberíamos considerar la permanencia del astrolinyera en la nave...
- Pero si no molesta a nadie...
- Pero vos no lo viste flotando en el aire...
- Estaremos pasando por una zona de gravedad cero...
- Pero vos no lo viste vomitando litros y litros de sangre...
- Debe ser el emparedado de glicerina que le prepare...
- Pero vos no lo viste girar su cabeza enloquecidamente...
- Debe estar practicando para trabajar de faro naval...
- Pero vos no lo viste flagelándose con un crucifijo...
- Debe ser que... ¿era el mío?
- ¿Que cosa?
- El crucinosecuanto...
- Y si no sabes que es eso, ¿Por qué me preguntas?
- No se, vos dijiste…
- Ah, ni idea, lo vi en una película...

Bitácora del capitán, día setenta y ocho, nos encontramos con Plok escondidos en uno de los tantos cuartos de servicio, atemorizados por la presencia del astrolinyera poseído. Los androides de limpieza están que trinan, el vago no para de vomitar verde y deshace la cama cada cinco minutos.

- Che, ¿Y si vas a ver que pasa?
- Claaaro, el señorito quiere subir al linyera pero no se anima a ir a verlo...
- Es que la ultima vez que fui me dijo "Quieroae morfarerum um guisitumae"
- ¿Y eso que quiere decir?
- "Que me venga a ver Fesk" según lo que sé
- ¿Seguro?
- Y… contratá uno de vida, por las dudas.

Bitácora del capitán, día setenta y nueve. Me armé de valentía y decidí salir del cuarto de servicio para enfrentarme a nuestro extraño pasajero. Cabe aclarar que "valentía" es el nombre de nuestro nuevo lanzamisiles de dos punto cinco megatones.

- Allá en la nave, había un vaguito, tiraba fuego, algún vomitito...
- ¡Plok! ¡que susto me diste!
- ¿Pensaste que te iba a abandonar en esta misión tan riesgosa?
- No, pensé que ibas a enfrentarla tu solo.
- Es por eso que decidí atarme a ti mediante estas esposas láser.
- A la cuenta de tres entramos
- Demasiado tarde, la puerta ya se abrió por el comando de voz.
- ¿Que miran Ustedes dos?
- ¿Nos descubrió? ¡Nos descubrió! ¡Huyamos!
- Es en vano, ya esta detrás nuestro, flotando en el aire
- Maldito piso giratorio.

Bitácora del capitán, dia ochenta. El astrolinyera no para de gritar. No para de gritar de alegría. Se puso uno de nuestros trajes de comando y no deja de dar vueltas en el sillón de navegación. De a ratos, cuando no le gusta algo, nos hace esa voz maligna y levita un poco, pero mas allá de eso, de ser sus sirvientes y de dirigirnos a plena velocidad hacia la casa de un tal “Dios”, todo va en orden.

-Argherhguhgjhwufajurjsder
-29 son mejores.
-¡AAAAAAAAAARGH!
-No, ahora que cuento mejor, tengo 3, me das de mano.
-¡Plok! ¡Plok! ¡Acá, escondido en el tablero!
-Fesk… ¿Qué haces ahí?
-Necesito tu ayuda, tengo un plan
-¿Un plan para expulsar al astrolinyera?
-No, un plan de ahorro para comprar una nave 0Km… ¡Claro que es eso, idiota!
-Yo no sería tan agresivo de estar encerrado en el tablero…
-¿Vas a ayudarme a salir o no?
-En cuanto terminemos nuestra partida… ¡Envido! ¡Truco! ¡Me rindo!

Bitácora del capitan, dia ochenta y uno. El astrolinyera escuchó nuestros planes y encerró a Plok aquí dentro conmigo. Plok tuvo la oportunidad de ingresar un objeto y en lugar de tomar el desintegrador molecular, agarró el registro de navegación al confundirlo con su libro de colorear de Ben10.

-¿Cómo saldremos de aquí Fesk?
-No tengas dudas que si existe la mínima posibilidad de que yo pueda huir y dejarte aquí dentro, la voy a aprovechar, asi que no hay “nosotros” en mi plan de huida.
-Perdón, confundí la pregunta, era “cuándo” vamos a salir en lugar de “como”. tengo la llave, quiero ir a recambiar los fluidos y esto de jugar a las escondidas me está cansando… no puede ser que el astrolinyera todavía no haya encontrado nuestro escondite…
-¡Plok… creo que te amo!
-¿Y si no tuviera la llave?
-…

Bitácora del capitán, día ochenta y dos. Luego de un silencio incómodo decidimos no volver a tocar el tema. De hecho, decidimos no volver a tocar nada. Buscamos en la guía galáctica pero no pudimos encontrar ni asesinos a sueldo, ni fumigadores, ni funcionarios corruptos que nos ayuden.

-Hay que encontrar una manera de deshacernos del astrolinyera Plok
-Se me ocurre una idea…
-¡Dimela Plok, la podríamos poner en práctica!
-Se me ocurre que deberíamos… deshacernos del astrolinyera…
-Si…
-Haciendo de alguna manera…
-Si…
-Que…
-Si…
-El…
-Si Plok, Si…
-El… el astrolinyera…
-No tienes idea, ¿Verdad?
-El astrolinyera….
-Plok, no sólo no tienes idea sino que ni siquiera estás escuchando lo que digo, ¿verdad?
-Abandone…
-Claro, no tienes idea porque eres un inútil, vago, ignorante, estúpido
-La nave… el astrolinyera…
-inmundo, torpe, fatuo…
-¡Ilarié oh oh oh!
-Incoherente, incapaz…
-¡Lo tengo Fesk! ¡Lo tengo! ¡Pondremos canciones de Xuxa hasta que le explote la cabeza!

Bitácora del capitán, día ochenta y tres. Pudimos descargar del Arestron las canciones indicadas y ya equipados con nuestros dispositivos aislantes de sonido nos disponemos a presionar el botón que disparará a 4000 decibeles la música por toda la nave.

-¡Plok! Creo haber sido lo suficientemente claro cuando dije que los disfraces de paquita no eran necesarios para la misión.
-¿Entonces por qué llevas minifalda?
-Gusto personal
-…
-Otra vez ese maldito silencio incómodo, ¿Verdad?

Bitácora del capitán, dia ochenta y tres. No tengo nada para escribir, simplemente me acerqué al libro y comencé a escribir para desviar un poco la atención y dejar que pasen unos minutos.

-Listo, Plok, ¡Presiona el botón!
-Hecho, dispositivo andando
-¡De acuerdo! ¡Ahora, presiona el botón correcto!
-Perdón. Ahora si.
-¡De acuerdo! ¡Ahora, por favor, presiona el botón correcto!
-Ah si.
-AWARAWRAWGIE OH OH OH, AWARAWRAWGIE OH OH OH
-Fesk, parece disfrutarlo.
-Maldita televisión, los ha hecho inmunes a la tortura.
-Probemos un tema de Piero.

Bitácora del capitán, día ochenta y cuatro. A los diecisiete segundos de la primera canción de Piero, el astrolinyera poseído decidió quitarse la vida. En cuanto les avisamos a los androides de limpieza que ya no volvería a vomitar, no tuvieron problemas en limpiar toda la sala y sacar el cuerpo al espacio, donde las estrellas lo envolvieron en su manto de luz, dándole reposo eterno.

-Lo tiraste en un agujero negro Fesk, no mientas.
-Fue tu idea también.
-No, yo dije claramente “Tiralo en un agujero, negro” con una coma en el medio. ¿No ves la coma que escribió el autor? “En un agujero COMA negro”
-Plok… ¿También tienes las habilidades para leer y manipular la mente de…?
-¿Ese de arriba? Por supuesto… pero es bastante aburrido, nunca se le ocurre nada interesante…
-Entonces si puedes hacerlo… podríamos….
-¡Pero claro extraterrestre! ¡Lo hubieras dicho antes!

¡No se pierdan las próximas aventuras de nuestros magníficos super héroes super poderosos, bellos, inteligentes y supremos, en Plok y Fesk dominan la galaxia entera, la de al lado y un par mas por las dudas, luego de los comerciales que voy a cobrar y remitir directamente a sus cuentas bancarias junto con mis fondos actuales y los de mi familia!

viernes, 17 de junio de 2016

El fuego sagrado

Me reconozco fan a ultranza de los juegos de video futbolísticos. Empiezo con una confesión como si esto fuera un grupo de autoayuda. Hola, mi nombre es Pablo y soy adicto a lo que llamo fútbol electrónico. Y desde esa posición voy a empezar a contar que los personajes de mi condición atravesamos una crisis importante en los inviernos del hemisferio Sur. Porque los nuevos juegos salen generalmente a fines de Septiembre y nos encontramos en una etapa de mezcla entre acostumbramiento y hastío de la versión actual, pero muy lejanos de la nueva. Y es que esperamos ver más jugadores con sus tatuajes, un movimiento más real del césped, protestas airadas ante los fallos polémicos de un referí y festejos de las figuras mundiales cuidadosamente reproducidos. Es cierto, espero (y esperamos, millones de fans alrededor del mundo) una nueva versión. Pero hay algo de estos juegos que nunca espero. Que puedan reproducir fielmente la pasión.

Y lo digo con fundamentos. No voy a comparar la pasión de un juego electrónico con ponerse los cortos, a veces unos botines y patear la pelota en un potrero o con mayores lujos y organizaciones en un torneo. Me refiero a comparar la pasión generada por los juegos. Y lo digo porque pocas veces sentí un juego sobre fútbol tan real como el día que Jorge, un fanático de Racing al extremo y amigo de mi hermano mayor, prendió fuego una figurita de Claudio Alberto Scalise por haber errado un mano a mano.

Lejos de justificar la violencia, me considero defensor del folcrore del fútbol argentino. La picardía bien entendida, el humor negro aplicado a obtener la ventaja deportiva o el saberse apto de llevar a cabo amenazas contra terceros con la seguridad de nunca bajo ninguna circunstancia llevarlas a la realidad, son partes fundamentales de nuestra cultura. Gritarle al arquero rival el nombre de todos sus familiares y los horarios de escuela de sus hijos son parte fundamental de lo que jugar de visitante representa. Algo que nunca podrán emular los juegos de video. El insulto creativo, el escupitajo sustancioso o la mirada enajenada detrás del alambrado hacia el rival que se apresta a ejecutar un tiro de esquina son tan necesarios para el fútbol local como los ingresos por televisación. Pero ya volveremos a eso.

Vuelvo al pasado, con una triste realidad del presente: Hoy en día, al menos en Capital Federal, todo terreno es privado. Entonces hay que procurarse, para jugar al fútbol, el alquiler de una cancha. Con mi hermano cuando chicos, para poder simular nuestro juego de fútbol también hacíamos lo mismo: teníamos que alquilar la mesa del comedor. Claro que no pagábamos nada, pero Había que calcular que no hubiera ningún evento planeado, que no fuera a venir un pariente de visita, que nadie quisiera ver la tele en el living o estudiar para alguna prueba de química. Entonces, una vez asegurado el terreno de juego, procedíamos al armado de lo que llamábamos “Jugar a las figuritas”.

Alto ahí lector. No empiece a divagar sobre la metodología del juego ni trate de compararlo con alguna iniciativa suya de su etapa de purrete: Lo que va a leer a continuación es el secreto mejor guardado desde el sanguche de Atún y manteca. Es la invención más revolucionaria desde el motor de combustión. Voy primero con los objetos inanimados. Arcos plásticos, aproximadamente de 10x5 cm, robados de un antiguo metegol de lata. Balón hecho exclusivamente con el aluminio (que había que separar previamente del papel blanco) del envoltorio de un Guaymallén (el sabor del alfajor determina el color del balón) el cual era artesanal y concienzudamente redondeado y perfeccionado durante la práctica deportiva y dos elementos del tipo “lápiz” o “birome”. Segundo stop para los lectores y primer alivio para el púber reacio a la práctica de la escritura. No eran para escribir, sino que los mismos eran las herramientas de propulsión del balón. Un extremo sólido y plano para los remates secos y el otro en forma de punta, para efectos y/o sorpresivas emboquilladas.

La cosa va tomando color. Dos arquitos, una mesa rectangular de comedor, una pelota de aluminio comprimido (y olorcito a la cobertura del alfajor) y unas armas alargadas y finitas que bien parodiaban las piernas de Valdano para propulsarla. Pero estarían faltando los actores principales, la parte viva del juego: Los jugadores.

Cuenta la leyenda que Mariano, mi hermano mayor, le habría pedido al tío Pedro la confección de 22 “taquitos” de madera que oficiaran de soporte. 20 tacos con un tamaño no intencionalmente dispar con una ranura en su parte superior. Los otros 2 tacos tenían el doble de ancho y estaban destinados para dar soporte a los guardametas. Y encima de ellos, encastradas en las ranuras, las figuritas redondas de algún álbum de principios de los 80. Las mismas habían sido oportunamente arrancadas del álbum al que supieron pertenecer, lo que brindaba calidades y resistencias dispares y eran guardadas agrupadas por equipo armando un rollo macizo dentro de una bolsa.

Una vez elegidos los titulares y seleccionadas las maderitas, a lo largo de toda de la mesa se disponían los equipos con el dibujo táctico de preferencia del DT de turno. Al momento del pitido inicial y desde el círculo central (que ya habíamos marcado y roto en la mesa de madera) se realizaba el saque. La idea era dar pases con el lápiz o birome y la propiedad del balón resultaba del jugador que se encontrara más cercano al balón al momento en que este se detuviera. Dicho jugador debía moverse hasta el lugar del balón y desde allí, realizar el siguiente pase, pelotazo o remate al arco. El equipo que no tenía la pelota solamente podía “mover” un jugador en los turnos del contrario y el mismo era el arquero. Podía perfilarlo de la mejor manera posible para tapar el ángulo de remate rival.

Algunas reglas sin ahondar mucho en los detalles: Si un jugador al realizar un pase o un remate al arco “volteaba” a un contrario, se consideraba infracción y amonestación para el ofensor. Los goles solamente valían pasando la mitad de cancha. Cualquier estrategia que se considerara destinada a “hacer tiempo” era penalizada con tiro libre para el rival. Si el balón se caía de la mesa era lateral, saque de arco o córner, según correspondiera. Y cada toque de pelota con el lápiz era un minuto del partido de 90.

Los partidos generalmente eran los sábados por la mañana, pero a medida que el juego era conocido, se sumaban adeptos que no dudaban en pedir “armar un partido de figus” en cualquier evento, reunión o rato de aburrimiento en el que incurrieran. Claro que todos esos partidos eran considerados de carácter amistoso y nunca formaban parte de la respetable liga que administrábamos con mi hermano.

Y en uno de esos cotejos aprendí para siempre lo que era el fútbol para mí. Y ahora puedo entender por qué se me dibuja una sonrisa cuando el que se sienta dos filas delante mío en la platea se levanta y putea dejando la vida en ello, a un suplente rival que sale del banco a hacer el precalentamiento. Por qué no puedo evitar la piel de pollo cuando 30.000 personas me hacen putear a un pobre tipo al que ponen a impartir justicia entre 22 millonarios y  osa equivocarse cobrando al revés un tiro libre. Todos los sábados iba a la cancha con mi viejo y mi hermano, miraba los partidos del fútbol italiano en las mañanas de Canal 9, jugaba al fútbol el 80% del tiempo que estaba despierto y soñaba con goles hermosos y míos noche de por medio. Pero nunca había entendido tan bien lo que es el fútbol para los Argentinos, lo que es la pasión, lo que es el fútbol para mí, hasta una noche de viernes, en el living de mi casa de Tapiales.

Jorge, fanático de Racing, agarró todas las figuritas de los jugadores que supieron defender los colores de su pasión cuando él era un purrete. Del otro lado no puedo precisar el rival, ni tampoco quien oficiaba de DT. Desde un principio empezó con la charla motivacional a los jugadores “Dejen la vida por esta camiseta, como el equipo de José” fueron las palabras que le profirió a las figuritas antes de montarlas en los taquitos. Mientras acomodaba a los jugadores en el campo de juego, empezaron los cantitos de la popular “Han pasado muchos años, muchos jugadores, muchos dirigentes, se llenaron los bolsillos y lo que te queda es tu gloriosa gente… Ay Racing, querido siempre voy a estar contigo…”.Y desde el minuto 1 empezó el relato con pasión. Promediando el primer tiempo la academia se puso en ventaja. Fiesta. Jorgito gritando el gol por el living de casa y nuevamente los cantitos proliferando de la popular. Estallaba el jolgorio repitiendo el éxito de Attaque 77 “Podran pasar mil años y no salir campeón, prefiero ser de Racing y no amargo como vó” Pero la cosa se puso fea. Se vino el empate y antes del final de los 45 iniciales, la academia estaba abajo 1-2. Y ahí empezaron las primeras puteadas. “¡Bottaniz, inútil, anticipá una... una sola te pido por favor!” recibió el central que no llegó a interceptar un pase en profundidad. “¡Barbas! ¡Pelotudo! ¡Los tuyos son los de celeste y blanco!” para el volante central que había regalado un pase. “¡Vivalda, ponete las manos la puta que te parió!” se escuchó ante el tercer gol rival. La cosa se había puesto picante. Los relatos habían desaparecido y los movimientos de Jorgito eran frenéticos. Calderón puso el descuento y activó nuevamente el audio del partido que pasaba por todos los estadíos: Cántico, puteada y relato. Y ahí fue cuando a los 43 del segundo tiempo, un gran pase en diagonal del ropero Díaz lo dejó al bueno de Scalise mano a mano con el arquero rival. Jorgito midió el remate. Sacó levemente la lengua para afinar el cálculo y se decidió por cruzarla arriba, buscando el ángulo derecho. Hundió la punta del lápiz Staedtler bajo la pelota de papel guaymallén con la ilusión de alcanzar el empate. La tiró a la mierda. Lejos, lejísimos del ángulo deseado. Y sin decir nada, en la reacción más genuina y visceral de hincha argentino que he visto, y mientras el rival iba a buscar la pelota por algún rincón recóndito del living, sacó del bolsillo un encendedor BIC, lo acercó a la figurita de Scalise y lo prendió fuego. “Por hijo de puta” fue lo único que dijo.

jueves, 9 de junio de 2016

Cambiemos (Por un mundo PRO)

Almorzaba ayer cuando pleno de estupor observo una noticia (solamente observé porque no tenía acceso al audio de la misma) que proponía vagones exclusivos para mujeres. Y me di cuenta que el retroceso que yo creía que teníamos como sociedad no era tal como lo pensaba. No es un retroceso, sino que es una ampliación de conductas, ideales y soluciones que pasaron de ser patrimonio casi exclusivo de la Capital Federal a ser de todo el país. Y por ese motivo recurrí al archivo, para volver a publicar un artículo que está próximo a cumplir 7 años. Es que hace 7 años, los porteños empezamos a darnos cuenta de que los argentinos buscaban una regresión, la cual para regresar, fue cambiada por un cambio.

En directo desde Julio de 2009, con Ustedes, "Un mundo PRO":

No salga. ¿Está al tanto de las cosas que ocurren? le brindamos una lista de las cosas que le pueden llegar a pasar (entre otras): Debido a las paupérrimas condiciones de los transportes, caminos y la impericia humana, es muy probable que sufra un accidente de tránsito, dado que se estiman 950.000 accidentes anuales y que el 72% de la población ha sufrido accidentes en la vía publica. En caso que no sufriera Usted un accidente, hay grandes probabilidades de ser victima de la inseguridad. Se denuncian 4.000 delitos por semana y se calcula que hay otros 9.000 que no. Y en todo caso, si no es victima de la inseguridad ni de un accidente de tránsito, podría coger la gripe A. Se dice que hay 300.000 casos, se estima que la cifra ascenderá a un 15% de la población. Por lo tanto, quédese adentro. Ponga rejas, compre por Internet, mire la tele, no se comunique con los demás, incluso si le es posible, utilice barbijos dentro de su casa, provéase de una heladera, televisión, horno de microondas y baño en su propia habitación, reduciendo al mínimo incluso el contacto con sus familiares o convivientes. No converse. Cualquiera podría contagiar sus ideas y violar su personalidad. No comparta ideas, podrían robarle las mismas y usufructuar a costa de su inteligencia. Evite la creación, conviértase en un especialista en el arte de la imitación, disfrute de las experiencias ajenas o ficticias que le sean comunicadas a través de los medios. Descarte toda posibilidad de experimentación propia. Los avanzados métodos del desarrollo y la evolución le brindarán sensaciones similares a las que sus antepasados solían experimentar, sin ninguno de todos los riesgos que lo mismo acarrea. Deje sus ojos para la televisión o la Internet, no lea. Nosotros le diremos solamente y con asombrosa precisión, exactamente lo que necesite Usted oír. Solamente distraiga sus agotados ojos por la luz del aparato del televisor viendo en las revistas de actualidad (enviadas por correo desde que Ud. las solicitó por Internet) toda esa gente hermosa que se pasea durante el verano en Punta del Este y en época invernal por Saint Moritz. Disfrute de su belleza, de su integridad, adóptelos como ejemplos a seguir, pero siempre, siempre, tenga bien en claro que eso no es para Usted, que no nació para eso, que simplemente no pertenece. Pórtese bien y nosotros lo recompensaremos con ese programa diario de trivialidades que tanto Usted disfruta. Apoye al campo, personas argentinas de ley, personajes pintorescos que con su hombría, sus costumbres y su moral, alimentan día a día a tan extensa nación. Pórtese bien, sea un buen ciudadano y nosotros le daremos ejecuciones públicas, sonrisas blancas y amplias en las publicidades y sonrientes agentes de policía que cuiden su cuadra. Denuncie. Si ve algo que le parece distinto, denuncie. Señale con el dedo, desde la seguridad de su hogar. ¿Vio que no era necesario salir? Maneje sus cuentas bancarias desde casa, deje los trámites y las colas para esa gente que no sabe de computación o que se divierte hablando con desconocidos. Decídase y sea feliz. Haga valer sus derechos, ganados a fuerza de años de robo, saqueo, usurpación y explotación indebida por parte de sus gloriosos antepasados europeos, tan europeos como Usted. Provea. Proyecte. Proceda. Profane. Prohíba. Propase. Procese.

jueves, 2 de junio de 2016

La libreta celeste

“Faber est suae quisque fortunae”

Abrir el placard. Esa era la tarea fundamental número uno. Lo reconocía de esa manera dado que habitualmente resonaba en mi cabeza el famoso enigma de “¿Qué es fundamental para encender una vela?”

Haber resuelto ese acertijo de mi profesor de física en mis inicios del colegio secundario me ayudaba a llevar siempre presente conmigo, con una dosis importante de orgullo, una cierta manera de ordenar los eventos. Abrir el placard era sin dudas, lo que daba inicio al juego. Entonces la emoción no comenzaba con los equipos saliendo a la cancha, ni mucho menos con el puntapié inicial que Leites, el morochón puntero derecho del Atlético Lugano, daría para atrás buscando al negro Fernandez, tras el pitido del árbitro y el pase corto de Oettel. No, el juego, la emoción, la sensación de imaginar que goles, partidos, situaciones iban a desarrollarse, empezaba desde el momento en que, pensando en que fecha y/o partido había dejado la última vez, me dirigía a mi habitación y abría el placard, para sacar los elementos necesarios para el juego.

Atención purretes y jóvenes que no se desprenden de la infancia y adolescencia: Los elementos no incluían ni joysticks, ni consolas, ni DVD’s ni nada con alimentación eléctrica. Simplemente se remitían a una pila de viejas revistas “Corsa”, una carpeta de tapa dura atada con un cordón (En realidad eran dos tapas duras unidas con un cordón, no sé si califica como carpeta) que guardaba pilas y pilas de hojas cuadriculadas con fixtures y tablas de posiciones y el viejo cubilete de cuero marrón, revestido de felpa verde con 8 dados. Si, eran 8 dados y cada uno tenía su función fundamental dentro del desarrollo del juego.

¿Cuál era la función de una revista sacrílega para los amantes del fútbol? La pila de revistas corsa oficiaba de campo de juego por su tamaño descomunal y, a la vez, de silenciador. La misma era depositada con precisión quirúrgica sobre la cama, en alguna posición que neutralizara los desniveles naturales del colchón, sábana y/o frazada. Había que lograr la mayor rectitud posible. Sobre la pila se realizaban los lanzamientos de dados. Pero no era sólo eso. Esa pila de revistas, que curiosamente era de autos, se transformaba en cualquier cancha de la argentina. Podía ser un Monumental a pleno en un domingo de sol, como también podía ser la cancha de Leandro Nicéforo Alem (desde el día que descubrí que la “N” en L.N. Alem es por Nicéforo, nunca pude dejar de nombrarlo de esa manera) castigada por la lluvia de un sábado de ascenso. La gente presionaba desde las tribunas, había canchas donde para el visitante era imposible ganar y otras donde la policía no podía evitar los disturbios que causaban la suspensión de los partidos.

El horario dictaminaba la pasión de los encuentros. La hora de la siesta era algo similar a los actuales partidos de los lunes: Partidos tranquilos, sin grandes emociones, de mitad de campeonato, sin mucho lugar a las hazañas ni a los goles locales de último momento. La presencia de mi vieja durmiendo la siesta en la habitación adjunta no daba lugar a relatos partidarios, a cánticos subidos de tonos con amenazas de vejaciones sexuales proferidas desde la parcialidad local hacia la visitante ni a protestas exacerbadas del cuevero visitante ante una expulsión exagerada por parte de un árbitro localista. Esos partidos transcurrían con la amabilidad de un amistoso entre budistas y boy scouts. Pero muy distintos eran los partidos de los fines de semana, o aquellos que transcurrían después de las 17:30, la hora en la que la puerta de la habitación de la vieja se abría y daba rienda suelta a esa pasión argentina por el deporte más lindo del mundo tan celebrada a lo largo y ancho del planeta.

En esos momentos la cosa se ponía linda. Un tiro en el palo generaba un “GOOOUUUUHHH” que hacía que el lobito se acercara hasta la puerta de la pieza a ver que carajos pasaba. Un córner a favor del local desataba el aliento de la parcialidad local que al grito de “ANTES TE ALENTABA SIN SABER POR QUÉ…” se metía como un duodécimo jugador a buscar el cabezazo. Y los goles generaban una explosión que implicaba la garganta desgreñanada del relator corriendo desaforadamente por el pasillo, esquivando la estufa y la puerta corrediza del comedor para finalizar su festejo abrazando la cortina del living, como si ésta fuera quien tiró la asistencia tan precisa que dio lugar al tanto, ante la mirada vigilante y estruendosa del lobito, quien con sus ladridos emulaba al árbitro botón que con la amarilla en mano esperaba sancionar al goleador por el festejo desmedido. Ahora pienso, a la distancia, que hubiera sido digno de grabación (si hubiese sido en esa época tan sencillo como lo es hoy) grabar alguno de esos festejos tan simples y a la vez pasionales, hoy en día donde hay tanto bailecito, tanta preparación orquestada en la megadifusión global.

Y los torneos se sucedían, los equipos ascendían, descendían, peleaban octogonales, miraban de reojo el descenso pero lo que nunca desaparecía era la pasión. El negocio, hasta donde llegó la historia de aquellos torneos, nunca logró inmiscuirse. De esa manera un Flandría – Colegiales se convertía en nota de tapa del diario que acompañaba los torneos, aunque los dos flotaran en la mitad de tabla de la C. Y eso es el principio hacia donde apunta la exageradamente larga introducción.

Y a lo que quiero llegar es al descubrimiento que tuve en todos esos años de juego: Los dados tenían vida propia. Y manejaban la famosa libreta celeste, donde premiaban al atrevido, al pícaro, al que soñaba con lo imposible por igual que a aquel que jugaba realmente bien, que tenía el mejor equipo y que mejor había sabido explotar su virtud y desnudar las falencias rivales a lo largo de los 90 minutos.

Entonces, en esa semana que Midland, ese equipo que había salido del fondo de la tabla con buen juego y respeto por el toque corto necesitaba ganarle por 3 goles de visitante a San Martín, que venía peleando arriba, para poder entrar al octogonal, los dados se hablaban entre ellos en charlas fugaces dentro del cubilete y salían a la luz mostrando, con el mayor decoro y disimulo posible, todos la misma cara. Yo garantizo que donde muchos de Ustedes ven un dado blanco marcando un 5, yo sabía que en realidad era un dado que tenía que ser un 3, mostrándose como 5 y poniendo la mayor cara de boludo posible, mirando para la puerta de la pieza y silbando bajito. Gracias a esas actitudes, pero siempre dentro de un reglamento que no permitía grises ni interpretaciones subjetivas, Midland cumplía la hazaña y ganaba 3 a 0 o quizás 4 a 1. El relator contaba la hazaña del equipo de Libertad al borde de las lágrimas, recordando que a Schonfeld, el rubio delantero del funebrero, lo habían rajado del laburo en la semana. La hinchada de Midland, esos pocos locos lindos que habían viajado hasta Burzaco, se rehusaba a irse del estadio. Sabían que en la primera ronda del octogonal jugaban contra Berazategui, que venía de ser subcampeón y tenía ventaja deportiva, pero no importaba. Eran felices al menos hasta el próximo sábado. Y los dados inertes se quedaban ahí mirando, totalmente separados, dispares, como quien disfruta aún agotados, de un trabajo bien hecho.

Es que alguien tenía que tomar, alguna vez, la responsabilidad de equilibrar el universo, reconociendo a los olvidados por la historia, a los que eran héroes en la derrota, a los que en las fotos de grupo siempre salían tapados por alguien. Y esos eran los dados. No había forma de explicar desde la lógica o la estadística el comportamiento de dichos cubos plásticos, esos poliedros de seis caras capaces de aunar sus esfuerzos para lograr combinaciones impensadas, improbables pero factibles, que premiaban de manera equitativa y justa a cada equipo de cada torneo, en base a las anotaciones sobre cada uno que los dados realizaban en su libreta. Y si bien dicen que cada uno es artífice de su propio destino, Apio Claudio “el ciego” debería repensar su decir para darle un pequeño lugar, un crédito al ejército de justicieros blancos, quienes decidían el destino de los torneos casi a gusto y piacere.

Porque ¿Qué es fundamental para encender una vela? Que la misma se encuentre apagada. Del mismo modo que es fundamental creer que hay algo más, que no todo se rige por lógicas, estadísticas y probabilidades, que existe la voluntad de los objetos y, principalmente, que la misma utilizará todo su empeño en la búsqueda de la justicia.

Después de todo, era eso lo que mantenía vivo al torneo, temporada tras temporada, hoja tras hoja, año tras año. Porque había partidos aburridos, muchos. Deportivo Armenio volvió a Primera una vez y empató 7 partidos consecutivos 0 a 0. Y muchas veces los partidos de las últimas fechas no se jugaban por nada. Pero siempre los dados supieron leer. O mejor dicho, supieron ver. Vieron y anotaron en su libretita celeste. Y nunca dejaron abandonado al equipo luchador, al equipo talentoso, al equipo soñador. Por sobre cualquier reglamento rígido, que nunca quebrantaron, hicieron a su voluntad.

Y cuando todo terminaba, las primeras en volver al placard eran las revistas Corsa. Dependiendo el (des)orden del placard el regreso se tornaba sencillo o desataba una batalla campal contra todos los objetos que en busca de un poco de movimiento o simplemente por tendencias conquistadoras, habían osado desplazarse al hueco dejado por las revistas. Una vez emplazadas las Corsa, arriba se ubicaba la carpeta con los diarios y torneos adentro. Y finalmente el cubilete, con los 8 dados exhaustos de tanto rodar. Eso si, destapado, para que pudieran disfrutar de un poco de fresquito. 

jueves, 26 de mayo de 2016

Crush

-Hola, ¿como estás? ¿Me das una Crush naranja por favor?
-Naranja tengo Fanta nada más – respondió el hombre del puestito, sin siquiera escudriñar al solicitante

Esas fueron las primeras palabras que Delfina le escuchó decir. Parada en el andén de Lima, esperando la llegada del Subte se sorprendió por esa voz jóven y enérgica que realizaba un pedido tan exacto como infantil. Una vez que volteó a observar el cuadro, ya nada volvió a ser igual. Mientras el respondía demasiado cortésmente “Gracias” Delfina lo analizó integramente. No había nada destacable que la impresionara. No debía llegar al metro ochenta, llevaba unos jeans rectos prelavados y zapatillas de lona negra. Nunca le habían gustado los hombres que llevaban puestas ambas tiras de la mochila ni tampoco comulgaba a favor de los que tenían barba de un par de días. Simplemente algo le pasó y para una persona como Delfina, eso era mucho. Como primera apreciación, le dio mucho valor a ese sentimiento carente de razón. Algo especial había. El sonido de la formación ingresando en la estación y el movimiento acorde de la gente apresurándose a conseguir un lugar en los vagones la sacó de la contemplación pasiva y absorta en que estaba.

Delfina lo siguió con la mirada mientras trataba de hacerse lugar junto a la puerta, para ver en qué vagón subía. Resultó ser el de al lado. Una vez que pudo acomodarse, se escuchó el sonido de seguridad y las puertas se cerraron. Trató de acomodarse de manera tal que le permitiera verlo, a través de la gente que atestaba la formación. En ese momento pensó para dentro suyo “¿Justo éste tenía que ser petiso?”. Finalmente lo divisó. Se había puesto la mochila por delante, se había calzado auriculares y a la distancia se lo veía tararear la canción que estaba escuchando. “O quizás está loco” pensó Delfina y se sorprendió sonriendo como una adolescente enamorada. A pesar de la distancia pudo notar que algo de la mirada también le gustaba. El conjunto que formaba con la nariz, la forma que suavemente movía la cabeza al ritmo de la música y la armonía con la que los labios pronunciaban mudamente las palabras de la canción.

Al llegar a la siguiente estación aprovechó el movimiento de la gente que subía y bajaba para acomodarse mejor. Logró una posición en la que seguía viéndolo desde el mismo ángulo, pero no era necesario tener que oler tan de cerca el pelo de esa vieja de tapado de piel. Lo vio sonreír y se dio cuenta de dos cosas: La primera es que seguramente estaría escuchando la radio. La segunda, fue que era mucho más lindo todavía. Lo vio soltar una sonrisa pequeña, reprimida, avergonzada. Seguramente habría sido bastante gracioso lo que escuchó porque no pudo evitar una segunda oleada de risas, esta vez un poco más liberadas. Ella también sonrió a la distancia. Con el siguiente recambio vio unos huecos en mismo vagón que viajaba el. Se apresuró a dirigirse hacia allá, casi llevándose por delante a un niño híper abrigado y a una vendedora ambulante de pañuelos descartables.

Sin poder acercarse mucho, pero compartiendo el vagón, Delfina lo siguió observando con un nuevo objetivo, lograr el contacto visual. Lo miró fijo durante unos instantes mientras pensaba en que le diría en caso que su mirada fuera correspondida. En primer lugar no sabía si correspondía que ella literalmente hablara o si solamente tenía que indicar, mirada especial mediante, su voluntad de iniciar una conversación. Pensó que eso dejaría mucho librado al azar y que sería mejor tener un plan de acción “por si acaso”. Pensó en preguntarle “¿Qué escuchás?” pero le pareció muy trillado. Siempre había criticado el proceder de la mayoría de los hombres que se le acercaban con el caballito de batalla de “¿Siempre venís acá?”. Pensó que sería gracioso preguntarle “¿Venís siempre a este subte?” y sin dejar de mirarlo, sonrió. El, como si estuviera al tanto de todos sus razonamientos, en ese preciso instante la vio. Y le devolvió la sonrisa.

Delfina, en un acto impulsivo a causa de su pudor eterno, al encontrarse con esa sonrisa franca, desvió rápida y toscamente la mirada. Sintió como sus mejillas se iban llenando de calor y color. Volvió a mirarlo y el ya había vuelto a su música y su tarareo. Nuevamente se acercó y quedó a sólo dos personas de distancia. Pensó en escribirle a sus amigas para contarles, incluso tuvo la idea de mandarles una foto. Lo volvió a mirar. La silueta que se recortaba sobre las paredes blancas del vagón la llevaron a un domingo almorzando en lo de sus viejos. Mamá estaría encantada, diría que es súper simpático. Papá lo miraría con desconfianza durante un tiempo pero después de unos cuantos encuentros estarían pegados a la tele mirando a Independiente. A María seguramente le iba a caer mal, porque a María le cae mal todo el mundo. Lo volvió a mirar fijamente y el otra vez la miró. Esta vez no desvió la mirada. Lo miró fijo y esbozó una sonrisa seductora. El la devolvió. Sintió, pese a que no hubieron palabras, que estaban dadas las condiciones para que, bajada de personas que los interferían mediante, se iniciara una conversación. Volvió a mirar para adelante, a la estación que comenzaba a aparecer. Junto a la puerta más cercana a él, una mujer llora. La formación frena en la estación y la mujer realiza un esfuerzo para dejar de sollozar. Delicadamente se limpia el llanto de sus ojos y sube al vagón, para pararse junto a el. No había otra opción y Delfina no hubiera esperado otra cosa: El le pregunta a la chica qué le está pasando. La chica responde a secas “nada”. Esa esperanza dura segundos apenas para Delfina. Porque él vuelve a preguntar. Y esta vez la chica da suelta a su historia. Él le dice un chiste que Delfina no llega a escuchar pero infiere porque ella responde con una sonrisa entre tantos sollozos. La charla se vuelve más animada. Tanto que en la siguiente estación ambos bajan del Subte, con ánimos de seguirla.

jueves, 19 de mayo de 2016

Un micro naranja

Creo que ese día me permitieron faltar a la escuela. Ese debe haber sido el momento donde mi cerebro comenzó a gestar el recuerdo. “Si lo dejaron faltar a la escuela, debe estar por pasar algo bueno”. Hoy en día calculo que nadie en el club iba a considerar esperar al pibito de la 80 que recién salía de la escuela a las 17:15 para un trámite tan banal. Pero lo primero que puedo decir de ese día, es que recuerdo la alegría desde el momento en que sabía que tenía permitido faltar a clases. A la hora que nos habían citado en el club, me acerqué hasta ahí con mi vieja. El club quedaba a una cuadra de casa, pero yo recién andaba por los 8 o 9 años, así que en las primeras cuadras de aquella gran aventura, me acompañó mi mamá.

Ya para ese entonces yo estaría en 3er grado y sabía de excursiones al centro, de llevar la mochila con los sanguchitos (No hay cosa más rica que un sanguche de jamón y queso despúes de compartir junto a la perecedera mayonesa todo un día de excursión), una cajita de jugo, ese lujo que acompañaba las excursiones y todas las autorizaciones y demases cuestiones legales que exoneraran a cualquier adulto de responsabilidad ante mi fuga, pérdida y/o desaparación súbita en esas tierras lejanas que albergaban al Cabildo, al museo de Ciencias Naturales o la Biblioteca Nacional.

Por otra parte, ya sabía lo que era subirme al micro naranja en la puerta del club con mis compañeros de equipo: Sábado por medio nos tocaba jugar de visitantes y tempranito, demasiado cerca del mediodía nos juntábamos en ese mismo lugar y subiéndonos al mismo micro, nos íbamos con todas nuestras ilusiones a defender los colores de la Asociación Atlética Esparta (o mejor dicho, EL color porque la camiseta era toda naranja)

Pero esto era distinto. Una mezcla, si. Pero distinta. Porque salíamos desde el club en el micro naranja (el cual ya había descubierto que respondía a una convención social de transporte escolar y no que era un micro exclusivo con los colores del club) pero no íbamos a jugar al fútbol. Tampoco íbamos de excursión. Íbamos a ir para esos pagos lejanos, pero a hacer cosas de grandes. Todos los chicos nuevos del club, más los de la categoría nueva, más los giles que por algún motivo la habíamos perdido, íbamos para la Federación a hacernos las credenciales para jugar los torneos. "El carné" sin esa t final que nadie se molestaba en pronunciar. Hoy a la distancia agradezco la falta de tecnología que nos obligaba y a la vez nos permitía vivir esa aventura que al menos para mí, era de los más destacado del año. Faltar a la escuela, juntarme con mis compañeros del club, viajar en el micro hacia lugares lejanos todos juntos y encima para hacer “trámites” cumplía con todos los requisitos para ser un planazo.

Y ese día, el único nuevo de mi categoría (el otro boludo de la 80 era yo que como dije, había perdido el carnet) que viajaba en el micro, era Darío. Un morocho zurdo que jugaba de 3. Petiso, morrudo, cabezón, tenaz. Probablemente en ese entonces no sabía todas esas palabras para definirlo, pero lo sentía interiormente. Era un pibe que desde que había llegado al club se había hecho amigo mío y la verdad que aún siendo de pocas palabras, la amistad de pequeños y en ese ambiente pasaba por que tan bien jugaba cada uno y que tan útil resultaba para el equipo. Y en ese aspecto, pese a ciertas limitaciones técnicas, Darío era un gran amigo.

Los conocimientos adicionales se limitaban más a repetir cosas que se escuchaban o meramente a cuestiones de ubicación geográfica. “Darío vive en la tuyu”. La tuyu era una villa que estaba atrás del club, sobre la calle tuyutí. Eso era todo lo que yo sabía y sin siquiera requerirlo como un requisito de amistad. Simplemente lo sabía pero tenía una inocencia tan hermosa que era lo mismo que fuera de la tuyu como si fuera de Humaitá y Pastor Lacasa, la zona paqueta del barrio.

No puedo precisar el recuerdo sobre lo que charlamos, pero si que nos sentamos juntos. Yo nunca fui un gran conversador y Darío estaba más fascinado en mirar esos paisajes extraños, ajenos, que en comentar el último capítulo de Mazinger Z o que dificil era conseguir tal o cual figurita del álbum de moda. Creo que eso también era un motivo para elegir a Darío como amigo. Nos acompañábamos en silencio.

En determinado momento del viaje, el presidente del club (nosotros eramos así, viajábamos con el presidente que para mi era más conocido como “el vecino de la torre 15”) nos cuenta un poco, principalmente para los nuevos, adónde íbamos, cómo era el trámite y qué teníamos que hacer.

Ibamos a llegar a la federación, nos iban a estar esperando e íbamos a hacer las credenciales. En ese momento las credenciales eran cartones escritos a máquina con una foto 4x4 (Que debíamos llevar nosotros) que después cada uno en la medida de sus posibilidades, plastificaba para darle una mayor vida útil. Una vez que cada uno tuviera su cartón con sus datos, nos contaba el presidente del club, van a tener que firmar su credencial y listo. Y en ese preciso instante noto que Darío rompe en llanto. ¿Era tanta la emoción de pertenecer a un club? ¿Era una de sus metas de vida en sus cortos 8/9 años llegar a ser federado, aunque fuera para un club de la “C”? Nadie entendía el motivo del llanto de Darío, ni siquiera algún padre que nos había acompañado o el mismo presidente, el primero en llegar a nuestro asiento para darle consuelo.

Las preguntas habituales y lógicas del señor Ocampos encontraron todas la misma respuesta. Un no sin palabras, sin otra pista que un leve movimiento lateral de la cabeza (cabezota) que Darío escondía entre sus manos. Entre sollozo y sollozo Darío no se tomaba tiempo ni para soltar un “no” ni mucho menos para explicar la causa. Con tomar un poco de aire para continuar con su llanto le era más que suficiente.

Don Ocampos, el señor presidente, dio muestra de conocer el paño y se acercó mucho a Darío para que nadie lo escuchara. Nunca sospechó que yo estando tan cerca aún podía escucharlo, o quizás no le importó que Darío tuviera que compartir la respuesta conmigo. Se acercó y muy por lo bajito, le preguntó: “Darío... ¿estás llorando porque no sabes leer y escribir?”. Y ahí, mientras Darío por primera vez asomaba los ojos de entre sus manos para decir que sí, yo crecí de golpe. Entendí a esa mínima edad que ser pobre era mucho más que tener ropa vieja, el pelo sucio y no hablar sobre figuritas o programas de la tele. Ahí me di cuenta que había gente que realmente tenía muy poco de lo que era realmente importante. No tuve una revelación mística que me hiciera valorar todo lo que yo tenía. No señor. Me concentré en entender y procesar todo aquello que Darío no tenía, que le era negado vaya uno a saber por qué decisión cruel e injusta. Era demasiado todo lo que se me venía a la cabeza como para hacer comparaciones. Darío no sabía leer ni escribir, un privilegio con el que yo contaba incluso desde antes de iniciar la escuela, gracias a los artilugios de mi hermano mayor para enseñarme. Si no sabía leer ni escribir, claramente no iba a la escuela. ¡Darío no iba a la escuela! ¿Por qué? ¿Acaso era eso posible? En mi mundo familiar, de contención, de motivación y de incentivos era impensada esa situación. Mis hermanas y mi hermano iban a la escuela, yo iba a la escuela, todos mis amigos también... ¿Cómo era esa vida sin escuela? ¿Cómo iba a ser esa vida, que había arrancado despojada de los derechos básicos? Claro que a esa edad no me lo preguntaba en esos términos, sino que todo estaba inconcientemente englobado en mi descubrimiento de que si Darío no sabía leer ni escribir, era porque no iba a la escuela. Y sentí toda la vergüenza junta de Darío como una vergüenza propia. Yo no quería que Darío no supiera leer ni escribir. Quería enseñarle yo, o si era necesario, olvidarme de leer y escribir para que no se sintiera tan solo, pero calculo que no sería la primera ni la última vez que Darío se iba a sentir solo. En el momento no supe que hacer, más que quedarme helado, en el asiento contiguo de ese chico que antes de poder armarse de herramientas para defenderse, estaba recibiendo un golpe más de esa vida que le había llegado torcida, como arrancar perdiendo 2 a 0 en los primeros 10 minutos. Eventualmente el presidente del club pudo calmarlo y para el momento de llegar a la federación la crisis de llanto de Darío estaba casi en el olvido. No recuerdo cómo se resolvió la situación, intuyo que después de ese tamaño de descubrimiento que era la injusticia social y mi súbita madurez repentina forjada por el rebote de ese golpazo de vida que se había pegado Darío, mi mente había decidido descansar y dejar de grabar. Pero hoy que tengo el privilegio de escribir estas notas, aprovecho para plasmar el descubrimiento que tuve tiempo después, cuando encontré el carnet de aquella tarde con mi firma pueril, desprolija, nerviosa. Darío no sólo lloraba por vergüenza. No sólo lloraba por empezar a notar que cada vez eran más las cosas que los otros tenían y el no. Darío además lloraba porque le habían negado una de las formas de expresión más sinceras y profundas como es la escritura. Darío no tenía la posibilidad de compartir sus historias, sus vivencias, sus creaciones más que mediante el intercambio verbal, tan volátil y efímero como el sonido de las palabras. Darío no iba a poder escribir una carta de amor cuando estuviera enamorado, ni firmar un dibujo para el día de la madre.

Pero yo creo que principalmente lloraba porque lo estaban privando de la fuente de libertad más hermosa e infinita del universo, que es la lectura. Ojalá Darío, donde quiera que esté, pueda leer éstas (y otras tantas) palabras.

jueves, 12 de mayo de 2016

Cómo lanzar un Jab.

El tipo (a efectos del relato quien les escribe) se hace un tatuaje de un boxeador. No importa si es Victoriano, si es un estilo tradicional americano o si se parece a alguien o no. El tatuador, un poco llevado por la rutina y otro poco para mitigar el hastío de un par de horas sentado mirando fijo bajo una luz blanca a un cuerpo ajeno, pregunta casi por obligación, "¿Y por qué un boxeador?"

La respuesta, que tarda unos segundos en materializarse en sonido, arranca para el lado de las ramas, del mismo modo que lo haría un mono capuchino post-robo de un racimo de bananas. Arranca por explicar que no siempre los tatuajes los decidí así. Hace unos años el objetivo era demostrar una idea, un mensaje y ver como eso se podía reflejar de mejor manera como un tatuaje. El dibujo grabado en la piel como la representación, la excusa para dejar bien en claro un mensaje, una postura. El tatuaje como mostrando "Esto soy yo, esto es lo que pienso y defiendo".

Pero los años habían pasado y ya no era igual. Ahora la cosa venía por otro lado. Ahora el tema era buscar una figura que entrara por lo estético, por lo artístico y ahí si, una vez definido el tatuaje, tratar de analizar y entender, en una tarea muy personal, que representaba esa figura. Y así apareció un boxeador. Un estilo tradicional americano. Una mezcla entre una figura victoriana y una postura y vestimenta de los años 50. ¿Y por qué? "Es un símbolo de la unión con mi viejo, que falleció hace varios años" fueron las palabras que elegí para explicarlo. Pasé en segundos de la última rama del Ceibo a una explicación que me llevó meses entender.  ¿Tu viejo era boxeador? era la pregunta que se caía de madura. No. No era boxeador, ni tampoco entrenador, ni tampoco el boxeo es mi actividad (a pesar de alguna intentona en el pasado). De hecho, mi viejo fue futbolista semi-profesional que jugaba a fines de los 50 en el ascenso. Y yo no pude pasar de una emocionante promesa que como tantos otros, no pudo llegar por las lesiones. Así que por ahí no estaba la cosa. 

Quizás se pueda empezar a entender porque de chico mi viejo me llevaba a ver a Huracán a todos los partidos que nos fuera posible. Y me contaba de las historias de su juventud, donde hacía gran vida social en el club y, debido a sus actividades de Pelota Paleta, compartía momentos con Ringo Bonavena. No era su amigo, ni siquiera creo que Ringo lo hubiera conocido si alguien se acercaba a preguntarle por mi viejo, pero las historias que mi viejo me narraba sobre Ringo, jugando a las damas en el club rodeado de pebetes que lo admiraban y como protestaba golpeando la mesa y tirando a la mierda todas las fichas ante una derrota, eran sin lugar a dudas mis preferidas. Entonces para empezar a entenderlo, mi primer ídolo popular fue, al contrario de mi situación actual donde Maradona tiene nivel de deidad, Ringo Bonavena.

Pero un día todas esas historias del club, de Ringo y los partidos de los sábados no fueron suficientes. Y a la tierna edad de 9 años, le dije a mi viejo que yo era hincha de River. Mi viejo se comportó como un campéon. Sin ningún reclamo, empezó a llevarme cada vez que pudo a ver "al más grande". Incluso en alguna que otra ocasión lo sorprendí gritando a viva voz un gol del millonario. Pero algo había cambiado. El fútbol había dejado de ser esa actividad de unión y había pasado a ser una actividad compartida, que no es lo mismo. Cada uno tenía sus propias ideas, cada cual defendía historias, estilos, tácticas. Ver un partido era analizar y desmenuzar intenciones, estrategias y limitaciones de cada equipo, jugador y DT. A veces estas cosas se hacían muy verbales y daban lugar a debates eternos. En otras ocasiones pasaba por un silencio mutuo que dejaba entender un mensaje tácito de "Yo se lo que pensás, vos sabés lo que pienso yo, pero el partido está muy aburrido para que lo discutamos".

Aún así, había algo que escapaba a esa sabiduría cuasi arrogante que nos daba la habitualidad de practicar y ver fútbol. Y ese algo era el boxeo. Casi sin decirlo, cuando teníamos la suerte de compartir una noche de sábado, la actividad fija era buscar algún canal que pasara una velada de box, transmitiendo desde cualquier parte del mundo. Y ahí nos sentábamos los dos, a compartir eso que tanto nos gustaba y a la vez, con mucho orgullo, ignorábamos en gran parte . No éramos neófitos; conocíamos a los históricos, entendíamos quien dominaba, quien proponía, quien tenía mejor técnica o quien buscaba atacar la zona baja del rival para producir un desgaste y compensar una diferencia de alcance. Entendíamos cómo lanzar un Jab. Pero lejos estaba de ser el conocimiento amplio que teníamos sobre el fútbol, donde nuestra condición de ex-practicantes, asiduos concurrentes y eternos estudiosos, nos daba el pinet para el tipo de conversación que nos alejaba de nuestras naturalezas humanas e imperfectas. El fútbol nos hacía eruditos, el boxeo nos volvía terrenales.

Y a medida que recordaba todas estas cosas durante el relato, me daba cuenta que lo lindo de compartir pasaba por muchas otras cuestiones. Ahí no había River o Huracán. Ahí no había 60 o 15 años. Ahí no había 4 volantes o 3 delanteros. Ahí era sentarnos a compartir algo que hermana mucho más que los éxitos: Era sentarnos a compartir nuestra ignorancia. Era sentarnos a aprender juntos y a disfrutar aprendiendo. Opinar, sentir, emocionarnos sin quizás entender mucho o sin que se nos juegue el ánimo de la semana. Era el lugar donde se unían todas las cosas que con empeño buscábamos separar. 

Y ahí estuvieron siempre esas peleas de boxeo de los días sábado. A veces en silencio, a veces comentando una preferencia por el petiso aguerrido o un morochón de pantalones rojos. Y la enseñanza fundamental de que las cosas que importan no suelen anunciarse con grandes parafernalias, sino que vienen humildemente disfrazadas de actividades banales. Nunca era un plan premeditado ni calculado con meses de anticipación. No había que sacar entradas anticipadas. Y ahí van a estar siempre las veladas de la federación en la avenida Castro Barros, donde por primera vez me sentí adulto a mis 13 años, viendo todos esos personajes tan sombríos y a la vez amistosos. Raros y a la vez confiables. Y ahí va a estar para siempre mi boxeador pseudo victoriano en el brazo, como la relación de unión inalterable con mi viejo, esa que ni la muerte pudo cambiar.