martes, 25 de abril de 2017

Maradona nos hizo creer

Permintanmé una pequeña trampa. Bah, en realidad dos: La primera es acentuar las palabras como mejor se me cante para que el lector pueda leerlo (valga la redundancia) con la misma entonación que yo se lo relataría verbalmente. La segunda es la de omitir todos los nombres propios a excepción de Maradona, como observarán en el título.

Imaginemos juntos. El escenario es conocido, es el planeta que habitamos. No espere muchas cosas mágicas (aunque algunas parezcan serlo). Simplemente haga un breve repaso por las realidades socioeconómicas del capitalismo. Países poderosos (llamados "primer mundo") potencias económicas que dominan lo que pasa y lo que no y un puñado (demasiado grande) de países que (sobre)viven de acuerdo a voluntades ajenas. Ya tenemos el marco principal.

Ahora nos vamos a centrar en la historia de uno de esos países pobres que pugnan por atravesar el día, en un escenario de constantes luchas sociales de pobres versus pobres donde una injusta división de las riquezas premia a un mínimo porcentaje de habitantes que, serviles a los poderes extranjeros de los países primermundistas, obedecen y explotan a la población en pos de beneficios ajenos. Ya definimos un subgrupo en la historia. Usted ya se empieza a sentir identificado.

Este cuarto párrafo es para dilucidar el punto de conflicto de nuestra historia: Imaginemos que todos estos países tengan una actividad en común, no sé... pongámosle un nombre de fantasía, se me ocurre algo así como "piepelota". Pensémoslo como una actividad física que incluye patear una pelota, que se practica en grupo y que realmente despierta pasión en la mayoría de las poblaciones. Siempre va a haber unos cuantos que miren con recelo y elijan quedarse afuera, pero son los menos. Imaginemos que en todos los países, la mayoría de sus habitantes practica este juego (o deporte, como prefiera) que se llama "piepelota".

Comienzan entonces las organizaciones. En todos los países alrededor del mundo la gente se empieza a juntar, encuentra otras personas que comparten su afición y se les ocurre medirse unos contra otros para ver qué conjunto de personas desarrolla de forma más efectiva esa actividad. Crean entonces reglas, herramientas de medición de performance y con el tiempo, éstas se vuelven globales. Esas reglas serían como los derechos humanos, para que el lector lo entienda. Sin importar nacionalidad, edad, género, raza, lo que fuere, las reglas son iguales para todos los habitantes del mundo.

Las competencias comienzan a crecer: Locales, regionales, nacionales, continentales, mundiales. En poco tiempo se crean federaciones y los habitantes de cada país deciden unirse tras su bandera y competir contra los mejores de los demás países. Ya dejan de tener nombres propios como su barrio, su ciudad o el nombre del club donde se juntan a practicarlo. Pasan a llevar los nombres de sus países.

Prontamente alguien entiende que todo esto podría generar un negocio monstruoso: Incluye publicidades, arreglos de televisación, franquicias, merchandising. Se genera un aparato gigantesco que moviliza millones a lo largo del mundo. La distribución sigue siendo la misma: Los países poderosos se reparten el 90% de la torta, dejando para los demás las migajas.

En los países poderosos, todo funciona a la perfección: Todos los equipos de su territorio son auto sustentables, los estadios cuentan con las medidas de seguridad correspondientes, los acuerdos de televisación son sustanciosos y los ingresos generados por las figuras de su combinado nacional se destinan exclusivamente en gestiones orientadas a potenciar el rendimiento de dicha selección.

En los países tercermundistas, todo se hace a pulmón. Los equipos de sus territorios dependen casi exclusivamente de las dádivas del ámbito empresarial: No son auto sustentables, padecen el flagelo de las combustiones sociales causadas por la opresión y sobreviven ofreciendo de tanto en tanto a modo de sacrificio a los dioses, un jóven talento a los equipos de los países poderosos. Los ingresos generados por estos, cuando se juntan para representar a su país de origen, mínimamente alcanza para emparchar huecos, subsidiar equipos mal administrados y compensar falencias sociales.

La lucha se hace despareja, injusta. Los poderosos tienen mejores instalaciones, tienen los mejores seleccionadores, entrenadores y directores técnicos, cuyos salarios superan el presupuesto de una década de todo un país tercermundista. Ellos se arreglan con lo que tienen dentro de su ámbito, con tecnología descartada del primer mundo y con copias desactualizadas de sistemas utilizados hace años atrás por las potencias mundiales.

Los habitantes de los países pobres, se acostumbran a esa realidad: Aplauden el esfuerzo, valoran una representación digna de sus muchachos y no dudan en elogiar los mecanismos y resultados de los poderosos. Idolatran especialmente a sus compatriotas que logran emigrar hacia las potencias y día a día compiten de igual a igual con ellos. De hecho, gracias a varios de ellos algunos clubes locales lograron terminar el estadio o construir una pileta de natación.

Pero un día se nos aparece un morochito rebelde, con rulos y una actitud altanera que cambia la escena. Hagamos el ejercicio conjunto de bautizarlo: Década del 60, país pobre sudamericano, afueras de la capital, vamos con la costumbre local de nombrarlo en honor al padre: Se llamará Diego. Hay que ponerle un segundo nombre, puede ser el primero que nos venga a la mente: Ya sé, como lo estamos "armando", ese va a ser el segundo nombre. Armando. Y como apellido, vamos a ponerle uno bien de fantasía, digno de un superhéroe: Maradona.

Maradona de a poco empieza con esta cosa de combatir al poderoso. Los primeros logros son vistos desde cerca por los habitantes de su país ya que con su equipo humilde, el de sus inicios, pone en jaque a los poderosos locales. Pasa el tiempo y la historia se repite, un poco más lejana. Y cada vez que representaba a su conjunto nacional, se empezaban a ver algunas cosas extrañas: Empezaban a parecer. De repente no les parecía tan lejana la idea de ganarles, aunque ocasionalmente, a uno de los poderosos. De pronto se dieron cuenta que era posible y no sólo eso, sino que lo ven ocurrir. Y no lo vieron solamente sus compatriotas, sino que quedó a la vista de todo el mundo. Señoras y señores, ese combinado nacional de un país tercermundista pobre y embebido en conflictos sociales, injusta distribución de sus riquezas y esclavizado por las potencias mundiales, le ha ganado a todas ellas (o quizás, para darle más dramatismo a la historia, a la principal) y se ha consagrado como el mejor combinado del mundo. El morochito enrulado sonríe sobre los hombros de algún compañero, con la copa en la mano.

Fueron años de gloria. Los olvidados de la historia, los que inventaron la birome por no tener los medios para la lujosa escritura de pluma y tinta, los que inventaron el colectivo por no poder tener otra forma de transporte que no fuera masiva, eran los mejores en algo. Y sobretodo, los mejores en algo donde participaban todas las personas del planeta, con sus poderes y sus influencias. No había disparidad económica, social o de poder que pudiera contra ellos.

Unos años después empezamos a reforzar esa idea. En la siguiente oportunidad de medirnos, nuevamente logramos superar a todas las potencias y otra vez nos enfrentamos nosotros, los mejores del mundo contra ellos, los más poderosos. Y si bien el sopapo de realidad fue doloroso, nos grabó la idea: Nos tuvieron que robar ante los ojos de un mundo que hizo la vista gorda, para poder superarnos. Uno de los nuestros, de un país oprimido, nos clavó el puñal por la espalda. Ejemplos en la historia no faltan. No era suficiente con sus presiones económicas, no era suficiente con nuestras penurias sociales. Nosotros éramos los mejores y la única forma de superarnos era robándonos plena y llanamente.

Pero estos muchachos no se quedarían de brazos cruzados. En la tercera edición tendríamos nuestra venganza y volvimos para reclamar lo que nos pertenecía, ya convencidos, por derecho divino. Éramos los mejores y nos correspondía el primer lugar. La competencia arrancó y quedó demostrado de qué estábamos hablando. La revolución proletaria encabezada por ese tal Maradona, el morocho de rulos, estaba dispuesta a poner de rodillas al poderío económico reinante y esta vez no bastaría con un penal para deternerlo. Y vaya que si lo sabían, porque directamente para frenarlo le cortaron las piernas.

Y ahí quedamos desamparados todos sus compatriotas. Desde ese día no nos damos por vencidos y estamos convencidos de ser los mejores del mundo, porque Maradona nos hizo creer. Desde el día que lo vimos enfundado con la camiseta que nos representa a todos, de a poco nos fuimos olvidando el papel que nos dieron en la obra de teatro del capitalismo y pensamos, ilusos, naifs, inocentes, que la alegría también nos podía tocar a nosotros, que podíamos soñar con primeros puestos y que la vida era horizontal, con igualdad de oportunidades para todos. Nos hizo creer que éramos todos iguales, que ahí dentro no había diferencias y que nuestros pecados de latinos subdesarrollados no iban a perseguirnos y castigarnos dentro del verde campo de juego.

De no ser porque todo esto no es otra cosa que la pura realidad, esta historia no sería más que un guión rechazado por Hollywood en el que un ser de otro planeta baja en un barrillete cósmico y libera a una población de la opresión tirana.

Hoy poco a poco las nuevas generaciones van volviendo a la normalidad del escenario capitalista. Se aceptan las limitaciones impuestas desde afuera, empieza nuevamente a proliferar la idolatría sobre aquellos "que triunfan allá" sin morder la mano que les da de comer y nos contentamos con una derrota digna ante los poderosos. Las habitaciones de los niños y sus redes sociales se ven inundadas de pósters e imágenes de las grandes figuras de las grandes ligas. Todos conocen las formaciones de los equipos más poderosos y no dudan de mostrarse hinchas fanáticos de tal o cual conjunto europeo, a punto de no perderse ningún partido por la televisión por cable. La organización nacional del piepelota es caòtica, a punto tal de no encontrar siquiera un seleccionador que se digne a dirigir el combinado nacional. Ya la gente no quiere creer, sino que quiere aceptar. "Tenemos limitaciones", "Es lo que tenemos", "Bastante hacen, con el quilombo que es la administración", “es el reflejo de la sociedad”, "salimos 3 veces subcampeones" es lo que dicen y no puedo evitar putear con muchísimo dolor. El dolor de haber sido y ya no ser. Y putear y maldecir a ese morocho rebelde de rulos nacido en los suburbios de algún país pobre y subdesarrollado que nos hizo creer.



1 comentario:


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