Llegó al bar con esa extraña sensación. No se sentía mal, pero
sabia que podía estar mejor. Poco le importaron en una primera
instancia todas las miradas despectivas que interceptaron su aura
rumbo a la mesa. Eligió una escondida, para luego de meditarlo,
optar por una junto a la ventana, desde la cual podía observar
todo el interior del local como así también la calle. Luego de un
minúsculo murmullo que pareció eterno, la calma y el vacío volvieron
de la mano al bar. El cálido beige que intentaban transmitir
los tapizados no reflejaba el frío que habitaba el aire. El sol tímidamente
lanzaba sus últimos manotazos de ahogado a través de
los gigantescos ventanales del salón, como quien se resiste a irse,
a perderse la función que está por comenzar. Alguien salió del
baño, generando una corriente de aire que sorprendió a nuestro
personaje. Acto seguido, el mismo procedió a acomodar su cabello
con elocuentes muestras de consternación ante el imprevisto
cambio de peinado. Utilizó su reflejo en la ventana como espejo
y, agachándose un poco para verse mejor, retocó un poco su cabellera.
Aprovechó el suceso para mirar por el ventanal y cruzó su
mirada con la gente que pasaba, mientras ellos buscaban las monedas
necesarias para retornar a sus hogares. Sostuvo su mirada
en la nada y luego volvió sobre sus zapatos. Sus zapatos negros
de cuero. Maltrechos, si. Pero no rotos. El brillo orgulloso denotaba
la pelea por no caer desde la verde pradera de la elegancia al
abismo de la desprolijidad y el desaseo. Recordó en ese momento,
casi sonrojándose, que no se había quitado el abrigo. Lentamente
y creyéndose observado por todos, se incorporó de la silla, sacó su brazo derecho de la manga y cuidando que nadie reparara en
la rotura del forro marrón de su saco, sacó el otro brazo para así
proceder a colocarlo prolijamente sobre el respaldo de la silla.
Se
sentó nuevamente y buscó con su mirada al mozo. Para su sorpresa,
la encargada de las mesas era una mujer. Una chica. Se repitió
como a modo de reto que las cosas ya no eran como antes, que las
cosas cambian y que ya casi es habitual encontrar más mujeres
mozas que hombres. Mientras trataba nuevamente de grabarse
ese nuevo aprendizaje en el cerebro, observó a la chica: Llevaba
un pantalón negro y una camisa blanca. Tenía un delantal rojo
que cubría todo su torso, sobrepasaba su cintura y llegaba casi
hasta sus rodillas. Trató de quitar la mirada lo más rápido posible
y esperar a ser atendido. También vio a un hombre detrás de la
maquina del café, de gestos ampulosos y voz grave. Parecía el
dueño del lugar, o mínimamente, el encargado.
La tarde seguía cayendo y junto a él, del otro lado del vidrio,
ya se armaban las colas de gente esperando el colectivo. Recordó
tiempos de la niñez, cuando el circo llegaba al barrio y los alrededores
se llenaban de colas de pequeños retoños ansiosos de una
entrada para ver al domador de leones, a los acróbatas Chinos o
a los payasos. A los casi míticos payasos. Y pensó que todos teníamos
algo de los payasos. Un personaje asociado a la risa y a la
diversión, pero con lágrimas dibujadas sobre su blanco rostro. “O
quizás somos actores” pensó como corrigiéndose sobre su última
idea. Se permitió después de eso, una leve sonrisa.
Tomó aire profundamente y volvió a mirar a quienes le rodeaban.
Sus bocas parecían poseídas por un extraño mal, que
les impedía detener el movimiento. Intentó, mientras observaba,
encontrar algún soñador, algún poeta, alguien como él o quizás
algún detective. Miró a la barra y descubrió que los taburetes eran
de plástico, al igual que gran parte la decoración. Se sintió algo
estúpido y miró su silla. Aunque no lo había notado, también era
de plástico, al igual que los ceniceros y esa especie de cajita donde
prolijamente se encontraban ubicados el azúcar y el edulcorante.
Lejos de sentirse incomodo (quizás si, algo extraño) decidió proponerse
un juego. Y buscar en los demás clientes, rasgos, detalles
de figuras que él admiraba. Trató de buscar parecidos, gestos, actitudes.
Y no pudo. Trataba de recordar mas características de sus
maestros, de sus ídolos, hasta quizás de sus padres, pero lo fue
imposible. No había payasos, mucho menos piratas, bucaneros,
espías o superhéroes.
Quizás fueran solo las ganas, pero le pareció ver a un boxeador
aguerrido, nariz maltratada por los golpes, brazos agarrotados y
gesto adusto, pagar la cuenta y marcharse silbando bajito. Miró
hacia el hombre del café y con un gesto tradicional, ordenó uno.
Casi como un acto reflejo, metió su mano en el bolsillo trasero de
su pantalón, buscando su billetera, necesitaba cerciorarse de tener
el dinero para pagar el café. Abrió la misma y cayó de ahí un papel
que había olvidado poseer. Lo abrió y encontró una dirección.
Quiso recordar su procedencia, pero un grito en una mesa cercana
lo sobresaltó. Un hombre y una mujer discutían sobre nada en
particular. La mujer se levantó y entre lágrimas se retiró del lugar.
Atravesó la puerta principal a paso apurado y justo frente a su
ventanal, paró el primer taxi que encontró. El hombre simplemente
procedió a pagar la cuenta sin preocuparse por el vuelto. Tomó su
sobretodo, su maletín y se dirigió también por la puerta principal,
pero en dirección contraria.
Para cuando volvió a poner atención sobre el papel, notó que
no estaba. Por un momento quiso agacharse a buscarlo en el piso,
pero consideró aquella actitud poco decorosa y, presa de su timidez,
solo se limitó a buscarlo con la mirada. Pronto llegó el café
que había ordenado y prolijamente se dispuso a disfrutarlo. Tomó
dos sobres de azúcar, sacudió primero uno y después el otro,
sosteniéndolos por un extremo superior y dándole suaves golpes
contra la palma de su mano. Los abrió lentamente y volcó paulatinamente
su contenido dentro de la taza de café, para su sorpresa, de plástico. Tomó la cucharita plástica y mientras miraba por la
ventana, revolvió describiendo pequeños círculos con la misma.
El sol rápidamente había cedido su terreno y el frío se notaba en
las levantadas solapas que abundaban allí afuera.
Un sonido hiriente alteró la frenética tranquilidad que reinaba
en el aire. Y fue la invitación al cambio. El cuerpo quedó dentro
del bar, pero su alma salió por la puerta principal. El cuerpo ahora
simplemente miraba como el alma investigaba los alrededores.
El sonido lo produjo una bocina, informó la misma. Y se encontró
con paradas de colectivos plagadas de gente. Gente que
quería volver a sus respectivos hogares. A la vuelta, doblando la
esquina, pobreza. Basura. Vio a un chico que jugaba con un autito
de plástico violeta. y soñaba que era Traverso, como le enseñó el
padre. Se topó con un señor de unos cincuenta años. Sus lentes
parecían tan gruesos como sucios. Y el maletín desencajado resistía
colgado de su mano derecha. También encontró un morochón
de físico imponente que caminaba con un pesado bolso de cuero
negro al hombro.
El cuerpo buscó similitudes dentro del bar pero no las encontró.
El alma, desde las afueras, consultó por los colores: Informó
la predominancia de los cartones y las maderas, los tonos eran
apagados, pero el brillo lo llevaban las personas, en los ojos.
El
cuerpo notó que el bar resplandecía en colores y luces, pero eran
falsos, hipócritas. Cansada, su alma se detuvo frente al ventanal y
se sentó en el cordón. Fue en ese momento que nuestro personaje
descubrió que dos pedazos de vidrio articulados con un brazo hidráulico
no eran simplemente la puerta de un bar. Eran un portal,
la salida a otro mundo totalmente distinto, totalmente real. Tanteó
el marco plástico del ventanal y una lágrima rodó por su mejilla.
Todo el bar se conmocionó y lo miró. Las miradas eran vacías,
llenas de la nada. La temible nada. Tenían si, un dejo de pánico,
pero no alcanzaba. Su alma desapareció en ese instante y no puedo
asegurar si volvió a el. Giró y vio a toda esa gente: Eran fríos,
observadores, sin brillo, rígidos. Eran de plástico.
Volvió a ponerle el seguro a su arma y la guardó nuevamente
en la cintura. No había un motivo para robarle a esa pobre gente.
Tampoco tenían nada que le interesara. Depositó unos billetes
sobre la mesa, suficientes para el pago de su café, y atravesó, caminando
tranquilo, la puerta principal.
Del otro lado de la calle, donde el viento atacaba impiadosamente
a las frágiles hojas, lo esperaba su vida.
Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken.
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lunes, 9 de julio de 2018
sábado, 23 de junio de 2018
Maradona nos hizo creer
Permintanmé
una pequeña trampa. Bah, en realidad dos: La primera es acentuar las
palabras como mejor se me cante para que el lector pueda leerlo
(valga la redundancia) con la misma entonación que yo se lo
relataría verbalmente. La segunda es la de omitir todos los nombres
propios a excepción de Maradona, como observarán en el título.
Imaginemos
juntos. El escenario es conocido, es el planeta que habitamos. No
espere muchas cosas mágicas (aunque algunas parezcan serlo).
Simplemente haga un breve repaso por las realidades socioeconómicas
del capitalismo. Países poderosos (llamados "primer mundo")
potencias económicas que dominan lo que pasa y lo que no y un puñado
(demasiado grande) de países que (sobre)viven de acuerdo a
voluntades ajenas. Ya tenemos el marco principal.
Ahora
nos vamos a centrar en la historia de uno de esos países pobres que
pugnan por atravesar el día, en un escenario de constantes luchas
sociales de pobres versus pobres donde una injusta división de las
riquezas premia a un mínimo porcentaje de habitantes que, serviles a
los poderes extranjeros de los países primermundistas, obedecen y
explotan a la población en pos de beneficios ajenos. Ya definimos un
subgrupo en la historia. Usted ya se empieza a sentir identificado.
Este
cuarto párrafo es para dilucidar el punto de conflicto de nuestra
historia: Imaginemos que todos estos países tengan una actividad en
común, no sé... pongámosle un nombre de fantasía, se me ocurre
algo así como "piepelota". Pensémoslo como una actividad
física que incluye patear una pelota, que se practica en grupo y que
realmente despierta pasión en la mayoría de las poblaciones.
Siempre va a haber unos cuantos que miren con recelo y elijan
quedarse afuera, pero son los menos. Imaginemos que en todos los
países, la mayoría de sus habitantes practica este juego (o
deporte, como prefiera) que se llama "piepelota".
Comienzan
entonces las organizaciones. En todos los países alrededor del mundo
la gente se empieza a juntar, encuentra otras personas que comparten
su afición y se les ocurre medirse unos contra otros para ver qué
conjunto de personas desarrolla de forma más efectiva esa actividad.
Crean entonces reglas, herramientas de medición de performance y con
el tiempo, éstas se vuelven globales. Esas reglas serían como los
derechos humanos, para que el lector lo entienda. Sin importar
nacionalidad, edad, género, raza, lo que fuere, las reglas son
iguales para todos los habitantes del mundo.
Las
competencias comienzan a crecer: Locales, regionales, nacionales,
continentales, mundiales. En poco tiempo se crean federaciones y los
habitantes de cada país deciden unirse tras su bandera y competir
contra los mejores de los demás países. Ya dejan de tener nombres
propios como su barrio, su ciudad o el nombre del club donde se
juntan a practicarlo. Pasan a llevar los nombres de sus países.
Prontamente
alguien entiende que todo esto podría generar un negocio monstruoso:
Incluye publicidades, arreglos de televisación, franquicias,
merchandising. Se genera un aparato gigantesco que moviliza millones
a lo largo del mundo. La distribución sigue siendo la misma: Los
países poderosos se reparten el 90% de la torta, dejando para los
demás las migajas.
En
los países poderosos, todo funciona a la perfección: Todos los
equipos de su territorio son auto sustentables, los estadios cuentan
con las medidas de seguridad correspondientes, los acuerdos de
televisación son sustanciosos y los ingresos generados por las
figuras de su combinado nacional se destinan exclusivamente en
gestiones orientadas a potenciar el rendimiento de dicha selección.
En
los países tercermundistas, todo se hace a pulmón. Los equipos de
sus territorios dependen casi exclusivamente de las dádivas del
ámbito empresarial: No son auto sustentables, padecen el flagelo de
las combustiones sociales causadas por la opresión y sobreviven
ofreciendo de tanto en tanto a modo de sacrificio a los dioses, un
jóven talento a los equipos de los países poderosos. Los ingresos
generados por estos, cuando se juntan para representar a su país de
origen, mínimamente alcanza para emparchar huecos, subsidiar equipos
mal administrados y compensar falencias sociales.
La
lucha se hace despareja, injusta. Los poderosos tienen mejores
instalaciones, tienen los mejores seleccionadores, entrenadores y
directores técnicos, cuyos salarios superan el presupuesto de una
década de todo un país tercermundista. Ellos se arreglan con lo que
tienen dentro de su ámbito, con tecnología descartada del primer
mundo y con copias desactualizadas de sistemas utilizados hace años
atrás por las potencias mundiales.
Los
habitantes de los países pobres, se acostumbran a esa realidad:
Aplauden el esfuerzo, valoran una representación digna de sus
muchachos y no dudan en elogiar los mecanismos y resultados de los
poderosos. Idolatran especialmente a sus compatriotas que logran
emigrar hacia las potencias y día a día compiten de igual a igual
con ellos. De hecho, gracias a varios de ellos algunos clubes locales
lograron terminar el estadio o construir una pileta de natación.
Pero
un día se nos aparece un morochito rebelde, con rulos y una actitud
altanera que cambia la escena. Hagamos el ejercicio conjunto de
bautizarlo: Década del 60, país pobre sudamericano, afueras de la
capital, vamos con la costumbre local de nombrarlo en honor al padre:
Se llamará Diego. Hay que ponerle un segundo nombre, puede ser el
primero que nos venga a la mente: Ya sé, como lo estamos "armando",
ese va a ser el segundo nombre. Armando. Y como apellido, vamos a
ponerle uno bien de fantasía, digno de un superhéroe: Maradona.
Maradona
de a poco empieza con esta cosa de combatir al poderoso. Los primeros
logros son vistos desde cerca por los habitantes de su país ya que
con su equipo humilde, el de sus inicios, pone en jaque a los
poderosos locales. Pasa el tiempo y la historia se repite, un poco
más lejana. Y cada vez que representaba a su conjunto nacional, se
empezaban a ver algunas cosas extrañas: Empezaban a parecer. De
repente no les parecía tan lejana la idea de ganarles, aunque
ocasionalmente, a uno de los poderosos. De pronto se dieron cuenta
que era posible y no sólo eso, sino que lo ven ocurrir. Y no lo
vieron solamente sus compatriotas, sino que quedó a la vista de todo
el mundo. Señoras y señores, ese combinado nacional de un país
tercermundista pobre y embebido en conflictos sociales, injusta
distribución de sus riquezas y esclavizado por las potencias
mundiales, le ha ganado a todas ellas (o quizás, para darle más
dramatismo a la historia, a la principal) y se ha consagrado como el
mejor combinado del mundo. El morochito enrulado sonríe sobre los
hombros de algún compañero, con la copa en la mano.
Fueron
años de gloria. Los olvidados de la historia, los que inventaron la
birome por no tener los medios para la lujosa escritura de pluma y
tinta, los que inventaron el colectivo por no poder tener otra forma
de transporte que no fuera masiva, eran los mejores en algo. Y
sobretodo, los mejores en algo donde participaban todas las personas
del planeta, con sus poderes y sus influencias. No había disparidad
económica, social o de poder que pudiera contra ellos.
Unos
años después empezamos a reforzar esa idea. En la siguiente
oportunidad de medirnos, nuevamente logramos superar a todas las
potencias y otra vez nos enfrentamos nosotros, los mejores del mundo
contra ellos, los más poderosos. Y si bien el sopapo de realidad fue
doloroso, nos grabó la idea: Nos tuvieron que robar ante los ojos de
un mundo que hizo la vista gorda, para poder superarnos. Uno de los
nuestros, de un país oprimido, nos clavó el puñal por la espalda.
Ejemplos en la historia no faltan. No era suficiente con sus
presiones económicas, no era suficiente con nuestras penurias
sociales. Nosotros éramos los mejores y la única forma de
superarnos era robándonos plena y llanamente.
Pero
estos muchachos no se quedarían de brazos cruzados. En la tercera
edición tendríamos nuestra venganza y volvimos para reclamar lo que
nos pertenecía, ya convencidos, por derecho divino. Éramos los
mejores y nos correspondía el primer lugar. La competencia arrancó
y quedó demostrado de qué estábamos hablando. La revolución
proletaria encabezada por ese tal Maradona, el morocho de rulos,
estaba dispuesta a poner de rodillas al poderío económico reinante
y esta vez no bastaría con un penal para deternerlo. Y vaya que si
lo sabían, porque directamente para frenarlo le cortaron las
piernas.
Y
ahí quedamos desamparados todos sus compatriotas. Desde ese día no
nos damos por vencidos y estamos convencidos de ser los mejores del
mundo, porque Maradona nos hizo creer. Desde el día que lo vimos
enfundado con la camiseta que nos representa a todos, de a poco nos
fuimos olvidando el papel que nos dieron en la obra de teatro del
capitalismo y pensamos, ilusos, naifs, inocentes, que la alegría
también nos podía tocar a nosotros, que podíamos soñar con
primeros puestos y que la vida era horizontal, con igualdad de
oportunidades para todos. Nos hizo creer que éramos todos iguales,
que ahí dentro no había diferencias y que nuestros pecados de
latinos subdesarrollados no iban a perseguirnos y castigarnos dentro
del verde campo de juego.
De
no ser porque todo esto no es otra cosa que la pura realidad, esta
historia no sería más que un guión rechazado por Hollywood en el
que un ser de otro planeta baja en un barrillete cósmico y libera a
una población de la opresión tirana.
Hoy
poco a poco las nuevas generaciones van volviendo a la normalidad del
escenario capitalista. Se aceptan las limitaciones impuestas desde
afuera, empieza nuevamente a proliferar la idolatría sobre aquellos
"que triunfan allá" sin morder la mano que les da de comer
y nos contentamos con una derrota digna ante los poderosos. Las
habitaciones de los niños y sus redes sociales se ven inundadas de
pósters e imágenes de las grandes figuras de las grandes ligas.
Todos conocen las formaciones de los equipos más poderosos y no
dudan de mostrarse hinchas fanáticos de tal o cual conjunto europeo,
a punto de no perderse ningún partido por la televisión por cable.
La organización nacional del piepelota es caòtica, a punto tal de
no encontrar siquiera un seleccionador que se digne a dirigir el
combinado nacional. Ya la gente no quiere creer, sino que quiere
aceptar. "Tenemos limitaciones", "Es lo que tenemos",
"Bastante hacen, con el quilombo que es la administración",
“es el reflejo de la sociedad”, "salimos 3 veces
subcampeones" es lo que dicen y no puedo evitar putear con
muchísimo dolor. El dolor de haber sido y ya no ser. Y putear y
maldecir a ese morocho rebelde de rulos nacido en los suburbios de
algún país pobre y subdesarrollado que nos hizo creer.
lunes, 28 de mayo de 2018
El vendedor II
Pasaron meses y muchos timbrazos de sábado solicitando
ropa para regalar desde esa primera visita. Su aparición aquel
sábado me había generado un recuerdo literario: su presencia
corporizó la idealización que tenía en un recóndito recoveco de
mi mente del Dr. Cross, el personaje de ficción creado por Arthur
Clarke en su cuento “No habrá otro mañana”. El recuerdo evidentemente
se había visto influenciado por la añoranza de las discusiones,
los debates a los que con ella sometíamos a cuanto escrito
nos pareciera interesante a alguno de los dos. Compartirlos, desmenuzarlos,
rayarlos y finalmente devolverlos a la biblioteca nos
daba alegría, felicidad. Una felicidad pura y humilde. “Un libro
subrayado es un libro vivido” me repetía con sabiduría.
Ese mismo sábado, con motivo de releer el relato de Clarke,
me había abocado a la tarea de su búsqueda, lo que derivó en un
reordenamiento del material literario que logró hacer placentera
la actividad de sentarse en el sillón de tres cuerpos que habitaba
en mi living a observar esa pared poblada de libros, prolijamente
ordenada por el nombre de autor. Es cierto que la desprolijidad y
el desorden traían recuerdos de cuando jugábamos a ubicar los
libros, quienes cómplices de nuestro juego, aprovechaban para
ocultarse en el desorden… “El cazador oculto” me decía ella y
mi tarea era encontrarlo con la mirada, desde la comodidad del
sillón. Esa biblioteca, que sin ella no causaba más que desolación,
se encontraba perfectamente en orden y era mi pequeño motivo
de orgullo. Una fría y gris tarde de invierno, mientras la observaba,
apareció el vendedor nuevamente en la puerta. Con la misma calma del primer encuentro se presentó a través del portero eléctrico
como viajante y yo, al igual que la primera vez, me dispuse a
abrir la puerta para, con un gesto manual, indicarle que no estaba
interesado en lo que me pudiera llegar a ofrecer. Al retirarse, cruzando
Concordia, pude ver que llevaba un estuche de guitarra en
su mano derecha.
Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken
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Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken
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martes, 1 de mayo de 2018
Creando un personaje
Hemos cambiado como raza. No me animo ni me siento calificado para decir si ha sido para mejor o peor, pero hemos cambiado. Esas reflexiones griegas que crecimos escuchando y repitiendo ya no tienen lugar en nuestra sociedad moderna. Quizás dentro de mil años grandes pensadores sean recordados por frases como "En el caso de existir devoluciones de compras, esta se hace por el valor que se compro al momento de la operación, es decir se le da salida del inventario por el valor pagado en la compra" pero lo cierto es que, del mismo modo que las redes sociales y el "todo fácil, todo ya" se apropiaron de nuestras vidas, nos hemos acostumbrado a un carácter más efímero de las cosas y también han caído en esa manía los grandes pensamientos de otrora. Ya nadie tiene tiempo de sentarse bajo un manzano a pensar sobre la ley gravitacional o, de tener esas inquietudes, probablemente se encuentre becado trabajando en un laboratorio donde varios servidores vayan guardando la información por él.
Es por ello que una de mis reflexiones más mundanas y básicas de mi vida me sigue persiguiendo y sigue presente a cada momento en esta aventura de escribir: Saliendo de mi adolescencia me topé con la nueva moda del chat. Estamos hablando del fin del Siglo XX, cuando con una mínima conexión de Dial-Up podías ingresar en cuanto salón de conversación quisieras y despacharte con lo quieras mediante el simple ejercicio de tipear. Y en ese contexto me sorprendía algo que se repetía en mis variadas interacciones: La gente en los chats, creaba personajes. En un principio no lo noté, pero con el paso del tiempo me convertí en un usuario porfiado, que ante cada conversación intentaba descifrar, sin importarle la comunicación humana, que partes del relato ajeno eran ciertas y cuales no. Y tanto en hombres como en mujeres, la estadística era similar: Ambos mantenían detalles de base, de núcleo, dentro de su realidad y toda la decoración era falsa, camaleónica de acuerdo a mis movimientos durante la charla.
Es por ello que una de mis reflexiones más mundanas y básicas de mi vida me sigue persiguiendo y sigue presente a cada momento en esta aventura de escribir: Saliendo de mi adolescencia me topé con la nueva moda del chat. Estamos hablando del fin del Siglo XX, cuando con una mínima conexión de Dial-Up podías ingresar en cuanto salón de conversación quisieras y despacharte con lo quieras mediante el simple ejercicio de tipear. Y en ese contexto me sorprendía algo que se repetía en mis variadas interacciones: La gente en los chats, creaba personajes. En un principio no lo noté, pero con el paso del tiempo me convertí en un usuario porfiado, que ante cada conversación intentaba descifrar, sin importarle la comunicación humana, que partes del relato ajeno eran ciertas y cuales no. Y tanto en hombres como en mujeres, la estadística era similar: Ambos mantenían detalles de base, de núcleo, dentro de su realidad y toda la decoración era falsa, camaleónica de acuerdo a mis movimientos durante la charla.
Allí surgió la reflexión: Si la idea es mentir, engañar, ¿por qué no decir que uno era astronauta, que había estado entrenando en la NASA y que debido a un recorte de presupuesto estaba licenciado hasta nuevo aviso, en lugar de fingir pasión por Ricardo Arjona? ¿Por qué no decir que una era líder de un movimiento rebelde armado, en lugar de fingir ser una secretaria ejecutiva? Como relataba oportunamente en algún cuento que anda por ahí, nadie en los chats era payaso o boxeadora. Abundaban las bailarinas árabes, los gerentes, las estudiantes de psicología y los cantautores incomprendidos. Toda una maquinaria de ilusiones, sueños y posibilidades, relegada por la necesidad imperiosa de agradar. Si la mentira tiene que ser lo suficientemente creíble para parecer realidad, por qué no directamente ir por un escenario real, en lugar de copiar experiencias ajenas? De todas las posibilidades brindadas por la mente humana, elegir la opción de la mayoría. Empatizar. Buscar el lugar común.
En esos años aprendí dos cosas fundamentales para mi desarrollo como cronista y como escritor: En primer lugar, aprendí a crear un personaje. Y en segundo lugar, aprendí que nunca iba a vender muchas copias de mis escritos.
martes, 13 de marzo de 2018
La falsa compañía
Se me ocurre como reflexión que existe una falsa compañía (o viéndolo desde el ángulo opuesto, una particular soledad) en la vida de los escritores.
Pensemos así: Un escritor prolífico tiende a pasar la mayoría de su tiempo inserto en un mundo con variados personajes, con vidas propias. Estos personajes tienen temores, estados de ánimo, personalidades y viven en mundos donde llueve, hace calor, hay mosquitos y los vecinos ponen la música a muy alto volumen. Estos personajes tienen sus vidas; por momentos son felices, por momentos lloran, algunos nacen y otros mueren. Pero el escritor nunca es parte. Es creador y observador. Es un mundo que solamente el conoce, con una sola puerta y una sola llave, que solamente él conoce y posee. De ese lado de la puerta, un mundo imperfecto, inacabado, indómito. Porque el escritor sabe que sus narraciones tienen que empatizar con el mundo del otro lado. Y ese mundo del otro lado se muestra indescifrable. Ya no hay una sola puerta ni una sola llave. Hay tantas puertas y llaves como personas lo habitan y detrás de cada puerta hay una infinidad de puertas opcionales que se pueden transitar. Y el escritor desconoce de puertas abiertas, de caminos largos y de trampas escondidas. El escritor ha pasado la mayor parte de su tiempo viviendo e interactuando con los frutos de su imaginación, enredado en laberintos que él mismo ha diseñado. Ha creado una, dos, cien realidades paralelas. Y sin embargo, nunca pudo insertarse en ellas. Ha creado cien puertas, miles de llaves. Y ahí está, parado frente a todos mientras sus personajes, espejados lo miran para saber que hacer. Y el escritor, del otro lado, no tiene a nadie que lo ayude.
De un lado, una puerta a su mundo interior: Colorido,imperfecto, cambiante. Del otro lado, una puerta a la realidad: Cambiante, imperfecta, colorida. Y en el medio el escritor, siempre solo.
Pensemos así: Un escritor prolífico tiende a pasar la mayoría de su tiempo inserto en un mundo con variados personajes, con vidas propias. Estos personajes tienen temores, estados de ánimo, personalidades y viven en mundos donde llueve, hace calor, hay mosquitos y los vecinos ponen la música a muy alto volumen. Estos personajes tienen sus vidas; por momentos son felices, por momentos lloran, algunos nacen y otros mueren. Pero el escritor nunca es parte. Es creador y observador. Es un mundo que solamente el conoce, con una sola puerta y una sola llave, que solamente él conoce y posee. De ese lado de la puerta, un mundo imperfecto, inacabado, indómito. Porque el escritor sabe que sus narraciones tienen que empatizar con el mundo del otro lado. Y ese mundo del otro lado se muestra indescifrable. Ya no hay una sola puerta ni una sola llave. Hay tantas puertas y llaves como personas lo habitan y detrás de cada puerta hay una infinidad de puertas opcionales que se pueden transitar. Y el escritor desconoce de puertas abiertas, de caminos largos y de trampas escondidas. El escritor ha pasado la mayor parte de su tiempo viviendo e interactuando con los frutos de su imaginación, enredado en laberintos que él mismo ha diseñado. Ha creado una, dos, cien realidades paralelas. Y sin embargo, nunca pudo insertarse en ellas. Ha creado cien puertas, miles de llaves. Y ahí está, parado frente a todos mientras sus personajes, espejados lo miran para saber que hacer. Y el escritor, del otro lado, no tiene a nadie que lo ayude.
De un lado, una puerta a su mundo interior: Colorido,imperfecto, cambiante. Del otro lado, una puerta a la realidad: Cambiante, imperfecta, colorida. Y en el medio el escritor, siempre solo.
lunes, 19 de febrero de 2018
Mismo
Se despertó a la mañana. Misma cama, misma habitación,
incluso las mismas sábanas. Observó esa grieta en la pared, la
misma de todos los días, que aún estaba sin arreglar. Se sentó en
el mismo lugar de siempre y buscó las mismas pantuflas de todos
los días, que estaban en el mismo lugar de cada mañana. Se las
calzó y con la misma parsimonia que lo hacía todos los días, consumió
esos metros que lo separaban del baño. El mismo baño de
siempre. Se miró en el mismo espejo de cada mañana, esquivando
las mismas manchas de siempre. La misma cara. Las mismas
ojeras. El mismo jabón, la misma canilla, la misma toalla. Fue a
la cocina. La misma taza, la misma pava, el mismo mate cocido
de todas las mañanas. Tomó el último pan de la bolsa, húmedo
y endurecido por el paso de los días. Abrió la misma heladera
de siempre y sacó el paquete envuelto con papel blanco que contenía
el fiambre. Poco. Con prolijidad y esmero, cortó el pan en
dos mitades. Puso la última feta de jamón cocido y agregó dos o
tres pedazos de fetas de queso. Lo envolvió con una servilleta, lo
guardó en el bolso y salió, para caminar las mismas cuadras de
siempre, ver los mismos árboles, los mismos baches y el mismo
semáforo, para llegar a la misma estación de siempre, sentarse en
el mismo banco, tomar el mismo tren, subirse al mismo vagón y
sentarse en el mismo asiento de cada día, para ir a la fábrica a ver
las mismas caras largas de siempre y hacer el mismo trabajo rutinario
de siempre. Llegando a la estación, escuchó el ruido de un
tren que se iba. No podía ser. Miró su reloj, el mismo de siempre.
06:56, como siempre era a esa altura de su recorrido. El tren no debía llegar hasta las 07:03. Ingresó en la estación a tiempo para
observar como su tren se iba en dirección a la Capital. Miró su
banco de todos los días y estaba ocupado. Un chico luchaba contra
el frío acurrucándose dentro de su campera. Dudó. Se acercó y se
sentó en ese banco, su banco de todos los días, compartiéndolo,
aunque todos los demás estaban vacíos. Pasaron algunos minutos.
No hubo palabras entre ellos. Sacó el sándwich del bolso y se lo
ofreció al chico, que aceptó la oferta sin emitir palabra de agradecimiento
alguno. Continuaron los minutos de silencio. El siguiente
tren llegó a las 07:21. Observó lo largo de la formación y decidió
cambiar de vagón. Una vez dentro, sentado con la cabeza contra
la ventanilla, pensó que no sería un mal día después de todo.
Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken.
.-
martes, 19 de septiembre de 2017
El vendedor I
Era una tarde de sábado. Todas las tareas de orden y limpieza postergadas a lo largo de la semana habían sido realizadas casi con el mismo desdén que desprolijidad. No era algo que me dejara satisfecho pero era una tregua para con esa voz constante que repercutía en mi cabeza diciéndome que no se podía vivir así, que no era sano, que al menos tenía que ordenar un poco las cosas y dejarme de joder. Sonó el timbre. Ese sonido ya no me emocionaba desde el día que supe que ella ya no iba a volver. Cada sábado me había acostumbrado a ver a ese par de señoras que cada tarde reventaban el timbre para solicitarme, portero eléctrico mediante, ropa para regalar. Quizás por mi estado melancólico, celebraba ese ritual de atender y contestar que no como aferrándome a un sitio de pertenencia “El del 2415, el que siempre dice que no”. Ese era yo. En eso al menos me había convertido. Muchas veces me preguntaba a mi mismo sobre la elección del horario, si lo harían todo el día, si ese sería el momento que tenían disponible, si repetían siempre la misma ruta, si en algún momento habían pensado cual era el mejor rango horario para realizarla… todas estas preguntas chocaban contra una respuesta establecida de antemano: Ese horario era el peor posible en cuanto a la predisposición ajena del porteño que duerme la siesta un día sábado, para ayudar a cualquier persona, cualquiera que fuere su demanda. En ese entonces ya había perdido contacto con casi todos mis amigos y mis más osadas expediciones se limitaban a unas compras en el mercado de la esquina. No sonaba ya la música en casa con el estruendo y la alegría que lo hacía tiempo atrás y solamente la pared del living cubierta en su totalidad con libros daba un poco de vida a la casa. Para mi sorpresa, una vez levantado el portero eléctrico, no fue la voz de las mujeres la respuesta, sino un hombre que con voz firme, se presentó como vendedor viajante. Colgué el portero y miré por la mirilla de la puerta. Un señor de traje marrón y corbata al tono aguardaba del otro lado de la reja del frente, con gesto adusto. Tendría 50 años.
Este cuento forma parte del libro "Es verdad, era mentira" publicado en Diciembre de 2016 por Ed. Dunken
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